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22 SEPTIEMBRE 2017
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Barcelona: la urgencia de vivir a la altura del desafío

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  178 votos
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Horas de muerte, de terror, de miedo y de confusión en Barcelona, el destino turístico más visitado de Europa. Atropello en Las Ramblas, en el centro de la ciudad, una decena de asesinados y ochenta heridos. Durante horas información confusa y el miedo a que los terroristas estuvieran atrincherados. Antes de cualquier análisis, lo primero es un instante de humanidad, una oración de quien sepa rezar por las víctimas, los heridos y su familia. Un segundo para tomar en consideración el dolor de cada uno de los golpeados. Sin ese gesto para hacernos cargo del mucho sufrimiento, el mal que quieren sembrar los bárbaros se expande. España lo sabe bien. Ante la voluntad de causar un mal irreparable por parte de quien conducía la furgoneta de la muerte, solo un gesto de libertad, gratuito, de com-pasión para afirmar la vida está a la altura del reto. Los cientos de donantes de sangre que han visitado los hospitales de Barcelona en las últimas horas lo intuían. A los que vierten la sangre solo se les responde con un acto de donación. Sabemos que es necesario conseguir medidas de seguridad más eficaces, más colaboración policial en Europa, más inteligencia geoestratégica para acabar con los santuarios que alimentan el yihadismo, más y mejor educación para combatir el radicalismo de grupos minoritarios que abrazan un nihilismo huérfano de identidad. Pero todo eso no será suficiente. Solo una respuesta gratuita que afirme la vida es eficaz.

Hasta ahora España había quedado a salvo de la barbarie de los violentos que siembran la muerte con atropellos. Hace algo más trece meses comenzaron con el atentado de Niza y luego vinieron Estocolmo, Berlín, París y Londres (en tres ocasiones). La policía esperaba algo así. El terrorismo yihadista ya hizo mucho daño hace 13 años en Madrid, el conocido como 11-M dejó casi 200 muertos. Pero aquel yihadismo, el de Al Qaeda, ya es algo muy lejano. Los atentados de Atocha fueron preparados por una célula de extranjeros a las órdenes de uno de los responsables de una organización terrorista vertebrada, organizada, que se vengaba de detenciones previas. Esto es otra cosa. Aquí estamos ante un terrorismo que no necesita ni comandos, ni organización, ni preparación previa. La policía española lleva muchos años consiguiendo importantes logros en la lucha contra el terrorismo islamista. Pero ni la experiencia acumulada tras los atentados de 2004 en Madrid, ni la intensa actividad policial que ha permitido detener a 200 yihadistas en los últimos cinco años ha impedido que se produjera un atentado que es muy difícil de evitar. Aunque la integración de los dos millones de musulmanes que viven en España es alta, hay algunas bolsas de radicalismo violento en la provincia de Barcelona, en Ceuta y Melilla (ciudades en suelo africano) y en el área metropolitana de Madrid. Los que planean el dolor pueden ser identificados, los que no utilizan planificación alguna son casi invisibles.

La experiencia de los atentados de 2004 no nos ha ahorrado a los españoles ser víctimas de nuevo. Pero puede servirnos para recordar el mucho daño político y social que puede hacer el terrorismo. El mal se expande de una forma sorprendente. Y hace 13 años provocó una espiral de división y enfrentamiento que duró mucho tiempo. Hay quien asegura, seguramente de un modo exagerado, que la nación española que se refundó en la transición quedó destruida tras los atentados de Atocha. Barcelona ha sido golpeada en un momento en el que el proceso independentista está en marcha y en un momento en el que la fractura social es evidente. Los terroristas han puesto de manifiesto lo necesitados que estamos, lo frágiles que somos. Lo importante que es recuperar aquello que nos une y no lo que nos separa.

Cuando el terror golpea es más necesaria que nunca la unidad en torno a aquellas cosas esenciales que compartimos los que queremos afirmar el valor y la dignidad de la vida.

No es ni el momento de culpabilizarse mutuamente por lo sucedido, ni de responsabilizar genéricamente a la comunidad islámica. En estas horas de dolor, miedo y desconcierto se hace urgente que recuperemos y busquemos los motivos que nos permitan estar a la altura del desafío. Nadie está del todo a salvo. Todos necesitamos razones, experiencias suficientes para afrontar un golpe así, para afrontar la muerte y el sufrimiento, para afirmar la vida, para encarar una amenaza que no va a desaparecer con facilidad.

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