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3 DICIEMBRE 2016
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Una "nueva laicidad" para Italia y para Europa

Angelo Scola, Patriarca de Venecia

Tal proceso de mestizaje de civilizaciones, que implica a los hombres y a las comunidades religiosas en primera persona, encuentra uno de sus puntos cruciales en el reconocimiento del valor público de las religiones. Existe una tendencia a rechazar el carácter universal de las religiones en nombre de los derechos humanos, y en ello se concentran los esfuerzos para afirmar un humanismo universal reconocido por todos. Algo que facilite el camino para la convivencia social pacífica en un contexto plural.

A nadie se le escapan lo positivo que tienen las declaraciones de derechos humanos. Siempre han tenido, y tienen, un alto valor para poner barreras ético-jurídicas que establecen límites a la injerencia de los poderes políticos, así como para proponer un lenguaje útil para el debate ético y jurídico entre sujetos, culturas y religiones.

No obstante, no podemos negar que estas declaraciones tienen una limitación fundamental y es que, de hecho, su universalidad es inevitablemente "abstracta". Se ocupa de aspectos de la "dignidad" humana cuyo valor insuperable exige por sí mismo protección jurídica. Las declaraciones de derechos humanos plantean una axiología en función de la condición histórica, proceden de un modelo antropológico ideal y requieren un consenso ampliamente participativo. Es por esto que la universalidad de tales derechos humanos es objeto de acusaciones tales como la de ser "parcial", sobre todo por parte de tradiciones como las orientales, que la mayoría considera nacidas al margen del universalismo moderno.

¿Las experiencias religiosas pueden obviar de alguna manera este límite para aumentar su capacidad de edificación social y, por tanto, para convertirse en protagonistas de una promoción más adecuada de los derechos humanos? Creo que a esta pregunta se puede dar una respuesta afirmativa.

Me parece fundamental reconocer el dato de que lo humano como tal (dimensión universal) se da siempre y sólo en la vida concreta de los hombres y de las comunidades (dimensión particular). Así, toda comunidad de hombres, con las manifestaciones culturales que la caracterizan, es expresión del humano universal, pero lo es en las formas culturales históricas que le son propias. Se dan así condiciones antropológicamente estructurales de una cultura que son universales pero que viven en sujetos históricos y comunitarios siempre particulares.

Si ésta es la estructura cultural con que se expresan las comunidades humanas, y por tanto los sujetos religiosos, será también el fundamento de su relación histórica y de la posible interacción entre ellos ("mestizaje", interculturalidad). Pero entonces, será imposible deducir de esta estructura cuál será la forma y el resultado de su encuentro. Esto sólo será posible a posteriori. Cuáles serán los elementos comunes o de reconocida universalidad es algo que las comunidades religiosas y sus expresiones culturales definirán sólo una vez que se produzca su encuentro/desencuentro, su acercamiento/alejamiento históricos.

Para favorecer este proceso, es necesario un Estado capaz de dar espacio, de forma adecuada, a una sociedad civil de naturaleza plural y en la que, precisamente por eso, nunca faltarán elementos de conflicto. Pienso en un Estado no "separado", que para no identificarse con ningún punto de vista en concreto se declare al servicio de la persona y de las exigencias últimas que la constituyen (deseo de libertad y felicidad, de cumplimiento), que al mismo tiempo haga propios los grandes valores que fundamentan la convivencia democrática (libertades civiles y políticas), y que vienen generados por los cuerpos intermedios. Por tanto, no un Estado entendido como un contenedor vacío y anónimo que cualquiera puede llenar a su gusto (opción débil y, de hecho, irrealizable), sino como un espacio realmente no confesional, en el que, sin descuidar las tradiciones, cualquiera pueda contribuir a la construcción del bien común, dentro de una lógica de reconocimiento y confrontación inevitable y respetuosa que garantiza la verdadera naturaleza del poder. Por eso es necesario, y me refiero sobre todo a Italia y Europa, hablar de una "nueva laicidad".

Esta nueva laicidad puede constituir un progreso respecto a la categoría tradicional de tolerancia, que acepta la presencia en la sociedad de las religiones y de las diversas culturas sin reconocer ni favorecer su potencial positividad. De hecho, a través de esta perspectiva del "universal concreto" en las comunidades religiosas, se reconoce la originalidad de cualquier tradición religiosa y se impone en este sentido la superación de la lógica que admite una tutela idéntica para las diversas tradiciones culturales, en la medida en que tienen denominadores comunes. Desde el punto de vista jurídico, tal propuesta hace posible que la tutela de las religiones adquiera un "fundamento diferenciado". Para los no creyentes, consiste en el reconocimiento del beneficio que una religión trae a la comunidad; para los creyentes, en el valor intrínseco de su credo.

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