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19 NOVIEMBRE 2017
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¿Es que vamos a seguir jugando el mismo juego de engañarnos unos a otros?

Mikel Azurmendi | 0 comentarios valoración: 3  43 votos
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Si yo fuese nacionalista y tuviese bajo mi gobierno las competencias políticas, económicas y culturales de la Generalitat con esos suntuosos edificios y palacios y sillones; si la policía judicial fuese mía y no dependiente de los tribunales, y me saludase al paso; si yo estuviese metido en una burbuja en la que todos se me muestran lacayos y me dan palmaditas, yo también sería como Puigdemont. Ni más ni menos sería uno como él, y desearía más poder con más coerción contra quienes no estuviesen por mi empoderamiento.

También yo llamaría nación a ese deseo mío y mentiría como él y me valdría de insidias para declararme Estado independiente. Y para ello también yo fabricaría una ley como me viniese en gana, sin atender a los parlamentarios de la oposición ni a los letrados. Por eso yo entiendo a Puigdemont, le entiendo bien y no tengo nada contra él, de la misma forma que he entendido siempre a Hitler, un pobre hombre con muy malas ideas y peores ideales.

Puigdemont tiene malas ideas y un pésimo ideario. Un ideario para ir escindiendo la sociedad catalana desde la escuela y la televisión. Acaso yo no soy mejor persona que Puigdemont pero he elegido mejor que él tras haber pasado por una experiencia nacionalista. Una experiencia que me mostró el daño irreparable de buscar escindir la sociedad vasca y separarla de España.

“Defender la secesión con mentiras, insidias, corrupción y violencia es inmoral y es pecado”, ha dicho el 30 de septiembre el arzobispo de Oviedo. Yo vi que eso era inhumano ya hace casi 50 años. Una lástima que Puigdemont y el nacionalismo no crean en el pecado ni tengan conciencia de humanidad. El nacionalismo es la creencia en que uno es siempre diferente a todos los demás y en que se merece un trato que no se le da. Por eso marca líneas de separación entre los hombres, traza esencias lingüísticas, urde un pasado imaginario y se encumbra en el ensimismamiento de lo que uno pudo haber sido pero otros nunca le dejaron ser. Y culpa al otro, al español, al judío o a quien fuere. Y lo considera un perro, un súbdito, vamos, algo sin figura humana.

Rajoy no posee esas creencias de Puigdemont, para nada. Es más, no posee casi ninguna pero le va bien creer en la Constitución. Sobre todo ahora que le apoyamos los que creemos en ella. Antes de hacer nada contra Puigdemont Rajoy prefiere advertirle que es mejor entenderse en eso de la Constitución: “¡qué más dará que sigas siendo nacionalista, hombre! Sé como quieras, Carles, pero anda, di que sí a la Constitución!”.

Qué nos importará a nosotros lo que Carles Puigdemont diga ahora con todo lo que ya ha hecho y dicho. Lo que de verdad nos debiera importar es si vamos a dejar que los nacionalistas juren la Constitución sin abjurar de su ideario de romper la convivencia cívica a base de imponer la mentira en las escuelas, las insidias en la política, la posverdad en los informativos y la violencia lingüística en la administración de las personas y las cosas.

No tengo nada personal contra Puigdemont, pero ¿por qué hemos de tolerar su ideario no pluralista, Rajoy? ¿Es que, con la que está cayendo, vamos a seguir jugando el mismo juego de engañarnos unos a otros?

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