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13 DICIEMBRE 2017
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>Proceso de paz en Colombia

En búsqueda de lo humano

Andrea del Pilar Rodríguez Sánchez | 0 comentarios valoración: 1  23 votos
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No son tiempos sencillos en Colombia, aun después de la firma del acuerdo de paz el 24 de noviembre de 2016 con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, autodenominado Ejército del Pueblo –FARC-EP (FARC en adelante)–, la que fue la guerrilla más antigua del mundo por más de medio siglo. Están aún vivos en los corazones de muchos ciudadanos los recuerdos de la violencia que se ha vivido en la cual ha sido involucrado un país entero desdibujándose así las justificaciones para validar la defensa de los ideales guerrilleros enmarcados en la búsqueda de la justicia social. El camino hacia la paz hoy se transita lento, un país cansado de la guerra y desesperanzado por el miedo y desconfianza que la guerra genera. La guerrilla no ha sido ni es el único actor armado que habita este territorio, pero hoy en día es con ellos con quienes se ha firmado un proceso de paz y con quienes necesitamos hacer un camino para entender por qué estos hombres y mujeres que han decidido dejar las armas son un bien para nosotros.

Las FARC nacieron en 1964 en una zona rural de Colombia en medio de problemas sociales que venían agudizándose desde comienzos del siglo XX especialmente relacionados con la distribución de la tierra y la utilización de la violencia por parte de los partidos políticos. En este marco este grupo brota con un fuerte componente rural y un vínculo con las guerrillas liberales que fueron haciendo tránsito hacia el comunismo basados en la lucha de clases y las estrategias militares para lograr el poder político. Desde entonces este grupo ha buscado transformaciones económicas, sociales y políticas que desde su perspectiva necesitan los colombianos por medio de lo que se llama guerra de guerrillas.

El crecimiento de las FARC a lo largo de los años fue notorio, de hecho, en el año 2002 llegó a tener 20.766 combatientes, sin embargo, al momento de su desmovilización sus filas habían disminuido a 5.765 miembros, aun así un número de miembros significativo. El grupo estaba distribuido a lo largo del territorio colombiano, en 25 de los 32 departamentos. Participaron en sus filas hombres, mujeres e incluso fueron reclutados niños y niñas, muchos de los cuales pasaron toda su vida en el grupo armado hasta el día de hoy.

Varios gobiernos intentaron procesos de paz con las FARC. En 1982 se hace un primer avance de negociación fruto de lo cual se crea un partido político de los simpatizantes de la guerrilla llamado Unión Patriótica, sin embargo, esto no tuvo buen fin ya que fueron asesinados aproximadamente 3.000 de sus miembros lo cual replegó las negociaciones impidiendo concluirlas. El segundo intento se dio en 1992 instalando una mesa de negociación en México, la cual en reiteradas ocasiones se levantó por acciones violentas del grupo armado, de modo que no dejaban claros sus deseos de paz. Finalmente, entre 1998 y 2002 se dio el último intento de negociación despejando una porción de territorio colombiano para la guerrilla, sin embargo, no hubo cese al fuego, continuando la dinámica de la guerra con graves incidentes violentos. Para la opinión pública, especialmente en este último proceso, las FARC aprovecharon este tiempo y el territorio despejado para fortalecerse, lo cual hirió profundamente la confianza de la sociedad en ellos.

En ese orden de ideas, para llegar a una nueva posibilidad de encuentro entre las partes tuvieron que pasar varios años y unos años muy difíciles por el recrudecimiento de la guerra que se constituyó en la estrategia del gobierno de 2002 a 2010. Pero fue justamente en 2010, con el cambió de presidente, que se retomaron los diálogos. Henry Acosta, un ciudadano de confianza para las dos partes, fue quien animó este nuevo inicio, pues encontró en el gobierno entrante “un ánimo de reconciliación”, explica él en una entrevista concedida en 2016.

Fue así como, tras una etapa exploratoria que duró un año, se fijó una agenda inicial en la ciudad de La Habana el 26 de agosto de 2012 con el apoyo de Cuba y Noruega como países garantes y poco a poco, a lo largo de cuatro años negociadores del gobierno colombiano y de las FARC, tocaron uno por uno los seis puntos planteados en la agenda denominada “Acuerdo general para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”. Uno de los aprendizajes de procesos anteriores con las FARC fue que la agenda de negociación debía ser razonable, factible de abarcar y razonable de negociar, en este sentido en esta agenda se descartaron temas como el modelo económico o el cuestionamiento de la propiedad privada. Finalmente, los puntos seleccionados para las negociaciones de paz fueron: (1) reforma rural integral, (2) participación política, (3) cese al fuego, entrega de armas y reincorporación, (4) drogas ilícitas, (5) víctimas y justicia, e (6) implementación, verificación y refrendación. El nivel de refinamiento técnico de cada uno de ellos es bastante alto, lo cual quedó plasmado en las 310 páginas que compusieron el acuerdo final.

El proceso de negociación duró en total cuatro años y cuatro meses desde el inicio hasta su firma definitiva. Según diferentes teóricos de los estudios de paz, los procesos de negociación requieren de tiempos prolongados no solo por los contenidos que se abordan sino porque son procesos, antes que nada, de construcción de confianza entre las partes, procesos de rehumanización del enemigo. Este proceso también sucedió entre las FARC y el gobierno de Colombia.

Según diferentes crónicas, con el paso del tiempo estas partes negociadoras que iniciaron como enemigas fueron haciéndose cercanas. Como explicó en su artículo “¿Cómo fue posible lo imposible?”, la periodista María Jimena Duzán dijo que “los negociadores del gobierno y los de las FARC fueron cambiando sus percepciones sobre su oponente y, al hacerlo, cambiaron también como personas”. Parte de este giro, dicen los mismos negociadores, tuvo que ver con la visita de cinco grupos de víctimas del conflicto armado a La Habana. Estas eran víctimas no solo de la guerrilla sino incluso del Estado para sensibilizar a las negociantes en este punto. Las víctimas querían exponer ante ellos el sufrimiento que les produjo la violencia que sobre ellas recayó. Los mandos de la guerrilla que presenciaron estas conversaciones se dicen cambiados por las mismas, lo cual ha llevado a esta guerrilla a pedir perdón a las víctimas tal como lo manifestaron en su discurso del 26 de septiembre de 2016 e incluso en varias de sus entrevistas sobre las páginas más difíciles, como la masacre de Bojayá o el secuestro de los Diputados del Valle, varios altos mandos guerrilleros han dicho que son cosas que “nunca debieron ocurrir”.

De esta manera, el acuerdo logró conducir a la comprensión de la inutilidad de la violencia para defender ideas, pero se ha acercado a las mismas buscando dialogar con este grupo armado sobre su visión de país, dialogar para entender y acoger lo que pudiera ser razonable. Un ejemplo de lo anterior es el punto uno del acuerdo referente a la reforma rural integral, en el cual quedó plasmada la necesidad de los campesinos al acceso integral a la tierra, lo cual significa también el acceso a bienes y servicios públicos, así como estímulos productivos, una preocupación originaria de las FARC. Para esto el acuerdo plantea la entrega gratuita de predios, subsidios para la compra y créditos especiales con el mismo propósito, así como un fondo de tierras con los predios confiscados a los narcotraficantes, sus testaferros o tierras ocupadas indebidamente. A esto se sumarán acciones para aclarar los títulos legales y propiedades sobre el suelo, formalizando los informales. Finalmente, este punto busca armonizar el uso que actualmente tiene la tierra en Colombia (principalmente ganadera) con su verdadera vocación (agrícola) dado que el uso presente está generando desequilibrios ambientales, económicos y sociales, por lo anterior, el acuerdo propone delimitar la frontera agraria y proteger las áreas de interés ambiental.

El acuerdo también contempla en su tercer punto la dejación de armas y el cese al fuego. Este último es un gesto que si se dio paulatinamente dentro de las negociaciones sirve como una muestra de confianza y buena voluntad entre las partes. En este sentido, durante los diálogos se realizaron dos ceses al fuego por parte de la guerrilla, uno hacia finales de 2012 y otro a finales de 2014. En agosto de 2016 gobierno y FARC anunciaron un cese bilateral y definitivo de las hostilidades. Dentro del acuerdo se nombró como verificador del fin de las hostilidades y la entrega de armamento al Consejo de Seguridad de la ONU, una misión política que participa en un mecanismo tripartito (Gobierno, FARC y ONU) para monitorear y verificar el cumplimiento de lo acordado. La comisión de la ONU ha contado con 280 observadores de 15 países distintos, mandato que se irá renovando según la evolución del proceso. Fueron ellos quienes el 27 de junio mediaron la finalización del proceso de entrega de armas, se recibieron 7.132, las cuales según el acuerdo se guardaron en contenedores, algunas de ellas se destruirán y otra parte se convertirá en obras de arte para ser ubicadas en la sede de la ONU en Nueva York, otra obra en Cuba y otra más en Colombia.

Sin embargo, uno de los puntos más complejos del acuerdo es el quinto sobre el sistema de justicia especial dentro del cual entrarán los excombatientes y que cobijará a otros actores que hayan participado del conflicto armado. Este tipo de justicia se denomina transicional, porque da cuenta de los procesos de transición de un conflicto armado a la paz y es normalmente invocada en los procesos de paz buscando ese complejo balance entre los derechos de las víctimas y los intereses de los grupos armados. La justicia transicional tiene en su centro los derechos de las víctimas mientras permite dejar atrás el conflicto. Esta justicia se apuntala en los principios de verdad, justicia, reparación y no repetición. El acuerdo colombiano, en este sentido, contempla la creación de una comisión de la verdad, una unidad para la búsqueda de personas desaparecidas (más de 60.000 según cifras oficiales) y una jurisdicción especial para investigar, juzgar y sancionar de acuerdo con las normas colombianas, y con los estándares internacionales, todos los crímenes representativos cometidos en el contexto del conflicto.

Finalmente, más que las sanciones, el gran reto será que la violencia ya no sea más un camino para defender las ideas de ninguna de las partes, es decir, que las lógicas de la eliminación del diferente, o la ley del más fuerte ya no apliquen en nuestra sociedad. En este sentido el acuerdo en su punto de participación política busca que las FARC encuentren condiciones para defender sus ideas por vías democráticas. Esto implica las garantías del ejercicio político de las FARC y el apoyo financiero al mismo. Se garantizará un mínimo de 5 senadores y 5 representantes a la Cámara durante los próximos dos períodos electorales (8 años), así como la participación de representantes de las regiones donde se ha vivido más fuertemente el conflicto armado.

En general, los retos son grandes frente a la implementación del acuerdo, pero tal vez el más grande es abandonar como sociedad, y especialmente los grupos armados, las lógicas del modelo marcado por el narcotráfico que inició con los cárteles de Medellín y Cali exclusivamente dedicados a este negocio, pero que pronto se fue extendiendo a otros grupos como la guerrilla o los paramilitares y a otras esferas como la política y la social. Dice Francisco Thoumi que tanto el consumo como el tráfico y la producción de drogas ilegales son síntomas de problemas y conflictos sociales no resueltos. Para el caso colombiano muestra no solo el abandono de muchos sectores rurales que recurren a estos cultivos para sobrevivir, sino la dinámica del dinero fácil para otros eslabones de la cadena de producción y distribución. Adicionalmente están permeados de este negocio y lógica sectores importantes de la sociedad evidenciando los niveles de corrupción que existen. En tal sentido, afirma Thoumi, el problema hoy no solo son las drogas sino la cultura mafiosa que prevalece en la sociedad. Respecto a esto el acuerdo logró el compromiso de las FARC a abandonar el negocio de la droga y una serie de ayudas para los campesinos con el fin de disminuir la producción sustituyendo cultivos y aumento de sanciones para quienes producen la droga. Pero queda toda una estructura mafiosa sosteniendo la economía paralela del país, así como las formas de pensamiento que reproducen maneras de vivir no sanas.

Lo cierto es que el acuerdo de paz en Colombia se ha dado, no sin pocas resistencias, de hecho no tuvo éxito en un primer momento su aprobación por medio de plebiscito el 2 de octubre de 2016, con una abstención del 62%. El 50,23% de los votantes desaprobaron el acuerdo y el 49,76% dijeron sí aprobarlo. De esta manera el acuerdo entró en un proceso de negociación con los sectores opositores y tuvo que ser reformado para su aprobación por vía del Congreso de la República. Aun así, la oposición al proceso es alta: el temor a la impunidad, la molestia por las posibilidades de amnistía, el ejercicio de la política de las FARC con ideas de corte socialista y la sensación de que nada de esto es merecido, son discursos que se han condensado en un bloque social y político opositor, una polarización que se notó en las urnas, pero que se nota a diario en la tensa calma con que vivimos. Pero esto también nos va agotando, pues notamos que incluso defender una postura no es suficiente para responder a las verdaderas necesidades de nuestro corazón.

En este escenario, donde 5.000 hombres, mujeres y jóvenes han dicho desear dejar las armas y empezar una nueva vida, ¿qué tenemos que decir los creyentes, pero sobre todo, cómo lo vivimos? Julián Carrón, en una entrevista publicada en Jot Down, se pregunta si cuando los migrantes de origen árabe “llegan a Europa, donde teóricamente se encuentran con una cultura y una presencia cristiana, ¿los cristianos tenemos algo que ofrecerles?”. Esta misma pregunta aplica para nosotros, y si deseamos ir más al fondo podemos preguntarnos: ¿cuál es la mirada hacia los excombatientes que nos ayudará a entenderlos como un bien y que hará que ellos se sientan mirados como Jesús miró a Zaqueo? Un Jesús conmovido, deseoso de la compañía de Zaqueo porque sabía, como dice Carrón en dicha entrevista, que “la vida no cambia con reclamos éticos, tiene que ver con alguien que ayude, que se preocupa por ellos”.

Ciertamente puede haber muchas heridas por sanar en esta relación entre la sociedad y lo que fueron las FARC, pero lo cierto es que no se sanará con más distancia y duda. Dar una oportunidad no solo significa haber hecho este acuerdo o su participación en la política, sino mirarles humanamente, entender, como dice Carrón en Jot Down, que “el otro es un bien porque independientemente de que estés de acuerdo o no estés de acuerdo con sus ideas, o de cómo el otro te perciba, a mí siempre me hace madurar… su provocación me ayuda a estar despierto, a estar atento, a tener preguntas abiertas con las que poder interceptar respuestas que de otra manera me hubieran pasado absolutamente inadvertidas”.

La Iglesia, compañera de los seres humanos, también necesita dar una luz que ayude a mirar este camino del proceso de paz con hondura, teniendo en cuenta lo firmado, pero más allá de ello, buscar lo humano, trascender nuestro enojo, miedo o silencio e implicarnos como lo haría Cristo con otro que podamos llamar hermana, hermano.

Este es el camino que hay delante de todos los ciudadanos de Colombia, más allá de haber estado de acuerdo o no con lo firmado, de apoyarlo o desaprobarlo, es la pregunta ¿quiénes son estos que hoy tenemos delante?, y cómo nuestra relación con ellos ofrecerá una luz para que nunca más la violencia sea capaz de seducir sus corazones, ni los nuestros, que nuestro deseo de justicia no lo equiparemos con venganza y que podamos hacer nosotros experiencia y ellos también de lo que decía Benedicto XVI sobre que el amor es el que tiene la última palabra de la historia, y esto incluye la posibilidad de que la tenga también en Colombia.

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A la espera de una herida que sane

Fernando de Haro

La semana pasada dos noticias simultáneas, pero no paralelas. Con resultados divergentes. Las negociaciones para cerrar la primera fase del brexit (los términos del divorcio) y el comienzo de la campaña electoral en Cataluña han coincidido en el tiempo. Una y otra eran consecuencia del nacionalismo. El Gobierno del Reino Unido tiene que concretar la ruptura con la Unión aprobada en el nefasto referéndum de junio de 2016. Los partidos en Cataluña empezaban a buscar el voto, después de que el independentismo hiciera necesaria una intervención del Gobierno autónomo y la convocatoria de comicios.

Solo hace ocho meses May partía con una posición arrogante. Pedía formalmente en una carta subida de tono la salida de la Unión. Y llegaba a amenazar con no colaborar en cuestiones de seguridad. Al final la primera ministra británica ha acabado aceptando todo lo que pedía la Comisión. Ha aceptado el pago de la factura pendiente que le reclamaba Bruselas (hasta 60.000 millones de euros) y la tutela de los derechos de los ciudadanos europeos que viven en el Reino Unido, incluida la jurisdicción del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. No habrá tampoco frontera entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte.

La frontera del Ulster, que parecía el escollo insalvable (el Gobierno de May se apoya en los diputados unionistas), ha dejado de ser un obstáculo para convertirse en la oportunidad de negociar un brexit blando. Esa frontera es la memoria de una herida muy presente, la que durante años sembró muertos y terror. Levantar de nuevo la marca hubiera sido volver al escenario anterior a los Acuerdos del Viernes Santo (1998) que hicieron posible la paz. Y pocos estaban dispuestos a ello. Para evitar la frontera entre las dos Irlandas se ha recurrido a mantener en el Ulster el mercado único y en la unión aduanera a cambio de que haya una “convergencia regulatoria” entre la provincia del Reino Unido y la República de Irlanda (UE). Ya han empezado a oírse voces que reclaman la misma solución para todo el país. Si así fuera el brexit se sustanciaría con una fórmula de asociación como la que tiene Noruega: participación en el mercado único sin intervención en sus órganos de decisión. Brexit blando, brexit que con el tiempo sería reversible porque no tiene ninguna ventaja.

No parece una causalidad que la herida abierta entre las dos Irlandas, la memoria y el deseo de no volver a un pasado sombrío, haya sido un elemento determinante para disolver parte de la ceguera ideológica. Hay otros factores sin duda. En el gen británico, junto al nacionalismo, el vector pragmático es decisivo. La humillación de May en las elecciones de junio, la presión de los sectores económicos (en especial de la city) por lo mucho que se puede perder y la firmeza de la Europa que quiere seguir unida han sido también determinantes. Pero las Irlandas que no quieren muro han contado mucho.

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Un documental de Nínive se estrena... mientras estalla otra vez la guerra

Miriam Díez Bosch

“Para mí ha sido una experiencia muy intensa estar en esos pueblos, derruidos, destrozados por la persecución. Ha sido un auténtico genocidio, según lo que dice el derecho internacional”. Son las declaraciones del director Fernando de Haro a Aleteia, que en los últimos días ha vivido “sobrecogido por la noticia de que 850 familias que habían vuelto a sus pueblos después de la derrota del Daesh hayan tenido que volver a huir por el enfrentamiento entre kurdos e iraquíes”.

La fe de estas personas no va a menos. “Lo sorprendente es que en medio de esa prueba haya muchos cuya fe haya crecido. Han tenido experiencia de que Dios los sostenía, los acompañaba”.

De hecho la película recoge el testimonio de un joven que se pregunta dónde está Dios en medio de tanta injusticia. “Es la pregunta que se hacía Job, la que nos hacemos todos. Y es sorprendente que, a través del encuentro con algunas personas, este chico haya redescubierto a un Dios que daba por descontado. Un testimonio así me acompaña”, cuenta de Haro.

“La situación es muy difícil. Hay una lucha intensa por hacerse con el control de la zona. Después de la derrota del Daesh, la lucha es ahora entre los kurdos y los iraquíes. Es necesario que las fuerzas internacionales pacifiquen la zona y que haya un proyecto de Iraq estable en el que los cristianos puedan vivir en paz. En el país han quedado muy pocos cristianos. Son el resto de Israel, pero ya hemos visto en otras ocasiones de la historia cómo la vida resurge a través de un resto”, añade.

La sede del CEU en Madrid, en la calle Julián Romea 23, será testigo el lunes día 30 del estreno de este documental sobre la llanura de Nínive, donde de nuevo se están enfrentando el ejército kurdo y el iraquí.

Este documental del periodista Fernando de Haro es la historia de las personas que han sufrido uno de los genocidios del siglo XXI, quizás el más reciente. Nínive relata la vida cotidiana de algunas de ellas. Entra en sus casas, en sus sufrimientos, en sus esperanzas. Recoge su testimonio de fidelidad y de amor a aquello en lo que creen.

En el verano de 2014, más de 120.000 cristianos se vieron obligados a huir de sus pueblos de la llanura de Nínive, una zona del norte de Iraq, que se encuentra cerca de Mosul. Es una de las cunas de la civilización. A la llanura de Nínive el cristianismo llegó en los primeros siglos y siempre ha sido un lugar con una presencia de bautizados muy significativa. En sus aldeas y sus pueblos se conservan las grandes tradiciones siriacas, caldeas y asirias.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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