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13 DICIEMBRE 2017
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>Entrevista a Marta Cartabia, vicepresidenta del Tribunal Constitucional de Italia

"La ley no puede impedir lo que la conciencia social no reconoce"

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  42 votos
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Marta Cartabia, catedrática de Derecho Constitucional, vicepresidenta del Tribunal Constitucional de Italia, ha visitado Madrid para intervenir en el acto en el que la Asociación Universitas la ha nombrado socia de honor. www.paginasdigital.es ha conversado con ella sobre la reforma constitucional, los retos de fraguar el nuevo consenso y sobre la relación entre moral y ley.

En El Federalista (publicación que recoge la discusión entre los constituyentes estadounidenses) ya se produce una discusión interesante entre Jefferson y Madison sobre el tiempo en el que debe estar en vigor una constitución. Jefferson argumenta que en cada generación se debe cambiar porque los jóvenes tienen que renovar el acuerdo político de sus mayores. Madison, sin embargo, apunta que la nueva generación da un consentimiento tácito. Es una discusión que adquiere nuevo interés. No solo para España, donde se debate la conveniencia de la reforma de la Carta Magna, sino en toda Europa: estamos dominados por la quiebra generacional de los principios constitucionales de postguerra. ¿Quién lleva razón, Jefferson o Madison?

No es solo una discusión entre Jefferson y Madison porque en la revolución francesa existía la idea de que una generación no se puede vincular a la siguiente. Se pensaba que hacía falta un consenso, identificando la democracia con la voluntad del pueblo. Esta es una visión que ha quedado superada con las constituciones rígidas de la segunda posguerra. Rígidas no significa congeladas. “Rígida” es una expresión técnica que se refiere a las constituciones que no pueden ser modificadas con el procedimiento habitual que se utiliza para el cambio de las leyes ordinarias sino con el apoyo de unas mayorías cualificadas de las que sostienen a un Gobierno.

En mi opinión, el pacto fundante requiere una estabilidad. No se puede reformar la casa todas las semanas. La Constitución, decía un gran padre constitucional italiano, La Pira, es la Casa Común. Por tanto, se pueden hacer trabajos de mantenimiento. Pero no se puede restructurar continuamente la casa y vivir dentro de ella. Creo que una cierta estabilidad en el tiempo es necesaria porque si no la vida política se centra en discutir sobre cómo hacer reformas. Si se reforman las estructuras debe ser para responder mejor a las necesidades de la gente. Pero ciertamente tampoco se puede hacer de la Constitución un mito de modo que tocarla suponga un atentado al Estado. Modificar la Constitución no es un sacrilegio. Puesto que la Constitución expresa la vida de un pueblo, es muy importante que sea dinámica: ya sea a través de la interpretación que de ella hacen las Cortes -que desarrollan su contenido respondiendo a nuevas necesidades-, ya sea a través de su modificación.

La Constitución, en España la del 78, es percibida por algunos (partidarios del derecho a decidir, de la secesión de Cataluña, críticos de la transición) como una verdad trasnochada que constriñe la libertad. Hay una parte de la población española, sobre todo entre las nuevas generaciones, que no se reconoce en el pacto constitucional. Algunos critican la reconciliación nacional en la que se basa nuestra Constitución. ¿Qué puede ayudar a resolver este conflicto? ¿Solo nos queda el juego de mayorías y minorías?

La Constitución es expresión de una historia. No lo digo yo, hay una gran escuela de pensamiento que dice que una Constitución nace de la historia de un pueblo. Me explico con un ejemplo. ¿Por qué todas las Constituciones de la segunda posguerra prestan especial atención a los derechos de la persona, poniendo en el centro la dignidad? Si tenemos perspectivas histórica es fácil encontrar una respuesta. El derecho responde a problemas históricos. Y siendo la expresión de una historia, me parece adecuado que ciertas cosas cambien. La Constitución es como un vestido. Si alguien se lo pone y le queda demasiado estrecho debe poder arreglarlo. Pero el que la Constitución sea expresión de una historia, no significa que la historia se reescriba partiendo de cero. Hay que entender de qué manera las nuevas generaciones expresan realmente un cambio de mentalidad. Me parece que respecto a los valores se ha producido un gran cambio. Ha habido un cambio de los valores, de los valores vividos en la comunidad, incluso antes de que ese cambio fuera reclamado. Uno de los fundadores del constitucionalismo liberal, Albert Venn Dicey (1835 –1922), en "The Comparative Study of the Constitution" asegura que la Constitución y las leyes son como la armadura de un caballero. No basta la armadura para hacer un gran caballero, una armadura demasiado estrecha puede impedir al caballero lograr sus grandes hazañas. Creo que se trata de esto. No se puede pensar que leyes pueden cambiar la realidad social.

De un lado está el grupo que cuestiona la Constitución, sus fundamentos. Y de otro lado está el discurso de los que defienden la Constitución solo subrayando el valor positivo, objetivo de la ley, sin entrar en cuestiones meta-jurídicas, sin hacer referencia al consenso de base. Las dos partes no se encuentran. El consenso tácito que dio lugar a la Constitución parece haber desaparecido. Y, en una sociedad cada vez más plural, se hace muy difícil un reconocimiento en el proyecto común.

Los discursos no se encuentran cuando se hacen en abstracto. La posición de quien dice “esta Constitución, esta ley vale en cuanto que es ley” es justa para personas como yo, magistrados que se dedican a hacer cumplir la ley. Pero un político tiene la misión de verificar siempre que la ley sea adecuada. La ley es un proceso, no es la justicia perfecta, la ley siempre es imperfecta respecto al objetivo que persigue y siempre se puede reformar, teniendo en cuenta que siempre existe la posibilidad de ponerse de acuerdo sobre las necesidades que emergen, los puntos de dificultad. Tomemos el ejemplo de la inmigración. Es un problema totalmente nuevo, que seguramente requiere un tratamiento nuevo porque toca todo el tejido social y exige nuevas respuestas legislativas. La revolución tecnológica requiere nuevas respuestas legislativas. No puedo quedarme aferrada a las regulaciones de la radio y televisión de 1980 porque este mundo ha cambiado por completo. Defender la ley por la ley es una expresión de positivismo que ha quedado totalmente superada en la cultura jurídica, me parece un debate muy abstracto, creo que habría que intentar buscar juntos la manera de responder a cada problema.

España tiene una de las Constituciones más jóvenes de Europa con un catálogo de derechos fundamentales muy renovado. Pero incluso esos derechos parecen haberse quedado viejos. Sin necesidad de hacer una modificación explícita se ha producido una mutación constitucional a través de las reformas legislativas y de la jurisprudencia. Pero la cuestión no ha quedado resuelta. Hay un sector social que considera los nuevos derechos como una traición al pacto original y otro sector que se siente constreñido por los derechos definidos en el 78.

En los nuevos derechos hay muchas cosas distintas, hay nuevas respuestas jurídicas a problemas que antes no se planteaban. Están las cuestiones de bioética, el cambio de la vida familiar, el reconocimiento del matrimonio homosexual, etcétera. Hace unos años el Parlamento italiano aprobó una ley sobre la fecundación asistida. Hacía falta una ley para un problema nuevo y se aprobó una legislación que intentaba proteger los valores tradicionales. Poco a poco, esta ley se ha ido desmontando a pedazos por parte del Tribunal Constitucional. Yo no estaba entonces en el Tribunal Constitucional pero sí estuve cuando el Tribunal abrió la posibilidad de la fecundación heteróloga, es decir no solo entre la propia pareja sino con la participación de una tercera persona. Un argumento muy fuerte que se impuso fue que las mujeres italianas, que no podían someterse a la fecundación heteróloga en Italia porque estaba prohibida, viajaban a Barcelona o a otros lugares cercanos y volvían a Italia embarazadas. La ley no podía impedir un comportamiento social que la conciencia social no consideraba un “disvalor”. El nivel de esta práctica era tal que los jueces tuvieron que aceptar que esto ya estaba sucediendo de hecho y que no iban a conseguir pararlo con una ley.

De nuevo tenemos el problema de la “verdad constitucional” y la libertad. De una verdad, en este caso jurídica, que es percibida como constricción a la libertad.

Realmente no se puede contraponer la verdad constitucional con la libertad. La decisión de la fecundación heteróloga fue asumida en nombre de los derechos y  valores protegidos por la Constitución: una constitución liberal como la italiana pone en el centro la libertad de la persona. La conciencia de qué sea la libertad cambia en el contexto histórico. Volvamos a la discusión de la fecundación heteróloga.  

¿Por qué pongo este ejemplo? Ha supuesto una discusión muy fuerte, pero muestra que cuando la sociedad ha cambiado mucho, la ley no tiene la capacidad de cambiar una mentalidad. Como decíamos antes, la ley ya no es un “vestido” a la medida del cuerpo social y no se adapta. El hecho en cuestión ya estaba sucediendo, en cualquier caso. ¿Cómo podemos legislar en contra, haciendo como que no nos damos cuenta de lo que pasa? Creo que con los nuevos derechos pasa esto: primero cambia la conciencia social y luego cambia la ley. Pongamos otro ejemplo. Tradicionalmente en Italia, los hijos solo podían tener el apellido del padre, no el de la madre, y el Tribunal Constitucional siempre lo ha aceptado. En 2016 el Tribunal, teniendo en cuenta una nueva mentalidad, y una mayor conciencia de la igualdad entre hombre y mujer, ha cambiado y permite dar el apellido de la madre y del padre. El derecho sigue a la sociedad.

Alguien puede decirle que el argumento es relativista.

La ley influye en las costumbres del pueblo, pero no tiene la capacidad de cambiar los hábitos de la población. Si fuese verdad que la ley tiene la capacidad de influir sobre la moral y el poder de educar al pueblo, ¿cómo explicamos el hecho de haber llegado donde estamos después de que en el mundo occidental hayamos tenido leyes de inspiración cristiana? Había leyes que establecían que el matrimonio era indisoluble, pero eso no impedía que la gente se separase. En la primera ocasión que hubo, en el referéndum de 1978, la gran mayoría del pueblo italiano votó a favor del divorcio. Si la ley hubiera tenido una gran influencia sobre la moral de las personas, el resultado habría sido otro.

Creo que es un error pensar que la ley del Estado deba coincidir con la moral. Siempre hay un salto. La ley siempre busca la justicia, pero es una búsqueda continua que se reforma, se adapta, se modifica, teniendo en cuenta todos los factores históricos. Es necesario tener la conciencia de que la ley que nace de las instituciones humanas nunca podrá fijar un ordenamiento jurídicamente perfecto. Hay un espacio para la ley, pero también hay un espacio para la moral, que no necesariamente coinciden. Hace unos días leí un artículo del escritor israelí Abraham B. Yehoshua en La Stampa en el que aseguraba que uno de los graves daños de nuestra época es que hemos contado tanto con la ley para asegurar valores morales que todo lo que no está prohibido por la ley nos parece moralmente justo. Pero no es así. Puede haber un acto legalmente permitido que no sea moralmente aceptable. La ley debe estar cerca de los valores morales, debe escucharlos, pero el espacio de la ley es necesariamente más limitado que el de los valores morales.

La soberanía nacional tal y como quedó definida en Westfalia (1648) ya no existe. Por la vía de los hechos, sobre todo por la globalización, no es posible seguir defendiendo que los Estados nacionales son realmente nacionales. ¿Hace falta que el constitucionalismo reflexione sobre esta situación de poder global?

Sí, absolutamente. De hecho, hoy es difícil hablar de soberanía y cuando los constitucionalistas lo hacen hablan de soberanía compartida, limitada. Y eso supone un oxímoron porque la soberanía limitada no es soberanía. Estamos en un contexto en que esto se ha transformado. Pensamos en la estructura del poder político como una pirámide, pero ya no es una pirámide. Ya no es una pirámide sino una red. No hay solo un vértice. Incluso podría parecer que el Tribunal Constitucional es el nuevo soberano porque puede juzgar las leyes…

…es la definición de Kelsen.

Pero ya no es así. El Estado tiene que rendir cuentas con otros muchos poderes, europeos, políticos, tribunales ordinarios… Yo siempre uso una imagen. El poder ha dejado de ser geométrico, no puede ser representado por un cuadro de Mondrian. Es más bien como un cuadro de Pollock: un conjunto de manchas, y hay que desarrollar un concepto relacional del poder. De las mejores cosas que hemos hecho en el Tribunal Constitucional de Italia en estos años son aquellas en las que hemos dejado espacio para que otros actores pudieran intervenir: órganos políticos, legisladores, la corte europea, porque solos no resolvemos los problemas. Ningún hombre ni institución de poder puede pensar en arreglar las cosas solo, debe medirse con otros, buscar alianzas. Los otros no son una amenaza, en las relaciones institucionales también se debe desarrollar un trabajo colaborativo.

Usted ha trabajado mucho sobre la cuestión de la justicia reparativa. Aquella justicia que no busca solo sancionar a los culpables, sino propiciar una reparación en las víctimas y un cambio en quien ha causado el mal. Ha seguido de cerca los encuentros entre los terroristas italianos de los años 70 y sus víctimas. La justicia reparativa es un tanto escandalosa para una concepción punitiva de la justicia. En España, a diferencia de lo que ha ocurrido en Italia, en el campo del terrorismo, las experiencias han sido muy limitadas. Por un lado, los casos de terroristas que se arrepienten son pocos. Y, por otro lado, las víctimas tienen la sensación de que los terroristas han ganado. Sería largo explicar por qué. El clima es muy tenso. ¿Cómo se podrían dar pasos?

No se pueden imponer por ley. Este es un ejemplo donde la ley puede favorecer ciertas condiciones favorables. Pero el que lo veamos como conveniente no significa que pueda ser objeto de una obligación legal. Aquí se ve perfectamente el límite de la ley. Eso no significa que la ley no deba hacer nada. Puede crear una situación en la que, por ejemplo, se tomen medidas antes de meter a menores en la cárcel, ofrecerles alternativas, la posibilidad de revisar su situación… Pero la justicia reparativa no se plantea como una alternativa al sistema penal, sino como una posibilidad para llegar allí donde el sistema penal no consigue llegar, es decir, para reconstruir lo que se ha roto. La ley no tiene esta capacidad regenerativa. Por eso tampoco se puede pensar en regenerar un valor moral a través de reglas. La ley puede contener comportamientos equivocados, pero no puede generar el bien.

¿Por qué la justicia reparativa no es buenismo?

Porque siempre está ligada a la verdad. En la experiencia originaria, experimentada en Sudáfrica con Mandela, la comisión que dio origen a este experimento se llamaba Comisión para la Verdad y Reconciliación. Uno de sus momentos decisivos fue el momento en el que víctimas y culpables se encontraron y cada uno contó lo que fue para él aquel hecho. Eso, tal vez, puede dar lugar a una posibilidad de recuperación de las relaciones, de resanar heridas, pero no está dicho que suceda. Ante todo, pasa por el hecho de decirse “ha pasado esto” y de decirlo públicamente. Y, evidentemente, cuesta mucho. No me sorprende que las víctimas pongan resistencia, porque se sienten insatisfechas en su necesidad de justicia. Esa necesidad de justicia tampoco encontrará satisfacción en una sentencia de condena. Pero la falta de respuesta a su exigencia de justicia suele dar lugar a un resentimiento.

La justicia reparativa tiene la tarea de favorecer, en primer lugar, la satisfación de las exigencias y de las necesidades de las víctimas que sigen abiertas. Se trata del intento de “reparar” lo que se rompió con el delito, de ofrecer una perspectiva de futuro no solo al condenado -que se queda fijado en el pasado-, también a la víctima que tiene la posibilidad de volver su mirada a un camino que el proceso reparativo pone en marcha. No estamos ante la promesa de un milagro o de una magia que suprima todo, sino ante la posibilidad de un camino que se abre a la novedad.

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A la espera de una herida que sane

Fernando de Haro

La semana pasada dos noticias simultáneas, pero no paralelas. Con resultados divergentes. Las negociaciones para cerrar la primera fase del brexit (los términos del divorcio) y el comienzo de la campaña electoral en Cataluña han coincidido en el tiempo. Una y otra eran consecuencia del nacionalismo. El Gobierno del Reino Unido tiene que concretar la ruptura con la Unión aprobada en el nefasto referéndum de junio de 2016. Los partidos en Cataluña empezaban a buscar el voto, después de que el independentismo hiciera necesaria una intervención del Gobierno autónomo y la convocatoria de comicios.

Solo hace ocho meses May partía con una posición arrogante. Pedía formalmente en una carta subida de tono la salida de la Unión. Y llegaba a amenazar con no colaborar en cuestiones de seguridad. Al final la primera ministra británica ha acabado aceptando todo lo que pedía la Comisión. Ha aceptado el pago de la factura pendiente que le reclamaba Bruselas (hasta 60.000 millones de euros) y la tutela de los derechos de los ciudadanos europeos que viven en el Reino Unido, incluida la jurisdicción del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. No habrá tampoco frontera entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte.

La frontera del Ulster, que parecía el escollo insalvable (el Gobierno de May se apoya en los diputados unionistas), ha dejado de ser un obstáculo para convertirse en la oportunidad de negociar un brexit blando. Esa frontera es la memoria de una herida muy presente, la que durante años sembró muertos y terror. Levantar de nuevo la marca hubiera sido volver al escenario anterior a los Acuerdos del Viernes Santo (1998) que hicieron posible la paz. Y pocos estaban dispuestos a ello. Para evitar la frontera entre las dos Irlandas se ha recurrido a mantener en el Ulster el mercado único y en la unión aduanera a cambio de que haya una “convergencia regulatoria” entre la provincia del Reino Unido y la República de Irlanda (UE). Ya han empezado a oírse voces que reclaman la misma solución para todo el país. Si así fuera el brexit se sustanciaría con una fórmula de asociación como la que tiene Noruega: participación en el mercado único sin intervención en sus órganos de decisión. Brexit blando, brexit que con el tiempo sería reversible porque no tiene ninguna ventaja.

No parece una causalidad que la herida abierta entre las dos Irlandas, la memoria y el deseo de no volver a un pasado sombrío, haya sido un elemento determinante para disolver parte de la ceguera ideológica. Hay otros factores sin duda. En el gen británico, junto al nacionalismo, el vector pragmático es decisivo. La humillación de May en las elecciones de junio, la presión de los sectores económicos (en especial de la city) por lo mucho que se puede perder y la firmeza de la Europa que quiere seguir unida han sido también determinantes. Pero las Irlandas que no quieren muro han contado mucho.

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Un documental de Nínive se estrena... mientras estalla otra vez la guerra

Miriam Díez Bosch

“Para mí ha sido una experiencia muy intensa estar en esos pueblos, derruidos, destrozados por la persecución. Ha sido un auténtico genocidio, según lo que dice el derecho internacional”. Son las declaraciones del director Fernando de Haro a Aleteia, que en los últimos días ha vivido “sobrecogido por la noticia de que 850 familias que habían vuelto a sus pueblos después de la derrota del Daesh hayan tenido que volver a huir por el enfrentamiento entre kurdos e iraquíes”.

La fe de estas personas no va a menos. “Lo sorprendente es que en medio de esa prueba haya muchos cuya fe haya crecido. Han tenido experiencia de que Dios los sostenía, los acompañaba”.

De hecho la película recoge el testimonio de un joven que se pregunta dónde está Dios en medio de tanta injusticia. “Es la pregunta que se hacía Job, la que nos hacemos todos. Y es sorprendente que, a través del encuentro con algunas personas, este chico haya redescubierto a un Dios que daba por descontado. Un testimonio así me acompaña”, cuenta de Haro.

“La situación es muy difícil. Hay una lucha intensa por hacerse con el control de la zona. Después de la derrota del Daesh, la lucha es ahora entre los kurdos y los iraquíes. Es necesario que las fuerzas internacionales pacifiquen la zona y que haya un proyecto de Iraq estable en el que los cristianos puedan vivir en paz. En el país han quedado muy pocos cristianos. Son el resto de Israel, pero ya hemos visto en otras ocasiones de la historia cómo la vida resurge a través de un resto”, añade.

La sede del CEU en Madrid, en la calle Julián Romea 23, será testigo el lunes día 30 del estreno de este documental sobre la llanura de Nínive, donde de nuevo se están enfrentando el ejército kurdo y el iraquí.

Este documental del periodista Fernando de Haro es la historia de las personas que han sufrido uno de los genocidios del siglo XXI, quizás el más reciente. Nínive relata la vida cotidiana de algunas de ellas. Entra en sus casas, en sus sufrimientos, en sus esperanzas. Recoge su testimonio de fidelidad y de amor a aquello en lo que creen.

En el verano de 2014, más de 120.000 cristianos se vieron obligados a huir de sus pueblos de la llanura de Nínive, una zona del norte de Iraq, que se encuentra cerca de Mosul. Es una de las cunas de la civilización. A la llanura de Nínive el cristianismo llegó en los primeros siglos y siempre ha sido un lugar con una presencia de bautizados muy significativa. En sus aldeas y sus pueblos se conservan las grandes tradiciones siriacas, caldeas y asirias.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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