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17 AGOSTO 2018
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Diálogo, Dia-Logos

Aliosha Miranda | 0 comentarios valoración: 2  29 votos
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El mes de noviembre ha dejado cifras alarmantes para la realidad del país caribeño: solamente desde el 1 de noviembre hasta el 1 de diciembre el dólar subió de 41.000 bolívares a 103.000, la hiperinflación es algo cada vez más cercano para la economía del país; por su parte, el hambre que se vive es cada vez más triste. Según Cáritas, en 2016 los venezolanos bajaron unos 12 kg en promedio de manera involuntaria; para 2017, según esa misma organización, los venezolanos bajaron otros 14 kg en promedio. Por si fuera poco, Cáritas también alertó que si no se toman cartas en el asunto, la hambruna que se vive en el país se podría cobrar la vida de 300.000 niños. Mientras tanto, los representantes gubernamentales siguen declarando abiertamente que en el país no existe crisis humanitaria y que incluso estarían dispuestos a rechazar ayuda humanitaria internacional.

Así de indiferente es el gobierno frente al sufrimiento de sus compatriotas; como siempre, sigue buscando culpables en el imperio, la Iglesia Católica o la derecha parasitaria mientras la población clama por un cambio.

En este contexto tan alarmante gobierno y oposición se han sentado en una mesa de diálogo que se ha iniciado entre el 1 y 2 de diciembre en República Dominicana. Este es un tema muy complicado en Venezuela, ya a finales de 2016 hubo un intento de diálogo que fue utilizado por el gobierno para ganar tiempo, el gobierno no cumplió los acuerdos a los que se llegaron en aquel proceso y fue evidente que estos nunca tuvieron una intención real de un cambio que trajera mejoras para la triste situación de los venezolanos. Así pues, la palabra “diálogo” genera gran desconfianza y escepticismo en la población venezolana.

Ahora bien, ¿qué es el diálogo? Y más importante, ¿es realmente el diálogo una herramienta útil para superar una crisis como la que está viviendo el país, de modo que nunca tengamos que decir que el hambre se cobró la vida de 300.000 niños?

En este punto, vienen a la mente palabras de monseñor Aldo Giordano, Nuncio Apostólico en Venezuela, en una asamblea con la comunidad de Comunión y Liberación realizada el 2 de diciembre del 2016 en la ciudad de Mérida en Venezuela. En dicho encuentro monseñor Giordano explicó la concepción cristiana del diálogo. Retomar lo que este jerarca de la Iglesia dijo en aquella asamblea puede ayudarnos a redescubrir el valor del diálogo y a ser conscientes de que este es uno de los elementos fundamentales del poder de los sin poder.

Aquella tarde, monseñor Giordano comenzaba diciendo: «Al ver la palabra diálogo tenemos que “dia” significa diferencias, la distancia que existe entre nosotros; sin distancia y diferencias no puede existir el diálogo, no puede existir diálogo si no hay distancia como cultura, como edad, como religión, como visión política. Para el diálogo hace falta este espacio entre nosotros. Sin embargo, en este espacio la novedad es el “logos”. En nuestra tradición cultural europea y latinoamericana la palabra “logos” se ha traducido a discurso, es decir, un discurso o razón que antes no existía y que podemos construir gracias al diálogo. La palabra “logos” se ha traducido también a relación. En este sentido, gracias al diálogo se puede establecer una relación entre dos partes que son diferentes y distantes».

Giordano dejaba claro que no hay que tener miedo de las diferencias a la hora de hablar con el otro. Al contrario, estas son fundamentales para poder dialogar. Monseñor continuaba diciendo: « Ahora bien, para nosotros, cristianos, la palabra “logos” tiene otra realidad más allá del discurso y la relación. San Juan, en su evangelio, afirma que al inicio estaba el “logos”, todo fue hecho a través del “logos”, afirma que el “logos” se ha hecho carne y que habita entre nosotros. De este modo, para el cristiano el “logos” es Dios mismo, es Dios que se hace visible en la carne. Esta es la dimensión del diálogo que nadie conoce y es la razón por la que el Nuncio va a la mesa de diálogo con la oposición y el gobierno».

Además, Monseñor usaba el Evangelio para ejemplificar el diálogo. «Para hablar del diálogo me gusta recordar ese pasaje del Evangelio de San Lucas que habla de los discípulos de Emaús. Quien empieza el diálogo con los dos peregrinos es el Resucitado, el Logos. Antes de que el Resucitado apareciera los dos peregrinos dialogaban, esto es una cosa positiva; pero quien introduce la novedad es el Resucitado, es Él quien empieza el diálogo. Cristo invitó a los dos a una cena, celebró la Eucaristía y les regaló alegría en su corazón».

Finalmente, el Nuncio Apostólico invitaba a la comunidad a ser ellos mismos los protagonistas del diálogo cotidiano que tanto necesita el país, a ser la transparencia del Logos en Venezuela aquí y ahora de modo que se puedan tender puentes, propiciar encuentros y generar espacios de libertad que, poco a poco, ayuden a mejorar la situación que actualmente se vive; asimismo, pedía a la comunidad súplicas a Dios para que se pudiera dar un diálogo verdadero entre gobierno y oposición que ofrezca una luz para la realidad que se vive. En este punto, creo pertinente recordar que el diálogo es un elemento que ha servido a la humanidad durante toda su historia para superar las más grandes crisis y los peores conflictos: basta pensar en la guerra de Vietnam, en la historia de Centroamérica durante la década de los 80 o en el conflicto entre saharauis y marroquíes en la década de los 70. La confianza en el diálogo en Venezuela está por el piso, y por razones perfectamente comprensibles y justificables, pero precisamente por eso es necesario hacer memoria del poder y el origen que este valor cristiano tiene, no sólo como una estrategia política, sino como una manera de afrontar la vida, como una manera de acercarse al otro y descubrir su valor.

La oposición y el gobierno tienen programado volver a reunirse durante los próximos días, no podemos olvidar la dramaticidad de lo que se está viviendo y es necesario tener en cuenta que la negociación no será nada sencilla y para que tenga éxito es preciso sortear muchas dificultades, ¡no podemos olvidar con quién se está dialogando! Y monseñor Giordano no lo olvida, es consciente de lo delicado de la situación, por eso al final de la asamblea añadió: «Lo que se vive aquí es terrible, uno puede pensar que hace falta un milagro. Ahora bien, para hablar del milagro me gusta hablar de la multiplicación de los panes. Quien hace el milagro es Él; sin embargo, para hacer el milagro, Cristo necesita que le demos nuestros cinco panes y dos pescados, esto es una luz para mí. Ante la situación de Venezuela se hace evidente que necesitamos un milagro, tenemos el riesgo de precipitarnos y caer en la desesperanza. ¿Qué puedo hacer yo ante esta situación? Ofrecerle a Dios mis cinco panes y mis dos pescados para que sea Él quien obre el milagro».

Obedezcamos al enviado del Papa, que al Señor no le falten nuestros cinco panes y nuestros dos pescados.

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