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19 OCTUBRE 2020
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>Entrevista a Miguel Ángel Quintana

'Las ideas sobre género no están organizadas congruentemente'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 3  31 votos
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El profesor Quintana, estudioso de lo que denomina las ideas o teorías sobre el género, propone en esta entrevista en www.paginasdigital.es un diálogo sobre las relaciones entre los términos sexo y género.

Usted ha venido afirmando recientemente que la “ideología de género no existe”. ¿Podría explicar a qué se refiere con esta afirmación?

Si me lo permite, voy a empezar diciendo a qué no se refiere esa frase, con que titulé un artículo mío de hace unos meses; ya que por desgracia he comprobado que mucha gente de buena fe la ha malinterpretado por completo.

En primer lugar, lo que no quise decir, naturalmente, es que todo lo que se dice sobre el género sea correcto o valioso. Entre otras cosas, esto sería imposible, porque muchas de las cosas que se dicen al respecto son contradictorias entre sí.

Tampoco quise decir que lo que muchos llaman “ideología de género” se refiera a cosas que tengan todas que ser aceptables. El problema es englobar bajo una sola etiqueta, y tan inadecuada, un montón de cosas muy distintas entre sí; pero uno tiene perfecto derecho a no aceptar cada una de ellas en particular.

Tampoco negué que últimamente se haya producido una difusión, tanto en el mundo académico como en la política y en los medios de comunicación, de ideas al respecto del género y del sexo que pueden resultar especialmente novedosas y, por supuesto, perfectamente criticables. Es más, yo soy firme crítico de muchas de ellas. Pero (de nuevo) eso no significa que constituyan una ideología. En primer lugar, porque no están organizadas teóricamente entre sí en un conjunto más o menos congruente (que es condición sine qua non de toda ideología). En segundo lugar, porque el problema de esas teorías no es que empleen el término “género” (que es perfectamente aceptable, e incluso imprescindible hoy en día, por cualquier investigador serio de estos asuntos; sobre esto volveré más adelante); sino que su problema es otro bien distinto.

¿Qué es entonces lo que sí quería decir al titular uno de sus artículos “La ideología de género no existe”?

Bueno, cuando alguien habla de “ideología de género” parece que se refiere, como he dicho, a un conjunto más o menos organizado de ideas defendidas por un movimiento determinado. De hecho, ese es el sentido que le da a la palabra “ideología” el diccionario de la RAE. Ahora bien, cuando uno ve todo lo que se incluye dentro de lo que la gente llama “ideología de género”, comprueba que se trata de ideas muy distintas entre sí, a menudo opuestas, y que no son defendidas por un solo movimiento, sino por varios, frecuentemente enfrentados entre sí de manera voraz. Por lo tanto, no hay una cosa llamada ideología de género, sino ideas y movimientos muy diferentes que hablan sobre género; algunos de los cuales serán aceptables, otros lo serán parcialmente y otros lo serán aún menos. El término omniabarcante “ideología de género” ahorra ese análisis minucioso que, empero, cualquier intelectual serio debería acometer.

¿Podría ponerme un ejemplo de esto que señala?

Veamos, normalmente se incluye dentro de la ideología de género al feminismo radical (abreviado como radfem). Es decir, se trata del feminismo que cree que el mero hecho de nacer mujer te coloca automáticamente en el lado de las víctimas de la sociedad. Por este motivo, persigue eliminar en nuestra sociedad absolutamente todas las diferencias entre el hombre y la mujer (no solo las diferencias en derechos o libertades). Y es que para las radfem solo viviremos en una sociedad digna cuando las diferencias entre un varón y una mujer se reduzcan en la práctica a ser solo las de tipo médico (por ejemplo, ir al urólogo en vez del ginecólogo, o preocuparte de tu útero en vez de tu próstata).

Y bien, también se incluye normalmente dentro de la ideología de género a otro tipo de feminismo, el transfeminismo (abreviado como transfem). Este otro movimiento cree que las opresiones que existen en nuestra sociedad no se derivan de los órganos corporales que tengas (por ejemplo, una vagina), sino de las ideas que hay en esa sociedad sobre lo que significa ser hombre o mujer (por ejemplo, que si te sientes mujer y no tienes vagina hay algo erróneo en ti). Ahora bien, este transfeminismo considera que esas diferencias entre hombre y mujer, que son un mero constructo social, no es necesario abolirlas (como harían las radfem), sino que bastaría con saber relativizarlas, jugar con ellas irónicamente, darles un giro posmoderno, para que dejaran de resultar opresivas. Uno de esos giros, por ejemplo, sería dejar de dar por supuesto que para ser mujer tienes que tener vagina. A estas transfem les horrorizaría que se abolieran las diferencias entre sexos, como proponen las radfem, pues ellas se sienten muy identificadas con esas diferencias (solo que desde un lado de la diferencia distinto al que se les asignó al nacer) y las consideran importantísimas.

Fíjese que con esto solo he definido a dos grupos dentro del feminismo (hay varios más) y no he entrado a las diferentes posturas que uno puede encontrarse al respecto de otros asuntos (como la homosexualidad, la bisexualidad, etc.). ¿Podemos englobar todo esto bajo un mismo paraguas de una misma ideología, la presunta “ideología de género”? Está claro que no, cualquier cosa que atribuyamos a esa supuesta ideología será defendida por algunos de los movimientos o autores que estamos encasillando dentro de ella, pero no por bastantes otros.

Un buen ejemplo de este problema al intentar hablar de la ideología de género se da en uno de los libros que, en español, ha intentado acercarse a ella con un enfoque lo más amplio posible. Me refiero al que publicó Jesús Trillo Figueroa en 2009 justo con ese título, “La ideología de género”, y que obtuvo cierto éxito. Hoy es un libro que ya no se reedita, y tal vez por buenas razones: una de las dificultades con que el lector se encuentra a lo largo de todo ese volumen es que está llamando “ideólogos de género” a autores que él mismo reconoce, a trancas y barrancas, que opinan de modo incluso contrario sobre múltiples asuntos. Y no se trata de asuntos marginales (lo hemos visto ya en el ejemplo de las radfem y las transfem). Todas las ideologías tienen ciertas disidencias dentro de sí sobre asuntos relativamente menores, sí, pero a dos autores que piensan de modo opuesto sobre el género no resulta presentable que te engloben bajo el mismo epíteto de “ideología de género”.

¿Posee algún otro problema grave la expresión “ideología de género”?

Me temo que sí. Señalaré al menos otros dos.

En primer lugar, al ser un término que solo se utiliza en sentido peyorativo, pierde carácter científico, pierde empaque intelectual. Por supuesto, uno puede contemplar una ideología como negativa (en el supuesto que la “ideología de género” fuera una sola ideología y no veinticuatro, como ya hemos comentado); pero cada movimiento de ideas merece un nombre que no sea exclusivamente peyorativo, para poder entablar un diálogo (o una diatriba) con él. Imagínese si alguien se empeñara en llamar “papismo” al catolicismo, y que solo aceptara referirse a él con ese nombre tan parcial; sin duda no resultaría de ahí ningún debate intelectualmente honrado. Dudo igualmente que nadie quiera debatir con otro que lo etiqueta como “ideología de género”; y el resultado de ello es que sobre “ideología de género” se predica y se pontifica, pero no se discute con los que supuestamente la defienden. Y ello es una lástima para un pensamiento, como es el católico, que tan hábil se ha mostrado con frecuencia a lo largo de su luenga historia al debatir con formas de pensar diferentes a él.

En segundo lugar, la expresión “ideología de género” posee otro inconveniente: parece que atribuye al término “género” algún tipo de error fundamental. Esto se detecta de modo claro en muchos que la utilizan: es frecuente leer en ellos que ese término no hace ninguna falta, que con “sexo” ya nos es más que suficiente.

¿Por qué ve necesaria esa diferenciación entre sexo y género? El término “género” ¿podría correr el riesgo de ser moldeado a la subjetividad de la mentalidad dominante del momento histórico?

Bueno, no soy yo el que diferencia entre sexo y género: desde hace más de un siglo la antropología, la sociología, los estudios literarios, y tantas otras ramas de las ciencias sociales o de las humanidades han visto necesaria esa distinción (primero con otros nombres —Margaret Mead lo llamó “temperamento”; Otto Weininger, “carácter”—; luego, desde los años 50, con el nombre de “género”). Y no se trata de una “conspiración” de un montón de autores malvados que quieren hacernos olvidar las diferencias entre sexos: como ya he dicho, la inmensa mayoría de los que distinguen entre sexo y género no extraen de ahí la consecuencia de que dé igual el sexo que tengas y que todo dependa de la subjetividad de cada cual (Mead es muy explícita sobre este punto en su Male and Female). De hecho, ese es otro riesgo cuando uno usa la expresión “ideología de género”: hacer a su enemigo mayor de lo que en realidad es. Si atribuyes a todo el que emplea el término “género” ideas sospechosas o malvadas, es curioso, porque estás inventándote un rival significativamente más poderoso de lo que es su empaque real: pues hoy emplean ese término la inmensa mayoría de los científicos sociales, sin que ello implique que todos sostengan ideas contrarias a las tuyas.

¿Por qué hay que diferenciar entre sexo y género? Muy sencillo: porque tener un mismo sexo (por ejemplo, mujer) significa cosas muy diferentes en culturas y en momentos históricos diferentes. No es lo mismo ser mujer en tiempos del Imperio romano que en pleno siglo XXI; no implica lo mismo que te consideren mujer hoy en Arabia Saudí que en Malasaña. Así pues, hay algo que podemos investigar más allá del sexo: el género, esto es, las ideas que hay en una sociedad sobre lo que implican las diferencias relacionadas con el sexo.

Por otra parte, esta diferencia entre sexo y género no interesa solo a los estudiosos, sino a cualquier persona que busque el bien de su sociedad. ¿No existen acaso ideas sociales sobre la mujer, o sobre el hombre, que resultan opresivos para estos? ¿No sería deseable cambiarlas? Y bien, cambiarlas no implicaría cambiar los sexos biológicos, claro está, sino esa otra cosa (las concepciones sociales sobre ellos) que llamamos “género”.

Es verdad que algunos autores, al ponerse a investigar sobre el género, han llegado a la conclusión de que este es tan importante, tan potente, que al final el sexo, la mera biología, no importa en absoluto, y que todo depende de nuestras ideas sobre la diferencia sexual, los roles que nos atribuimos, los gustos que cada sociedad desarrolla. Pero estos autores son una minoría de entre todos los que emplean la palabra “género”, y sería estúpido abandonar este vocablo solo porque algunos lo emplean para elaborar teorías que consideras equivocadas. Si rechazas todas las palabras que alguien utiliza para configurar un modo de pensar que no te gusta, al final te quedarás sin lenguaje.

¿Qué nombre se puede dar, entonces, a aquellas vertientes de la llamada “ideología de género” que sí que defienden que todo depende del género, que todo es social, construido?

Bueno, ya expuse antes cómo resulta criticable la idea de las feministas radicales (radfem) de que debe abolirse toda diferencia entre hombre y mujer (no solo aquellas que impliquen menos derechos u opresión para una de las dos partes, pues para las radfem toda diferenciación es opresiva). Y por ello es no solo legítimo, sino a mi juicio incluso recomendable, hacer una crítica de ese feminismo radical; pero sin que ello implique una crítica a todo feminismo a secas.

De igual modo, existe un buen número de autores que podríamos denominar como “constructivistas” o “deconstructivistas”, que piensan que toda la diferencia entre sexos está construida por la sociedad y que, por tanto, la diferencia biológica en realidad no debería importar para nada: que todo depende del género. Esta exagerada importancia del término género (frente al sexo) sí que resulta, de nuevo, criticable; pero hay que llamar a estos autores por su nombre. Ni representan a todos los que estudiamos el género, ni siquiera son mayoría; son solo eso, autores influidos por Judith Butler, o Donna Haraway, o en última instancia (filosófica) por Jacques Derrida. Pero no son tan exitosos como para que les demos a ellos en exclusiva el uso de la palabra “género” y tengamos que usarla siempre (aunque sea para denostarla) como ellos quieren: como algo tan tremendamente poderoso que anula toda importancia de lo biológico.

Se usa muchas veces la expresión tolerancia, por ejemplo, frente al colectivo LGBT. No quiero despreciar su valor, pero me da la impresión que tras la tolerancia muchas veces anida la indiferencia. Me gusta más la palabra “estima”, por la cual podemos estar incluso en desacuerdo, pero seguimos siendo compañeros de camino. ¿Qué experiencia humana puede permitir pasar de la mera tolerancia a la estima por el otro?

De hecho, la palabra “tolerancia” empezó a popularizarse en filosofía política justo en ese sentido que usted le da, como un mero modo de aguantar al otro, sin que ello implique especial interés por él. Basta con leer la Carta sobre la tolerancia de John Locke, paradigmática en este sentido. Hace ya unos años el filósofo español Carlos Thiebaut propuso completar esa idea de “tolerancia negativa” (como la llamó él) por otra de “tolerancia positiva”, que incluiría el interés por conocer las razones de los otros y por permitir que modifiquen, siquiera mínimamente, las propias. Creo que esa idea de tolerancia positiva de Thiebaut cabe dentro de la estima por la que usted me pregunta.

Gustavo Bueno también abogaba a favor de una “tolerancia positiva”, que para él no se limitaba a ciertos sentimientos más o menos cálidos hacia nuestros semejantes, sino que implicaba tener interés en sus razones: incluido el interés de refutarlas. Por eso don Gustavo creía que ponerse a discutir ferozmente contra las ideas que otros le planteaban era lo más tolerante que podía hacer hacia ellos, por paradójico que le resulte a nuestra mentalidad irenista (e indiferentista) actual.

Siguiendo esta línea de Thiebaut y Bueno, creo que la estima por el otro hay que empezar a mostrarla estando dispuesto a dialogar con él. ¿A cuántos eventos organizados en ámbitos eclesiales sobre sexo y género se ha invitado a personas que piensan de modo radicalmente diferente al católico en este campo? ¿Con qué frecuencia las universidades católicas (y no hay pocas en España) discuten con constructivistas de género? ¿O con partidarios de algo ya tan asumido por la sociedad como es el matrimonio entre personas del mismo sexo (que, por cierto, se puede defender perfectamente sin necesidad de ser constructivista)? Bien es verdad que tampoco obispos, o pensadores católicos, son invitados con frecuencia a eventos organizados por los activistas LGBT; pero ¿no se correspondería con la vocación cristiana el ser capaces de dar un primer paso para salvar este alejamiento, un paso que no significa que estés ya de acuerdo en todo con el otro, sino meramente que estás abierto a dialogar?

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