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13 DICIEMBRE 2017
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Planes que no ayudan a la paz en Siria

Patrizio Ricci | 0 comentarios valoración: 2  17 votos
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La semana pasada concluyó la séptima ronda de las conversaciones de Astaná. En las negociaciones desarrolladas en la capital kazaja participan, aparte de los tres estados garantes (Rusia, Turquía e Irán), las delegaciones de la oposición armada, el gobierno sirio, Jordania, la ONU y Estados Unidos. Después de dos días, el tripartito formado por los países garantes expresó su satisfacción por la mejora en la situación de las zonas donde se ha rebajado la escalada de violencia y se han producido progresos en la lucha contra el terrorismo.

Pero sigue sin resolverse el segundo punto de la agenda, el que se refiere a la liberación de los rehenes, el intercambio de presos, la entrega de los cuerpos de los caídos y la búsqueda de los desaparecidos, así como la elaboración de un proyecto común para retirar las minas. Temas que se tratarán más adelante en grupos de trabajo, pero sobre los que solo se podrá avanzar si se da prioridad al encuentro y no a las recriminaciones mutuas.

En cualquier caso, estas consultas han servido como plataforma para promover un acuerdo político de cara a las negociaciones de paz convocadas para el 28 de noviembre en Ginebra por el mediador de la ONU Staffan de Mistura. También será de ayuda la celebración del foro inter-sirio en Sochi el 18 de noviembre, un evento bautizado como “Congreso Nacional de la reconciliación siria”, construido sobre la convicción de que la solución para esta crisis debe ser necesariamente siria.

Para responder a esta exigencia, el ministro ruso de Defensa no solo ha invitado a la oposición armada sino también a todos los grupos tribales, étnicos y religiosos que coexisten en Siria. De hecho, la lista de convocados –establecida desde Moscú y aprobada por Damasco– incluye a casi 1.500 delegados divididos en 33 partidos y movimientos, entre los que se encuentran varios grupos kurdos. En la lista de invitados figuran, entre otros, el partido árabe socialista, el Frente popular por el cambio y la liberación, el Alto Comité de negociación, y el frente sur del Ejército libre sirio. Por parte kurda, están la Unión demócrata, el partido demócrata del Kurdistán sirio (partido de la Unión demócrata kurdo) y el Consejo nacional kurdo.

Según el documento publicado por el Ministerio ruso de Exteriores, no solo se ha invitado a las organizaciones de la oposición siria presentes en Siria sino también a las que tienen su sede en el exterior, como El Cairo, Riad, Estambul, París, Ginebra o Madrid. Sin embargo, aunque la oposición parece estar ampliamente representada, el Alto Comité para las negociaciones, que agrupa a las milicias armadas, ha recibido este foro inter-sirio como un intento de sustituir las negociaciones de paz de Ginebra bajo la égida de la ONU. Pero no es un motivo veraz. En realidad, es la reacción descompuesta de alguien que, de pronto, ve retirarse la alfombra roja bajo sus pies. Lo que esconde este rechazo al congreso de Sochi es más bien que la apertura de un diálogo plural de las diversas realidades del país pueda redimensionar su importancia.

Parece inútil decir que esta iniciativa tampoco gusta a los Estados Unidos, que ha apoyado a la oposición armada. Washington teme que una solución “siria” del conflicto pueda anular su intento de dejar fuera a Assad y satisfacer los intereses geopolíticos por los que comenzó esta guerra. Una señal en este sentido la dio el pasado 30 de octubre el secretario de Estado Rex Tillerson cuando, en una audiencia con el comité de relaciones externas del Senado norteamericano, afirmó que la administración estadounidense está trabajando en una zona del norte de Siria para rebajar la escalada de violencia. Es como decir que EE.UU está trabajando para establecer un protectorado al norte de Siria sobre los territorios sustraídos por los kurdos al Isis (justificado con el pretexto de la necesidad de defender las aspiraciones de independencia kurdas).

Está claro que si todo esto se concretara, se llevaría a cabo una ocupación del norte de Siria mediante una acción unilateral, que de hecho quitaría al gobierno central el 70 por ciento de los recursos petrolíferos y de hecho se correspondería con la división del país, lo cual anularía todos los esfuerzos de la ONU y del tripartito formado por los estados garantes de Astaná.

El viejo “plan B” de la partición de Siria podría completarse con la ocupación del Golán y del sur del Líbano por parte de Israel. En este sentido, el pretexto lo ofrecería la creciente irritación de Tel Aviv por la presencia de tropas iraníes en Siria. Pero no escapa la evidencia de que estamos viviendo un “clima preparatorio” como el que caracterizó en el pasado reciente las acciones militares unilaterales. Acciones que, más allá de la veracidad de las pruebas que pretenden justificarlas, tienen el tremendo problema de focalizar un interés particular en detrimento de un interés general, como es la urgencia del país por poner fin a las hostilidades.

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