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21 OCTUBRE 2017
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>Entrevista a Ferrán Riera, director de la Escola Llissach

'Despertaremos, quizás, con una Cataluña independiente, y habrá mucho sufrimiento'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  83 votos
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Ferrán Riera es director de colegio en la zona de Vic, en una Cataluña rural en la que una inmensa mayoría está por la independencia. Ofrece a los lectores de páginasDigital.es claves de lo que está sucediendo.

¿Por qué el domingo 1 de octubre hubo decenas de miles de personas que salieron a la calle para ir a los colegios electorales?

Aquí todos teníamos claro que esto iba a pasar. Lo que me sorprende es que haya gente que se haya sorprendido con esto. Si la pregunta es cuáles son las causas, tienen muchas facetas, desde un uso por parte del poder en Cataluña y de los medios para convencer a la gente, y eso se hace de muchas maneras, apuntando a los que aparentemente no te dejan ser tú, indicando que es un momento para que uno pueda decidir por sí mismo, haciendo una serie de proclamas que tienen que ver con el momento no solo político sino social que vive Occidente. Hay una reivindicación de que cada uno pueda decir lo que quiera que tiene que ver más con el momento de la modernidad que estamos viviendo que con la sola cuestión política. Por tanto, está en la misma dinámica que el anuncio de Ikea de “bienvenido a la república independiente de mi casa”, que a todo el mundo le gusta mucho. Pues de ahí todo ese movimiento de que la gente pueda decir lo que quiera, aunque la realidad diga otras cosas, indique otras coas que no hace falta pararse en eso porque lo importante es lo que tú piensas y lo que tú crees. Hasta el punto de que el problema del domingo se convirtió también en esto, no solo en la cuestión de la independencia.

¿Pero no es solo entonces una cosa instada desde el poder, sino que conecta con una sensibilidad ya existente?

Claramente. No solo existente por la cuestión nacionalista sino porque el hombre está así, estamos así. Después, evidentemente, el número de independentistas ha crecido en estos días.

¿Por qué, por la actuación policial?

Antes ya de la actuación policial, porque la asociación que se hace es que hay una ley que no me deja expresarme, que no me deja decir lo que quiero, y hay otro que dice: te voy a invitar a que me digas lo que quieres. Pues al final cae más simpático el segundo. Estoy haciendo una reducción pero es la reducción que la gente vive.

¿Y el estado de derecho, la ley ya no significa nada?

Es una impresión muy personal pero a mí me parece que la ley, así en general, para la gente ya tiene poco valor. Pero ya hace tiempo. Se ha convertido, en muchísimas cosas, en algo que burlar, que solo hay que acatar para evitar las consecuencias, pero ya está. En general, no hay una percepción de que tenga un valor que tiene que ver con lo que el hombre es. Yo no lo veo. Por tanto, hay un punto en que la propuesta que se hizo era: vamos a saltarnos la ley porque vamos a hacer otra, y haciendo eso nos saltamos la ley. Pero es que aquí nadie se da cuenta del valor que puede tener la ley.

La soberanía, la Constitución, todo esto son palabras.

Son palabras. Pero todo. Aquí, como mucho, la única ley que se acepta es la del cinturón de seguridad, porque si no nos hacemos daño, la gente sufre. Ya está. Todo lo demás, al final hay una posición que la vives como algo coercitivo. Pero no solo en este tema sino en general. El tema de la autoridad no se percibe, en la escuela lo veo clarísimo.

Y España se percibe como enemiga, en gran medida.

Sí, claro. Todo este tiempo ha ido creciendo esa percepción. Pero sobre todo con esta expresión: porque no nos deja decir, no nos deja hacer, no nos deja proponer, no nos deja. En este sentido. Socialmente, se ha entrado en una dinámica en que la autoridad moral la están teniendo estos señores que proponen ir a votar. Se les ha concedido una autoridad moral más grande.

¿Y hay algún elemento religioso en este derecho a decidir de un estado independiente?

Como expresión, sí. Está clarísimo. Los padres que llevan a sus hijos a los colegios en absoluto tenían la percepción de estar utilizando a los niños para perseguir un fin político. La percepción que ellos tenían era que estaban participando de un momento histórico. Uno va allí con la ilusión se ser protagonista de la historia. Estamos siendo protagonistas de nuestra historia. Esto va a pasar a la historia y nosotros estamos aquí. Así, tal cual, en el buen sentido de la palabra. Lo que más me duele ver es que muchos perciben esto que está sucediendo como una esperanza para la felicidad de la vida, para el proyecto de la vida. Aunque no lo digan, pero viven ahora dominados por esto. Me duele porque el día que nos despertemos y veamos que las cosas no han cambiado tanto, aunque Cataluña fuera independiente, pero las cosas no habrán cambiado tanto, la gente va a sufrir, y va a haber depresiones.

¿Y la fractura social entre el catalán que quiere la independencia y el que no? Porque hasta hace nada la cosa estaba por la mitad. ¿Eso qué consecuencias tiene? ¿Qué ha hecho percibir al otro como enemigo, cuál es el origen político, cultural de esta fractura tan grande?

Ahí hay muchos elementos históricos que se pueden mirar, y además se pueden analizar. Hay muchos elementos que tienen que ver con la historia y las nacionalidades de España, los pueblos de España. Habría que distinguir mucho. Evidentemente, hemos llegado a un punto en que incluso las verdades históricas y las cuestiones de este tipo tampoco tienen peso. Uno puede estar delante de un razonamiento y que no le sirva para nada. Eso lo he visto yo entre la gente más cercana.

Ha dejado de haber evidencias compartidas.

Claramente. Hace cuatro o cinco años que empezó el jaleo y entre nosotros empezamos a hacer un trabajo, nos encontrábamos, mirábamos cuestiones históricas, económicas, para ver si era cierto o no. Era imposible llegar a una misma conclusión. No hay evidencias y, es más, a veces parece que no queramos que estén, porque una evidencia siempre te obliga a renunciar en cierto modo a tu idea. Aquí la única evidencia que hay es la misma por la cual una chica que lleva una vida en su seno dice que no es una vida: es lo que ella siente. En el origen de la separación entre unos y otros también está esto, también está la afirmación de lo propio, de lo personal, de lo que yo soy y lo que quiero ser por encima de la realidad que es el otro que tienes delante. Y esto está actuando, está funcionando. Con lo cual, me parece que la fractura también tiene su origen en una experiencia cristiana muy débil, o en un lugar donde la experiencia cristiana se ha hecho muy débil.

¿Por qué?

Porque la experiencia cristiana siempre introduce en el mundo la posibilidad de renunciar a mi idea, a mi proyecto, por un bien mayor. Introduce la idea de sacrificio de uno por el bien del otro. Al perderse eso como referencia también, se pierde la posibilidad de determinar que eso es posible. Y otro de los grandes problemas que tenemos es que faltan referentes políticos y sociales capaces de dar ese paso, de perder para ganar, de estar dispuestos a perder para ganar algo.

Durante un tiempo se dijo que Cataluña era un oasis de convivencia, ya hemos visto que no. ¿Queda algo de una cierta amistad cívica en Cataluña en algunos puntos?

Sí, creo que sí. Es verdad que muchas familias están acostumbradas a hablar de este tema y el padre dice una cosa, el yerno otra y el hijo incluso otra. Pero al mismo tiempo sigue habiendo familias, espacios, comunidades, gente, amigos con los que esto, no sin trabajo, se sigue dando la posibilidad al menos de estar dispuesto a no querer convencer al otro. Que no me parece poco en este momento, porque ya afirma otra cosa más grande que lo que yo quiero que crea, afirma que está el otro delante.

Con motivo de la actuación policial el 1 de octubre había bastante escándalo donde vosotros tenéis el colegio y habéis hecho un manifiesto, ¿qué decía?

En el colegio teníamos claro que debíamos decir algo porque tenemos una responsabilidad pública educativa. Yo me encontré con una madre que me preguntaba: ¿qué le decimos a nuestros hijos? ¿Qué hemos dicho? El primer punto para nosotros era que cuando hay una diferencia política, al final parece ser que la única solución acaban siendo las bofetadas, cuando nosotros en clase cuando se llega a la violencia siempre les decimos que antes de eso hay que hacer cualquier otra cosa. En segundo lugar, decimos que la violencia, como dice el Papa, no sirve en absoluto en un mundo fracturado, para nada. Y por tanto la violencia del domingo no permite nada más en la construcción y además en este sentido creemos de verdad que fue desproporcionada a la causa que la provocó, y por tanto no era adecuada mirando toda la circunstancia que había. Lo tercero es que la responsabilidad de esta violencia es directamente proporcional al poder que tiene uno, y por tanto son más responsables aquellos que han llevado, utilizando su poder, a esta situación, más que los que acabaron ejerciéndola directamente. Después, en última instancia, esto que comentaba de que nos faltan referentes sociales y políticos capaces de sacrificar la propia idea en favor del bien común o de un valor mayor. Y que la aportación que podemos hacer al mundo es esa.

A medio-corto plazo, ¿hay alguna solución, alguna esperanza posible?

Yo solo veo como única solución es que alguien diga: hasta aquí hemos llegado, no podemos seguir por aquí, y por tanto empecemos, estoy dispuesto yo, unilateralmente, a ceder, y luego veremos qué pasa. Si eso no se da, si no se da y se soluciona con unos en la cárcel y otros fuera de su cargo, viniendo otros que recojan su testigo, esto no va a acabar sino que va a seguir causando mucho sufrimiento.

Entonces, el Estado tiene la obligación de mantener un cierto orden frente a quien está incumpliendo con lo que ha dicho el Tribunal Constitucional. Hay fórmulas más proporcionadas o menos para que el Estado ejerza su responsabilidad, pero la solución no sería que el Estado no la ejerciera.

El Estado la puede ejercer acogiendo esa incomodidad, esa desfachatez si quieres en no hacerle caso, acogiéndola y diciendo cómo podemos con esto seguir trabajando. Si me preguntas a nivel político ¿por qué no se puede proponer un referéndum en toda España, de acuerdo con la Constitución, y estar muy atentos a los resultados en Cataluña? Si se trata de hacer un referéndum, por qué no hacerlo, y la única manera de hacerlo es con toda España. El problema es que yo entiendo que da miedo, porque seguramente es abrir la caja de Pandora.

Pero dices que hay que darle alguna salida al deseo de votar de mucha gente sobre esta cuestión.

Estoy convencido. Porque si no, lo que va a seguir sufriendo más todavía es el orden constitucional. Si tienes esto, acoge este dato y trabaja con él dentro del orden que tienes. Eso requiere políticos valientes que no tengan miedo a que se pierda algo haciendo esto, porque es posible que se puedan perder cosas por el camino, pero lo que se está perdiendo de esta manera es mucho más grave, porque se está perdiendo claramente un afecto entre un pueblo de España con el resto de España, y se está perdiendo una confianza en que el estado de derecho sirva para algo.

Y hay otro elemento que estamos sufriendo mucho aquí ahora que es la incapacidad por reconocer la verdad de las cosas más normales. Me sorprende mucho que todo el mundo, las redes sociales, los medios de comunicación, informan de todo y hay una incapacidad para saber qué ha pasado realmente que todo el mundo duda de todo. Tú ves a un tío que sale un video que te envían y que dicen que es policía y que la gente lo ha detectado, y no sabes si es verdad, si se lo están inventando… Es muy difícil saber la verdad sobre los hechos, de una manera tremenda. Unos te dicen que ha pasado esto, te llega por un montón de whatsapp y de mensajes en Facebook, otros tantos diciendo que es mentira. Y tampoco puedes saber por los periódicos, porque ya funcionan con la misma dinámica. Claramente, el posicionamiento no parte de los datos reales sino de la interpretación de uno quiere hacer de esos datos

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Al despertar, la realidad seguía allí

Fernando de Haro

Cuando despertó, cuando despertaron, la realidad seguía allí. El problema es si la realidad es el dinosaurio del cuento de Augusto Monterroso o un animal menos amenazador y frustrante. Imaginemos lo que supone tener en frente un diplodocus de 30 metros de longitud, la amenaza que conlleva si queremos sentirnos mínimamente libres.

Bastantes catalanes, el pasado martes, al comprobar que no se proclamaba de forma clara y rotunda la secesión, sintieron que el diplodocus seguía allí. Algunos que trabajan en el campo se llevaron esa tarde la radio como compañera, otros cerraron antes la empresa, todos conectados al móvil. La independencia no fue declarada, pero sí suspendida por el presidente de la Generalitat. Frustración y rabia.

La realidad seguía allí. 540 empresas han cambiado de domicilio porque no quieren estar donde no hay seguridad jurídica. Cataluña se ha quedado sin grandes bancos, el gran destino turístico que es Barcelona ha visto caer de forma drástica sus reservas. La gran burguesía que “hizo el país” y que tan ambigua había sido durante tanto tiempo pedía echar el freno. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, reclamaba que se respetase el orden constitucional. Horas más tarde el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, dejaba claro, una vez más, que no quería una Cataluña independiente, porque no quería una Europa de 98 Estados. Porque –Juncker no lo dijo explícitamente, pero todos los sabemos– la construcción europea ha sido, con todas sus limitaciones, el esfuerzo más inteligente que se haya hecho nunca para superar ese espejismo que es el nacionalismo, el que llevó a millones de jóvenes a alistarse en varias guerras como si fueran al paraíso, el que luego los dejó muertos, mutilados de alma y cuerpo en el fondo de las más oscuras trincheras.

¿Por qué esos vientos del nacionalismo vuelven a soplar con fuerza en Europa? La carta de la CUP, la formación anticapitalista en la que se apoya la Generalitat, pidiendo ya la república catalana permite entender el proceso. Está en juego, decía la misiva, la posibilidad de ser feliz. “Seguiremos –afirmaban– sin apoyos de mercados y estados, seguiremos sin grandes riquezas naturales y sin poderes económicos que nos den apoyo, pero lo haremos con la gente y con sus esperanzas y con toda su dignidad”.

Al despertar, la realidad seguía allí

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Más allá de los barrotes de nuestros valores

Fernando de Haro

A las afueras de Milán todavía hay pegados algunos carteles de un acto político celebrado hace unas semanas con la frase: “Un nuevo inicio con nuestros valores”. Es el lema de la escisión del PD de Renzi, que ha dado lugar al MDP, un partido que, liderado por el histórico Bersani, reivindica las esencias de la izquierda. En realidad, en toda Europa, y en todo el mundo, la izquierda y la derecha hablan de la necesidad de volver a “nuestros valores”, a los que en otro tiempo nos definieron, a los que nos dieron una identidad segura antes de que la globalización pusiera patas arribas todo. ¿Ha sido la globalización realmente la que nos ha “robado” una identidad estable? ¿O ha sido esta creciente diversidad que inunda el mundo?

“Nuestros valores”, lo que nos han quitado o nos quieren quitar. ¿Cuáles son esos valores? Los de nuestra nación, los de nuestra religión, los de nuestro pueblo… Sí, bien. ¿Pero cuáles son los valores de nuestra nación, de nuestra religión o de nuestro pueblo? A la segunda pregunta, quizás a la tercera, las respuestas se hacen más dubitativas, más imprecisas. La mayoría de los mortales no sabríamos responder con precisión. Los intelectuales, los clérigos, los tertulianos son los que saben recitar los idearios. En un porcentaje altísimo esos idearios son nocionales, doctrinalmente perfectos, sin carne alguna de experiencia. Los intelectuales se ganan a menudo el sueldo explotando la sensación que muchos tienen de haber sufrido un robo de lo suyo.

En esta época, que la profesora de literatura de Harvard Svetlana Boym ha calificado como una época afectada por una “epidemia de nostalgia”, domina un sentimiento de pérdida y desplazamiento, un deseo de reconstruir un hogar perdido, que en realidad nunca ha existido. Es lo propio de un momento de desconcierto.

Como señaló Bauman en uno de sus últimos escritos antes de morir, el anhelo de volver a una patria moral que nunca existió está acompañado de un retorno a la tribu. Los síntomas están por todos lados. Prosperan los que ofrecen una versión simplificada de los hechos. A pesar de las llamadas al diálogo, nadie escucha a nadie porque se ha creado un filtro emocional. Y solo se oyen aquellos mensajes que tienen un significado emotivo para quien necesita más que nunca alguna forma de pertenencia. El debate solo tiene como propósito conjurar la ansiedad para mostrar al adversario lo ciego y lo sordo. El otro sirve, fundamentalmente, como señalaba el gran sociólogo, para “saciar nuestra propia sed de superioridad”. Si no existieran los extranjeros, los gentiles, los enemigos de la verdad, los grandes centros de poder que están cambiando el mundo habría que inventarlos.

La ciudad que dice estar construida sobre los pilares de la racionalidad, la eficiencia y la utilidad se fragmenta en bandos que, a través de una recompensa afectiva, prometen reducir la incomprensible y paralizante complejidad de un mundo que se percibe como amenaza.

Más allá de los barrotes de nuestros valores

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Venezuela: un cambio que puede tardar

Fernando de Haro

La palabra dictadura ha dejado de ser una metáfora para describir lo que sucede en Venezuela. El inicio de los trabajos de la falsa Constituyente, la destitución de la fiscal general Luisa Ortega -una de las pocas voces libres del chavismo que se alzaba todavía contra Maduro-, el modo en el que los opositores Leopoldo López y Antonio Ledezma han ido y vuelto desde sus casas a la prisión de Ramo Verde son todos ellos indicios más que suficientes. La decisión del Vaticano de reclamar la suspensión de la Asamblea, elegida de forma fraudulenta para redactar una nueva Constitución, supone la constatación de que el presidente venezolano ha volado todos los puentes.

La Secretaría de Estado está convencida de que en este momento no hay diálogo posible. Roma apuró hasta el final las posibilidades de un entendimiento, apuesta que muchos no entendieron. Es lógico que la Iglesia hablara con una voz a través de los obispos locales y con otra desde el Vaticano. Es una fórmula tradicional. Las críticas que ahora se formulan desde la Sede de Pedro pueden ser un buen ejemplo para Zapatero. El expresidente español intentó también una negociación que se ha visto frustrada por un régimen que no tiene ninguna voluntad de encontrar una salida a la situación. Ahora convendría que hablara.

Algunos exiliados cubanos encuentran muchas similitudes entre lo que está sucediendo este verano en Venezuela y lo que ocurrió en Cuba en enero de 1959, cuando Fidel Castro tomó el poder. No hay que exagerar los parecidos. No estamos ante un golpe sino ante un autogolpe de Estado. A diferencia de lo que ocurrió hace casi 60 años, en este caso hay un sólido bloque opositor que está resistiendo heroicamente al tirano, ahora no hay una Comunidad Internacional confundida (Estados Unidos reconoció el primer Gobierno de Fidel). Pero sí existe una alta posibilidad de que fragüe una dictadura sostenida por el ejército y por el negocio del narcotráfico de algunos de sus líderes. Una dictadura que, paradójicamente, no puede presentarse como la solución a la miseria del pueblo, al clima de terror y de violencia sino como una prolongación de una postración que dura ya demasiado tiempo.

Venezuela: un cambio que puede tardar

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  380 votos

>CINE

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El Churchill de la debilidad y la inacción

Antonio R. Rubio Plo

El biopic es un género de moda en el cine actual, aunque muchos directores ya no abordan biografías completas de personajes sino que se centran en algún episodio más o menos significativo de su existencia, narrando unos hechos que sucedieron en pocos días o semanas, pero que resultarían suficientes para definir al biografiado. Se diría que los anglosajones se han tomado desde siempre muy en serio aquello de que la Historia es la historia de los grandes hombres, tal y como afirmaba Thomas Carlyle en Los Héroes. Sin embargo, el público también suele esperar ver de cerca sus debilidades para de esta manera sentirlos más cercanos. Eso sucede, sin ir más lejos, con el film Churchill de Jonathan Teplitzky, en el que el héroe, a sus setenta años, se siente deprimido y angustiado.

Es posible que el creciente interés por Churchill en su país de origen guarde relación con el Brexit. No es casual que uno de sus más fervientes partidarios, Boris Johnson, escribiera hace algunos años una difundida hagiografía de Churchill. Y es que Gran Bretaña, al alejarse de Europa, tiene que volver necesariamente la vista hacia el que muchos siguen considerando el británico más importante de todos los tiempos. Aquel primer ministro y sus antológicos discursos fueron el brillante acto final a la subsiguiente clausura del Imperio británico. Sin embargo, la Gran Bretaña actual guarda más relación con el triunfo electoral laborista de 1945, que mandó a la oposición al propio Churchill, que con nostalgias de la época victoriana, de la que el premier era casi un rezagado. Lo cierto es que, después de la guerra, se impuso el Estado del bienestar en el país y Churchill no fue capaz de cuestionarlo, pues de otro modo no habría conseguido retornar a Downing Street en 1951. Pero el Churchill casi octogenario de aquella época no interesa ni a los guionistas de cine ni a la mayoría de los historiadores, probablemente porque su política exterior, aferrada a salvar algunos retazos imperiales como el canal del Suez, terminó en fracaso. Interesa únicamente el político que expresa de continuo su voluntad de combatir a la Alemania hitleriana con “sangre, sudor y lágrimas”, y que expresa el deseo de no rendirse jamás y de combatir en todas partes contra una monstruosa tiranía.

El Churchill de la debilidad y la inacción

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 3  122 votos
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Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D.

One, la nueva película de Fernando de Haro que se estrena en Madrid el próximo lunes, cuenta lo que nunca te han contado sobre la India. En la mayor democracia del mundo, en el país que compite con China por el liderazgo de Asia y de buena parte del planeta, sigue vigente un rígido sistema de castas. Por eso la minoría cristiana, que se atreve a afirmar la igualdad efectiva entre los indios, es perseguida. Los parias (los sin-casta) que abandonan el hinduismo y abrazan el cristianismo, buscando una vida más digna, pierden las ayudas sociales. Los obstáculos legales que limitan las conversiones han sido respaldados por el Tribunal Supremo. Un nuevo nacionalismo hindú no duda en recurrir a la violencia para restringir la libertad y lleva a cabo prácticas que algunos califican como prácticas genocidas. Prueba de ello es lo que sucedió en el distrito de Kandhamal durante 2008. Se pretendió “limpiar” de bautizados una amplia zona.

Este documental está grabado en Nueva Delhi; en Bhubaneswhar, la gran ciudad del hinduismo; y en las selvas de Orissa, junto al Golfo de Bengala. Recoge los rostros y las historias de gente sencilla (la inmensa mayoría de los bautizados de la India son parias) que ha encontrado en el cristianismo una forma más humana de vivir. Muchos explican por qué abrazaron la nueva religión y han abandonado la antigua. Otros relatan las injusticias sufridas y los motivos que les permiten ser fieles al credo de la cruz. La película da voz también a los nacionalistas hindús que justifican las políticas de discriminación.

Estamos ante el cuarto documental de una serie dedicada a los cristianos perseguidos. El primero de ellos, "Walking next to the wall", fue rodado en Egipto y está dedicado a los coptos. El segundo, Nasarah, grabado en el Líbano, está dedicado a los sirios e iraquíes perseguidos por el Daesh. El tercero, Aleluya, a Nigeria. Los cuatro están disponibles en la plataforma Vimeo. La serie está dirigida por Fernando de Haro que trabaja con la productora N Medio. El proyecto se lleva a cabo con la ayuda del Instituto de Estudios Históricos de la Universidad CEU San Pablo y la Fundación Hernando de Larramendi.

A las 19 horas del lunes 23 de enero en el Salón de Grados de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Julián Romea, 23. 28003 Madrid.

Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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