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19 NOVIEMBRE 2017
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>Entrevista a Agustín Domingo Moratalla

"¿Quiénes han regado la planta de la ética cívica que emergió en el 78?"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  12 votos
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¿Cómo valora las medidas legales efectuadas hasta ahora por el Gobierno frente al desafío secesionista en Cataluña?

Son medidas necesarias en un estado de derecho. En los últimos años, el gobierno de España ha actuado confiando en todos los mecanismos del derecho para frenar el proceso soberanista pero no ha podido hacerlo. Mientras unos jugaban con una concepción del derecho presidida por la buena fe, otros instrumentalizaban el derecho y, por lo que hemos ido viendo, prescindiendo de la buena fe. La política tiene una dimensión ética, cultural e histórica que los juristas deberían conocer, más aún si esos juristas tienen vocación política y son profesionales de la política.

El Papa Francisco ha definido la época actual como “un cambio de época”. Ciertos valores ya no son evidentes y muchos de nuestros conciudadanos no se sienten libres bajo el actual Estado de Derecho. ¿Cree que estamos frente a un problema más de fondo que no se soluciona simplemente con la necesaria aplicación de leyes justas?

Hay un problema de fondo en este cambio de época y es la falta de conciencia histórica. El estado de derecho está muy bien, pero por sí mismo no genera las energías comunitarias y el vigor que las personas necesitamos para vivir. Lo he repetido hasta la saciedad en mis clases, ningún soldado de infantería ha dado su vida por las décimas de crecimiento económico de su ministro de Hacienda o por las instrucciones administrativas de los códigos civiles de su país. Hace falta una concepción ética de la libertad y una reflexión más seria o rigurosa sobre la condición humana. En las últimas décadas, nuestros hijos y alumnos se han encontrado con reflexiones sobre la libertad identificada como independencia, autosoberanía, desvinculación y “bienestarismo” social. No podemos esperar mucho de lo que se ha venido sembrando en las últimas décadas.

Las leyes justas no nacen de un programa de software o de una mecánica jurídica kelseniana. Además, no es justo que sólo los políticos estén sometidos a la caprichosa lupa de opinión pública para frenar la corrupción y otros profesionales como los jueces, los fiscales y los periodistas no carguen con la cuota de responsabilidad que les corresponde en la tarea de dinamización moral de los pueblos. El “estado de derecho” es una categoría moral que requiere vigor cívico para su gestación, administración y aplicación. ¿Quién o quienes han nutrido este vigor? ¿Quiénes han regado la planta de la ética cívica que emergió en el 78?

El filósofo Massimo Borguesi afirmaba en este diario que “en la Cataluña secularizada el nacionalismo llena el vacío dejado por la religión perdida”. ¿Podría ser este un factor que ayudaría a explicar el momento que vivimos?

Claro que el nacionalismo ha llenado el vacío de la religión perdida, pero no hace falta salir fuera de nuestro país para encontrar estas reflexiones. Quienes han puesto la lupa en la secularización de Cataluña para explicar el triunfo del independentismo tendrían que ponerla también en sus propios países, sus propias regiones y sus propios ambientes. No es un fenómeno únicamente de Cataluña, es un fenómeno propio de sociedades modernizadas y secularizadas. El ser humano es un animal estructuralmente fantástico y sorprendentemente religioso, por eso querer prescindir de la fantasía y la religión (o religiones) para organizar, administrar y dirigir la vida en común es caer en el sectarismo y la irresponsabilidad. Sin las confesiones religiosas es imposible pensar el bien común, y menos aún en la era de la globalización donde las religiones están siendo determinantes. Los teóricos de la secularización han reconocido sus errores y estamos en la post-secularización.

Este soberanismo como religión de sustitución tiene una explicación antropológica muy clara en sociedades atomizadas e individualistas donde los ciudadanos seguimos siendo animales simbólicos, fantásticos, soñadores, religiosos y utópicos. Se ha realizado un discurso simplificador donde el universo simbólico de la constitución del 78 se identificaba con el individualismo atomizador y el universo simbólico soberanista se identificaba con la salvación comunitaria. Frente a la frialdad ilustrada de las leyes y los estados, los soberanistas reclamaban la calidez romántica de las tradiciones. Da la impresión de que no hemos aprendido nada de la crítica del Romanticismo a la Ilustración, o de la crítica de la razón hermenéutica a la razón instrumental.

Para explicar bien el momento en que vivimos debemos ponernos mejores gafas y simplificar menos los análisis. Si las iglesias y confesiones religiosas tradicionales no aprovechan la dimensión teológica de la vida humana, siempre habrá alguien que la sepa canalizar. En la era secular, lo expresiva y existencialmente religioso no lo gestionan necesariamente las iglesias o confesiones religiosas, lo gestionan los agentes culturales, políticos o mercantiles. Igual que el neo-populismo, las representaciones musicales y deportivas aprovechan la dimensión religiosa del animal fantástico. Si antes bastaba con analizar la liturgia de un meeting, un concierto o un partido de fútbol, estén atentos porque ahora el “running” se está convirtiendo en una nueva religión.

En un editorial de este periódico se postulaba que “el nacionalismo resurge como fórmula potsmoderna –fórmula de neo soberanía–, como proyecto de construcción de una identidad alternativa, justificada en un pasado recreado. Y lo hace como intento de respuesta frente a las incertidumbres de un mundo líquido”. ¿Qué valoración le merece dicha reflexión?

No deberíamos rasgarnos las vestiduras con el nacionalismo, hasta hace cuatro días nadie cuestionaba la legitimidad democrática de un nacionalismo “moderado” con capacidad para compensar otras ideologías más individualistas o atomizadoras. En el siglo XXI, las identidades nacionales son complejas y las soluciones que han ofrecido los nacionalismos o liberalismos decimonónicos están en crisis. Debemos empezar a plantear las identidades con nuevas coordenadas culturales e históricas, sin caer en la simplificación de quienes las olvidan o desprecian. Frente a las identidades postmodernas o las identidades fosilizadas, la ética pública debería reconstruirse con vigorosas propuestas de identidad narrativa.

¿Por dónde podemos empezar a reconstruir?

Además de atender a unos oradores u otros, lo que deberían hacer unos y otros es leer con calma los libros de José Jiménez Lozano y relacionarse mejor con los pasados. Hacen falta más horas de estudio, debate y lectura de algunos libros básicos de nuestra historia como “Los cementerios civiles y la heterodoxia española”, de José Jiménez Lozano (Taurus, Madrid 1978). Estos últimos días convulsos de nuestro país les he pedido a mis alumnos que lean y trabajen ese texto. Les puedo asegurar que el libro no sólo es de una rabiosa actualidad para entender las identidades políticas y religiosas sino para entender los dramas culturales del catolicismo global.

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