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19 NOVIEMBRE 2017
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Tambores en Barcelona

Carlos Pérez Laporta | 0 comentarios valoración: 3  49 votos
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El sol ya se ha puesto hace rato y mientras comienzo a escribir estas líneas resuenan de nuevo esos instrumentos de percusión caseros, hechos de útiles de cocina que nunca fueron pensados para hacer borbotear la ciudad. Hacía tiempo que el silencio producido por el cansancio cotidiano de los barceloneses dominaba nuestras noches. Era quizá esa calma que precede a la tempestad. Han ingresado en prisión Sànchez y Cuixart.

Se han publicado dos videos en los que cada uno profetizaba su encarcelación preventiva. En sus mensajes están combinadas palabras pacíficas y combativas: serenidad y resistencia, democracia y fuerza, justicia y represión, civismo y poder. Esta mezcla agridulce ensalza en un gesto los sentimientos opuestos más profundos del alma, y es esta contraposición la que sostiene el impulso de la revolución. Mientras los escucho aún suenan los pucheros. Esas palabras parecen haberlos transformado en tambores de guerra. El repique metálico de las cacerolas rezuma inquina por las ventanas de algunos hogares, acumulada por la frustración de la última semana. Como decía Baudelaire, «el oscuro Enemigo que nos roe el corazón / va creciendo y con nuestra sangre cobra vigor». Si es así, no tardarán en responder los tambores de la otra mitad de las ventanas de la ciudad. Ojalá sea todo un efecto auditivo, pero esta noche no puedo evitar acostarme sobrecogido.

Estoy de acuerdo con Cuixart en la trascendencia del momento histórico, pero dudo que lo esté en los motivos. Los momentos históricos no son trascendentes porque debamos ser absorbidos totalmente en ellos; sino al contrario, lo son cuando exigen un juicio político personal que vaya más allá de ese instante. Trascender el momento es ir más allá de lo fáctico, sin abandonarlo, pero uniéndolo con el resto de la historia. Su verdad no está en su supuesto carácter absoluto; sino, al contrario, en su relación con los demás momentos del tiempo.

Si no se observa esa relación se está suministrando opio al pueblo que, como advirtió Weil, no era la religión, sino la revolución: «la esperanza de la revolución es siempre un narcótico». La “movilización permanente” y “organizada” a la que llaman Sànchez y Cuixart, tiene como fin alcanzar la “completa libertad”. Cara promesa, que dudo que ni la más perfecta de las repúblicas que hayan podido pensar sea capaz de proporcionar. Los límites de la absoluta libertad andan por doquier: cualquier aspecto de la alteridad (desde los poderes económicos hasta el vecino del piso de al lado) aparecerán siempre en la historia; entonces parecerá verdad la sartriana identificación del infierno con los otros, por lo que la revolución tendrá que ser siempre reemprendida.

Sin embargo, la urgencia del momento dificulta analizar la completa situación; no es posible esperar a que todo el mundo comprenda la totalidad del problema. Eso sería algo también, si no revolucionario, utópico. Por suerte, como ha señalado Arendt, no son los más inteligentes y formados los que son capaces de juzgar en un momento histórico trascendente; sino los que tienen por cierta una cosa: «que, pase lo que pase, mientras vivamos, tendremos que convivir con nosotros mismos».

Depende de lo que hagamos en concreto podremos o no vivir en paz en el futuro. Ese requerimiento previo de la conciencia resiste a la efervescencia colectiva de un determinado momento histórico: debemos desear por encima de todo la paz con uno mismo y con los demás, con los que trabajo y convivo, ahora y mañana; este debe ser el verdadero fin que oriente cada acción política. No lo ha sido hasta ahora, y el resultado ha sido violencia con los que no piensan igual, y con uno mismo en forma de melancolía. La historia nos espera, espera la acción verdaderamente humana, espera que estemos a la altura.

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