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21 MAYO 2018
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Colegio: lugar para el encuentro

Ferrán Riera | 0 comentarios valoración: 3  132 votos
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Empezamos el curso escolar a medio camino entre los atentados de Barcelona y Cambrils y el desafío soberanista catalán cuyo punto álgido se prevé para el próximo 1 de octubre. ¿Qué tienen que ver ambos hechos –tristemente entrelazados por la mezquindad y la irresponsabilidad política de algunos cargos electos de nuestro país– con lo que va a suceder en las aulas de nuestras escuelas estos días? ¿Qué significa hoy para un colegio y para sus profesores tener en cuenta las circunstancias históricas que nos toca vivir a la hora de educar a nuestros chavales y jóvenes de un modo que esté a la altura de responder a la estatura de su corazón? Grande es el desafío y no menos grande debe ser nuestra respuesta si no queremos traicionar el destino y el cumplimiento de la vida a la que están llamados y al que, a su vez, te reclaman con su mirada cada vez que vuelven a entrar en el aula en la que los esperas.

En estos días nos han acompañado análisis y diagnósticos sobre lo sucedido el 17 de agosto. En muchos medios se ha apuntado a la educación como factor clave para evitar la ideologización de los musulmanes de 2ª o 3ª generación. En otros tantos se repartía esta responsabilidad con medidas políticas de incidencia social y económica. Muchos han insistido en desviar la causa de un hecho o militancia religiosa a la consecuencia del nihilismo y la falta de sentido de nuestro mundo occidental. Pocos han hablado de algo que en la tradición de la Iglesia se denomina como “misteryum iniquitatis” (misterio del mal).

En su gran obra literaria, Tolkien describe de forma paradigmática la dinámica a través de la cual el mal se extiende por la Tierra Media. No hay una causa contingente única sino que el propio mal (identificado con Sauron, el ojo de Mordor que todo lo ve y que no tiene cuerpo) aprovecha todos los factores a su alcance para extender su tenebrosa sombra y estos factores van asociados siempre al olvido que los hombres experimentan de los motivos de su existencia, de las razones que tenían para vivir y para morir. De hecho, tan sólo podrán hacer frente a la destrucción y al terror aquellos cuya compañía es el lugar de la memoria de aquellas razones que los hombres, reyes poderosos algunos, habían olvidado.

Nuestra sociedad líquida, la de la posverdad, no puede responder a la falta de significado del hombre de hoy. El consumo y la autorreferencialidad que se expresa en “la república independiente de tu casa” (según reza una famosa campaña publicitaria), en los selfies, el culto desmesurado al propio cuerpo, las interminables fiestas de cumpleaños y los proyectos educativos que transforman al niño de protagonista a rey de una monarquía absoluta, o aquellos que tan solo pretenden desarrollar la eficiencia del chico en un mundo que te mide por lo que eres capaz de hacer, son intentos de respuesta (a veces conmovedores) que se acaban convirtiendo en el envoltorio lujoso del vacío existencial que deja esa ausencia de significado.

Por otro lado los reclamos éticos a la no violencia, el respeto y la integración del diferente corren el riesgo de ser el andamiaje que rodea un edificio al que le han socavado los cimientos. Tan solo hay que ver la comprensible perplejidad que expresó la educadora social de Ripoll al saber que los chicos de la terrible célula islamista habían pasado por los encomiables esfuerzos de los servicios sociales de la ciudad catalana para entender de lo que estoy hablando.

El islam tampoco es ajeno a esta situación y, como apunta el filósofo francés Olivier Roy, en musulmanes de 2ª y 3ª generación, como nos ha dado por llamarles, ha sufrido su propio proceso de secularización. Por decirlo de alguna forma, también viven como todos esa ausencia de significado en la modalidad de nuestro tiempo y sociedad líquida.

Ante todo esto de nada sirven tampoco las llamadas a la memoria histórica sobre las tragedias provocadas en otro tiempo por hombres y sociedades que, sufriendo la misma pérdida de significado en otras circunstancias sociales e históricas, provocaron catástrofes humanas del calado de las cámaras de gas nazis, los campos de exterminio camboyanos o los gulags soviéticos, por poner ejemplos del cercano siglo XX.

La historia del “misterio del mal” entre los hombres nos dice que no estamos ante nada que no haya sucedido antes más allá del hecho de que ahora se da en las condiciones sociales y culturales propias de nuestro propio tiempo. Condiciones, sociedad y tiempo que debemos aceptar y amar como primer paso para su transformación.

¿Dónde recuperar, entonces, esas razones para vivir y morir perdidas? Por muy buenas y justas que fueran no podemos rescatar las que sirvieran en el pasado (cuando sirvieron y para quienes sirvieron) y meterlas con calzador a las nuevas generaciones sin convertirnos en una especie de terroristas y aniquiladores de su crecimiento y de su realización. ¿Qué quiere decir amar la sociedad, las condiciones y este tiempo que se nos ha dado?

Llegados a este punto se hace necesario recurrir a las palabras del Papa Francisco que nos invita insistentemente a amar al hombre de hoy, amar sus heridas como paso de comprensión de las propias heridas. Construir la cultura del encuentro convencidos de que el encuentro es la categoría decisiva de la historia. Llegar al corazón del otro y dejar que el otro llegue al propio corazón requiere de reconocimiento de la propia pobreza, de tiempo y de espacio; tan sólo así construiremos barreras contra la ideología que deshumaniza.

El colegio es lugar para esa cultura del encuentro que permite que identifiques en ti una parte del otro. Es la experiencia del amor por la cual unos pertenecemos a otros. Sólo así podremos volver a reconocer y a hacer nuestro un significado común que sea factor de construcción personal y social, que nos permita vivir y testimoniar un mundo más humano.

Tan sólo desde esta perspectiva podemos educar verdaderamente también ante la tensión creciente al acercarse la fecha del 1 de octubre. Sólo la categoría del encuentro permite, sea cual sea la posición ante el referéndum convocado, hacer frente a la circunstancia de este tiempo que se nos ha regalado para vivir sin temor a perder nada y con la esperanza fundada en un hecho del presente.

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