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19 NOVIEMBRE 2017
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>Entrevista a Massimo Borghesi

Descubriendo el pensamiento del Papa Bergoglio

Alver Metalli | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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Borghesi, filósofo italiano con una larga trayectoria en la cátedra universitaria, estudios y publicaciones, presentará próximamente al público el resultado de un trabajo que estaba faltando. Y esa laguna era el origen de aproximaciones y desconocimientos. Una “full immersion” en las fuentes primarias que fueron alimentando a lo largo del tiempo la manera de ver y de razonar de quien hoy ocupa la cátedra más alta de la Iglesia católica. Para llevar a cabo su investigación, Borghesi recibió una ayuda decisiva, precisamente la del sujeto investigado, quien aportó a su esfuerzo cuatro grabaciones de audio. “A través de un amigo en común, Guzmán Carriquiry, vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina, pude aprovechar la amabilidad del Papa Francisco y hacerle llegar algunas preguntas”, revela el autor. El resultado del trabajo lo dará a conocer la editorial Jaca Book con el título “JORGE MARIO BERGOGLIO. Una biografía intelectual. Dialéctica y mística”. A continuación ofrecemos algunos anticipos, obtenidos de Borghesi con la complicidad de la amistad.

¿Qué te llevó a empezar este trabajo sobre el pensamiento del Papa?

El prejuicio, sobre todo en el ambiente intelectual y académico, que persiste sobre la imagen del pontificado. El Papa Francisco debió asumir la difícil herencia de Benedicto XVI, uno de los grandes teólogos del siglo XX. Después de un pontificado con una fuerte impronta en el plano intelectual, el estilo pastoral de Bergoglio resultó demasiado “simple” para muchos, no adecuado a los grandes desafíos del mundo metropolitano, secularizado. Al Papa que vino del fin del mundo se le reprocha, en Europa y Estados Unidos, que no es “occidental”, europeo, culturalmente preparado.

¿Cuándo comprendiste que no era así?

Personalmente, había leído algunos textos de Bergoglio que me habían llamado mucho la atención. Entre ellos algunos discursos de la segunda mitad de los años ’70, cuando Bergoglio era el joven Provincial de los jesuitas argentinos. Me habían producido una fuerte impresión. Lo que me había impactado era el “pensamiento” que sustentaba sus argumentaciones. Bergoglio se dirigía a sus hermanos jesuitas que estaban viviendo una situación dramática y desgarradora. La Argentina de ese momento estaba gobernada por la Junta Militar, que llevaba adelante una sangrienta represión del frente revolucionario de los montoneros. En relación a este conflicto la Iglesia se encontraba profundamente dividida entre los partidarios del gobierno y los que apoyaban la revolución. Para Bergoglio esa fractura de la sociedad también ponía en jaque a la Iglesia, que había sido incapaz de unir al pueblo. Su ideal era el catolicismo como “coincidentia oppositorum”, como superación de esas oposiciones que, cuando se radicalizan, se transforman en contradicciones insalvables. Bergoglio expresaba ese ideal a través de una filosofía propia, una concepción según la cual la ley que gobierna la unidad de la Iglesia, lo mismo que la social y política, está basada en una dialéctica “polar”, en un pensamiento “agónico” que mantiene unidos los opuestos sin cancelarlos ni reducirlos forzadamente al Uno. Multiplicidad y unidad constituían los dos polos de una tensión ineludible. Una tensión cuya solución estaba confiada, una y otra vez, al poder del Misterio divino que actúa en la historia. Esta perspectiva que emergía entre líneas en los discursos del joven Bergoglio me interesó inmediatamente. Asociada a las parejas polares que el Papa plantea en la Evangelii Gaudium constituía una verdadera “filosofía” propia, un pensamiento original. Habiendo estudiado a fondo la dialéctica de Hegel y, sobre todo, la concepción de la polaridad en Romano Guardini, esa perspectiva me interesó inmediatamente. Era evidente que Bergoglio tenía una concepción original, un punto de vista teológico-filosófico que, curiosamente, no ha llamado la atención de los estudiosos.

El Papa hizo un aporte personal a tu trabajo de investigación con grabaciones que te hizo llegar. ¿Qué te permitió determinar ese aporte?

A través del amigo común Guzmán Carriquiry, vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina, pude aprovechar la gentileza del Papa Francisco y enviarle algunas preguntas. Después de leer sus escritos, en efecto, se planteaba el interrogante sobre la génesis de su dialéctica polar. Era una lectura originalísima de la realidad que ofrecía analogías con el tomismo hilemórfico y dialéctico de Alberto Methol Ferré, el principal intelectual latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX. Pero Methol Ferré no estaba en el origen del pensamiento de Bergoglio. Los caminos de ambos recién se encuentran a fines de los años ’70, durante la preparación de la gran Conferencia de Puebla de la Iglesia latinoamericana. ¿Entonces de dónde saca Bergoglio su idea de la tensión polar como ley del Ser? Sobre este punto, que es clave, los artículos y libros no ofrecían ninguna pista. Es como si Bergoglio hubiera querido conservar el secreto sobre la fuente de su pensamiento. Aquí es donde las respuestas del Papa resultaron fundamentales. Gracias a ellas pude comprender que el punto de partida de su pensamiento se debe ubicar en los años del estudiantado en el Colegio San Miguel, cuando Bergoglio reflexiona sobre la teología de san Ignacio a través del modelo de la “Teología del como si”, y sobre todo a través de la lectura, determinante, del primer volumen de “La dialectique des Exercices spirituels de saint Ignace de Loyola” de Gaston Fessard. La lectura “tensionante”, dialéctica, que Fessard hace de san Ignacio está en el origen del pensamiento de Bergoglio. Para mí fue un verdadero descubrimiento.

Las influencias europeas más fuertes en el Papa, las que asimiló y dejaron huella en la estructura de su pensamiento, ¿cuáles son?

Uno de los resultados de mi libro fue precisamente establecer la gran influencia que tuvieron en Bergoglio los autores europeos, especialmente jesuitas. Desaparece así la leyenda del Papa latinoamericano que no estaría en condiciones de medirse con el pensamiento europeo. El autor clave sin duda es Gaston Fessard, jesuita, uno de los intelectuales franceses más geniales del siglo XX. También Henri de Lubac, con la manera de concebir la relación entre Iglesia y sociedad que plantea en “Catholicisme. Les aspects sociaux du dogme”. Fessard y De Lubac son protagonistas de la Escuela de Lyon. Al seguirlos, Bergoglio es, en cierto modo, discípulo de esa escuela. Ambos, Fessard y De Lubac, se adhieren a una concepción dialéctica, heredada de Adam Möhler, el gran fundador de la Escuela de Tubingen, para el cual la Iglesia es “coincidentia oppositorum”, unidad sobrenatural de lo que en el plano del mundo es irreconciliable. Es la misma concepción que tiene Bergoglio. Además de los dos autores jesuitas que acabamos de citar hay otro, también francés, que tuvo influencia en Bergoglio: Michel de Certeau. Él también fue protagonista del escenario intelectual, sobre todo en los años ’70. Pero el de Certeau que interesa a Bergoglio es el de los años ’60, el estudioso de la mística moderna, de Surin a Favre. El prefacio que escribió para el Memorial de Pierre Favre, el gran amigo de san Ignacio, es un texto clave en la formación de Bergoglio. Su ideal jesuítico de la vida cristiana, de lo contemplativo en acción, tiene el sello de Pierre Favre.

¿Hay otros autores que sean decisivos en su formación, además de los franceses?

A partir de 1986 adquiere un rol fundamental el ítalo-alemán Romano Guardini. Ese año Bergoglio viaja a Frankfurt, Alemania, para hacer una tesis doctoral sobre Guardini. Pero el tema que elige no son las obras teológicas o de carácter religioso, sino el único trabajo íntegramente filosófico de Guardini, “La oposición polar. Ensayo de una filosofía de lo concreto viviente”. Es una decisión curiosa. ¿Por qué ocuparse del Guardini filósofo y no del teólogo? La respuesta resulta comprensible a la luz de mi estudio. Para Bergoglio, la antropología “polar” de Guardini es una confirmación de su visión dialéctica, antinómica, aprehendida a través de Fessard y De Lubac. La autoridad de Guardini confiere un valor especial al modelo de pensamiento que Bergoglio aplica en el campo eclesial y en el político-social. Al mismo tiempo, el modelo guardiniano amplía el bergogliano y permite profundizaciones inéditas. A partir de los años ’90, Guardini se convierte en un autor de referencia. Lo encontramos citado varias veces en la Evangelii Gaudium y en Laudato Si’. Otro autor clave es el gran teólogo suizo-alemán Hans Urs von Balthasar. Esto fue un descubrimiento. A partir de los ’90, siendo ya obispo y luego cardenal, Bergoglio se acerca a la gran estética teológica de Von Balthasar, comparte su enfoque, el primado que le reconoce a la belleza en función de comunicar el bien y la verdad. La unidad de los trascendentales del ser se convierte en un punto fundamental del pensamiento teológico-filosófico de Bergoglio. De Balthasar, Bergoglio toma también las categorías para oponerse al gnosticismo, al vaciamiento de la carne de Cristo en los diversos “idealismos” espiritualistas. El ensayo sobre Ireneo, contenido en Gloria, impresionó mucho a Bergoglio. Y quiero recordar una última influencia: la obra de Mons. Luigi Giussani. Bergoglio era lector, y en algunos casos los presentó en Buenos Aires, de los libros de Giussani traducidos al español. Desde su punto de vista, las principales categorías del método educativo de Giussani –el encuentro, el estupor, la experiencia, etc– se asocian al darse glorioso de la “forma” (Gestalt) tal como enseña Von Balthasar. Todo ello orientado a una actitud misionera, evangelizadora, que sitúa al cristiano en el horizonte de la Iglesia de los primeros siglos: como hace 2000 años.

¿Qué peso tienen en su pensamiento las fuentes latinoamericanas? En tu trabajo ocupa un lugar importante Methol Ferré, historiador y filósofo nacido en Uruguay…

Entre las fuentes latinoamericanas sin duda pondría en primera fila a Lucio Gera y su “Teología del pueblo”, la reformulación de la Teología de la Liberación que hizo la Escuela del Río de la Plata, con su crítica al marxismo y su opción preferencial por los pobres. Es un aspecto conocido y estudiado del pensamiento de Bergoglio. A la “Teología del pueblo” le corresponde el mérito del redescubrimiento del valor de la religiosidad popular latinoamericana, simbolizada por el culto a la Virgen de Guadalupe, que supera los prejuicios de la cultura ilustrada. Además de Gera y los teólogos cercanos a él, sin embargo, hay otros autores que son decisivos para la reflexión de Bergoglio. Entre ellos Miguel Ángel Fiorito, su profesor de filosofía. Fiorito es quien lo introduce en un redescubrimiento de los Ejercicios de san Ignacio a través de la lectura del estudio ignaciano de Gaston Fessard. Después, el encuentro con Amelia Podetti, la “filósofa” argentina más ilustre de los años ’70. Estudiosa de Hegel, Podetti desarrolla una reflexión sobre la inculturación de la fe, sobre la relación entre centro y periferia, sobre el rol de América Latina en el nuevo contexto mundial, que interesó mucho a Bergoglio. Finalmente, está el autor por excelencia: Alberto Methol Ferré, con quien compartió la experiencia del Celam desde 1979 hasta 1992 y es el intelectual más lúcido de América Latina. Bergoglio y Methol están en perfecta sintonía. Mi trabajo analiza el pensamiento de Methol Ferré, su tomismo dialéctico, y esto, junto con la entrevista que le hiciste a Methol en el libro “El Papa y el Filósofo”, es una novedad en el panorama cultural italiano. Methol Ferré y Bergoglio se encuentran, comparten la misma perspectiva sobre la Iglesia y la sociedad, tienen los mismos autores de referencia. Uno fundamentalmente: ambos dependen de la visión polar, dialéctica, de Gastón Fessard. Esa fuente común explica también su cercanía ideal, filosófica, su sintonía en la manera de afrontar los desafíos de la Iglesia latinoamericana a partir de los años ’70. Bergoglio aprecia muchísimo al “amigo” Methol, lee sus artículos en Víspera y Nexo, se siente impresionado por su geopolítica eclesial, comparte su ideal de la “Patria Grande”.

¿Hay adquisiciones finales de tu estudio, de síntesis, que replantean lo que se ha escrito hasta ahora sobre el Papa Bergoglio?

Las adquisiciones son muchas. En primer lugar, como hemos dicho, se aclara la génesis y el hilo conductor del pensamiento de Jorge Mario Bergoglio. Y es la primera vez que eso ocurre. Queda así desmentida la opinión de los que, por prejuicio o falta de documentación, siguen repitiendo que Francisco no tiene títulos para ejercer el ministerio petrino. Bergoglio es portador de un pensamiento original, dependiente de una tradición del pensamiento “católico” entre los siglos XIX y XX, la de Adam Möhler, Erich Przywara, Romano Guardini, Gaston Fessard y Henri de Lubac. Algunos de estos autores son jesuitas, otros no. Es una tradición ilustre que precisamente el magisterio de Francisco hoy permite redescubrir y valorizar. Una tradición que desmiente a los que –pienso sobre todo en las críticas contra Amoris Laetitia– pretenden atribuir al Papa una teología praxística, relativista, permisiva. En la concepción “polar” de Bergoglio la Verdad y la Misericordia no se pueden separar, lo mismo que lo bello-bueno-verdadero a la luz de la unidad de los trascendentales. Los que critican a Francisco de supuesto subjetivismo y modernismo demuestran que no conocen su pensamiento. Así como tampoco conocen su pensamiento quienes lo acusan de reducir la fe a la cuestión social y olvidar el primado del kerygma. Por el contrario, Francisco –como afirma explícitamente en la Evangelii Gaudium– quiere recuperar el primado del kerygma por encima de la desviación ética de la Iglesia de las últimas décadas y, al mismo tiempo, quiere un fuerte compromiso de los católicos en lo social. No hace ninguna reducción: son dos polos de una tensión que caracteriza lo católico. Respecto del compromiso político, la trascendencia, el primerear de la fe y de la gracia por encima de cualquier declinación histórica, es lo esencial. El Papa tiene una concepción “mística” que afirma la apertura del pensamiento respecto de cualquier clausura ideológica y sistemática, y esto en función de la acción del “Dios siempre más grande”.

¿En qué quedan las críticas que se le hacen a Bergoglio de ser “populista-peronista”?

Quienes las hacen, evidentemente, no lo conocen a fondo, o las hacen sabiendo que no están en lo cierto. El Papa es un crítico de la absolutización de la economía capitalista desvinculada de cualquier ley ética, tal como se ha impuesto en la era de la globalización. Pero no es “populista”. Su simpatía por el peronismo, debido a la atención que presta a la cuestión social, no se debe confundir con las ideas salvíficas propias de una política ideológica. Es interesante, desde ese punto de vista, la valorización que hace Bergoglio en los años ’90 del De Civitate Dei de san Agustín. Propone a Agustín como modelo actual para criticar los modelos teológico-políticos que comprometen la Iglesia con el poder, sean de derecha o de izquierda. Sobre este tema la posición de Bergoglio está totalmente en sintonía con la lectura de Agustín que hace Ratzinger. El libro aclara muchos puntos de la reflexión de Bergoglio que hasta el momento habían quedado en la sombra para el público europeo, constituyéndose en fuente de controversias. En esto reside, espero, la utilidad del mismo.

Traducción del italiano de Inés Giménez Pecci

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Caso Trump: ¿cómo valorar a un político?

Fernando de Haro

Primer año de la era Trump. Doce meses después, su apoyo popular es uno de los más bajos de un presidente reciente: poco más del 30 por ciento. Hay que remontarse a Harry Truman, en 1946, para encontrar un nivel tan bajo. ¿Un fracaso?

El presidente de los Estados Unidos era hasta ahora una figura tendencialmente “inclusiva”, el de todos los estadounidenses. Pero con Trump la presidencia ha cambiado radicalmente. Es el presidente post-moderno que ha perdido la aspiración al bien común: un particular que representa a un particular sector de la población, a una minoría mayoritaria sin voluntad de universalidad. Obama y Bush, los dos expresidentes vivos más distanciados ideológicamente entre ellos, han coincidido en cargar contra las políticas del inquilino de la Casa Blanca. Son las críticas de la vieja política.

Trump, un año después, mantiene el apoyo de los que le hicieron presidente, y eso es lo que cuenta. Un éxito. El “alto” nivel de respaldo se apoya en un mecanismo muy líquido: a base de fake news (falsas noticias) se ha convertido en un fake president. Este es un buen momento para revisar qué ha anunciado, dando a entender que se había producido un cambio, y qué ha cambiado realmente. El primer decreto del magnate, firmado en enero en el despacho oval, fue contra el Obamacare. Tema obsesivo en su campaña. Diez meses después no ha conseguido que su partido, mayoritario en las dos cámaras, lo derribe y ha tenido que recurrir a un decreto para conseguir un retoque, importante porque modifica en parte el sistema de seguros, pero muy lejos del derribo anunciado.

En el campo económico estaba previsto un gran programa de expansión de infraestructuras con gasto público. La propuesta que llegó al Congreso era de tres billones de dólares de déficit extra, de momento la cifra ya se ha rebajado a 1,5 billones. Y ya veremos qué sucede si efectivamente se pone en marcha la reforma fiscal prometida. No es posible recaudar menos y gastar más.

El presidente ha dado un giro relevante a la política exterior de Estados Unidos en Oriente Próximo, pero mucho menos agudo de lo que asegura su propaganda. Uno de los pocos aciertos de la política exterior de Obama fue el acuerdo con Irán para frenar su programa nuclear. Sirvió de contrapeso a la relación preferente con Arabia Saudí. Trump, por el contrario, ha cultivado el eje Arabia Saudí-Israel para atacar Irán. Ha anunciado que no certificará el acuerdo, pero no lo ha roto y lo ha dejado en manos del Congreso. En Siria, se puso teóricamente frente a Bashar Al Assad y los rusos, con el bombardeo de la base aérea de Shayrat por el uso de armas químicas. Pero ha acabado llegando a un entendimiento práctico con Moscú. Lo mismo ha sucedido con China.

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La inteligencia tiene nombre de encuentro

Fernando de Haro

Dos meses escasos para que termine 2017 y se puede decir que en Europa hemos parado el golpe. La política monetaria expansiva del BCE, que muy poco a poco se va reduciendo, ha permitido mantener un cierto crecimiento económico. Francia y Alemania han frenado los populismos. La UE ha ganado peso por su firmeza en la negociación del Brexit y se ha hecho imprescindible para que la crisis de Cataluña fuera encauzada de forma razonable. No podemos ni imaginar lo que hubiera significado para España la pretendida secesión sin el auxilio de la Comisión o en el Parlamento europeo. Puigdemont, el expresidente catalán fugado de la justica, solo ha encontrado cierto eco en Bruselas porque Bélgica es un país separado por un muro, el que divide al nacionalismo flamenco del nacionalismo valón.

¿Tiempo pues para retomar proyectos, para reconstruir el edificio derrumbado sobre los cimientos que han quedado en pie? ¿A pesar de que la extrema derecha se haya convertido en la tercera fuerza en Alemania? ¿A pesar de que la mitad de los catalanes quieran un estado independiente porque persiguen un proyecto nacionalista? Hace unas semanas, la investigadora Catarina Kinnvall, de la Universidad de Lund (Suecia), publicaba “Racism and the role of imaginary others in Europe”. El estudio constata el aumento de la xenofobia entre los europeos. Es el miedo, según la profesora, lo que genera la nostalgia de una “identidad pura”.

El tiempo de la claridad, el tiempo de la luz parece haber desaparecido. Solo hay amenazas. Hay quien insiste en recurrir a la voluntad. A comienzos del año que entra va a publicarse (el título lo dice todo) “Enlightenment now: The case for reason, science, humanism and progress” (Ilustración ahora, el caso para la razón, el humanismo y el progreso). Será el último libro de Steven Pinker, psicólogo y filósofo del lenguaje, referencia de culto del liberalismo más optimista. Pinker lo deja muy claro: frente al nacionalismo y al populismo, la solución es defender la democracia, la ley y el orden, defender con militancia los valores de la Ilustración. Se podría añadir, quizás con más sutileza, para completar el argumento de este canadiense, que es necesario hacer un ejercicio de inteligencia y decir, en esta época de crisis, toda la verdad. La tradición liberal, la tradición cristiana, todas las tradiciones aún en pie, deberían someter a examen “la gran deriva” de la luz a la incertidumbre y construir un edifico sólido y consistente de argumentos y juicios que den adecuada respuesta.

Es una solución que, a juzgar por los resultados, puede calificarse como un ejercicio de voluntarismo, en palabras del sociólogo español Víctor Pérez Díaz. Un ejemplo es lo que sucedió minutos después de que en Cataluña se declarara la independencia. El ex vicepresidente Oriol Junqueras, hombre culto, aseguró que la secesión se proclamaba en nombre de "valores universales que el mundo cristiano llama la igualdad a ojos de Dios, o el amor fraterno, y que el mundo ilustrado llama fraternidad, igualdad y libertad”. Un buen catálogo de valores y de juicios, desligados de la experiencia que los generó, sirven ya para casi cualquier cosa.

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Un documental de Nínive se estrena... mientras estalla otra vez la guerra

Miriam Díez Bosch

“Para mí ha sido una experiencia muy intensa estar en esos pueblos, derruidos, destrozados por la persecución. Ha sido un auténtico genocidio, según lo que dice el derecho internacional”. Son las declaraciones del director Fernando de Haro a Aleteia, que en los últimos días ha vivido “sobrecogido por la noticia de que 850 familias que habían vuelto a sus pueblos después de la derrota del Daesh hayan tenido que volver a huir por el enfrentamiento entre kurdos e iraquíes”.

La fe de estas personas no va a menos. “Lo sorprendente es que en medio de esa prueba haya muchos cuya fe haya crecido. Han tenido experiencia de que Dios los sostenía, los acompañaba”.

De hecho la película recoge el testimonio de un joven que se pregunta dónde está Dios en medio de tanta injusticia. “Es la pregunta que se hacía Job, la que nos hacemos todos. Y es sorprendente que, a través del encuentro con algunas personas, este chico haya redescubierto a un Dios que daba por descontado. Un testimonio así me acompaña”, cuenta de Haro.

“La situación es muy difícil. Hay una lucha intensa por hacerse con el control de la zona. Después de la derrota del Daesh, la lucha es ahora entre los kurdos y los iraquíes. Es necesario que las fuerzas internacionales pacifiquen la zona y que haya un proyecto de Iraq estable en el que los cristianos puedan vivir en paz. En el país han quedado muy pocos cristianos. Son el resto de Israel, pero ya hemos visto en otras ocasiones de la historia cómo la vida resurge a través de un resto”, añade.

La sede del CEU en Madrid, en la calle Julián Romea 23, será testigo el lunes día 30 del estreno de este documental sobre la llanura de Nínive, donde de nuevo se están enfrentando el ejército kurdo y el iraquí.

Este documental del periodista Fernando de Haro es la historia de las personas que han sufrido uno de los genocidios del siglo XXI, quizás el más reciente. Nínive relata la vida cotidiana de algunas de ellas. Entra en sus casas, en sus sufrimientos, en sus esperanzas. Recoge su testimonio de fidelidad y de amor a aquello en lo que creen.

En el verano de 2014, más de 120.000 cristianos se vieron obligados a huir de sus pueblos de la llanura de Nínive, una zona del norte de Iraq, que se encuentra cerca de Mosul. Es una de las cunas de la civilización. A la llanura de Nínive el cristianismo llegó en los primeros siglos y siempre ha sido un lugar con una presencia de bautizados muy significativa. En sus aldeas y sus pueblos se conservan las grandes tradiciones siriacas, caldeas y asirias.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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