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25 SEPTIEMBRE 2020
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En la esperanza está la gran belleza

Angelo Scola | 0 comentarios valoración: 3  36 votos
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La belleza es el “esplendor de la verdad”, decían los antiguos. Un bello paisaje, una compañía significativa, un cultivo de la tierra bien logrado, el resultado de un trabajo artesanal paciente y cuidado, una obra de arquitectura, escultura, pintura, poesía, música, pero sobre todo el milagro siempre sorprendente de un nacimiento, o la dulzura del amor verdadero entre el hombre y la mujer, la energía con que se afronta una prueba relacionada con la salud, o con la muerte… En todas estas manifestaciones de la vida brilla (esplendor) la verdad. De hecho, la verdad no es ante todo un discurso ni un conjunto de fórmulas lógicamente bien trabadas. Ante todo tiene que ver con la maravilla con que la belleza se impone ante la mirada, hasta tocar el corazón de cada hombre. Como en todas las dimensiones profundas de nuestra persona –conocer, amar, creer…–, esperar también presenta dos características importantes.

En primer lugar, la esperanza no nos la podemos dar a nosotros mismos; y en segundo, no podemos ganárnosla de una vez para siempre. ¿Qué quiero decir? Un gran escritor francés, Charles Péguy, dedicó una fascinante obra poética al tema de la esperanza. Dice el poeta: “Para esperar… hace falta ser feliz de verdad… haber recibido una gran gracia”. Hay una antesala de la esperanza y es la alegría de haber recibido un don, “un estado de gracia”. De hecho, Péguy representa a la esperanza como una virtud niña. A ella se une siempre un elemento de gratuidad total, como el juego libre e imprevisible de un niño. Por eso, la “pequeña” esperanza, para caminar, necesita ir de la mano de sus hermanas mayores, la fe y la caridad. Aunque –bien mirado– con sus brincos, sus arranques y sus mañas, es ella la que termina marcando el camino. Pero el recorrido trazado por la virtud niña está lleno de sorpresas, no se puede poseer de antemano, pide un compromiso siempre renovado, un entrenamiento del deseo, como diría san Agustín. Lo entienden perfectamente los padres ante la belleza del nacimiento de un hijo: no se lo dan ellos mismos, lo reciben de Dios (“he adquirido un varón con la ayuda del Señor”, Gen 4,1) pero al mismo tiempo todo padre sabe que tendrá que seguir el camino imprevisible de ese hijo (don) a lo largo de toda su existencia, para que la belleza originaria mantenga las promesas que suscitó.

Ya desde nuestros primeros padres, el compromiso del hombre con su futuro, con el “para siempre” se disolvió con la ruptura de la relación entre el hombre y Dios. Emerge con fuerza la caducidad humana, marcada en último término por la experiencia de la muerte, que entra de manera transversal en la línea de la historia personal y social, y parece así hacer vano cualquier intento humano. Fragilidad, contradicción, pecado –anticipos de la muerte– parecen apagar, con el paso del tiempo, el locuaz juego de la pequeña esperanza. ¿Dónde acabará ese irreprimible anhelo del “para siempre”? ¿Acaso no ocupa su lugar una desorientación que nos llena de melancolía y que puede acabar llevándonos a la desesperación? En todo caso, la perspectiva de tener que morir ¿no reduce tal vez la belleza, la esperanza, la felicidad a algún “hermoso día” excepcional en el nublado cielo de nuestra existencia cotidiana? ¿Cómo usamos nuestra libertad frente al “ruido de fondo” de la muerte (Michel Houellebecq)? Pero, en un momento puntual de la historia, irrumpe el anuncio de los ángeles a los amigos de un hombre muerto en la cruz: “Ha resucitado. No está aquí… Va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis” (Mc 16,6-7).

Jesucristo cumple hasta el fondo la experiencia de la muerte, pero su muerte posee un carácter totalmente singular. No es como nuestra muerte común, porque es la muerte de uno que podía no morir y, en virtud de esto, “la muerte ha sido absorbida”, como dice san Pablo (1Cor 15,54). Jesucristo resucita. Y con él resucita definitivamente la esperanza. Estas reflexiones que hemos propuesto no nos llevan a despreciar las esperanzas terrenas que, en el ámbito cultural, técnico, científico, e incluso en el ámbito moral, pueden tener los hombres. Siempre que estas no escondan su naturaleza secundaria, es decir, la necesidad de tender, directa o indirectamente, a la forma radical y victoriosa de la esperanza en Cristo. De este modo es arrancado aguijón venenoso de la muerte. En ella estamos llamados a responder con la actitud más potente de nuestra libertad: el abandono al Padre que nos crea. La historia de la Iglesia nos ha enseñado un camino seguro para vivir esta asombrosa experiencia: la gratuidad de una caridad que al final legitima la fe. Cuántos santos, no solo los canonizados sino también desconocidos, cuántas madres, cuántos padres, cuántos hombres de buena voluntad no renunciaron a comprometerse con el otro incluso cuando esta decisión, humanamente hablando, parecía no aportarles nada. Acompañando a los moribundos, a los ancianos, a los enfermos terminales, a los descartados, compartiendo el sufrimiento, la sociedad de los pecadores se transforma. Aquí se vislumbran los primeros destellos de esa hermosa esperanza que abre paso a la resurrección de nuestro verdadero cuerpo. ¡La vida vence!

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