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26 MAYO 2018
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Alemania, ¿vector o pilar de la Unión Europea?

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  20 votos
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Hay dos frases que explican el encaje de Alemania en Europa en los últimos tiempos, así como las tensiones políticas, económicas y geopolíticas, que de uno u otro modo pasan por Berlín en estos primeros años 20, que ya acaban, del nuevo siglo.

Una es de Henry Kissinger cuando, sobre el tamaño relativo de Alemania, dijo que era “demasiado grande para Europa, demasiado pequeña para el mundo”. Otra, pronunciada por el autor de La Montaña Mágica, Thomas Mann, en 1953, conminando a un grupo de estudiantes de Hamburgo a luchar “no por una Europa alemana sino por una Alemania europea”.

La primera frase es cierta. Alemania necesita de Europa para contar en el mundo globalizado, pero Europa se siente incómoda con una Alemania impetuosa. Fue Woody Allen el que decía que al escuchar a Wagner le entraban ganas de invadir Polonia. Este es el miedo de Europa, que contrarresta muy bien Francia que, no obstante, tiene también ciertos aires imperialistas, pero mejor marketing.

La segunda frase, en resumen, es el proyecto de Merkel, una “Alemania europea”, algo que está aún por conseguir en mi opinión. Salvador de Madariaga les tenía por un pueblo en exceso cerrado y rígido, necesitado de la espontaneidad española. Se sienten por tanto muy cómodos en el primer enunciado de la frase (una Europa alemana), dado que es la primera economía de la Eurozona.

Desde hace décadas Alemania es uno de los dos pilares de la Unión Europea. Francia, con Macron, es en cambio, además del otro pilar, su primer vector, pues si hubiera un Capitán Europa, sin duda alguna sería el ciudadano del Elíseo quien mejor lo encarnaría.

Este estatismo alemán, en mi opinión consustancial al carácter germano, ahora se hace más evidente porque le dificulta ser vector. Y desde luego el resultado de las pasadas elecciones de septiembre, en que el centrista CDU-CSU de Merkel no obtuvo mayoría absoluta para gobernar, no ayuda.

Una vez rotas las negociaciones para la formación del gobierno a la jamaicana (liberales, ecologistas y centristas), está en ciernes, con una probabilidad del 50%, una reedición de una GROSKO (Gran Coalición) entre la CDU con los socialdemócratas del SPD. A este respecto, el congreso del SPD reeligió la semana pasada a Schulz para dirigirlo, y le dio luz verde e incondicional para iniciar “unas conversaciones abiertas” con Merkel.

El presidente de Alemania, por otro lado, reforzado en su papel moderador tras estas semanas de parálisis política, podrá convocar en enero unas nuevas elecciones, o bien instar a Merkel a gobernar en minoría, si no se da al final la GROSKO.

Dado que el SPD se la ha jugado de cara a sus bases y sus juventudes entrando a negociar con la CDU, más aún cuando el socio bávaro de ésta –la CSU– acaba de elegir a un líder radical, la sola mención a nuevas elecciones debe provocar en Schulz como mínimo sudores fríos pues ya en septiembre tocó su suelo electoral (20,5%). Es de esperar, en pago por la responsabilidad de estado, un gobierno merkeliano minoritario si no hay GROSKO, antes que un anticipo electoral.

El carácter de Merkel, tímido, austero hasta la sospecha de que sea una pose, puede ser lo que el alemán quiere en el fondo –ya lleva 12 años de Merkel–. Hace poco, la propia Merkel contestó una pregunta de una niña sobre lo que hacía ella en la vida. Su respuesta fue que “levantarse, comer, lavarse los dientes y dormir”. Esta es Merkel en estado puro. Es la que gusta al pueblo alemán. Merkel lo ha olido, y desde la pasada campaña electoral, en la que Europa estuvo ausente del debate, se viene replegando hacia los problemas locales. Quiere dar estabilidad y tranquilidad a su pueblo, en vez de abordar las grandes causas globales que, antes o después, afectarán a Alemania y a Europa (a pesar de que, por ejemplo, haya liderado este año el G20 en Hamburgo). Empero, el giro europeo de Schulz tras el congreso del SPD se lo pone difícil en este sentido. La canciller, si quiere gobernar, deberá atender los deseos de Schulz, si no de unos Estados Unidos de Europa, cosa difícil si no imposible, sí un escalón menos, como una Unión solidaria, aunque en todo caso una ambición demasiado alta para el votante medio de Merkel. Generará tensiones internas en la CDU, también por los aspectos sociales y medioambientales, y puede que el precio sea demasiado alto para Merkel, pero era la única opción posible para Schulz, o todo o nada. O más Europa, o no hay gobierno.

Todo apunta a que la canciller alemana estará en política activa, ya sea al frente de un gobierno en minoría o tras unas elecciones (siempre que llegue a mejorar el resultado de su partido). En cambio, para el SPD es un peligroso juego pues puede perder su sitio liderando la oposición, en favor de Alternativa por Alemania. Al SPD, ni unas nuevas elecciones, ni el apoyo a un gobierno minoritario de la CDU, ni una GROSKO le harán escapar de la ratonera ideológica de la socialdemocracia europea ni del pragmatismo centrista, pero al menos con la segunda opción de un gobierno de Merkel –solo apoyado puntualmente– gana tiempo.

En clave europea, en el horizonte está el brexit, está un Macron ávido por recoger el testigo de la capitalidad política europea, que está creando una “familia ideológica” en el Parlamento Europeo, un Putin que incordia –con 10.000 muertos sobre la mesa en Ucrania– en el este de Alemania, es decir, de la Unión Europea, y muchas reformas por hacer que le preocupan a Merkel: la unión bancaria, la unión fiscal, una economía social de mercado, un ministro de finanzas de la zona Euro, puestos de trabajo, competitividad, la digitalización de la economía, la moneda única, el control de fronteras y la seguridad interior, el terrorismo y el acomodo del islam en Europa, la Europa de la Defensa, sin contar con la lucha contra los nacionalismos, los populismos y otras ideologías de hace 200 años. Mucho por hacer y pocos aire nuevos, pues el alemán de a pie solo quiere no pagar más.

La necesidad de anticipar algo nuevo es algo que muchos alemanes eligieron votando posiciones más extremas (extrema derecha o populismo extremo, nacionalista y xenófobo), otros abandonando a los dos grandes partidos tradicionales –la CSU de Merkel y el SPD de Schülz, con el peor resultado desde 1949–.

Lo nuevo es un deseo. Se pone en juego. Y, sin embargo, los viejos fantasmas extremistas asoman. No solo allí, sino en Polonia, Hungría, Bulgaria, Austria, y hasta en Francia y Holanda, junto con el Reino Unido. Cataluña, Baviera, Escocia, Lombardía, Véneto… ¿Es esto lo nuevo? ¿Es este el deseo? Es un aire rancio lo que sacude el viejo roble celta europeo. El olivo del sur se turba también, se tiñe de sangre alrededor del Mediterráneo (Libia, Siria, Líbano, Egipto, Israel) o de crisis político-sociales (Grecia, Italia, Portugal, España).

Europa es un gran coro que tiene que aprender a leer la partitura, y Merkel es hoy por hoy el apuntador de una obra de teatro, no la directora del coro. El que está escondido de las miradas del público, no el que tiene sobre sí todas las miradas y ninguno de los oídos.

Para seguir de apuntadora, papel fuera del repertorio que le va como un guante, a Merkel le conviene un gobierno en minoría. Así no se arriesga a perder el control de su partido. Se acompasa el paso al de Francia. Se calman los mercados. Schulz gana tiempo para maridar su gorro de alemán y de europeísta –se le ve como un hombre de Bruselas–, y le da aire al SPD.

Por el contrario, nuevas elecciones es comprar incertidumbre –jugar a ser españoles, vean Cataluña–, y los empresarios alemanes próximos a la CDU las desaconsejan. Y Alemania, sobre todo, produce cosas. ¿Qué le conviene a Alemania? Le conviene que, en todo caso, tome el relevo de EE.UU. y del Reino Unido, defendiendo las causas del mundo libre, en un mundo más totalitario, menos abierto, más globalizado, pero más compartimentado.

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