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13 DICIEMBRE 2017
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India: el nuevo muro

Fernando de Haro | 1 comentarios valoración: 2  40 votos
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Francisco ha iniciado su esperado viaje a Asia en Nueva Delhi. Ha aterrizado este lunes en el aeropuerto Indira Ghandi de la capital de la India. Y ha sido recibido por el primer ministro Narendra Modi. El hecho de que el líder del BJP, un partido muy nacionalista y muy hinduista, le haya dado personalmente la bienvenida supone un gesto de una gran transcendencia. Han sido muchos los que han acudido a saludar al Papa en su trayecto hasta el centro de la ciudad, en su mayoría hinduistas. El cristianismo es absolutamente minoritario en este país (2,5 por ciento de la población) pero la visita es decisiva porque dos de cada diez habitantes del mundo son indios.

El Papa, después de los primeros discursos de bienvenida, y de un breve descanso en la nunciatura, se ha dirigido en un modesto utilitario a Trilokpuri, uno de los grandes slums (barrio marginal) de la capital. Un slum en el que viven los pobres de los pobres, los dalit, los que no tienen casta. Ha querido, antes de pronunciar palabra alguna, entrar en una de las infraviviendas del barrio y abrazar a un matrimonio de “impuros”. Luego, en una breve intervención, ha asegurado que “para que estos hombres y mujeres concretos puedan escapar de la pobreza extrema, hay que permitirles ser dignos actores de su propio destino”. La frase se ha entendido como una crítica al sistema de castas que sigue vigente en la India. El Papa ha añadido: "la libertad religiosa es un derecho fundamental que da forma a nuestro modo de interactuar social y personalmente con nuestros vecinos, que tienen creencias religiosas distintas a la nuestra". Y ha terminado su intervención señalando que “los líderes religiosos estamos llamados a desenmascarar la violencia que se disfraza de supuesta sacralidad (...), a poner al descubierto los intentos de justificar todas las formas de odio en nombre de las religiones”.

Los dos párrafos precedentes son una fake news, una noticia falsa. El Papa ha iniciado su viaje a Asia, pero no ha podido ir a la India. Francisco no ha estado ni estará en Delhi. Lo único verdadero son las frases entrecomilladas (pronunciadas en Naciones Unidas, en el viaje a Estados Unidos y en el viaje a Egipto en la mezquita de Al-Azhar). Porque las frases son ciertas, el resto de la noticia tenía que ser falso. El nacionalismo hinduista del BJP, el partido del primer ministro Modi, quería evitar que esas palabras pudieran pronunciarse, que el abrazo a los dalit pudiera tener lugar.

La India, la mayor democracia del planeta, el país con más periódicos del mundo en inglés, con una tasa de crecimiento del 8 por ciento en 2015, capaz de competir por la juventud de su población y por la calidad de su educación en algunos sectores con China, es un país gobernado por un nacionalismo que instrumentaliza la religión.

Modi acumula un poder considerable. La gente le ama. Según el Pew Research Center nueve de cada diez indios le valoran bien. Su partido ha dejado atrás la vieja hegemonía del Partido del Congreso, el partido-estado de los Ghandi, y controla 18 de los 29 gobiernos regionales. Nadie duda de que la hegemonía del BJP se prolongará más allá de las elecciones legislativas de 2019.

El mundo del dinero tiene algunas objeciones que hacerle a Modi, pero ninguna seria. El pasado mes de junio, coincidiendo con su visita a Estados Unidos, The Economist le dedicaba una portada en la que le acusaba de no ser un auténtico reformador. El semanario británico reconocía que tenía rasgos de “zelote hindú” y que había “exaltado los sentimientos religiosos”. Entre sus méritos está, según esta visión, el haber convertido a la India en el país que más crece en el mundo y haber favorecido las grandes inversiones exteriores. En sus deméritos no haber aprovechado el precio barato del petróleo y la juventud de la población india para hacer reformas más profundas.

No parece noticia que el partido de Modi, el BJP, que gobierna en el estado de Jharkhand, haya aprobado en agosto una nueva Freedom Religion Act (una nueva ley para dificultar las conversiones al cristianismo). Son ya siete los estados con este tipo de normas. No es noticia que Modi no se haya pronunciado en contra de la doctrina del Tribunal Supremo que considera ajustado a derecho esta seria restricción de la libertad religiosa. No es noticia que Modi, lejos de criticar las normas que discriminan a los dalit que se convierten al cristianismo, esté muy cómodo con ellas. No es noticia, en fin, que durante los años del Gobierno Modi los ataques contra los cristianos hayan aumentado considerablemente (en los seis primeros meses de 2017 han llegado a 400, el doble que en 2016). Esos ataques están promovidos por la ideología Hindutva y por las organizaciones que, con una gran implantación, la promueven. El BJP está en la cúspide de todas ellas. Modi debe en gran medida su popularidad a explotar esa ideología.

La India es una muestra más de que el siglo XXI no es un siglo laico (ese es un espejismo europeo). En este arranque de siglo vuelve la religión, la vieja religión, la que no distingue entre lo sagrado y lo político. Vuelven las teologías políticas. La perplejidad de la globalización alimenta identidades conflictivas. En nombre de la tradición se construyen ideologías de exclusión (en la India se culpabiliza al cristianismo por poner en cuestión la cultura brahmánica, la jerarquía férrea que no reconoce una dignidad común). ¿Por qué una minoría tan minoritaria es tan temida? ¿Por qué el Papa no ha podido aterrizar en Delhi? Porque se tiene miedo de los testigos de la libertad.

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1Comentario
Hugo Ruiz
|
No es apropiado iniciar un editorial con fake news. Nos haceis perder tiempo.

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