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19 NOVIEMBRE 2017
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La inteligencia tiene nombre de encuentro

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  29 votos
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Dos meses escasos para que termine 2017 y se puede decir que en Europa hemos parado el golpe. La política monetaria expansiva del BCE, que muy poco a poco se va reduciendo, ha permitido mantener un cierto crecimiento económico. Francia y Alemania han frenado los populismos. La UE ha ganado peso por su firmeza en la negociación del Brexit y se ha hecho imprescindible para que la crisis de Cataluña fuera encauzada de forma razonable. No podemos ni imaginar lo que hubiera significado para España la pretendida secesión sin el auxilio de la Comisión o en el Parlamento europeo. Puigdemont, el expresidente catalán fugado de la justica, solo ha encontrado cierto eco en Bruselas porque Bélgica es un país separado por un muro, el que divide al nacionalismo flamenco del nacionalismo valón.

¿Tiempo pues para retomar proyectos, para reconstruir el edificio derrumbado sobre los cimientos que han quedado en pie? ¿A pesar de que la extrema derecha se haya convertido en la tercera fuerza en Alemania? ¿A pesar de que la mitad de los catalanes quieran un estado independiente porque persiguen un proyecto nacionalista? Hace unas semanas, la investigadora Catarina Kinnvall, de la Universidad de Lund (Suecia), publicaba “Racism and the role of imaginary others in Europe”. El estudio constata el aumento de la xenofobia entre los europeos. Es el miedo, según la profesora, lo que genera la nostalgia de una “identidad pura”.

El tiempo de la claridad, el tiempo de la luz parece haber desaparecido. Solo hay amenazas. Hay quien insiste en recurrir a la voluntad. A comienzos del año que entra va a publicarse (el título lo dice todo) “Enlightenment now: The case for reason, science, humanism and progress” (Ilustración ahora, el caso para la razón, el humanismo y el progreso). Será el último libro de Steven Pinker, psicólogo y filósofo del lenguaje, referencia de culto del liberalismo más optimista. Pinker lo deja muy claro: frente al nacionalismo y al populismo, la solución es defender la democracia, la ley y el orden, defender con militancia los valores de la Ilustración. Se podría añadir, quizás con más sutileza, para completar el argumento de este canadiense, que es necesario hacer un ejercicio de inteligencia y decir, en esta época de crisis, toda la verdad. La tradición liberal, la tradición cristiana, todas las tradiciones aún en pie, deberían someter a examen “la gran deriva” de la luz a la incertidumbre y construir un edifico sólido y consistente de argumentos y juicios que den adecuada respuesta.

Es una solución que, a juzgar por los resultados, puede calificarse como un ejercicio de voluntarismo, en palabras del sociólogo español Víctor Pérez Díaz. Un ejemplo es lo que sucedió minutos después de que en Cataluña se declarara la independencia. El ex vicepresidente Oriol Junqueras, hombre culto, aseguró que la secesión se proclamaba en nombre de "valores universales que el mundo cristiano llama la igualdad a ojos de Dios, o el amor fraterno, y que el mundo ilustrado llama fraternidad, igualdad y libertad”. Un buen catálogo de valores y de juicios, desligados de la experiencia que los generó, sirven ya para casi cualquier cosa.

Por eso acierta Víctor Pérez Díaz al señalar que “entre los hábitos cognitivos y morales de la vida política moderna, en el marco interpretativo usual de la modernidad política (y de una amplia intelectualidad añadimos nosotros), se da un sesgo voluntarista. Esto es particularmente visible en la clase política, e inhibe el desarrollo de formas civiles”. Esta lectura voluntarista de la realidad humana, señala el sociólogo, genera un enfoque de “enfrentamientos entre amigos y enemigos”. Las formas civiles, por el contrario, se definen por “el énfasis en la deliberación, el tanteo de las situaciones, la escucha de los argumentos y la atención a experiencias diversas”.

Si los valores cristianos y los valores ilustrados sirven para defender o criticar el nacionalismo, según convenga, es inútil añadir más pisos a una forma de inteligencia de la realidad que no contribuya al desbloqueo ideológico. Solo parece conveniente recurrir a “aquellas formas civiles” en las que se escuchan “experiencias diversas”. Al encuentro, que es mucho más que búsqueda de consenso o ejercicio de buenismo. El encuentro es un lugar en el que emerge el material humano del que estamos hechos y al que ninguna ideología puede sepultar del todo. La inteligencia se cifra en estos momentos en localizar, fomentar, dar espacio y sistematizar esos destellos en los que los encuentros humanos nos permiten reconocernos necesitados de lo mismo, unidos en idénticos deseos. Esto es lo que supera el miedo. Otra inteligencia que no nazca de “estas formas civiles” no está a altura del desafío.

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