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8 DICIEMBRE 2016
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La memoria frente a las catástrofes totalitarias del siglo XX

Massimo Borghesi

Cada país busca su identidad, sus rasgos característicos. En Alemania, con la "nacionalización" de la Reforma. En Polonia, con el catolicismo "romántico" de Adam Mickiewicz concebido en polémica con Rusia. En Italia, con la formación de una ideología nacional anti-austríaca.

En todo caso, estas memorias nacionales que se van definiendo y afianzando son fuente de conflictos  en toda Europa.

En 1870, con Bismarck, Alemania se consolida como Estado nacional cuando vence a Francia en Sedán. Y también Italia, por esa época, se convierte en una unidad nacional. Con estos dos nuevos estados, se disuelven los últimos restos de la Europa universal. La unidad de los estados se forja también en torno a la lengua. Otra característica de estas memorias nacionales es que se vuelven una especie de religión civil que se contrapone a la religión cristiana.

Los protagonistas de esta época son en Italia: Giuseppe Garibaldi, Giuseppe Mazzini, el Conde de Cavour y el nuevo Rey Vittorio Emanuele II. Cuentan con estatuas y plazas en su memoria, símbolos de la unidad del estado ya que fueron sus creadores; es el culto a la memoria.

Terminada la Primera Guerra Mundial se genera el culto a los caídos por la patria. El altar de la Patria, en Roma, es un homenaje al soldado desconocido, muerto durante la Primera Guerra Mundial. El soldado "desconocido" recuerda a los 600.000 soldados muertos, en su mayoría pobres, durante una guerra decidida en contra del propio Parlamento por 4 ó 5 personas. Este soldado desconocido vuelve sagrada a una nación entera. De esta manera se crea una especie de religión civil. Y la memoria se convierte en el modo de fundar la unidad nacional. Sin embargo, en Italia, los católicos quedaron excluidos de esa unidad nacional, de la vida pública. Cabe señalar que tanto los católicos como muchos socialistas no compartieron el ingreso de Italia en la Primera Guerra Mundial. También en Alemania, Bismarck estaba en contra de los católicos. Como conclusión, la memoria nacional no expresaba, en rigor, la unidad de la nación.

La Primera Guerra Mundial prepara el terreno para la Segunda en la medida en que desarrolla rencores y odios e incentiva venganzas. Generó odio, sobre todo en los perdedores, en especial en los alemanes. El nacionalismo alemán se vio humillado por la "Paz de Versalles". Si bien Italia estaba en el bando de los ganadores, también quedó mutilada y pobre. Como consecuencia de la crisis del 29 que empobreció a toda la nación, en Alemania sobrevino Hitler.

En esta instancia, en la década de los 30, nacen los regímenes totalitarios que intentan recrear las memorias imperiales, el fascismo con reminiscencias romanas y el nazismo que rememora la Alemania pre-cristiana de la raza aria pura. Pero son memorias belicistas que terminan en la Segunda Guerra como prosecución de la Primera. Es el epílogo de un siglo de construcción de la memoria contra enemigos externos.

Una vez transcurrida la Segunda Guerra, en 1945 se produce una lección de humildad, los 50 millones de muertos hacen que se calmen los delirios de omnipotencia.

Barbarie infinita

El problema de la memoria en Europa deriva entonces en una barbarie infinita en el corazón de la civilización. Europa pasó de ser la civilización por excelencia a ser la barbarie provocada por un régimen y una ideología inhumana, tiránica.

Terminada la Guerra, la memoria se divide en vencedores y vencidos, y entonces comienza a nutrirse del odio a los carniceros y la piedad por las víctimas inocentes (niños, mujeres y ancianos).

De esta manera, prosigue la memoria que no es sino fuente de venganza. Los vencidos no eran inocentes, los vencedores tampoco (basta citar los bombardeos en Dresden y en Hiroshima). Los vencidos, sin embargo, eran mucho más culpables que los otros. Las guerras no dejan inocentes. Los vencidos tratan de olvidar y de borrar sus huellas porque se los considera culpables, muchos de ellos se esconden en América Latina.

En ese momento histórico se desarrolla el Proceso de Nüremberg, que tiene relación directa con la memoria. Sin embargo, inmediatamente después cae en el olvido ya que Europa se divide en este y oeste. Italia y Alemania quedan alineados con el oeste y por lo tanto aliados con Occidente en la lucha contra el comunismo. En esa instancia, para no crear conflictos con los nuevos aliados, se dejan de lado los procesos y los criminales de guerra. El exterminio judío cae en el olvido. Esta situación cambia con el proceso contra Adolf Eichman que tiene lugar en Jerusalén en el año 1961: Israel es el país que vuelve a abrir el tema de la memoria.

En el año 1967 se produce la Guerra árabe-israelí en la que Israel se vuelve la aliada de los Estados Unidos en Medio Oriente. El holocausto se vuelve difuso por diversos motivos: miedo a los mismos judíos, críticas al Estado de Israel de servirse del holocausto para legitimar sus políticas de estado, sacralización de la política de Israel. La memoria de las víctimas parece justificar a los vencedores y entonces se percibe su uso político ya que es el poder el que decide qué recordar. La memoria de las víctimas, que de por sí es algo justo, sale a la luz cuando es funcional al poder de turno.

En este sentido, las persecuciones a los cristianos no son motivo de atención en la actualidad porque no tienen interés político. En Iraq se declaró la guerra en nombre del Occidente cristiano y como consecuencia se obtuvo un resultado paradójico: la destrucción de una de las iglesias más antiguas que existía. Y los que declararon la guerra evitan recordar este hecho.

El exterminio de los judíos ha sido la acción más monstruosa del siglo XX (aunque no fue la única) pero hasta que Israel no se convirtió en un estado de peso ese hecho no estaba en el tapete. Es el poder el que permite la memoria, el que usa la memoria. En el caso del holocausto, las víctimas eran inocentes. Pero los otros, los perdedores de la Segunda Guerra Mundial, no eran inocentes, no lo eran las víctimas de Alemania e Italia. No lo eran tampoco los vencedores. La guerra no deja inocentes. Pero los vencidos son más culpables que los vencedores. Por eso hacer el balance del pasado fue muy doloroso. En Alemania sólo se logró tras la caída del muro, en 1989, con la reunificación de las dos Alemanias y el fin del comunismo. Sólo en ese momento se produce el fin del nazismo histórico. También en Italia, el fin del comunismo hizo posible el fin del fascismo histórico; es decir, terminar con las dialécticas envenenadas, con las dialécticas de "los rojos y los negros" que durante las décadas de los 70 y 80, los años del terrorismo, produjo más de 500 víctimas. En la ex Yugoslavia, por el contrario, el fin del comunismo reactualizó la memoria de los antiguos nacionalismos envenenados, provocando una guerra cruenta, en los 90, entre croatas, serbios, kosovares y albaneses, en la que se cometieron crímenes increíbles.

Memoria y conflicto

Entonces cabe preguntarse qué relación hay entre memoria y conflicto. El problema es la memoria del dolor. Repasando la historia, vemos que la memoria del dolor se vuelve útil para el resarcimiento económico de las víctimas, para fundar la identidad nacional y para consolidar una unidad de poder contra un adversario interno (vencido pero todavía presente) como en la España de Zapatero y de las víctimas de Franco.

Pero de esta manera nos encontramos frente a un pasado que no pasa. Para sanar, en Italia se ha propuesto una memoria compartida entre vencedores y vencidos (fascismo y resistencia), pero no funciona porque no absuelve ni tampoco une a nadie.

Las memorias de uno no son las memorias de los otros. Hay un solo modo de salir de la memoria como resentimiento: la confesión de la culpa con arrepentimiento y el fin de la presunción de inocencia y la no indemnidad. Las víctimas tienen derecho a esa confesión, la reclaman. Ningún perdón, ninguna reconciliación puede darse a la fuerza. No es reclamada por la ideología sino por la conciencia moral. La memoria une solamente cuando es atravesada por la piedad. Ésta es la mirada de Homero en La Ilíada, que es un enorme documento de civilización. El griego Homero no es un nacionalista griego. Griegos y troyanos mueren en batalla y tiene compasión de ambos. La piedad abraza tanto a Patroclo amigo de Aquiles como a Héctor. No hay forma de amor que no sea cantada en La Ilíada, poema de guerra. Nunca Homero es más lírico que cuando narra los tiempos de Troya en paz: cuando las mujeres de Ilión podían lavar sus vestidos sin temer la muerte de sus hombres. Ésta es la mirada de Homero, y también es la mirada de Cristo.

En una entrevista reciente, Antonio Muñoz Molina, el autor de El viento de la Luna, observa que: "Hay experiencias personales sobre las que a algunas personas les cuesta hablar. Inclusive los hijos de los veteranos de la guerra de Vietnam a menudo no logran hablar del tema con sus padres. Una guerra civil, además, es una circunstancia todavía más delicada. Cuando comenzó, la mayor parte de los españoles estaba de una parte o de otra según la distribución geográfica del control republicano o franquista. Muchas familias estaban divididas. La madre socialista de un amigo mío salvó a su marido que era monárquico. El verano del año 1936 en Madrid fue espantoso. Cada partido político había creado sus milicias y sus cárceles. Ahora es muy fácil transformar todo en una película, dividiendo a los protagonistas buenos de los malos. No se puede justificar el fascismo, pero tampoco los horrores llevados a cabo por la otra parte durante la guerra". Por eso, según Muñoz Molina, "después de tres años de guerra civil y cuarenta de dictadura, ¿cómo se hace la democracia? ¿Se expulsa a la mitad del país? Se necesitaba un sistema que contuviera a todos. Ahora parece fácil pero había mucho que perdonar y todos tenían algo que perdonar. Si ahora se decide abrir las fosas comunes, bueno: que se abran pero que se abran todas" (Corriere della Sera, 22/11/2008).

Para superar el horizonte de las memorias de los conflictos se necesita la confesión de las culpas, antes que nada de los que han tenido las responsabilidades mayores, y en segundo lugar es necesaria la valorización de los ejemplos de piedad y de humanidad presentes en el campo "del adversario". Quiero recordar aquí un episodio que marcó mi niñez. Desde pequeño, mi criterio moral se formó a partir de los relatos, de las narraciones de mis abuelos y padres. Muchos tenían que ver con el período de la Segunda Guerra, entre 1943 y 1945, cuando Italia estaba ocupada por los alemanes. Cuando en 1944 los alemanes estaban en retirada y mi familia iba de un lado a otro buscando un lugar seguro, de repente fueron sorprendidos por un soldado enemigo armado que los apuntó. Este soldado llevaba en el cuello una cruz cristiana, era austríaco y católico. Les indicó que huyeran y se  escondieran antes de que llegaran los demás soldados Si hubiera querido, los habría podido matar. Su ser católico se había demostrado más fuerte que su ser alemán, soldado del "Tercer Reich". La guerra no había destruido en él su profunda humanidad: ese joven sabía distinguir entre soldados enemigos y víctimas inermes.

De aquí nace la "Memoria compartida", en los gestos de humanidad generada por una fe que va más allá de la ideología. La memoria no es sólo memoria de las víctimas, sino también de aquéllos que podían perseguir y no lo hicieron, que podían matar, robar, y no lo hicieron. Esta memoria contiene tanto a las víctimas como a aquéllos que tuvieron piedad. Son los que Israel llama los "justos" entre los pueblos.

Un ejemplo de esto es Oscar Schindler, un alemán cuya memoria es honrada por Steven Spielberg en su película La lista de Schindler. En este film, el alemán Schindler, que al principio usa cínicamente a esclavos judíos de los campos de concentración para su industria se vuelve luego el salvador de sus obreros. Schindler será sepultado entre los "justos" en la tierra de Israel. Una  memoria compartida, no envenenada, es aquélla que honra juntos a Anna Frank y a Oscar Schindler.

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