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29 SEPTIEMBRE 2020
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>Entrevista a Massimo Borghesi

'En Cataluña han encontrado una nueva religión'

Juan Carlos Hernández y Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  58 votos
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Vivimos una época de caída de las evidencias, también de aquellas evidencias que fundamentaron la democracia. Lo vemos en el auge de los populismos pero, ¿podría ser un ejemplo de esto el movimiento independentista en Cataluña?

El movimiento independentista catalán tiene un origen antiguo. Sus premisas están al comienzo de la era moderna cuando, con el descubrimiento de América, Cataluña tuvo que sufrir las dificultades económicas debidas al desplazamiento del comercio hacia las Américas, de cuyas rutas Cataluña quedaba excluida en favor de Castilla, y con la reducción de su margen de maniobras mercantiles en la cuenca mediterránea, a causa de la expansión otomana. En este contexto es donde maduran los sentimientos anticastellanos y separatistas que llevarán a la decisión política de apoyar a Francia contra Felipe IV. Si bien estas son las premisas más lejanas, hay que decir que el fenómeno del independentismo se ha radicalizado en los últimos diez años, paralelamente al estallido de la crisis económica interna en España y también internacional. La crisis económica funciona como detonador de antiguas rivalidades. El populismo catalán es distinto del italiano, alemán, austriaco, inglés. No tiene nada que ver con los fenómenos de la inmigración, la presencia musulmana, etc. El populismo catalán es un populismo nacional o, mejor dicho, nacionalista. Presenta analogías con el vasco y escocés. Los independentistas piden ser considerados como una auténtica nación. Por eso, en marzo de 2006, adoptaron una nueva versión del Estatuto catalán con la aprobación del entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero, donde se reforzaba a la comunidad autónoma. En el texto se definía a Cataluña como una “nación” dentro del Estado español y se establecía además “el derecho y el deber” de los ciudadanos catalanes de conocer y hablar el catalán y el castellano. Pero en julio de ese mismo año, el Partido Popular de Mariano Rajoy, por aquel entonces en la oposición, presentó un recurso ante el Tribunal Constitucional que, cuatro años después, en junio de 2010, anuló una parte del estatuto catalán, la que establecía la referencia a Cataluña como “nación”, porque no tenía “ningún valor jurídico”. El motivo de la anulación de una parte del estatuto está en el hecho de que la Constitución postfranquista de 1978, que convirtió al país en una monarquía parlamentaria, “no reconoce más que la nación española” y está pensada para una España “indisoluble”. Los principios sancionados constitucionalmente son por tanto superiores a cualquier decisión tomada en un parlamento autónomo.

En el origen del catalanismo está sin duda la obra del obispo Torras i Bages, que a finales del siglo XIX ve en el desarrollo de la identidad regional o nacional de Cataluña un modo de detener la secularización. Ese intento está reflejado en su famosa frase “Cataluña será cristiana o no será”. En la historia ha habido otras operaciones similares. ¿Qué consecuencias tiene una opción de este tipo?

En Europa, a lo largo del siglo XIX, surgieron muchos movimientos de independencia nacional de base religiosa, marcadamente cristiana. Es el caso de la independencia de Grecia del dominio otomano, de Polonia, Italia con el Risorgimento. La idea de nación “cristiana” es uno de los productos de la cultura romántica como reacción a la Ilustración secularizadora. Volviendo al presente, lo que me llama la atención es el silencio de la Iglesia, al menos en los medios, respecto a lo que está pasando. Se juzgue como se juzgue, el movimiento de secesión de España perseguido por los catalanes radicales es una tragedia. Cada vez que los pueblos se dividen es una derrota. En este caso, creo que se puede decir que es una tragedia también para la Iglesia, para la catalana y para toda la Iglesia española. En estos años la Iglesia no ha sido capaz de unir, de superar odios y rivalidades. Su voz no se ha oído en estos acontecimientos. Es verdad que en Cataluña, profundamente secularizada, esta voz es muy débil. Del mismo modo, me parece que ha faltado la función de unidad que represente la corona. El rey debía, debe, representar la unidad de la nación, es el símbolo en que todos se reconocen, más allá de las diferencias. Y no creo que esto haya sido así.

El fenómeno del nacionalismo, que se convierte en independentismo, ha sido explicado como una “transferencia de sacralidad”. Ya Orígenes criticaba la idolatría de la nación. Cataluña es, de hecho, una de las zonas más secularizadas de España ¿Esta transferencia de sacralidad es la consecuencia normal de toda “teología política”?

El Papa Francisco afirma en sus textos que para comprender a un pueblo hace falta una visión lógica y otra mítica. Sin la dimensión mítica, referida a los vínculos históricos, las tradiciones, los símbolos, las costumbres, etc., no se puede entender a un pueblo. Cuando esta dimensión mítica se vuelve “mística” se cae en la ideología, en la religión civil, en la teología política. El catalanismo, como movimiento identitario, se hace totalizante, unificador, religioso. Se convierte en un movimiento de liberación. La pregunta que debemos plantearnos es: ¿liberación de qué? ¿Acaso España es un Estado tirano, opresor, antidemocrático? Cataluña es una de las regiones europeas más ricas, con un nivel de autonomía que roza la independencia. ¿Qué le falta para ser ella misma? Nada más que la mitología de sí misma. En la Cataluña secularizada, el nacionalismo llena el vacío dejado por la religión perdida. Solo se comprende la mística de la revuelta catalana a partir del hecho de que finalmente los catalanes han encontrado una nueva fe, un mito unificador, una pasión civil, un enemigo a combatir. La mística no tiene en cuenta las contraindicaciones. Una Cataluña independiente no tendría el reconocimiento europeo, tendría que emitir una moneda propia, con las consecuencias que podemos imaginar, seguiría sufriendo la huida de empresas y bancos, el empeoramiento de sus cuentas económicas, probablemente el aumento del desempleo, la congelación de sus relaciones con España, la insignificancia política en el mundo global, etc. Los motivos negativos son evidentes. Sin embargo, para los radicales no existen. Tienen una “fe” y eso basta.

¿El nacionalismo que resurge en Europa en estos tiempos se puede entender como una fórmula de teología política? Llevando a la práctica el título de uno de sus libros más famosos, ¿cómo hacer una “Crítica a la teología política”, a las nuevas teologías políticas?  

El nacionalismo resurge en Europa después del movimiento de nivelación impuesto por la burocracia de Bruselas. Cuanto más quiere Europa “unificar”, con tanta mayor fuerza estallan las diferencias. Europa no puede ni debe ser una nación. Si lo fuera se haría totalitaria. Europa solo puede continuar si mantiene el equilibrio entre unidad y diferencia, entre universalización y localización, entre organismos centrales y Estados nacionales. De otro modo resurgirán, ya están resurgiendo, las reacciones populistas. Estas obtienen sus apoyos del miedo y, al mismo tiempo, de los deseos insatisfechos. Miedo a la inmigración, a la presencia musulmana, a la pérdida de identidad, a la crisis económica. Frente a estos miedos, Europa ya no parece ser una defensa. Y no solo eso. Europa queda muy lejos frente al fenómeno de la soledad, del mundo sin vínculos que ha generado un neocapitalismo agresivo, una sociedad líquida fundada en un individualismo extremo. Donde emerge el deseo de formar parte de una patria, de una comunidad, el deseo de pertenecer. Los nacionalismos identitarios que afloran actualmente utilizan e instrumentalizan miedos y deseos que maduran en la crisis de la globalización, e imaginan soluciones mítico-místicas. Las teologías políticas siempre surgen en situaciones de “crisis”. Su fascinación consiste en descargar sobre un enemigo las propias frustraciones y miedos. Para la Cataluña de hoy, tener en España al enemigo, al chivo expiatorio de sus propios problemas, constituye, en el imaginario colectivo, una exaltadora promesa de liberación.

En una entrevista para este periódico usted afirmaba que “identidad significa autoconciencia de lo que uno ha encontrado. Para un cristiano esto deriva de la experiencia de la ‘gracia’, de algo que ha sucedido y no depende de nosotros, no es mérito nuestro. De otro modo, la identidad se convierte en una construcción ideológica que termina en la dialéctica amigo-enemigo”. ¿Estamos condenados a identidades conflictivas?

Cuando la conflictividad entre los pueblos se vuelve ideológica, maniquea, hacen falta grandes líderes capaces de indicar caminos, vías de reconciliación. Por el contrario, vemos políticos de perfil bajo que utilizan las pasiones de las masas para hacer carrera. Sin escrúpulos. En los momentos difíciles, estamos en manos de los mediocres. Igualmente, cuando el conflicto parece estar en un punto sin salida, la Iglesia, si constituye la tradición histórica de la nación, no puede dejar de trabajar por la unidad entre los pueblos cristianos que constituyen un Estado. La unidad, como dice siempre el Papa Francisco, es más fuerte que la diferencia. La unidad no debe abolir la diferencia, ni esta última debe destruir la concordia. En caso contrario, la identidad como factor de riqueza para todos, pasa de ser factor original a convertirse en ideología identitaria. El identitarismo nacional es una construcción intelectual de los historiadores, un producto del historicismo romántico. Marca el fin de la Europa “cristiana” de la “Santa Alianza”; es la premisa de las dos guerras mundiales que, en nombre del poder de las naciones, incendió el mundo entero. El hecho de que eso emerja ahora en Europa, al contrario de lo que pasó en la exYugoslavia, como un movimiento pacífico, no quita su naturaleza conflictiva, su necesidad de un eterno enemigo. De aquí no puede salir nada bueno.

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