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21 OCTUBRE 2017
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Melancolía en Cataluña

Carlos Pérez Laporta, Barcelona | 0 comentarios valoración: 3  77 votos
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Ando algún tiempo luchando contra los sentimientos de los que me rodean, vengan de donde vengan. No vale todo lo que sentimos; hay que sopesar cada sentimiento, valorar su objeto, calcular las consecuencias y purificarlo, ordenándolo hacia lo más verdadero. Me desespera la renuncia sistemática a pensar de muchos amigos –muchos con mucha más capacidad que yo– para afincarse en sus sentimientos. A lo máximo a lo que algunos han aspirado en su uso de la razón no va más allá del modo en que un borracho utiliza una farola: en lugar de usar el pensamiento para iluminar (a todos), se utiliza para sostener solo nuestra propia postura, evitando que caigamos sacudidos por la embriaguez (el ejemplo no es mío). El uso del tiempo futuro por ambas partes (votaremos / no se votará), indica la realización segura de un deseo, peti qui peti.  

Anoche, cuando estaba a punto de desistir en mi lucha, después de haber hablado con varios amigos de pensamiento variado, creo haber encontrado un sentimiento amigo del pensamiento: a saber, la tristeza. Es sin duda el único común de entre los sentimientos que aflora en esta alocada carrera sentimental. Independentistas, unionistas, equidistantes o extranjeros; incluso  ha alcanzado  a los que quisieron inaugurar la categoría de indiferentistas (como Juan Soto Ivars en su último artículo). La tristeza ha invadido el corazón de todos. Los que expresan sólo alegría por el resultado (de uno u otro lado), me temo estén arrinconando la tristeza. Salvo en casos patológicos, a nadie le alegra la violencia, aunque con ello haya conseguido un determinado objetivo.

Una tristeza de este calado desborda la categoría de lo meramente sentimental, aunque se exprese en ella. Se trata de un sentimiento que alcanza la profundidad de la esencia humana. De otro modo no podría haber logrado la universalidad: un mismo acto ha generado un mismo sentimiento, deslindado de los demás por su potencia y profundidad. Cuando la tristeza adquiere esta estatura debe ser llamada con toda seguridad melancolía.

Decía que este sentimiento corría en la misma dirección que el pensamiento, siempre que se le dé espacio, porque revela una verdad profunda de la naturaleza humana: aparece cuando hacemos algo que, creíamos, era el objeto deseado que aquietaría por fin el ánimo en una paz complacida. Habíamos llegado a identificar ese objeto como definitivo desde el momento en que usamos los tiempos verbales futuros, esto es, desde que situamos aquello que deseamos por encima de todo. Aparece entonces el lamento expresado en pasado imperfecto: yo solo quería votar o yo solo quería que se cumpliese la ley. Si nos mantenemos en este tiempo verbal, el otro permanece como un puro obstáculo, y la tristeza tiene el riesgo de corroer la esencia humana que había alcanzado; pues la culpa aparece totalmente fuera de uno mismo. Cuando la culpa se traslada a un colectivo exterior (“los votantes”, “el govern”, “el gobierno”, “la poli”…), ya nadie tiene la culpa, y la propia responsabilidad que señalaba la tristeza se oscurece, revirtiendo en un odio aún mayor.

Pero si realmente nos dejamos corregir por este sentimiento llegaremos a pensar libremente y, por fin, se hará posible un diálogo generoso y abierto. Esto ocurre porque el otro, con sus sentimientos, es reflotado por el dolor melancólico: ya es otro como yo, y no solo la cosificación de unos sentimientos; por eso, el otro ya no es subyugable ya a mis propias intenciones, ya no cabe el puro futuro. Cuando uno sale de la trinchera arrastrado por la melancolía, se encuentra con alguien más que el propio yo y los obstáculos para realizar sus deseos (quizá sea el momento de desempolvar la película Joyeux Noël…). El otro está por encima de mi sentimiento, condicionándolo e incluso a veces obligándome a renunciar a él, con tal de que él exista. Como dirá Plauto en una frase intencionadamente reducida por Hobbes, “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit” («lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro»).

Para concluir, porque quizá en estos tiempos sea necesario aterrizar hasta que duela, diría que la potencia de este sentimiento debiera servir para trabajar por un nuevo Estatut de autonomía. No porque se tenga que aceptar de antemano el ser una autonomía para siempre, sino porque se trata de un espacio verdaderamente constituyente que podría coincidir con el espacio abierto por la melancolía, que es de suyo de pausado diálogo por la calma que le confiere el dolor. La melancolía quizá podría llegar a encuadrar la convivencia de los que queremos habitar conjuntamente estas tierras, por replantear la pregunta de quiénes somos y enunciar el modo en que no queremos vivir. Esto exige que todos abandonemos las posiciones actuales y nos desquitemos del antiguo sentimiento, para dejarnos guiar por la melancolía, aceptando el puerto que ella imponga. ¿Encontrará la melancolía todavía fe en la tierra?

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