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21 OCTUBRE 2017
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Venezuela hoy

Aliosha Miranda | 0 comentarios valoración: 3  70 votos
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Oliver Sacks decía: «lo mejor que podemos hacer es escribir –inteligentemente, creativamente, evocativamente– acerca de cómo es vivir en la realidad en que vivimos». Pues bien, cuando se viven tiempos como los que se viven hoy en Venezuela es necesario contar el drama que se vive, no para quejarnos y sentarnos a llorar, sino para que se evidencie el sinsentido que una ideología puede traer a un pueblo entero, para que el sufrimiento humano nos ayude a salir de la banalidad irritante en que vivimos, para dejar claro que la esperanza de la vida no puede estar en un proyecto político, para ver los terribles resultados que puede traer el odio hacia el otro.

Sin embargo, no es fácil.

No es fácil contar lo que pasa aquí. La situación nos ha llevado a ver situaciones humanamente horribles, genera tanto dolor todo lo que se está viviendo en mi país que resulta difícil ver a Venezuela hoy sin que te invada una sensación de tristeza.

Es difícil ver a Venezuela hoy.

Es difícil ver que se fue la luz y dos bebés murieron.

Sí, eso fue lo que pasó el pasado 19 de septiembre en la Maternidad Concepción Palacios de Caracas. Se fue la luz en la madrugada, cerca de la 1:00 AM, la planta eléctrica dispuesta para casos de emergencia no funcionó y el hospital quedó a oscuras; y esto bastó, esto fue suficiente para que dos bebés que estaban en cuidados intensivos perdieran la vida. Así de mal están los hospitales en este país. No, no hace falta un terremoto, una epidemia o una catástrofe, sólo hace falta que la luz se vaya. No, no fue ineficiencia de los médicos, ellos hicieron lo que pudieron, se fue la luz y ni siquiera la planta servía. El sistema de salud que ofrece la dictadura es tal que basta un apagón para destrozar el corazón de dos madres, para negarles la posibilidad de ver crecer a sus hijos y educarlos.

Algunos días después, el 27 de septiembre, Germán Rojas, miembro de la directiva nacional de la Sociedad de Pediatría, informó que hasta el 16 de septiembre habían fallecido 198 neonatos solamente en el estado Nueva Esparta. Es difícil recordar que en mayo del presente año el Ministerio de Salud (cifras oficiales) admitió que 11.466 recién nacidos murieron durante 2016 y que lo más probable es que este año la cifra aumente. Pareciera que en Venezuela ya no existe el derecho a nacer, es como si la dictadura estuviese empeñada en quitarles el derecho a la vida a nuestros bebés.

Es difícil ver a la gente buscando comida en la basura.

Es difícil salir a las calles de Caracas y ver tanta gente buscando comida en la basura. Ver que una madre busca alimentos entre las inmundicias mientras sus hijos la observan esperando un bocado. Y no es una simple percepción: según un estudio de Cáritas hecho en junio del presente año, una de cada 10 familias venezolanas buscan comida en la basura. Y es que la escasez de alimentos es brutal, no sólo se ve en este fenómeno, se ve también en los niños que mueren por desnutrición, en el peso que los venezolanos hemos perdido involuntariamente, en los comedores universitarios cerrados, en los anaqueles de los mercados vacíos, en la deserción estudiantil o en las interminables colas que hay en los supermercados. Da rabia ver el hambre que está pasando este pueblo.

Es difícil ver tantos asesinatos.

Es difícil ver, por un lado, que según el Observatorio Venezolano de Violencia desde 2011 hasta 2016 hubo 150.000 asesinatos en el país, y luego, por el otro, ver que según cifras oficiales esa misma cantidad de personas murieron en la Guerra de Iraq desde 2003 hasta 2011. Es absurdo que se haya vuelto tan común el asesinato en esta patria, es absurda la inseguridad en la que se vive y la degradación que ésta ha traído a tantas ciudades del país, asusta ver que personas cercanas han sufrido en carne propia este fenómeno y que el próximo podrías ser tú o quizás un ser querido. Venezuela no está en una guerra, pero los niveles de violencia que vivimos no tienen nada que envidiarle a la Guerra de Iraq. Así de mal estamos.

Es difícil ver a Venezuela hoy, pero hay un tema en particular que genera un dolor particular, un dolor que con tanta facilidad se convierte en rabia. No, no hablo del penoso estado en que se encuentra nuestra industria petrolera (esa que hace no muchos años era de las mejores del mundo), tampoco de la reaparición de epidemias erradicadas en varios estados del país (esas epidemias que fueron erradicadas por uno de los mejores programas de salubridad que el mundo vio en el siglo XX) y tampoco hablo de estado de nuestras universidades (esas mismas universidades que hace pocos años le vendían tecnología a países desarrollados de Europa y Asia). No, hablo de la actitud de nuestros gobernantes.

Es difícil ver a nuestros gobernantes. Ver que Delcy Rodríguez se sienta en el palco del Palacio Legislativo con una sonrisa altanera, como si hubiese llegado ahí a través de una elección justa, verla levantar su mirada hacia la cámara cubierta de soberbia y arrogancia. Ver que desde que se instaló la constituyente el gobierno no ha hecho más que perseguir al que piensa distinto, inhabilitar dirigentes opositores que se ven obligados a asumir la clandestinidad para no ir presos, para no ser torturados física y mentalmente por la dictadura. Ver, por otro lado, que el gobierno no ha realizado ninguna política para atender las necesidades del pueblo; los neonatos siguen muriendo, la gente sigue comiendo de la basura y cada vez hay más asesinatos, mientras tanto nuestros gobernantes sólo hablan de luchar contra el imperio y la extrema derecha, es más importante destruir a ideología contraria que atender las necesidades del pueblo. Ver que, después de cuatro meses de protestas e incontables muertos –realmente son incontables, hay cifras que hablan de más de 130 muertos, otras hablan de más de 150–, la dictadura sigue sorda ante el grito del pueblo.

Al ver lo que la dictadura venezolana está creando llegan a la mente palabras de Camus: «Estamos en el tiempo de las ideologías totalitarias, es decir, ideologías bastante seguras de sí mismas, de su razón imbécil o de su corta verdad para no ver la salvación del mundo más que en su propio dominio». Y es que la dictadura venezolana ya no busca la salvación del mundo, sólo busca la salvación de sí misma, por eso, a través de la constituyente, está creando una obra totalitaria, una obra que busca el aplastamiento del otro y perpetuarse en el poder para no tener que enfrentarse a la justicia.

Espero que a través de estas líneas se pueda intuir lo que vive Venezuela, repito, no para sentarnos a llorar, sino para que esta realidad nos ayude a salir de la banalidad irritante en la que tantas veces vivimos, para que nos preguntemos seriamente cómo se puede vivir y a qué se le puede apostar en una situación así.

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Al despertar, la realidad seguía allí

Fernando de Haro

Cuando despertó, cuando despertaron, la realidad seguía allí. El problema es si la realidad es el dinosaurio del cuento de Augusto Monterroso o un animal menos amenazador y frustrante. Imaginemos lo que supone tener en frente un diplodocus de 30 metros de longitud, la amenaza que conlleva si queremos sentirnos mínimamente libres.

Bastantes catalanes, el pasado martes, al comprobar que no se proclamaba de forma clara y rotunda la secesión, sintieron que el diplodocus seguía allí. Algunos que trabajan en el campo se llevaron esa tarde la radio como compañera, otros cerraron antes la empresa, todos conectados al móvil. La independencia no fue declarada, pero sí suspendida por el presidente de la Generalitat. Frustración y rabia.

La realidad seguía allí. 540 empresas han cambiado de domicilio porque no quieren estar donde no hay seguridad jurídica. Cataluña se ha quedado sin grandes bancos, el gran destino turístico que es Barcelona ha visto caer de forma drástica sus reservas. La gran burguesía que “hizo el país” y que tan ambigua había sido durante tanto tiempo pedía echar el freno. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, reclamaba que se respetase el orden constitucional. Horas más tarde el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, dejaba claro, una vez más, que no quería una Cataluña independiente, porque no quería una Europa de 98 Estados. Porque –Juncker no lo dijo explícitamente, pero todos los sabemos– la construcción europea ha sido, con todas sus limitaciones, el esfuerzo más inteligente que se haya hecho nunca para superar ese espejismo que es el nacionalismo, el que llevó a millones de jóvenes a alistarse en varias guerras como si fueran al paraíso, el que luego los dejó muertos, mutilados de alma y cuerpo en el fondo de las más oscuras trincheras.

¿Por qué esos vientos del nacionalismo vuelven a soplar con fuerza en Europa? La carta de la CUP, la formación anticapitalista en la que se apoya la Generalitat, pidiendo ya la república catalana permite entender el proceso. Está en juego, decía la misiva, la posibilidad de ser feliz. “Seguiremos –afirmaban– sin apoyos de mercados y estados, seguiremos sin grandes riquezas naturales y sin poderes económicos que nos den apoyo, pero lo haremos con la gente y con sus esperanzas y con toda su dignidad”.

Al despertar, la realidad seguía allí

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  37 votos
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Más allá de los barrotes de nuestros valores

Fernando de Haro

A las afueras de Milán todavía hay pegados algunos carteles de un acto político celebrado hace unas semanas con la frase: “Un nuevo inicio con nuestros valores”. Es el lema de la escisión del PD de Renzi, que ha dado lugar al MDP, un partido que, liderado por el histórico Bersani, reivindica las esencias de la izquierda. En realidad, en toda Europa, y en todo el mundo, la izquierda y la derecha hablan de la necesidad de volver a “nuestros valores”, a los que en otro tiempo nos definieron, a los que nos dieron una identidad segura antes de que la globalización pusiera patas arribas todo. ¿Ha sido la globalización realmente la que nos ha “robado” una identidad estable? ¿O ha sido esta creciente diversidad que inunda el mundo?

“Nuestros valores”, lo que nos han quitado o nos quieren quitar. ¿Cuáles son esos valores? Los de nuestra nación, los de nuestra religión, los de nuestro pueblo… Sí, bien. ¿Pero cuáles son los valores de nuestra nación, de nuestra religión o de nuestro pueblo? A la segunda pregunta, quizás a la tercera, las respuestas se hacen más dubitativas, más imprecisas. La mayoría de los mortales no sabríamos responder con precisión. Los intelectuales, los clérigos, los tertulianos son los que saben recitar los idearios. En un porcentaje altísimo esos idearios son nocionales, doctrinalmente perfectos, sin carne alguna de experiencia. Los intelectuales se ganan a menudo el sueldo explotando la sensación que muchos tienen de haber sufrido un robo de lo suyo.

En esta época, que la profesora de literatura de Harvard Svetlana Boym ha calificado como una época afectada por una “epidemia de nostalgia”, domina un sentimiento de pérdida y desplazamiento, un deseo de reconstruir un hogar perdido, que en realidad nunca ha existido. Es lo propio de un momento de desconcierto.

Como señaló Bauman en uno de sus últimos escritos antes de morir, el anhelo de volver a una patria moral que nunca existió está acompañado de un retorno a la tribu. Los síntomas están por todos lados. Prosperan los que ofrecen una versión simplificada de los hechos. A pesar de las llamadas al diálogo, nadie escucha a nadie porque se ha creado un filtro emocional. Y solo se oyen aquellos mensajes que tienen un significado emotivo para quien necesita más que nunca alguna forma de pertenencia. El debate solo tiene como propósito conjurar la ansiedad para mostrar al adversario lo ciego y lo sordo. El otro sirve, fundamentalmente, como señalaba el gran sociólogo, para “saciar nuestra propia sed de superioridad”. Si no existieran los extranjeros, los gentiles, los enemigos de la verdad, los grandes centros de poder que están cambiando el mundo habría que inventarlos.

La ciudad que dice estar construida sobre los pilares de la racionalidad, la eficiencia y la utilidad se fragmenta en bandos que, a través de una recompensa afectiva, prometen reducir la incomprensible y paralizante complejidad de un mundo que se percibe como amenaza.

Más allá de los barrotes de nuestros valores

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  169 votos
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Venezuela: un cambio que puede tardar

Fernando de Haro

La palabra dictadura ha dejado de ser una metáfora para describir lo que sucede en Venezuela. El inicio de los trabajos de la falsa Constituyente, la destitución de la fiscal general Luisa Ortega -una de las pocas voces libres del chavismo que se alzaba todavía contra Maduro-, el modo en el que los opositores Leopoldo López y Antonio Ledezma han ido y vuelto desde sus casas a la prisión de Ramo Verde son todos ellos indicios más que suficientes. La decisión del Vaticano de reclamar la suspensión de la Asamblea, elegida de forma fraudulenta para redactar una nueva Constitución, supone la constatación de que el presidente venezolano ha volado todos los puentes.

La Secretaría de Estado está convencida de que en este momento no hay diálogo posible. Roma apuró hasta el final las posibilidades de un entendimiento, apuesta que muchos no entendieron. Es lógico que la Iglesia hablara con una voz a través de los obispos locales y con otra desde el Vaticano. Es una fórmula tradicional. Las críticas que ahora se formulan desde la Sede de Pedro pueden ser un buen ejemplo para Zapatero. El expresidente español intentó también una negociación que se ha visto frustrada por un régimen que no tiene ninguna voluntad de encontrar una salida a la situación. Ahora convendría que hablara.

Algunos exiliados cubanos encuentran muchas similitudes entre lo que está sucediendo este verano en Venezuela y lo que ocurrió en Cuba en enero de 1959, cuando Fidel Castro tomó el poder. No hay que exagerar los parecidos. No estamos ante un golpe sino ante un autogolpe de Estado. A diferencia de lo que ocurrió hace casi 60 años, en este caso hay un sólido bloque opositor que está resistiendo heroicamente al tirano, ahora no hay una Comunidad Internacional confundida (Estados Unidos reconoció el primer Gobierno de Fidel). Pero sí existe una alta posibilidad de que fragüe una dictadura sostenida por el ejército y por el negocio del narcotráfico de algunos de sus líderes. Una dictadura que, paradójicamente, no puede presentarse como la solución a la miseria del pueblo, al clima de terror y de violencia sino como una prolongación de una postración que dura ya demasiado tiempo.

Venezuela: un cambio que puede tardar

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  380 votos

>CINE

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El Churchill de la debilidad y la inacción

Antonio R. Rubio Plo

El biopic es un género de moda en el cine actual, aunque muchos directores ya no abordan biografías completas de personajes sino que se centran en algún episodio más o menos significativo de su existencia, narrando unos hechos que sucedieron en pocos días o semanas, pero que resultarían suficientes para definir al biografiado. Se diría que los anglosajones se han tomado desde siempre muy en serio aquello de que la Historia es la historia de los grandes hombres, tal y como afirmaba Thomas Carlyle en Los Héroes. Sin embargo, el público también suele esperar ver de cerca sus debilidades para de esta manera sentirlos más cercanos. Eso sucede, sin ir más lejos, con el film Churchill de Jonathan Teplitzky, en el que el héroe, a sus setenta años, se siente deprimido y angustiado.

Es posible que el creciente interés por Churchill en su país de origen guarde relación con el Brexit. No es casual que uno de sus más fervientes partidarios, Boris Johnson, escribiera hace algunos años una difundida hagiografía de Churchill. Y es que Gran Bretaña, al alejarse de Europa, tiene que volver necesariamente la vista hacia el que muchos siguen considerando el británico más importante de todos los tiempos. Aquel primer ministro y sus antológicos discursos fueron el brillante acto final a la subsiguiente clausura del Imperio británico. Sin embargo, la Gran Bretaña actual guarda más relación con el triunfo electoral laborista de 1945, que mandó a la oposición al propio Churchill, que con nostalgias de la época victoriana, de la que el premier era casi un rezagado. Lo cierto es que, después de la guerra, se impuso el Estado del bienestar en el país y Churchill no fue capaz de cuestionarlo, pues de otro modo no habría conseguido retornar a Downing Street en 1951. Pero el Churchill casi octogenario de aquella época no interesa ni a los guionistas de cine ni a la mayoría de los historiadores, probablemente porque su política exterior, aferrada a salvar algunos retazos imperiales como el canal del Suez, terminó en fracaso. Interesa únicamente el político que expresa de continuo su voluntad de combatir a la Alemania hitleriana con “sangre, sudor y lágrimas”, y que expresa el deseo de no rendirse jamás y de combatir en todas partes contra una monstruosa tiranía.

El Churchill de la debilidad y la inacción

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 3  122 votos
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Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D.

One, la nueva película de Fernando de Haro que se estrena en Madrid el próximo lunes, cuenta lo que nunca te han contado sobre la India. En la mayor democracia del mundo, en el país que compite con China por el liderazgo de Asia y de buena parte del planeta, sigue vigente un rígido sistema de castas. Por eso la minoría cristiana, que se atreve a afirmar la igualdad efectiva entre los indios, es perseguida. Los parias (los sin-casta) que abandonan el hinduismo y abrazan el cristianismo, buscando una vida más digna, pierden las ayudas sociales. Los obstáculos legales que limitan las conversiones han sido respaldados por el Tribunal Supremo. Un nuevo nacionalismo hindú no duda en recurrir a la violencia para restringir la libertad y lleva a cabo prácticas que algunos califican como prácticas genocidas. Prueba de ello es lo que sucedió en el distrito de Kandhamal durante 2008. Se pretendió “limpiar” de bautizados una amplia zona.

Este documental está grabado en Nueva Delhi; en Bhubaneswhar, la gran ciudad del hinduismo; y en las selvas de Orissa, junto al Golfo de Bengala. Recoge los rostros y las historias de gente sencilla (la inmensa mayoría de los bautizados de la India son parias) que ha encontrado en el cristianismo una forma más humana de vivir. Muchos explican por qué abrazaron la nueva religión y han abandonado la antigua. Otros relatan las injusticias sufridas y los motivos que les permiten ser fieles al credo de la cruz. La película da voz también a los nacionalistas hindús que justifican las políticas de discriminación.

Estamos ante el cuarto documental de una serie dedicada a los cristianos perseguidos. El primero de ellos, "Walking next to the wall", fue rodado en Egipto y está dedicado a los coptos. El segundo, Nasarah, grabado en el Líbano, está dedicado a los sirios e iraquíes perseguidos por el Daesh. El tercero, Aleluya, a Nigeria. Los cuatro están disponibles en la plataforma Vimeo. La serie está dirigida por Fernando de Haro que trabaja con la productora N Medio. El proyecto se lleva a cabo con la ayuda del Instituto de Estudios Históricos de la Universidad CEU San Pablo y la Fundación Hernando de Larramendi.

A las 19 horas del lunes 23 de enero en el Salón de Grados de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Julián Romea, 23. 28003 Madrid.

Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  1322 votos

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>CULTURA

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  2686 votos

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