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17 DICIEMBRE 2017
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No basta con ser libres e iguales

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  62 votos
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“Durante décadas ha existido un consenso sobre lo que es la democracia, pero ese consenso se ha perdido”. Estas palabras de Kazuo Isighuro, tras conocer que había sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura de este año, quizás sean las más oportunas para comprender qué sucede en Cataluña. En una Cataluña en la que se puede producir una declaración de independencia en las próximas horas. Isighuro, que sitúa en el mismo plano la amenaza de los nacionalismos y de los populismos, apunta que “el mundo no tiene ninguna seguridad sobre sus valores”.

Digámoslo otra vez. Desde el principio. Para despejar cualquier duda. Para los analistas británicos, franceses, y sobre todo los italianos, para los desinformados, románticos o quintacolumnistas del nacionalismo y del populismo que aprovechan las circunstancias para minar la actual Europa. La declaración de independencia de una región europea, después de haber celebrado una consulta sin garantía de ningún tipo, anticonstitucional, no reconocida por la Unión, en contra de la soberanía de un país miembro, es un disparate que va a generar mucho sufrimiento. Es una forma de violencia política hacerlo después de que esa consulta trucada (con votos repetidos y sin un recuento digno de tal nombre) arrojara solo el apoyo del 38 por ciento del censo. La legalidad debe reinstaurarse. Repetido.

Ante el disparate, y ante la falta de un relato consistente por parte del Gobierno del PP, se ha abierto paso la respuesta de un grupo de pensadores y de ex políticos que defienden el patriotismo constitucional en nombre de los ciudadanos libres e iguales. Libres e iguales frente a los que actúan contra la ley. Ya hace algunos años se creó una plataforma con este nombre. Sus miembros más activos son los que más se han movilizado. La iniciativa es muy saludable en una España en la que faltan sujetos sociales con capacidad de reflexión crítica. Todo iría mejor si desde muchos sitios surgieran realidades parecidas. Muchos de los miembros de esta plataforma han tenido que trabajar en condiciones muy difíciles y han superado ese escepticismo cínico de los intelectuales que se lo saben todo, que piensan que no hay verdad por la que merezca sacrificarse.

Por todo ello deben ser tomados muy en serio. Tan en serio como para disentir de ellos. El grave problema provocado por los partidarios de una Cataluña independiente, argumentan, vendría a ser un problema de orden público en un sentido amplio. El Estado desde hace décadas ha estado ausente y ha alentado un proyecto nacionalista que habría pervertido la esencia de la democracia. Una esencia que no son los derechos de los pueblos sino los derechos de los ciudadanos. Este es el fundamento de la universalidad democrática. Recuperemos, proponen, la esencia de la democracia tal como fue fijada por la Ilustración, en su modalidad francesa, si es posible. Frenemos el viejo constitucionalismo histórico y romántico que vuelve por sus fueros. La constitución es la constitución escrita, lo que cuenta es que el Estado tutele los derechos subjetivos, la libertad (entendida como libertad negativa de no ser forzado a hacer lo que no se quiere hacer) y la igualdad de oportunidades. Los derechos, especialmente el derecho a la soberanía, es un derecho sometido a la razón que tiene un sujeto bien claro. Lo que tiene que hacer el Estado es restaurar el derecho y estos principios de una democracia liberal. Y problema resuelto. Si hay que recurrir a cierto grado de violencia, es lo propio del Estado monopolizarla. No se puede ni tolerar ni transigir con una sociología y una práctica que disuelve la seguridad jurídico-política.

¿Lo repetimos otra vez? La legalidad tiene que ser restaurada. Pero hay un dato que a los demócratas ilustrados parece que se les escapa. Y que si embargo Kazuo Isighur advierte. El consenso sobre los fundamentos de la democracia, ese valor universal de una fórmula de convivencia basada en ciudadanos libres e iguales, ha desaparecido. Los ilustrados pensaron en una democracia que daba por supuesto un tipo humano, una antropología universal en el espacio y definitiva en el tiempo. Pero esa antropología está desapareciendo o ha desparecido ya. Muchos de nuestros con-ciudanos no se sienten libres bajo el actual Estado de Derecho, porque reaparece, confuso, manipulado, pero pertinaz, el deseo de que la libertad sea algo más que un cauce jurídico-formal. Reaparecen las viejas utopías sí, alimentadas por una democracia burocrática y alejada del corazón. La crisis, por otra parte (esencial en el proceso hacia la independencia de Cataluña), ha disparado una desigualdad real que deja en caricatura la igualdad de oportunidades.

Los últimos años, tras la guerra de Iraq en 2003 o tras la guerra todavía en curso en Siria, se nos ha hecho evidente que una democracia no prospera si no se tiene en cuenta la antropología que la fundamenta. La democracia a la occidental no funciona en Oriente Próximo. La democracia basada en una antropología ilustrada está cada vez más condenada a sufrir tensiones más difíciles de resolver porque el hombre europeo del XVIII, con sus certezas y evidencias, es una especie en extinción. Y con esto habrá que hacer las cuentas. Restaurar el orden público o el Estado de Derecho es necesario pero insuficiente para la naturaleza del desafío. No basta con ser libres e iguales, es necesario que en una democracia haya espacios donde sea posible una experiencia concretísima de libertad y de igualdad. En estas condiciones. Con un hombre del siglo XXI.

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