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13 DICIEMBRE 2017
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>Entrevista a Massimo Borghesi

Descubriendo el pensamiento del Papa Bergoglio

Alver Metalli | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
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Borghesi, filósofo italiano con una larga trayectoria en la cátedra universitaria, estudios y publicaciones, presentará próximamente al público el resultado de un trabajo que estaba faltando. Y esa laguna era el origen de aproximaciones y desconocimientos. Una “full immersion” en las fuentes primarias que fueron alimentando a lo largo del tiempo la manera de ver y de razonar de quien hoy ocupa la cátedra más alta de la Iglesia católica. Para llevar a cabo su investigación, Borghesi recibió una ayuda decisiva, precisamente la del sujeto investigado, quien aportó a su esfuerzo cuatro grabaciones de audio. “A través de un amigo en común, Guzmán Carriquiry, vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina, pude aprovechar la amabilidad del Papa Francisco y hacerle llegar algunas preguntas”, revela el autor. El resultado del trabajo lo dará a conocer la editorial Jaca Book con el título “JORGE MARIO BERGOGLIO. Una biografía intelectual. Dialéctica y mística”. A continuación ofrecemos algunos anticipos, obtenidos de Borghesi con la complicidad de la amistad.

¿Qué te llevó a empezar este trabajo sobre el pensamiento del Papa?

El prejuicio, sobre todo en el ambiente intelectual y académico, que persiste sobre la imagen del pontificado. El Papa Francisco debió asumir la difícil herencia de Benedicto XVI, uno de los grandes teólogos del siglo XX. Después de un pontificado con una fuerte impronta en el plano intelectual, el estilo pastoral de Bergoglio resultó demasiado “simple” para muchos, no adecuado a los grandes desafíos del mundo metropolitano, secularizado. Al Papa que vino del fin del mundo se le reprocha, en Europa y Estados Unidos, que no es “occidental”, europeo, culturalmente preparado.

¿Cuándo comprendiste que no era así?

Personalmente, había leído algunos textos de Bergoglio que me habían llamado mucho la atención. Entre ellos algunos discursos de la segunda mitad de los años ’70, cuando Bergoglio era el joven Provincial de los jesuitas argentinos. Me habían producido una fuerte impresión. Lo que me había impactado era el “pensamiento” que sustentaba sus argumentaciones. Bergoglio se dirigía a sus hermanos jesuitas que estaban viviendo una situación dramática y desgarradora. La Argentina de ese momento estaba gobernada por la Junta Militar, que llevaba adelante una sangrienta represión del frente revolucionario de los montoneros. En relación a este conflicto la Iglesia se encontraba profundamente dividida entre los partidarios del gobierno y los que apoyaban la revolución. Para Bergoglio esa fractura de la sociedad también ponía en jaque a la Iglesia, que había sido incapaz de unir al pueblo. Su ideal era el catolicismo como “coincidentia oppositorum”, como superación de esas oposiciones que, cuando se radicalizan, se transforman en contradicciones insalvables. Bergoglio expresaba ese ideal a través de una filosofía propia, una concepción según la cual la ley que gobierna la unidad de la Iglesia, lo mismo que la social y política, está basada en una dialéctica “polar”, en un pensamiento “agónico” que mantiene unidos los opuestos sin cancelarlos ni reducirlos forzadamente al Uno. Multiplicidad y unidad constituían los dos polos de una tensión ineludible. Una tensión cuya solución estaba confiada, una y otra vez, al poder del Misterio divino que actúa en la historia. Esta perspectiva que emergía entre líneas en los discursos del joven Bergoglio me interesó inmediatamente. Asociada a las parejas polares que el Papa plantea en la Evangelii Gaudium constituía una verdadera “filosofía” propia, un pensamiento original. Habiendo estudiado a fondo la dialéctica de Hegel y, sobre todo, la concepción de la polaridad en Romano Guardini, esa perspectiva me interesó inmediatamente. Era evidente que Bergoglio tenía una concepción original, un punto de vista teológico-filosófico que, curiosamente, no ha llamado la atención de los estudiosos.

El Papa hizo un aporte personal a tu trabajo de investigación con grabaciones que te hizo llegar. ¿Qué te permitió determinar ese aporte?

A través del amigo común Guzmán Carriquiry, vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina, pude aprovechar la gentileza del Papa Francisco y enviarle algunas preguntas. Después de leer sus escritos, en efecto, se planteaba el interrogante sobre la génesis de su dialéctica polar. Era una lectura originalísima de la realidad que ofrecía analogías con el tomismo hilemórfico y dialéctico de Alberto Methol Ferré, el principal intelectual latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX. Pero Methol Ferré no estaba en el origen del pensamiento de Bergoglio. Los caminos de ambos recién se encuentran a fines de los años ’70, durante la preparación de la gran Conferencia de Puebla de la Iglesia latinoamericana. ¿Entonces de dónde saca Bergoglio su idea de la tensión polar como ley del Ser? Sobre este punto, que es clave, los artículos y libros no ofrecían ninguna pista. Es como si Bergoglio hubiera querido conservar el secreto sobre la fuente de su pensamiento. Aquí es donde las respuestas del Papa resultaron fundamentales. Gracias a ellas pude comprender que el punto de partida de su pensamiento se debe ubicar en los años del estudiantado en el Colegio San Miguel, cuando Bergoglio reflexiona sobre la teología de san Ignacio a través del modelo de la “Teología del como si”, y sobre todo a través de la lectura, determinante, del primer volumen de “La dialectique des Exercices spirituels de saint Ignace de Loyola” de Gaston Fessard. La lectura “tensionante”, dialéctica, que Fessard hace de san Ignacio está en el origen del pensamiento de Bergoglio. Para mí fue un verdadero descubrimiento.

Las influencias europeas más fuertes en el Papa, las que asimiló y dejaron huella en la estructura de su pensamiento, ¿cuáles son?

Uno de los resultados de mi libro fue precisamente establecer la gran influencia que tuvieron en Bergoglio los autores europeos, especialmente jesuitas. Desaparece así la leyenda del Papa latinoamericano que no estaría en condiciones de medirse con el pensamiento europeo. El autor clave sin duda es Gaston Fessard, jesuita, uno de los intelectuales franceses más geniales del siglo XX. También Henri de Lubac, con la manera de concebir la relación entre Iglesia y sociedad que plantea en “Catholicisme. Les aspects sociaux du dogme”. Fessard y De Lubac son protagonistas de la Escuela de Lyon. Al seguirlos, Bergoglio es, en cierto modo, discípulo de esa escuela. Ambos, Fessard y De Lubac, se adhieren a una concepción dialéctica, heredada de Adam Möhler, el gran fundador de la Escuela de Tubingen, para el cual la Iglesia es “coincidentia oppositorum”, unidad sobrenatural de lo que en el plano del mundo es irreconciliable. Es la misma concepción que tiene Bergoglio. Además de los dos autores jesuitas que acabamos de citar hay otro, también francés, que tuvo influencia en Bergoglio: Michel de Certeau. Él también fue protagonista del escenario intelectual, sobre todo en los años ’70. Pero el de Certeau que interesa a Bergoglio es el de los años ’60, el estudioso de la mística moderna, de Surin a Favre. El prefacio que escribió para el Memorial de Pierre Favre, el gran amigo de san Ignacio, es un texto clave en la formación de Bergoglio. Su ideal jesuítico de la vida cristiana, de lo contemplativo en acción, tiene el sello de Pierre Favre.

¿Hay otros autores que sean decisivos en su formación, además de los franceses?

A partir de 1986 adquiere un rol fundamental el ítalo-alemán Romano Guardini. Ese año Bergoglio viaja a Frankfurt, Alemania, para hacer una tesis doctoral sobre Guardini. Pero el tema que elige no son las obras teológicas o de carácter religioso, sino el único trabajo íntegramente filosófico de Guardini, “La oposición polar. Ensayo de una filosofía de lo concreto viviente”. Es una decisión curiosa. ¿Por qué ocuparse del Guardini filósofo y no del teólogo? La respuesta resulta comprensible a la luz de mi estudio. Para Bergoglio, la antropología “polar” de Guardini es una confirmación de su visión dialéctica, antinómica, aprehendida a través de Fessard y De Lubac. La autoridad de Guardini confiere un valor especial al modelo de pensamiento que Bergoglio aplica en el campo eclesial y en el político-social. Al mismo tiempo, el modelo guardiniano amplía el bergogliano y permite profundizaciones inéditas. A partir de los años ’90, Guardini se convierte en un autor de referencia. Lo encontramos citado varias veces en la Evangelii Gaudium y en Laudato Si’. Otro autor clave es el gran teólogo suizo-alemán Hans Urs von Balthasar. Esto fue un descubrimiento. A partir de los ’90, siendo ya obispo y luego cardenal, Bergoglio se acerca a la gran estética teológica de Von Balthasar, comparte su enfoque, el primado que le reconoce a la belleza en función de comunicar el bien y la verdad. La unidad de los trascendentales del ser se convierte en un punto fundamental del pensamiento teológico-filosófico de Bergoglio. De Balthasar, Bergoglio toma también las categorías para oponerse al gnosticismo, al vaciamiento de la carne de Cristo en los diversos “idealismos” espiritualistas. El ensayo sobre Ireneo, contenido en Gloria, impresionó mucho a Bergoglio. Y quiero recordar una última influencia: la obra de Mons. Luigi Giussani. Bergoglio era lector, y en algunos casos los presentó en Buenos Aires, de los libros de Giussani traducidos al español. Desde su punto de vista, las principales categorías del método educativo de Giussani –el encuentro, el estupor, la experiencia, etc– se asocian al darse glorioso de la “forma” (Gestalt) tal como enseña Von Balthasar. Todo ello orientado a una actitud misionera, evangelizadora, que sitúa al cristiano en el horizonte de la Iglesia de los primeros siglos: como hace 2000 años.

¿Qué peso tienen en su pensamiento las fuentes latinoamericanas? En tu trabajo ocupa un lugar importante Methol Ferré, historiador y filósofo nacido en Uruguay…

Entre las fuentes latinoamericanas sin duda pondría en primera fila a Lucio Gera y su “Teología del pueblo”, la reformulación de la Teología de la Liberación que hizo la Escuela del Río de la Plata, con su crítica al marxismo y su opción preferencial por los pobres. Es un aspecto conocido y estudiado del pensamiento de Bergoglio. A la “Teología del pueblo” le corresponde el mérito del redescubrimiento del valor de la religiosidad popular latinoamericana, simbolizada por el culto a la Virgen de Guadalupe, que supera los prejuicios de la cultura ilustrada. Además de Gera y los teólogos cercanos a él, sin embargo, hay otros autores que son decisivos para la reflexión de Bergoglio. Entre ellos Miguel Ángel Fiorito, su profesor de filosofía. Fiorito es quien lo introduce en un redescubrimiento de los Ejercicios de san Ignacio a través de la lectura del estudio ignaciano de Gaston Fessard. Después, el encuentro con Amelia Podetti, la “filósofa” argentina más ilustre de los años ’70. Estudiosa de Hegel, Podetti desarrolla una reflexión sobre la inculturación de la fe, sobre la relación entre centro y periferia, sobre el rol de América Latina en el nuevo contexto mundial, que interesó mucho a Bergoglio. Finalmente, está el autor por excelencia: Alberto Methol Ferré, con quien compartió la experiencia del Celam desde 1979 hasta 1992 y es el intelectual más lúcido de América Latina. Bergoglio y Methol están en perfecta sintonía. Mi trabajo analiza el pensamiento de Methol Ferré, su tomismo dialéctico, y esto, junto con la entrevista que le hiciste a Methol en el libro “El Papa y el Filósofo”, es una novedad en el panorama cultural italiano. Methol Ferré y Bergoglio se encuentran, comparten la misma perspectiva sobre la Iglesia y la sociedad, tienen los mismos autores de referencia. Uno fundamentalmente: ambos dependen de la visión polar, dialéctica, de Gastón Fessard. Esa fuente común explica también su cercanía ideal, filosófica, su sintonía en la manera de afrontar los desafíos de la Iglesia latinoamericana a partir de los años ’70. Bergoglio aprecia muchísimo al “amigo” Methol, lee sus artículos en Víspera y Nexo, se siente impresionado por su geopolítica eclesial, comparte su ideal de la “Patria Grande”.

¿Hay adquisiciones finales de tu estudio, de síntesis, que replantean lo que se ha escrito hasta ahora sobre el Papa Bergoglio?

Las adquisiciones son muchas. En primer lugar, como hemos dicho, se aclara la génesis y el hilo conductor del pensamiento de Jorge Mario Bergoglio. Y es la primera vez que eso ocurre. Queda así desmentida la opinión de los que, por prejuicio o falta de documentación, siguen repitiendo que Francisco no tiene títulos para ejercer el ministerio petrino. Bergoglio es portador de un pensamiento original, dependiente de una tradición del pensamiento “católico” entre los siglos XIX y XX, la de Adam Möhler, Erich Przywara, Romano Guardini, Gaston Fessard y Henri de Lubac. Algunos de estos autores son jesuitas, otros no. Es una tradición ilustre que precisamente el magisterio de Francisco hoy permite redescubrir y valorizar. Una tradición que desmiente a los que –pienso sobre todo en las críticas contra Amoris Laetitia– pretenden atribuir al Papa una teología praxística, relativista, permisiva. En la concepción “polar” de Bergoglio la Verdad y la Misericordia no se pueden separar, lo mismo que lo bello-bueno-verdadero a la luz de la unidad de los trascendentales. Los que critican a Francisco de supuesto subjetivismo y modernismo demuestran que no conocen su pensamiento. Así como tampoco conocen su pensamiento quienes lo acusan de reducir la fe a la cuestión social y olvidar el primado del kerygma. Por el contrario, Francisco –como afirma explícitamente en la Evangelii Gaudium– quiere recuperar el primado del kerygma por encima de la desviación ética de la Iglesia de las últimas décadas y, al mismo tiempo, quiere un fuerte compromiso de los católicos en lo social. No hace ninguna reducción: son dos polos de una tensión que caracteriza lo católico. Respecto del compromiso político, la trascendencia, el primerear de la fe y de la gracia por encima de cualquier declinación histórica, es lo esencial. El Papa tiene una concepción “mística” que afirma la apertura del pensamiento respecto de cualquier clausura ideológica y sistemática, y esto en función de la acción del “Dios siempre más grande”.

¿En qué quedan las críticas que se le hacen a Bergoglio de ser “populista-peronista”?

Quienes las hacen, evidentemente, no lo conocen a fondo, o las hacen sabiendo que no están en lo cierto. El Papa es un crítico de la absolutización de la economía capitalista desvinculada de cualquier ley ética, tal como se ha impuesto en la era de la globalización. Pero no es “populista”. Su simpatía por el peronismo, debido a la atención que presta a la cuestión social, no se debe confundir con las ideas salvíficas propias de una política ideológica. Es interesante, desde ese punto de vista, la valorización que hace Bergoglio en los años ’90 del De Civitate Dei de san Agustín. Propone a Agustín como modelo actual para criticar los modelos teológico-políticos que comprometen la Iglesia con el poder, sean de derecha o de izquierda. Sobre este tema la posición de Bergoglio está totalmente en sintonía con la lectura de Agustín que hace Ratzinger. El libro aclara muchos puntos de la reflexión de Bergoglio que hasta el momento habían quedado en la sombra para el público europeo, constituyéndose en fuente de controversias. En esto reside, espero, la utilidad del mismo.

Traducción del italiano de Inés Giménez Pecci

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