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17 DICIEMBRE 2017
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La aportación política de los cristianos a Cataluña

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Hay quien anda muy escandalizado porque el presidente de la Conferencia Episcopal, Ricardo Blázquez, haya vuelto a defender la necesidad de diálogo dentro de la Constitución para resolver el gravísimo conflicto planteado por la Generalitat. Y que lo haya hecho a pocas horas de que se declare la independencia de Cataluña. Hay quien se rasga las vestiduras porque esa intervención se haya producido después de la del Rey. Una intervención del monarca en la que no se pronunciaba la palabra diálogo. El Jefe del Estado, en un momento de severísima crisis, tiene unas obligaciones muy precisas. Y el presidente de la Conferencia Episcopal otras. Quizás no sea el momento del diálogo institucional. Pero diálogo, que no mediación, tiene que haber, permanente. En todas las direcciones, en todos los canales. A cada uno su papel.

El ruido de las vestiduras rasgadas es atronador. Rasgamiento de vestiduras porque haya curas que apoyen la independencia, porque haya quien la condene, porque se hable de los derechos de los pueblos de España, porque no se recuerde o porque se recuerde toda la doctrina social y moral sobre el valor de la unidad de España, porque no se apoyen desde los púlpitos los supuestos derechos humanos vulnerados por las fuerzas de seguridad… la teología moral se enarbola y se saca a pasear en todas direcciones como si fuera una bandera.

En cierto modo es lógico el escándalo. Durante demasiado tiempo se ha pensado que los bautizados estaban al margen de esa confusión que domina el tiempo presente. Una confusión ante la que ya no sirve recordar principios ni consecuencias derivadas de la experiencia cristiana. Porque es la experiencia cristiana, no la doctrina, la que falta. Y es lógico que no haya claridad y es lógico que haya división en las posiciones políticas. Aunque hubiera una claridad meridiana y una gran experiencia, un renacer espiritual, no está dicho que de esa experiencia se deduzcan conclusiones y posiciones políticas siempre comunes. Al cristianismo no le falta nada porque los miembros de su comunidad sufran el desvarío de los tiempos o porque sus posiciones políticas contingentes sean divergentes. La principal y esencial aportación política que hacen los cristianos no son las consecuencias políticas, morales o doctrinales, la claridad en todos los principios, sino su misma existencia. La comunidad cristiana, con la unidad misteriosa y fascinante que se da en su interior, en medio de la diversidad ideológica, es la mayor, la definitiva aportación política de los cristianos. No conviene confundir el origen con las consecuencias. Al cristianismo le falta todo cuando no es cristianismo, cuando no es acontecimiento. Al cristianismo no le falta nada cuando los cristianos están dramáticamente desorientados, como todos, o cuando legítimamente, según las circunstancias, toman opciones políticas diferentes.

Al cristiano no se le ha prometido tener siempre claridad ni estar siempre del mismo lado en política. Lo que se le ha prometido, lo que se le dado, es la esperanza. La experiencia de un acontecimiento presente, Cristo mismo, que genera una comunidad nueva y que permite vivir con confianza el futuro. Se le ha dado la experiencia de una unidad impensable, también entre los que piensan diferente. Se puede ser uno en Cristo Jesús estando por la independencia o a favor de la unidad de España. Hay un correr hacia las consecuencias, un dar por evidente y un exigir las consecuencias de la fe, sin tener en cuenta las circunstancias, que puede hacer olvidar lo esencial. Lo esencial en la Galilea del siglo I, donde había zelotes revolucionarios y fariseos sumisos, era la aparición de Jesús de Nazaret. Unos y otros le seguían. También lo fue así en la Roma de esclavos, infanticidios y corrupción.

En estas circunstancias difíciles, oscuras, la esperanza para un cristiano es Cristo presente, no el Cristo de los pensamientos, no el Cristo doctrinal, no el Cristo nocional de los manuales, sino el que sucede. Ante un mundo que se derrumba, parece mentira que todavía haya cristianos que propongan un acontecimiento aparentemente minúsculo como respuesta ¡Qué gente más extraña son este tipo de cristianos! ¡Que extraña pretensión! ¡Qué formidable posibilidad! Veremos en el tiempo si esa pretensión, loca pretensión, se despliega. Ya ha sucedido otras veces. Puede que vuelva a suceder. Siempre que sea como al principio, como en la Galilea y en la Roma del siglo I.

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