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19 NOVIEMBRE 2017
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Urgen políticas para el encuentro

Ferrán Riera, director de la Escola Llissach | 0 comentarios valoración: 3  26 votos
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Hace unos días este periódico publicaba una entrevista con Ferrán Riera, director de la Escola Llissach (Santpedor), a la que contestó el pensador Mikel Azurmendi. El diálogo continúa.

Querido Mikel:

Desde que leí tu carta (porque fue eso antes que un artículo) llevo en el corazón el deseo de responderte. No para justificar ni matizar lo que dije en la entrevista publicada en PáginasDigital el pasado 4 de octubre con el título “Despertaremos, quizás, con una Catalunya independiente y habrá mucho sufrimiento” y a la que aludías días después en tu artículo publicado en el mismo medio con el título “A propósito de una entrevista sobre la situación en Catalunya”. Más bien lo que me mueve es el deseo de que sigas ayudando a entender más lo que quiero decir al obligarme, por un lado, a usar palabras más adecuadas que expresen mejor lo que pienso y, por otro, a pensar y descubrir las incoherencias o lagunas en el propio razonamiento. Así que tan solo tengo palabras de agradecimiento a la seriedad con la que acoges nuestra amistad y la haces valer para escribirme a los pocos días de salir publicada mi entrevista.

Corrígeme si me equivoco, pero de tu mensaje entiendo que no es que la ideología te parezca mal sino que simplemente te parece algo inevitable de la condición humana y que por tanto el debate no está en ideología sí o ideología no sino en si la ideología es buena o es mala.

Antes de entrar en materia me parece que es bueno diferenciar “ideología” de “ideas”. Últimamente cualquier idea que lleva consigo una propuesta parece que va asociada a una “ideología”. Creo que sería útil a la discusión ponernos de acuerdo en considerar ideología al constructo de ideas, corolarios y dogmas que se crea alrededor de un “tema” o varios “temas” principales, con el cual se intenta dar respuesta a todos los ámbitos de la realidad social. Por eso podemos hablar de ideología fascista, comunista, nacionalista… etc. Desde esta perspectiva la “ideología” es una especie de andamiaje que te aleja de la realidad pero no se trata de algo inevitable y connatural a la condición humana. Opera por la imposición, por parte de unos pocos, de un sistema de pensamiento que, por otro lado, suele tener “asideros” en verdades o medias verdades que facilitan la asunción de dicho sistema por parte de la muchedumbre que sufre dicha imposición.

En cambio, las “ideas” que todo hombre debería tener pueden o no derivarse de la convivencia con las ideologías y son necesarias e inevitables porque a través de la idea el hombre piensa, categoriza y describe la realidad de forma comprensiva. Las “ideas” políticas, sociales, económicas… como tales son siempre incompletas (“en la tierra y en el cielo, Horacio, hay más cosas que las que puedes soñar en tu filosofía” - Hamlet) pero se van perfeccionando, corrigiendo e incluso mutando a través de la experiencia de los hechos en una iteración constante. En ese sentido, no podemos decir que toda idea pertenece a una ideología o que operar teniendo en cuenta una idea siempre es ideológico. Se opera a partir de una idea siempre pero el comportamiento es ideológico cuando el “hecho” no matiza y corrige la idea o, si lo preferimos, cuando la “idea” aplasta el hecho.

Me interesa mucho esta relación entre idea y hecho. La batalla de las ideas, esa que tú tan bien conoces por tu trayectoria de “compromiso” social con el bien y con la búsqueda de la “buena vida”, la que puedes narrar (y lo haces) ayudándote y ayudándonos a comprender con ejemplos de tribus, ritos ancestrales y tradiciones que conoces como buen antropólogo, necesita para que sea útil –para que nos sirva realmente– de la verdad, y la verdad solo se alcanza a través de la experiencia, y la experiencia requiere de libertad y de una lealtad excepcional no a las propias ideas (que pueden ser depuradas, corregidas, matizadas, abandonadas en la experiencia) sino a uno mismo y lo que a uno le sucede en el impacto con la realidad, con el aspecto de la realidad que le ha “convocado” a hacer el camino de esa experiencia concreta.

Hecho este preámbulo, quiero comentar dos puntos de los que tú hablas en tu carta y añado después algunas notas que creo que pueden servir en nuestro diálogo.

1.- Dices en tu artículo-comentario que compartes el análisis sociológico que hago en la entrevista citada pero no la solución política que saco “de la chistera” en el momento en que la respuesta que esperabas por mi parte era una solución de tipo más bien cultural. En mi descargo tengo que decir que, de hecho, esa “solución política” que pasaba (me remonto a los días posteriores al 1 de octubre) por un ceder unilateralmente, por aflojar en aras de no propagar ni aumentar el mal, es la respuesta a una pregunta de Fernando de Haro que irrumpe en el horizonte de la entrevista con la pregunta sobre las posibles soluciones o esperanzas a medio-corto plazo. En todo caso he de decirte que la respuesta (que no sé si tiene verdaderamente categoría de solución política) sí que tiene en cuenta la descripción de cómo veo al hombre de hoy y lo que a mi parecer necesita este hombre. Después ahondaré en ello.

2.- Sobre las reacciones al día 1 de octubre, en concreto desde el colegio que dirijo, expresamos el rechazo a la irresponsabilidad política que nos había llevado hasta aquella situación y sí, entendimos que las medidas policiales adoptadas en algunos lugares y que todos habíamos podido ver no guardaban proporción con el acto que se quería evitar y, sobre todo, no se compadecían con la lectura necesaria e inteligente sobre los acontecimientos que sucedían. En todo caso nos pareció que en absoluto ese proceder iba a ser una ayuda para acercarnos a una solución. Las fuerzas de antidisturbios (y esto también lo dicen miembros de las fuerzas de seguridad con los que he hablado) deben actuar cuando están ciertas de que el desorden social que van a evitar es mayor que el que van a producir con su actuación. Entiendo que esa decisión es siempre prudencial y no voy a detenerme a enjuiciar esa aciaga jornada mucho más allá de indicar que la responsabilidad de lo que sucedió el 1 de octubre es proporcional al grado de autoridad de las personas implicadas. Porque lo que verdaderamente sucedió, más allá de las escenas que tan intencionadamente se han distribuido por las redes sociales, es un desencuentro aún mayor, un crecimiento del desafecto mutuo, el ensancharse de un abismo que separa sensiblemente al menos la mitad de Catalunya del resto de España, fruto del uso de la violencia por ambas partes porque, evidentemente, también es una violencia que haya centenares de miles de personas en la calle implicadas en un acto que es ilegal.

En el último tramo de esta carta, Mikel, quiero añadir algunos elementos que no salieron en la entrevista de Fernando de Haro entre otras cosas porque no los había pensado aún pero que me parece que ayudan a afinar más el crítico juicio sobre la relación entre la crisis antropológica (crisis de lo humano) y la crisis política que estamos viviendo y de cómo atender las dos cosas a la vez (de hecho son inseparables).

Por lo que ya hemos hablado podemos concluir que la crisis política que estamos viviendo es la punta de un iceberg formado por una tremenda y profunda crisis antropológica cuyos elementos sintetizaste en tu artículo. Con esto en absoluto separo antropología de política pero sí que distingo precedencias. A lo que ya hemos comentado hasta ahora (caída de las evidencias, relativización del valor de la ley y de la autoridad, exaltación de la propia decisión y subjetivismo…) quiero añadir 3 puntos más y finalizar con una propuesta de respuesta a la situación.

1. Si alguna cosa hemos visto entre nosotros estos días es el crecimiento de la extrañeza. La extrañeza entre “independentistas” y “unionistas”, extrañeza entre miembros de la misma familia al tomar posturas diferentes ante la situación, extrañeza entre miembros de la Iglesia porque pretenden dar (en el mejor de los casos) respuestas que están en diferentes registros de incidencia social, cultural y política. Pero la extrañeza puede “crecer” porque de hecho está ya antes de forma incipiente o embrionaria. La buena noticia es que esta extrañeza nos molesta sencillamente porque no estamos hechos para ella, porque estamos hechos para ser parte los unos de los otros. Todos los intentos ingenuos para crear una gran fraternidad humana por parte de los hombres son expresión de ese deseo último de ser uno con el otro. ¿Qué resuelve este callejón sin salida? No es posible entre dos personas eliminar por completo el fenómeno de la extrañeza sin la irrupción de un acontecimiento, de algo de fuera que reclame las fuerzas, los afectos y la razón. Algo de fuera de la relación que sucede dentro de la relación. Podríamos poner muchos ejemplos que documentasen esto que digo Mikel, pero esta carta aún se alargaría más.

2. Esta revolución que estamos viviendo (porque se trata de eso) no es una revolución al uso de los dos últimos siglos. Parece claro que parte del constructo ideológico del nacionalismo va imbricado a su vez en el constructo ideológico del progresismo social y de los denominados “antisistemas”. Pero si miras con atención a la gente de la calle y hablas con ellos se te harán evidente perplejidades, contradicciones e inconsistencias que te llevan a reconocer que en gran medida el pensamiento de los hombres es un vacío (¡líquido!) que está atravesado por algunas consignas y poco más. Prueba de ello es que muchas de las conversaciones acaban con un “pero yo no lo veo así” o un “eso no es verdad”. Por otro lado es, cuanto menos, curioso todas las apelaciones a la verdad que se hacen en un momento en el que lo más difícil de saber es precisamente la “verdad” simple de los hechos. La información en las redes sociales, pero también la redacción de la mayoría de los periodistas, están llenas de la propia posición previa y de la ansiedad de quien escribe ante lo que sucede o ante lo que teme que pueda suceder.

Con todo esto, me parece que la acción política, para ser justa y eficaz, debe tener en cuenta en la medida de lo posible al hombre que “hoy” es el objeto de dicha acción.

3. Si alguna cosa caracteriza a la sociedad en la que vivimos es la falta de la experiencia de la misericordia. No en vano el Papa Francisco le dedicó todo un año al tema. Lo veo en el colegio, en la relación con los padres, lo vemos estos días en las reacciones de algunos políticos y en cómo se anima a la gente a no olvidar los agravios. Podría ponerte un sinfín de ejemplos de los de estar por casa y de los públicos. Este fenómeno es transversal a todo y subyace en gran parte del desastre educativo que tenemos, pues afecta directamente a la consideración del error por parte de unos y de otros y, cómo no, a su corrección. A mi parecer tiene el efecto de consolidar ciertos aspectos de la posición humana en la postmodernidad. De la falta de misericordia, de la imposibilidad de perdonar y de ser perdonado, nace el aislamiento, se fosiliza la desvinculación de la que habla Bauman, se cae de forma clamorosa en la subjetividad y el narcisismo porque a falta de que nadie te pueda afirmar pese a tu mal, solo queda tu propia afirmación. Es la afirmación de un yo vacío de contenido que se ha ido forjando a base de selfies, de estados de whatsapp y perfiles en las redes sociales, hasta el punto de que gran parte de la jornada laboral de tantos adultos está atravesada por la autocontemplación de quien está pendiente siempre de cómo lo ven, de lo que dicen de él y de cómo lo valoran. En este sentido también las manifestaciones de estos días pueden leerse en clave de inmensos selfies grupales (aunque, como siempre, tampoco esto que digo lo explica todo).

No entender o no tener en cuenta la dinámica del deseo humano, la naturaleza del hombre, la matización que añade la postmodernidad a esa naturaleza y la necesidad existencial de misericordia que todos (dirigentes políticos incluidos ) sufrimos, convierte las respuestas políticas (incluidas las bienintencionadas) en palos de ciego que suelen ahondar más en las heridas abiertas.

Llegados a este punto cabe decir que tan sólo la persona de Jesús de Nazaret está a la altura de responder verdaderamente a todo lo planteado. He escrito expresamente persona y no figura o pensamiento, porque lo que aporta Cristo a la humanidad no lo aporta como conjunto de dogmas, ideas, pensamientos o propuesta antropológica o cultural, sino que lo aporta con toda su persona. Lo podemos ver cuando nos acercamos sin prejuicios a los relatos del encuentro que el Dios-con-nosotros tiene con la Samaritana, Zaqueo, María Magdalena o la viuda de Jairo por citar a algunos, pero también por el testimonio de los cristianos que a lo largo de la historia han aportado, con su presencia, luz, paz, paciencia y humor en las circunstancias más imposibles de aceptar o vivir por la mayoría de los hombres. Es el testimonio de los santos (los de hoy y los de ayer) que nunca podrá ser oscurecido ni tan sólo ensombrecido por el pecado y la infidelidad innegable de la propia Iglesia. Sus hechos (esos que sirven para matizar, cambiar y reformar las ideas) quedarán para siempre delante de quien los quiera mirar y serán siempre la posibilidad para que uno reconozca de nuevo qué forma, qué método y qué tipo de amistad corresponde a la vida humana.

Querido Mikel, no sé si todo esto te parecerá abstracto y poco concreto a la hora de afrontar el problema político que vivimos en este momento. A mí no me lo parece. Es más, no veo otra forma de afrontar nuestra responsabilidad personal y social como cristianos que no sea esta.

De todos modos tengo que decir que humildemente creo que de todo esto se puede derivar una praxis política. Me explico:

A estas alturas de partido espero que todos seamos conscientes de que nuestra sociedad y occidente en general, salvo en contadas experiencias excepcionales, no se puede considerar una sociedad cristiana. Quizá formalmente en algunos lugares aún lo es pero solo falta que preguntes ¿qué significa la salvación que Cristo introduce en el mundo y por qué te interesa esta salvación a ti? para que te des cuenta de que poca fe queda, a parte de la formalidad, en nuestro substrato, incluso (y me incluyo en ello porque lo descubro así) en aquellos que formamos parte de lo que podríamos decir la “Iglesia militante”. ¿Qué propuesta podemos y debemos hacer los hombres a los hombres, entonces, si Aquel que tiene el “poder” para responder a verdadera naturaleza de nuestro deseo, de nuestra exigencia de libertad y de justicia, no está presente ni como perspectiva o posibilidad en el horizonte vital de la mayoría de las personas? ¿Qué tipo de experiencia (esa que al principio de la carta te decía que nos permite comprender la verdad y que tenía la capacidad de moldear las ideas) debemos proponer desde todos los ámbitos de la vida común (incluido, cómo no, el político) para que sea posible la construcción de la “vida buena”, para que nos podamos reconocer viendo cómo la extrañeza disminuye y el deseo de la misericordia aumenta?

El encuentro es el fenómeno humano en el que se da la experiencia necesaria para destruir la subjetividad llenándola de “otro”, entregando certezas suficientes para nadar en medio de la dificultad para conocer la verdad. No en vano el Papa Francisco ha hecho una llamada a construir lo que él denomina la “cultura del encuentro”. En el encuentro entre los hombres se despierta el “yo” que reclama a la vida común, a la pertenencia a la sociedad y a los iguales, al deseo de llegar a todos y de no dejarse a nadie por el camino y, por ende, se sitúa al propio hombre en la posición adecuada para captar y seguir todo aquello que sirva para este fin.

Urgen políticas que favorezcan a todos los niveles esa cultura del encuentro. Políticas que empujen la legislación y ejecuten decisiones que construyan en la lógica siempre nueva de la cultura del encuentro.

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Caso Trump: ¿cómo valorar a un político?

Fernando de Haro

Primer año de la era Trump. Doce meses después, su apoyo popular es uno de los más bajos de un presidente reciente: poco más del 30 por ciento. Hay que remontarse a Harry Truman, en 1946, para encontrar un nivel tan bajo. ¿Un fracaso?

El presidente de los Estados Unidos era hasta ahora una figura tendencialmente “inclusiva”, el de todos los estadounidenses. Pero con Trump la presidencia ha cambiado radicalmente. Es el presidente post-moderno que ha perdido la aspiración al bien común: un particular que representa a un particular sector de la población, a una minoría mayoritaria sin voluntad de universalidad. Obama y Bush, los dos expresidentes vivos más distanciados ideológicamente entre ellos, han coincidido en cargar contra las políticas del inquilino de la Casa Blanca. Son las críticas de la vieja política.

Trump, un año después, mantiene el apoyo de los que le hicieron presidente, y eso es lo que cuenta. Un éxito. El “alto” nivel de respaldo se apoya en un mecanismo muy líquido: a base de fake news (falsas noticias) se ha convertido en un fake president. Este es un buen momento para revisar qué ha anunciado, dando a entender que se había producido un cambio, y qué ha cambiado realmente. El primer decreto del magnate, firmado en enero en el despacho oval, fue contra el Obamacare. Tema obsesivo en su campaña. Diez meses después no ha conseguido que su partido, mayoritario en las dos cámaras, lo derribe y ha tenido que recurrir a un decreto para conseguir un retoque, importante porque modifica en parte el sistema de seguros, pero muy lejos del derribo anunciado.

En el campo económico estaba previsto un gran programa de expansión de infraestructuras con gasto público. La propuesta que llegó al Congreso era de tres billones de dólares de déficit extra, de momento la cifra ya se ha rebajado a 1,5 billones. Y ya veremos qué sucede si efectivamente se pone en marcha la reforma fiscal prometida. No es posible recaudar menos y gastar más.

El presidente ha dado un giro relevante a la política exterior de Estados Unidos en Oriente Próximo, pero mucho menos agudo de lo que asegura su propaganda. Uno de los pocos aciertos de la política exterior de Obama fue el acuerdo con Irán para frenar su programa nuclear. Sirvió de contrapeso a la relación preferente con Arabia Saudí. Trump, por el contrario, ha cultivado el eje Arabia Saudí-Israel para atacar Irán. Ha anunciado que no certificará el acuerdo, pero no lo ha roto y lo ha dejado en manos del Congreso. En Siria, se puso teóricamente frente a Bashar Al Assad y los rusos, con el bombardeo de la base aérea de Shayrat por el uso de armas químicas. Pero ha acabado llegando a un entendimiento práctico con Moscú. Lo mismo ha sucedido con China.

Caso Trump: ¿cómo valorar a un político?

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La inteligencia tiene nombre de encuentro

Fernando de Haro

Dos meses escasos para que termine 2017 y se puede decir que en Europa hemos parado el golpe. La política monetaria expansiva del BCE, que muy poco a poco se va reduciendo, ha permitido mantener un cierto crecimiento económico. Francia y Alemania han frenado los populismos. La UE ha ganado peso por su firmeza en la negociación del Brexit y se ha hecho imprescindible para que la crisis de Cataluña fuera encauzada de forma razonable. No podemos ni imaginar lo que hubiera significado para España la pretendida secesión sin el auxilio de la Comisión o en el Parlamento europeo. Puigdemont, el expresidente catalán fugado de la justica, solo ha encontrado cierto eco en Bruselas porque Bélgica es un país separado por un muro, el que divide al nacionalismo flamenco del nacionalismo valón.

¿Tiempo pues para retomar proyectos, para reconstruir el edificio derrumbado sobre los cimientos que han quedado en pie? ¿A pesar de que la extrema derecha se haya convertido en la tercera fuerza en Alemania? ¿A pesar de que la mitad de los catalanes quieran un estado independiente porque persiguen un proyecto nacionalista? Hace unas semanas, la investigadora Catarina Kinnvall, de la Universidad de Lund (Suecia), publicaba “Racism and the role of imaginary others in Europe”. El estudio constata el aumento de la xenofobia entre los europeos. Es el miedo, según la profesora, lo que genera la nostalgia de una “identidad pura”.

El tiempo de la claridad, el tiempo de la luz parece haber desaparecido. Solo hay amenazas. Hay quien insiste en recurrir a la voluntad. A comienzos del año que entra va a publicarse (el título lo dice todo) “Enlightenment now: The case for reason, science, humanism and progress” (Ilustración ahora, el caso para la razón, el humanismo y el progreso). Será el último libro de Steven Pinker, psicólogo y filósofo del lenguaje, referencia de culto del liberalismo más optimista. Pinker lo deja muy claro: frente al nacionalismo y al populismo, la solución es defender la democracia, la ley y el orden, defender con militancia los valores de la Ilustración. Se podría añadir, quizás con más sutileza, para completar el argumento de este canadiense, que es necesario hacer un ejercicio de inteligencia y decir, en esta época de crisis, toda la verdad. La tradición liberal, la tradición cristiana, todas las tradiciones aún en pie, deberían someter a examen “la gran deriva” de la luz a la incertidumbre y construir un edifico sólido y consistente de argumentos y juicios que den adecuada respuesta.

Es una solución que, a juzgar por los resultados, puede calificarse como un ejercicio de voluntarismo, en palabras del sociólogo español Víctor Pérez Díaz. Un ejemplo es lo que sucedió minutos después de que en Cataluña se declarara la independencia. El ex vicepresidente Oriol Junqueras, hombre culto, aseguró que la secesión se proclamaba en nombre de "valores universales que el mundo cristiano llama la igualdad a ojos de Dios, o el amor fraterno, y que el mundo ilustrado llama fraternidad, igualdad y libertad”. Un buen catálogo de valores y de juicios, desligados de la experiencia que los generó, sirven ya para casi cualquier cosa.

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Un documental de Nínive se estrena... mientras estalla otra vez la guerra

Miriam Díez Bosch

“Para mí ha sido una experiencia muy intensa estar en esos pueblos, derruidos, destrozados por la persecución. Ha sido un auténtico genocidio, según lo que dice el derecho internacional”. Son las declaraciones del director Fernando de Haro a Aleteia, que en los últimos días ha vivido “sobrecogido por la noticia de que 850 familias que habían vuelto a sus pueblos después de la derrota del Daesh hayan tenido que volver a huir por el enfrentamiento entre kurdos e iraquíes”.

La fe de estas personas no va a menos. “Lo sorprendente es que en medio de esa prueba haya muchos cuya fe haya crecido. Han tenido experiencia de que Dios los sostenía, los acompañaba”.

De hecho la película recoge el testimonio de un joven que se pregunta dónde está Dios en medio de tanta injusticia. “Es la pregunta que se hacía Job, la que nos hacemos todos. Y es sorprendente que, a través del encuentro con algunas personas, este chico haya redescubierto a un Dios que daba por descontado. Un testimonio así me acompaña”, cuenta de Haro.

“La situación es muy difícil. Hay una lucha intensa por hacerse con el control de la zona. Después de la derrota del Daesh, la lucha es ahora entre los kurdos y los iraquíes. Es necesario que las fuerzas internacionales pacifiquen la zona y que haya un proyecto de Iraq estable en el que los cristianos puedan vivir en paz. En el país han quedado muy pocos cristianos. Son el resto de Israel, pero ya hemos visto en otras ocasiones de la historia cómo la vida resurge a través de un resto”, añade.

La sede del CEU en Madrid, en la calle Julián Romea 23, será testigo el lunes día 30 del estreno de este documental sobre la llanura de Nínive, donde de nuevo se están enfrentando el ejército kurdo y el iraquí.

Este documental del periodista Fernando de Haro es la historia de las personas que han sufrido uno de los genocidios del siglo XXI, quizás el más reciente. Nínive relata la vida cotidiana de algunas de ellas. Entra en sus casas, en sus sufrimientos, en sus esperanzas. Recoge su testimonio de fidelidad y de amor a aquello en lo que creen.

En el verano de 2014, más de 120.000 cristianos se vieron obligados a huir de sus pueblos de la llanura de Nínive, una zona del norte de Iraq, que se encuentra cerca de Mosul. Es una de las cunas de la civilización. A la llanura de Nínive el cristianismo llegó en los primeros siglos y siempre ha sido un lugar con una presencia de bautizados muy significativa. En sus aldeas y sus pueblos se conservan las grandes tradiciones siriacas, caldeas y asirias.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  2729 votos

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