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1 OCTUBRE 2020
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Aclaraciones sobre el origen del catalanismo

L. Seguí | 0 comentarios valoración: 2  24 votos
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Las obras de referencia del nacionalismo catalán son la Torras i Bages, la de Almirall y la de Prat de la Riba, aunque la primera tiene un sentido antagónico al de las otras dos. El núcleo del debate histórico en torno al catalanismo es si se trata de algo intrínseco al pueblo catalán o si, por el contrario, se debe al influjo “externo” sobre Cataluña y en qué medida.

Mientras que Prat de la Riba busca en la tradición catalana el origen que justifique el nacionalismo propio del resurgir cultural y político que supuso la Renaixença, Almirall en cambio apunta a la influencia que ejercieron las ideas revolucionarias y liberales.

El profesor Canals señala que el historiador Rovira i Virgili mantiene las tesis de Almirall, pero añade con inteligencia que “el entronque entre la influencia francesa y el movimiento catalanista no es directo –ya que la versión española del ideal revolucionario y jacobino condujo a la unidad legislativa y a la centralización estatal– sino indirecto, a través del movimiento romántico”. Pero advierte su complejidad, pues aunque por una parte el romanticismo catalán “se centró en la corriente tradicional e histórica, medievalista y cristiana”, por otra parte pertenece a la “España nueva” a la que Cataluña –por desgracia– se anticipó: la liberal europeizante.

Canals encuentra la clave interpretativa en las tesis del P. Casanovas S.I., que se separa de la interpretación del siglo XVIII como siglo meramente de muerte cultural para Cataluña (Decreto de Nueva Planta y Universidad de Cervera, supresión de los Estudios Generales catalanes, etc), y sostiene que el siglo de muerte fue el XVII y no el XVIII, que es el nexo con la Renaixença –en contra de las tesis que señalan a la Edad Media–, y que fueron precisamente los rasgos burgueses de esa cultura del XVIII los que constituyeron “el mayor esfuerzo por integrarse en la Ilustración europea”.

Por mediación del romanticismo “el resentimiento tópico ante lo borbónico y lo estatal pudo impulsar, oculta bajo la cortina de humo de aquellas confusiones, la real entrega a corrientes opuestas a la verdadera tradición catalana. El progresivo aburguesamiento y el uniformismo barcelonés de las últimas décadas del catalanismo, vino a injertar a la descendencia de los antiguos ‘vigatans’ en un tronco que, por la Renaixença y el Romanticismo, recibía precisamente, transformado por la cultura burguesa del siglo XVIII, el contenido del artificial humanismo ‘botifler’” –es decir, afrancesado y revolucionario.

La deformación de la conciencia histórica no se debe, por tanto, sólo a los que sitúan “fuera” de Cataluña su renovación, sino también al regionalismo “noucentista” o “modernista”, pasando algunos de ellos bajo un aparente “tradicionalismo” o “conservadurismo”, pues eran profunda y explícitamente “liberales”. Esto explica para Canals la mutación que sufrirá la tradición catalana y, a su vez, la complejidad para entenderla. Es más, el resentimiento ayudó a deformar la propia tradición y a desvalorizar toda la lucha catalana contra el afrancesamiento llegando incluso a olvidarla (como también sucede hoy). Canals nos recuerda que entre 1822 y 1876 Cataluña es el pueblo que más resistencia ofrece a las nuevas ideas: “15 años de guerras populares contra el liberalismo, el Alzamiento por Urgell contra la Constitución de Cádiz en 1822, la guerra de los Agraviats, la guerra de los Matiners, y las guerras carlistas. Cataluña ya “en 1640 se había alzado contra la imitación madrileña de Richelieu por el Conde-Duque de Olivares”, además de la Guerra Gran (1793-5) y la lucha hasta 1714 con los pueblos de la Corona de Aragón contra la modernidad europeizante borbónica. “Ningún pueblo puede compararse con Cataluña en su perseverancia en la guerra antimoderna”, concluye Canals.

En contraste, la concepción de la “tradición catalana” del obispo de Vic es el “aferrarse de Cataluña al espíritu de la Edad Media”. Su defensa del “regionalismo” tuvo como finalidad “evitar que el renacimiento cultural y político catalanista fuese arrastrado por las tendencias que, en nombre de las ideas y corrientes políticas nacidas de la Revolución Francesa, se apartaban de la tradición cristiana de Cataluña”. Pues era frecuente que algunos de los dirigentes “liberales” de la Renaixença buscasen “fuera” –en vez de apoyarse en la tradición– el origen o la fuerza del resurgir “catalán”, a pesar de la idealización romántica de la Edad Media en otros sectores (propios de “la secta” o masonería). La defensa de la tradición catalana del obispo era la del vivir de un pueblo que se expresa en su fe principalmente, y por añadidura en sus costumbres, lengua, arte, literatura e instituciones. Defensa opuesta a la de la “secta” y a la del centralismo liberal, ajenos a la tradición catalana. Este otro catalanismo es el propio de una “inteligencia utópica, amiga de planes sociales a priori”, cuyo resultado será, añade, que si el catalanismo recibe su inspiración “del nihilismo moderno, acabará en la disolución social y la muerte”. La tradición es para el obispo “el elemento esencial del patriotismo”, tanto que sin ella el segundo está condenado a morir.

Sólo en este contexto se entiende que el obispo diga que Cataluña contiene “lo que constituye una persona moral”, y por ello la base para ser persona jurídica, como lo había sido anteriormente. El regionalismo es la posibilidad de que Cataluña, acérrima enemiga del liberalismo y de la revolución, siga “viva” como pueblo, esto es, cristiana. Ya que la Iglesia es esencialmente regionalista (“¡es regionalista porque es eterna”!), este es el sentido de la inscripción en Montserrat. “Es ciertamente este libro un breviario de culto a la patria-tierra; pero de ningún modo se opone –sino al contrario– al culto a España, conjunto de pueblos unidos por la Providencia”, escribió el obispo. Pues “un nuevo espíritu haría un nuevo pueblo”, y esos “ridículos constructores de naciones, que quieren formar pueblos con la eficacia de su palabra (…) queriendo infundir el espíritu nihilista que respiran a nuestra patria, si tuviesen éxito (…) dejarían solo un nombre vacío de toda realidad”. Profético.

Podemos entender bien qué había en discusión entonces y cuál ha sido la deriva tanto de Cataluña como de España, que el obispo ya intuyó y de la que nos quiso advertir: “la sustancia nacional no está solamente amenazada por el parlamentarismo, sino también por el cosmopolitismo revolucionario, enemigo esencial del regionalismo”.

El error de perspectiva frente a lo que está sucediendo en nuestro país nubla más el horizonte cotidiano. El profesor Canals, después de recordarnos que Cataluña ha sido el pueblo que más ha luchado por defender su tradición, advierte que el pueblo catalán “también ha protagonizado los movimientos republicanos, federales y anarquistas antes que otros pueblos ibéricos y con mayor fuerza y eficacia (…) Cuando la política española se empeña en imponerle una política de ‘centro’, ha reaccionado siempre por los extremos y la radicalidad”. Y concluye: “Las conexiones sugeridas podrían explicar la intermitente entrega del catalanismo conservador a la política dinástica, y a la vez la paradójica ausencia de catalanidad esencial en los sectores más intransigentes del catalanismo, para cuyos dirigentes también la entrega a un izquierdismo jacobino y estatal constituía una tendencia profunda”.

La tradición cristiana, no promovió el arraigo del catalanismo, sino que, como sucedió también con el marxismo, le dio espacio por su propio debilitamiento y por la ruptura de parte de sus filas desmarcándose de la tradición, y no por una apuesta por la “nación” en sentido moderno. Aunque hay tristes excepciones.    

Citas tomadas de:

F. Canals Vidal, Catalanismo y tradición catalana, Ed. Scire

Torras i Bages, Obras Completas, Ed. Abadía de Montserrat

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