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24 ENERO 2018
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>Entrevista a Miguel Ángel Quintana

'Las ideas sobre género no están organizadas congruentemente'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  29 votos
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El profesor Quintana, estudioso de lo que denomina las ideas o teorías sobre el género, propone en esta entrevista en www.paginasdigital.es un diálogo sobre las relaciones entre los términos sexo y género.

Usted ha venido afirmando recientemente que la “ideología de género no existe”. ¿Podría explicar a qué se refiere con esta afirmación?

Si me lo permite, voy a empezar diciendo a qué no se refiere esa frase, con que titulé un artículo mío de hace unos meses; ya que por desgracia he comprobado que mucha gente de buena fe la ha malinterpretado por completo.

En primer lugar, lo que no quise decir, naturalmente, es que todo lo que se dice sobre el género sea correcto o valioso. Entre otras cosas, esto sería imposible, porque muchas de las cosas que se dicen al respecto son contradictorias entre sí.

Tampoco quise decir que lo que muchos llaman “ideología de género” se refiera a cosas que tengan todas que ser aceptables. El problema es englobar bajo una sola etiqueta, y tan inadecuada, un montón de cosas muy distintas entre sí; pero uno tiene perfecto derecho a no aceptar cada una de ellas en particular.

Tampoco negué que últimamente se haya producido una difusión, tanto en el mundo académico como en la política y en los medios de comunicación, de ideas al respecto del género y del sexo que pueden resultar especialmente novedosas y, por supuesto, perfectamente criticables. Es más, yo soy firme crítico de muchas de ellas. Pero (de nuevo) eso no significa que constituyan una ideología. En primer lugar, porque no están organizadas teóricamente entre sí en un conjunto más o menos congruente (que es condición sine qua non de toda ideología). En segundo lugar, porque el problema de esas teorías no es que empleen el término “género” (que es perfectamente aceptable, e incluso imprescindible hoy en día, por cualquier investigador serio de estos asuntos; sobre esto volveré más adelante); sino que su problema es otro bien distinto.

¿Qué es entonces lo que sí quería decir al titular uno de sus artículos “La ideología de género no existe”?

Bueno, cuando alguien habla de “ideología de género” parece que se refiere, como he dicho, a un conjunto más o menos organizado de ideas defendidas por un movimiento determinado. De hecho, ese es el sentido que le da a la palabra “ideología” el diccionario de la RAE. Ahora bien, cuando uno ve todo lo que se incluye dentro de lo que la gente llama “ideología de género”, comprueba que se trata de ideas muy distintas entre sí, a menudo opuestas, y que no son defendidas por un solo movimiento, sino por varios, frecuentemente enfrentados entre sí de manera voraz. Por lo tanto, no hay una cosa llamada ideología de género, sino ideas y movimientos muy diferentes que hablan sobre género; algunos de los cuales serán aceptables, otros lo serán parcialmente y otros lo serán aún menos. El término omniabarcante “ideología de género” ahorra ese análisis minucioso que, empero, cualquier intelectual serio debería acometer.

¿Podría ponerme un ejemplo de esto que señala?

Veamos, normalmente se incluye dentro de la ideología de género al feminismo radical (abreviado como radfem). Es decir, se trata del feminismo que cree que el mero hecho de nacer mujer te coloca automáticamente en el lado de las víctimas de la sociedad. Por este motivo, persigue eliminar en nuestra sociedad absolutamente todas las diferencias entre el hombre y la mujer (no solo las diferencias en derechos o libertades). Y es que para las radfem solo viviremos en una sociedad digna cuando las diferencias entre un varón y una mujer se reduzcan en la práctica a ser solo las de tipo médico (por ejemplo, ir al urólogo en vez del ginecólogo, o preocuparte de tu útero en vez de tu próstata).

Y bien, también se incluye normalmente dentro de la ideología de género a otro tipo de feminismo, el transfeminismo (abreviado como transfem). Este otro movimiento cree que las opresiones que existen en nuestra sociedad no se derivan de los órganos corporales que tengas (por ejemplo, una vagina), sino de las ideas que hay en esa sociedad sobre lo que significa ser hombre o mujer (por ejemplo, que si te sientes mujer y no tienes vagina hay algo erróneo en ti). Ahora bien, este transfeminismo considera que esas diferencias entre hombre y mujer, que son un mero constructo social, no es necesario abolirlas (como harían las radfem), sino que bastaría con saber relativizarlas, jugar con ellas irónicamente, darles un giro posmoderno, para que dejaran de resultar opresivas. Uno de esos giros, por ejemplo, sería dejar de dar por supuesto que para ser mujer tienes que tener vagina. A estas transfem les horrorizaría que se abolieran las diferencias entre sexos, como proponen las radfem, pues ellas se sienten muy identificadas con esas diferencias (solo que desde un lado de la diferencia distinto al que se les asignó al nacer) y las consideran importantísimas.

Fíjese que con esto solo he definido a dos grupos dentro del feminismo (hay varios más) y no he entrado a las diferentes posturas que uno puede encontrarse al respecto de otros asuntos (como la homosexualidad, la bisexualidad, etc.). ¿Podemos englobar todo esto bajo un mismo paraguas de una misma ideología, la presunta “ideología de género”? Está claro que no, cualquier cosa que atribuyamos a esa supuesta ideología será defendida por algunos de los movimientos o autores que estamos encasillando dentro de ella, pero no por bastantes otros.

Un buen ejemplo de este problema al intentar hablar de la ideología de género se da en uno de los libros que, en español, ha intentado acercarse a ella con un enfoque lo más amplio posible. Me refiero al que publicó Jesús Trillo Figueroa en 2009 justo con ese título, “La ideología de género”, y que obtuvo cierto éxito. Hoy es un libro que ya no se reedita, y tal vez por buenas razones: una de las dificultades con que el lector se encuentra a lo largo de todo ese volumen es que está llamando “ideólogos de género” a autores que él mismo reconoce, a trancas y barrancas, que opinan de modo incluso contrario sobre múltiples asuntos. Y no se trata de asuntos marginales (lo hemos visto ya en el ejemplo de las radfem y las transfem). Todas las ideologías tienen ciertas disidencias dentro de sí sobre asuntos relativamente menores, sí, pero a dos autores que piensan de modo opuesto sobre el género no resulta presentable que te engloben bajo el mismo epíteto de “ideología de género”.

¿Posee algún otro problema grave la expresión “ideología de género”?

Me temo que sí. Señalaré al menos otros dos.

En primer lugar, al ser un término que solo se utiliza en sentido peyorativo, pierde carácter científico, pierde empaque intelectual. Por supuesto, uno puede contemplar una ideología como negativa (en el supuesto que la “ideología de género” fuera una sola ideología y no veinticuatro, como ya hemos comentado); pero cada movimiento de ideas merece un nombre que no sea exclusivamente peyorativo, para poder entablar un diálogo (o una diatriba) con él. Imagínese si alguien se empeñara en llamar “papismo” al catolicismo, y que solo aceptara referirse a él con ese nombre tan parcial; sin duda no resultaría de ahí ningún debate intelectualmente honrado. Dudo igualmente que nadie quiera debatir con otro que lo etiqueta como “ideología de género”; y el resultado de ello es que sobre “ideología de género” se predica y se pontifica, pero no se discute con los que supuestamente la defienden. Y ello es una lástima para un pensamiento, como es el católico, que tan hábil se ha mostrado con frecuencia a lo largo de su luenga historia al debatir con formas de pensar diferentes a él.

En segundo lugar, la expresión “ideología de género” posee otro inconveniente: parece que atribuye al término “género” algún tipo de error fundamental. Esto se detecta de modo claro en muchos que la utilizan: es frecuente leer en ellos que ese término no hace ninguna falta, que con “sexo” ya nos es más que suficiente.

¿Por qué ve necesaria esa diferenciación entre sexo y género? El término “género” ¿podría correr el riesgo de ser moldeado a la subjetividad de la mentalidad dominante del momento histórico?

Bueno, no soy yo el que diferencia entre sexo y género: desde hace más de un siglo la antropología, la sociología, los estudios literarios, y tantas otras ramas de las ciencias sociales o de las humanidades han visto necesaria esa distinción (primero con otros nombres —Margaret Mead lo llamó “temperamento”; Otto Weininger, “carácter”—; luego, desde los años 50, con el nombre de “género”). Y no se trata de una “conspiración” de un montón de autores malvados que quieren hacernos olvidar las diferencias entre sexos: como ya he dicho, la inmensa mayoría de los que distinguen entre sexo y género no extraen de ahí la consecuencia de que dé igual el sexo que tengas y que todo dependa de la subjetividad de cada cual (Mead es muy explícita sobre este punto en su Male and Female). De hecho, ese es otro riesgo cuando uno usa la expresión “ideología de género”: hacer a su enemigo mayor de lo que en realidad es. Si atribuyes a todo el que emplea el término “género” ideas sospechosas o malvadas, es curioso, porque estás inventándote un rival significativamente más poderoso de lo que es su empaque real: pues hoy emplean ese término la inmensa mayoría de los científicos sociales, sin que ello implique que todos sostengan ideas contrarias a las tuyas.

¿Por qué hay que diferenciar entre sexo y género? Muy sencillo: porque tener un mismo sexo (por ejemplo, mujer) significa cosas muy diferentes en culturas y en momentos históricos diferentes. No es lo mismo ser mujer en tiempos del Imperio romano que en pleno siglo XXI; no implica lo mismo que te consideren mujer hoy en Arabia Saudí que en Malasaña. Así pues, hay algo que podemos investigar más allá del sexo: el género, esto es, las ideas que hay en una sociedad sobre lo que implican las diferencias relacionadas con el sexo.

Por otra parte, esta diferencia entre sexo y género no interesa solo a los estudiosos, sino a cualquier persona que busque el bien de su sociedad. ¿No existen acaso ideas sociales sobre la mujer, o sobre el hombre, que resultan opresivos para estos? ¿No sería deseable cambiarlas? Y bien, cambiarlas no implicaría cambiar los sexos biológicos, claro está, sino esa otra cosa (las concepciones sociales sobre ellos) que llamamos “género”.

Es verdad que algunos autores, al ponerse a investigar sobre el género, han llegado a la conclusión de que este es tan importante, tan potente, que al final el sexo, la mera biología, no importa en absoluto, y que todo depende de nuestras ideas sobre la diferencia sexual, los roles que nos atribuimos, los gustos que cada sociedad desarrolla. Pero estos autores son una minoría de entre todos los que emplean la palabra “género”, y sería estúpido abandonar este vocablo solo porque algunos lo emplean para elaborar teorías que consideras equivocadas. Si rechazas todas las palabras que alguien utiliza para configurar un modo de pensar que no te gusta, al final te quedarás sin lenguaje.

¿Qué nombre se puede dar, entonces, a aquellas vertientes de la llamada “ideología de género” que sí que defienden que todo depende del género, que todo es social, construido?

Bueno, ya expuse antes cómo resulta criticable la idea de las feministas radicales (radfem) de que debe abolirse toda diferencia entre hombre y mujer (no solo aquellas que impliquen menos derechos u opresión para una de las dos partes, pues para las radfem toda diferenciación es opresiva). Y por ello es no solo legítimo, sino a mi juicio incluso recomendable, hacer una crítica de ese feminismo radical; pero sin que ello implique una crítica a todo feminismo a secas.

De igual modo, existe un buen número de autores que podríamos denominar como “constructivistas” o “deconstructivistas”, que piensan que toda la diferencia entre sexos está construida por la sociedad y que, por tanto, la diferencia biológica en realidad no debería importar para nada: que todo depende del género. Esta exagerada importancia del término género (frente al sexo) sí que resulta, de nuevo, criticable; pero hay que llamar a estos autores por su nombre. Ni representan a todos los que estudiamos el género, ni siquiera son mayoría; son solo eso, autores influidos por Judith Butler, o Donna Haraway, o en última instancia (filosófica) por Jacques Derrida. Pero no son tan exitosos como para que les demos a ellos en exclusiva el uso de la palabra “género” y tengamos que usarla siempre (aunque sea para denostarla) como ellos quieren: como algo tan tremendamente poderoso que anula toda importancia de lo biológico.

Se usa muchas veces la expresión tolerancia, por ejemplo, frente al colectivo LGBT. No quiero despreciar su valor, pero me da la impresión que tras la tolerancia muchas veces anida la indiferencia. Me gusta más la palabra “estima”, por la cual podemos estar incluso en desacuerdo, pero seguimos siendo compañeros de camino. ¿Qué experiencia humana puede permitir pasar de la mera tolerancia a la estima por el otro?

De hecho, la palabra “tolerancia” empezó a popularizarse en filosofía política justo en ese sentido que usted le da, como un mero modo de aguantar al otro, sin que ello implique especial interés por él. Basta con leer la Carta sobre la tolerancia de John Locke, paradigmática en este sentido. Hace ya unos años el filósofo español Carlos Thiebaut propuso completar esa idea de “tolerancia negativa” (como la llamó él) por otra de “tolerancia positiva”, que incluiría el interés por conocer las razones de los otros y por permitir que modifiquen, siquiera mínimamente, las propias. Creo que esa idea de tolerancia positiva de Thiebaut cabe dentro de la estima por la que usted me pregunta.

Gustavo Bueno también abogaba a favor de una “tolerancia positiva”, que para él no se limitaba a ciertos sentimientos más o menos cálidos hacia nuestros semejantes, sino que implicaba tener interés en sus razones: incluido el interés de refutarlas. Por eso don Gustavo creía que ponerse a discutir ferozmente contra las ideas que otros le planteaban era lo más tolerante que podía hacer hacia ellos, por paradójico que le resulte a nuestra mentalidad irenista (e indiferentista) actual.

Siguiendo esta línea de Thiebaut y Bueno, creo que la estima por el otro hay que empezar a mostrarla estando dispuesto a dialogar con él. ¿A cuántos eventos organizados en ámbitos eclesiales sobre sexo y género se ha invitado a personas que piensan de modo radicalmente diferente al católico en este campo? ¿Con qué frecuencia las universidades católicas (y no hay pocas en España) discuten con constructivistas de género? ¿O con partidarios de algo ya tan asumido por la sociedad como es el matrimonio entre personas del mismo sexo (que, por cierto, se puede defender perfectamente sin necesidad de ser constructivista)? Bien es verdad que tampoco obispos, o pensadores católicos, son invitados con frecuencia a eventos organizados por los activistas LGBT; pero ¿no se correspondería con la vocación cristiana el ser capaces de dar un primer paso para salvar este alejamiento, un paso que no significa que estés ya de acuerdo en todo con el otro, sino meramente que estás abierto a dialogar?

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Es la vida, amigo, (la que cuenta)

Fernando de Haro

La frase sonó como una pedrada: “es el mercado, amigo”. La pronunció en Madrid, en la sede del Congreso de los Diputados, hace unos días, el que fuera el gran mago de la economía de los gobiernos de Aznar. Un mago caído ahora en desgracia y enfrentado a muerte con Rajoy.

La sentencia, pronunciada por Rodrigo Rato, fue como una pedrada en la frente. Cierta arrogancia liberal, después de lo sucedido en el mundo durante los últimos diez últimos años, es ya insostenible. Duele que se lancen palabras como golpes. Y duele aún más que tanto el que la pronunció como los socialdemócratas tradicionales que la criticaron sigan haciendo gala de cierta arrogancia cuando utilizan fórmulas ideológicas que no explican lo nuevo.

Rato comparecía ante el Congreso no para evaluar su política económica sino para informar sobre su gestión al frente de Bankia (segunda Caja de Ahorro del país, ahora pública). Obstinadamente defendió una salida a bolsa en la que los jueces ven indicios de una gran estafa. No hay mercados perfectos cuando se trata de finanzas. Nos ha quedado claro. La mano invisible que reparte, supuestamente con justicia, éxitos y fracasos, en el caso de Bankia les va a costar a los españoles 14.000 millones. El coste total del rescate financiero va a suponer unos 60.000 millones. Falló el mercado, falló el Estado, que a través de sus órganos supervisores (Banco de España) tendría que haber impedido la venta fraudulenta de productos financieros (acciones y participaciones preferentes) que nadie entendía. Hemos aprendido, desde la quiebra de Lehman Brothers, que la regulación y la supervisión es esencial y que cuanto más europea y más global sea, mejor. Ya no podemos decir, como decíamos en los 90, que la mejor solución es “menos Estado y más sociedad”. No podemos decirlo sin explicar a continuación que, en realidad, queremos decir “mejor Estado para una mejor sociedad”. Sin saber bien, además, qué significa mejor Estado. Todos los que hemos tenido nuestro propio Lehman Brothers vivimos con la inquietante intuición de que el viejo Estado, el que vigila a los banqueros, el que nos paga la pensión, el que provee de servicios, no está en condiciones de darnos lo que nos dio.

Parece que las nuevas experiencias sociales y económicas que vivimos no encuentran un cauce crítico adecuado. Un buen ejemplo es lo que le ocurre al partido que, según las encuestas, puede suceder al PP. Ciudadanos sigue confiando en la teoría ingenua del mercado, tanto como lo hace el discurso de los populares (su política en realidad es socialdemócrata). Ciudadanos ha presentado hace meses en el Congreso una propuesta en favor de los vientres de alquiler. Aunque formalmente se hable de un contrato sin contraprestación para la maternidad subrogada, todo el mundo sabe que al final se extenderían las relaciones comerciales hasta ese pequeño reducto (relación madre-hijo) en el que todavía la única regla es la gratuidad.

Es la vida, amigo, (la que cuenta)

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No hay fuertes sobre la colina

Fernando de Haro

En Madrid, en la sede del Congreso, han comenzando los trabajos de la comisión que va a estudiar la oportunidad de reformar la Constitución del 78. Empieza el debate sobre la oportunidad de revisar una Carta Magna que cumple 40 años. Es la más joven de los países europeos que no estuvieron bajo el telón de acero. España se tumba en el diván y se pregunta cuándo una historia de éxito se convirtió en un relato problemático. La perplejidad se explica, en gran medida, porque estamos ante un caso práctico del carácter no acumulativo en el progreso social. Ha desaparecido la cultura ilustrada que sustentaba a la Constitución, pero seguimos pensando que el derecho o la convivencia son como la expansión del Universo: una vez conocida no hay vuelta atrás.

La primera sesión dejó claro que en este campo puede haber un acusado retroceso. Intervinieron los tres ponentes que quedan vivos. Y la comparación entre los diputados de hace 40 años y los actuales hacía evidente lo mucho que hemos perdido. El nivel de los representantes de la Soberanía Nacional ha caído drásticamente. Pero no es ese el indicativo más decisivo.

El éxito de la Constitución de 1978 se valora adecuadamente cuando se mira la reciente historia española. Durante dos siglos (desde comienzo del XIX), la voluntad de imponer una revolución liberal sin apenas sujeto, por parte de unos, y la resistencia de otros a aceptar la libertad como criterio definitivito en la vida pública hizo conflictivo, a veces sangriento, el proyecto nacional. La voluntad de superar lo mucho que se había sufrido y un encuentro de facto engendraron el acuerdo constitucional del 78.

Los derechos fundamentales consagrados entonces recogían, esencialmente, los valores compartidos en Occidente. Se les sumaron algunas conquistas sociales de nueva generación. A finales de los 70 esos valores, aportaciones de una cultura cristiana recogidos por la cultura laica, no eran especialmente problemáticos. Solo los socialistas se opusieron a una definición de la libertad religiosa que incluyera una mención explícita a la colaboración con la Iglesia católica. La apuesta en favor de una laicidad positiva se abrió paso porque los comunistas, todavía con peso en ese momento, la defendieron.

El resto del articulado, a grandes rasgos, no es conflictivo. Sin embargo, el modelo territorial, todo el mundo lo reconoce, constituye una auténtica chapuza. Se adoptó una mala solución, o la única posible para satisfacer los deseos de los nacionalistas (catalanes y vascos). España no se configuraba ni como un Estado federal, ni centralista, quedaba abierto. Al texto de la Constitución no se le pueden poner grandes objeciones, pero sí al proceso que debería haberle dado vida. Una Carta Magna no es solo el texto inicial. Es su historia: su desarrollo normativo, su reforma o no reforma, la conversación que la hace posible. Y esa es la que no ha habido. No es de extrañar que en este momento una minoría considerable (mayoría de jóvenes) no se reconozca en ella, o que la mitad de los votantes de Cataluña la den por absolutamente amortizada.

No hay fuertes sobre la colina

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El (único) poder útil contra las `fakes`

Fernando de Haro

Dispuestos a acabar con la amenaza. Si 2017 fue el año de las fake news (noticias falsas), ha llegado el momento de ponerles coto. El objetivo es que no interfieran como lo han hecho en los procesos electorales (Alemania, Estados Unidos, Francia, etc.), y que no aumenten la inestabilidad como ha sucedido en los momentos delicados vividos en Cataluña. ¿Hay capacidad para detener las viejas y nuevas mentiras?

Macron, el “chico listo y culto” de las democracias europeas, anunció la semana pasada un proyecto de ley para controlar las televisiones estatales extranjeras (o sea rusas) y para dotar de más transparencia a internet. En otro tiempo hubiera sido difícil que un líder de la “regeneración institucional” propusiera con tanta alegría una mayor intervención del Estado para limitar la libertad de prensa. Es el signo de los tiempos. España ha incluido en su Estrategia de Seguridad Nacional la lucha contra las noticias falsas. La OTAN trabaja a través de su Allied Command Transformation en una estrategia en este campo que debería estar preparada a finales de año.

Las noticias falsas amenazan la democracia por dos razones. Una obvia: existen poderes interesados en utilizarlas. La segunda se refiere al modo que tenemos de relacionarnos con la realidad.

La desinformación se ha convertido en un arma de desestabilización. Y el ejemplo más claro es lo que se conoce como la “guerra de combinación” (kombinaciya) utilizada por Rusia al integrar ciberguerra, ciberinteligencia, desinformación y propaganda.

La nueva arma funciona porque nuestro modo de informarnos ha cambiado radicalmente. Los medios clásicos (radio, televisión, prensa), incluso los sitios informativos de internet están pasando a segundo plano. Las redes sociales se convierten en las fuentes principales para conectar con mundo: el 44% de los estadounidenses se informa ya a través de Facebook. El cambio ha provocado, como señala Andrés Ortega, analista del Instituto Elcano, que “vivamos en burbujas informativas, en cámaras de eco o de resonancia”.

Las redes sociales multiplican a menudo el “efecto tribu”, generado por la perplejidad de globalización y de las sociedades multiplurales. Los medios informativos clásicos, aunque estén sesgados por las orientaciones ideológicas, tienen que justificarse ante sí mismos y ante su audiencia con una cierta tendencia a la veracidad. En el consumo tribal de las redes sociales esa tensión desaparece. El filtro emotivo, que reduce la apertura de la realidad a las propias inclinaciones, está justificado de antemano. Los miembros de una cierta “etnia informativa” solo quieren escuchar lo que creen ya saber. Los hechos se diluyen hasta convertirse en un pretexto. El hecho de informar e informarse es un ejercicio práctico (y humilde) de una racionalidad de la que abdicamos con demasiada frecuencia. Otro signo de esta época marcada por la desconfianza y el miedo hacia la razón.

La debilidad crítica, que renuncia a los hechos y a su observación, es la que permite el éxito de la desinformación. Con solo 200 dólares de inversión en publicidad en Facebook se puede crear un conflicto cívico entre indignados por la presencia de inmigrantes musulmanes e indignados por la creciente islamofobia. Es lo que hizo un grupo ruso en Texas en 2016.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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