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19 NOVIEMBRE 2017
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La economía, motor y freno del independentismo catalán, a la búsqueda de la confianza perdida (II)

Luis Rubalcaba, catedrático de Economía | 0 comentarios valoración: 3  35 votos
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Comentábamos el viernes el balance de la historia que contrapesa con gran fuerza los posibles argumentos económicos a favor de la independencia. Pensemos hoy en lo que sucede estos días. La economía actual se mueve por la confianza y se para por desconfianza, que es lo que está pasando ahora en Cataluña. Los bancos han vivido en estado de pánico estos días, en particular porque necesitan el paraguas europeo del Banco Central, que no tendrían en una Cataluña independiente. Ante la incertidumbre, el dinero, que es cobarde por definición, huye hacia donde encuentra más seguridad. La independencia fuera del crédito del BCE abre la puerta el riesgo de la falta de crédito, que tiene en el corralito su extremo más terrible. Ello no pasaría si Cataluña tuviera poca deuda, tuviera unas finanzas muy saneadas y un sistema bancario muy robusto y receptor fácil de financiación, lo que pasa en Suiza, pero no en la Cataluña de hoy, donde, como todo en el resto del sistema bancario español, aún estamos pagando la terrible crisis económica y financiera que hemos sufrido.

La dependencia del crédito bancario internacional y necesidad de financiación de la economía catalana son hechos que, por sí solos, aconsejarían parar la independencia. Y por esto seguramente nunca, al menos en el corto y medio plazo, nunca habría independencia ni de Cataluña ni de ninguna otra región dentro de la Unión Europea, si la economía fuera la que decidiese (otra cosa es que haya regiones donde los Estados acuerden la independencia de alguna región por otros motivos, no económicos principalmente). Para que Cataluña pudiera convertirse en una potencial Suiza independiente mucho tendría que llover antes.

Además, no debemos hablar solamente de bancos y crédito. El que muchas de las grandes empresas catalanas estén cambiando su sede social fuera de Cataluña dice también cómo la cuestión de la confianza no es solamente un tema de economía financiera sino una cuestión de economía real, que también se nutre de la confianza. Las empresas catalanas necesitan la confianza de los inversores, accionistas, trabajadores y clientes que están profundamente anclados en el territorio español, pese a que los porcentajes internacionales de negocio fuera de España sean crecientes, y en ningún caso a ningún agente económico le interesa el clima conflictivo y de incertidumbre financiera, jurídica y política que hay en estos momentos. Por último, la merma de confianza también estaría omnipresente en un hipotético re-encaje de una Cataluña independiente en la Unión Europea, que nunca sería un proceso fácil ni corto (los países con nacionalismo en algunas regiones, como Francia o Bélgica, nunca apoyarán un precedente continental catalán que les pudiera contagiar) ni tampoco exento de un severo coste económico durante los muchos años de esa hipotética espera.

Con el peso de los argumentos económicos contra la independencia, resumidos muy ligeramente en este escrito, realmente me gustaría entender mejor los motivos para la misma, que una parte muy importante de la sociedad catalana tiene. Ello me obliga a hacerme preguntas que desbordan el ámbito económico. ¿Qué razones pueden sostener los que quieren a Cataluña fuera del proyecto económico, social y político, diferente al que hemos tenido durante 500 años y del que, con sus luces y sus sombras, a la vista está que no nos ha ido tan mal? ¿Qué sucede para que tantos independentistas de buena fe no tengan interés por una España completa, con Cataluña como parte esencial, y por el contrario piensen otros escenarios alternativos llenos de incertidumbre? ¿Qué lleva a pensar en hipotéticas Suizas imposibles hoy por hoy? ¿Qué es lo que realmente quieren los que abogan por la independencia, más allá de la economía? ¿Por qué un sector del independentismo vive del rechazo o incluso odio a España y a lo español, violentando la convivencia en Cataluña contra los que no piensan como ellos? ¿Qué ha pasado y qué se ha hecho mal para que hayamos llegado a este punto? ¿Cuáles han sido las responsabilidades dentro de Cataluña, pero también fuera, en los gobiernos del Estado español? Y quizá la pregunta más importante, ¿cómo puede recuperarse el valor de España en Cataluña? ¿Qué se puede trasmitir a un joven independentista, que desconoce el valor y la historia de España, para que comprenda la utilidad de estar dentro de España mejor que de salirse? (Y seguramente la economía no bastará como respuesta).

Creo que es el momento de hacernos este tipo de preguntas, más allá del debate sobre las responsabilidades obvias de los líderes políticos del proceso y de lo que vaya a pasar en próximos días. Me parece que hay que salir de los esquemas maniqueístas tan omnipresentes estos días, de que unos son los buenos y otros los malos de esta película, y los culpables son, por supuesto, los malos y únicamente los malos. ¿Qué se ha hecho mal por cada uno de los actores de este tablero de juego, los políticos en Barcelona y en Madrid, los educadores en las escuelas y universidades, los medios de comunicación, la Iglesia, las empresas, la sociedad civil? ¿No será el tiempo de que todo el mundo en Cataluña y en el resto de España reflexione sobre lo que se ha hecho mal y deje de echar toda la culpa a “los otros”? ¿Acaso lo que está pasando no es el resultado dramático de un fracaso colectivo y no sólo la aventura irresponsable e ilegal de algunos políticos de la Generalitat?

Volvamos a la economía. La economía crece por la confianza, decíamos. Ahora falta confianza en Cataluña y esto ya está afectando a su economía. Supongo que la situación actual quedará normalizada próximamente y que las responsabilidades legales y políticas se resolverán en no mucho tiempo, también con urnas y elecciones. Esto devolverá una gran parte de la confianza perdida este tiempo pasado. Pero las heridas quedarán ahí mucho más tiempo y la confianza económica más a medio y largo plazo necesitará de una construcción social donde el “otro”, también el que piensa lo contrario a lo que yo pienso, sea considerado y tratado como un bien, que el diferente sea una oportunidad para construir. Esto me parece decisivo en el momento actual. Y este será el gran reto social para construir la vida y la economía en una sociedad, la catalana, desgraciadamente fracturada hoy más que nunca en su historia reciente.

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