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19 OCTUBRE 2017
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Encrucijada

Gabriel Richi Alberti | 0 comentarios valoración: 3  88 votos
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“No conseguirán cambiar nuestra forma de vivir”. Esta es una de las expresiones que más se han repetido tras los terribles atentados de Barcelona y de Cambrils. La hemos escuchado en boca de políticos, de periodistas, de muchas de personas de buena voluntad que han manifestado públicamente su repulsa ante semejantes crímenes irracionales. “No conseguirán cambiar nuestra forma de vivir”. ¿Estamos seguros? De hecho, lo queramos o no, algunas cosas cambian: se acentúan las medidas de seguridad –cada vez más necesarias–, surgen brotes no solo de intolerancia, sino también de odio al islam y a los musulmanes que viven entre nosotros, brotes que pueden conducir a la violencia; y, sobre todo, se difunde una desconfianza generalizada respecto a lo diferente.

Ante esta expresión, sin embargo, se hace presente una batería de preguntas todavía más radicales: ¿cómo es que ahora hablamos de “nuestra forma de vivir”? ¿Qué significa ese “nuestra”? ¿Es posible identificar un núcleo de bienes y de valores comunes a todos por los que estamos dispuestos a trabajar juntos? ¿Qué hacemos entonces con el primado del individualismo que gobierna nuestra vida social? De repente, ante la hostilidad asesina del yihadismo, resurge de las cenizas la reivindicación de una “forma de vivir” –la occidental– que ha caracterizado Europa durante la llamada modernidad y que, casi solemnemente, se había dado ya por fenecida. Las muertes de los atentados parecen tener la virtud de resucitar el ideal ilustrado de una sociedad libre y racional, como si fuese un ideal socialmente compartido y anhelado por todos. Pero ¿es así? La fragmentación a todos los niveles que impera en la vida personal y social parece negarlo. Al menos el individualismo galopante de nuestra sociedad, que nos hace cada vez más incapaces de comunicar entre nosotros, no nos permite referirnos de forma pacífica e ingenua a una supuesta “forma de vivir” común. Basta pensar en las lógicas de exclusión que rigen la economía y la política y, por tanto, las relaciones sociales. La fragmentación impera hasta tal punto que se hace difícil poder decir con verdad que existe “nuestra forma de vivir”. En efecto, «el individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas» (Francisco, Evangelii gaudium 67). Ciertamente la situación es más compleja. No faltan entre nosotros, en efecto, expresiones de solidaridad y trabajo común –las hemos visto en acto durante los años más duros de la crisis– que señalan una cierta persistencia de la idea de bien común. Y, sin embargo, dichas expresiones –verdaderas y generadoras de vida buena en la sociedad– no parecen tener la fuerza de modificar la mentalidad individualista dominante.

¿Entonces?

Ante estos atentados –respecto a los que es necesario reaccionar con todas las medidas oportunas que asegura el estado de derecho y a todos los niveles, también y fundamentalmente a nivel educativo– cada uno de nosotros se encuentra ante una alternativa radical. Puede ser más o menos consciente de ella, pero el modo en el que “recomience” su existencia cotidiana tras la noticia de los atentados mostrará cuál es su elección.

Podemos, por una parte, continuar afirmando narcisísticamente lo que consideramos “nuestra forma de vida”, cerrando el paso a cualquier tipo de pregunta o de objeción, a cualquier grieta por la que se asome un mínimo de reflexión crítica; podemos elegir complacernos en la contemplación de nosotros mismos, huyendo de cualquier vínculo o relación, en un círculo de autorreferencialidad absoluta, dejando predominar la ilusión y la apariencia, hasta morir exhaustos como Narciso a la orilla del manantial. O bien podemos dejarnos golpear hasta el fondo por la irracionalidad violenta de estos hechos, permitir a la herida que sangre y supure todo el mal que nos deja con el corazón encogido, de manera que la pregunta por el significado del vivir y del morir se haga presente como expresión privilegiada de la magna quaestio que es el hombre.

Toda “forma de vivir” es expresión práctica de la respuesta que cada uno de nosotros da a las cuestiones esenciales que le caracterizan como hombre. Tenemos la ocasión de encontrarnos y narrarnos las preguntas y las respuestas que nos hacen vivir. Superando barreras ideológicas anacrónicas, buscando esa luz que ilumina a todo hombre. Vale la pena.

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