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13 DICIEMBRE 2017
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Roma bien valía un fratricidio

Carlos Pérez Laporta | 0 comentarios valoración: 2  20 votos
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En el origen de la civilizada Roma encontramos la más oscura violencia. Según nos cuenta Plutarco, la ciudad eterna habría nacido de la discordia entre los hermanos Rómulo y Remo acerca del lugar en que debían situarla. Estando la cosa necesariamente empatada, decidieron someter aquel choque de trenes al arbitrio de la divina fortuna; el referéndum de aquella época consistió en el avistamiento de buitres: aquel que contase un número mayor decidiría por ambos. ¡Nada de consensos! Rómulo, tras trampear en el recuento, dio por ganada la partida; el otro, conociendo el engaño, quiso entorpecer a su hermano. Entonces Rómulo no tuvo más remedio que matarlo. Eso sí, el nombre de la ciudad honraría a su difunto hermano.

Los separatistas tienen a los constitucionalistas como si fueran alemanes establecidos en Mallorca (oráculo de Arzalluz). Sin embargo, después del 155, se sienten guiris ellos mismos en una Cataluña aún perteneciente a España. Perplejos, observan que la república a la que desean pertenecer anda por tierras lejanas, portada por su legítimo Rey Sol (la Catalogne c’est moi). O lo que es peor, han tenido que escuchar por boca de una wagneriana Forcadell que en verdad la República siempre anduvo más lejos aún, luchando frente a quijotescos molinos (dicho sea de paso, de ser probado su simbolismo, en ella el arte total habría alcanzado una plenitud que el compositor teutón no podría haber imaginado nunca: la sociedad, sus empresas, sus instituciones, la UE,… ¡todo en movimiento para su gran obra! Con todo, no deja de ser arte alemán de vacaciones en la costa…).

Pero ahí siguen los hermanos, al borde del crimen. En nuestra historia Rómulo no ha matado a Remo, por mucho que a este último tampoco se le ha ocurrido nada nuevo tras el gran estorbo del 155. Pese al desdibujamiento de las trincheras, a juzgar por el tono apocalíptico de los contrincantes, ambos siguen en las mismas que hace unos meses. El hecho de que Forcadell no acudiese a la mani colorea todo de tremendo realismo. El 21D tiene el sabor avinagrado de refundación: se trata de acabar con lo anterior, independentista o español.

La paradoja está, como indica el mito, en que semejante acción monolítica nada tiene que ver con la política en sí. En sentido estricto, sólo haremos política cuando cejemos en el intento de refundar Roma. Rousseau señalaba, en una nota al pie olvidada del Contrato social, que la política como arte desaparecería cuando el interés particular quedase eclipsado por el interés general (quizá de ahí venga la confusión de nuestra artista total). Por eso, a orillas del invierno, quizá sea útil variar el tipo de teutón que visita nuestras ciudades; sería interesante algo de Realpolitik de corte bismarckiano, que rompiese definitivamente los frentes ideales para ocuparse de la vida en común de las partes. Artur Mas solicitaba verdaderos políticos tras el encarcelamiento de los exconsellers; si nos dejamos de paparruchas y pantomimas, este es el coste.

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