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27 MAYO 2018
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>Entrevista a Francisco Igea

"Las leyes, si no se hacen desde el corazón del hombre, son solo tiranía"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
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Hablamos con Francisco Igea sobre la Ley de Derechos y Garantías al final de la vida. Acompañar a la muerte es la parte más difícil del oficio, pero es también la más hermosa, afirma este médico diputado por Valladolid.

“Quiero vivir un poco más. Un verano más en las rías, un otoño más en el hayedo de Irati, un invierno más de densa niebla en Valladolid”. Así expresaba usted en un artículo reciente una conversación con un paciente. Ante lo inexorable de la muerte, ¿predomina aún el deseo de vivir?

El deseo de vivir acompaña al hombre en todo su camino, pero vivir no es solo respirar, alimentarse y cumplir las funciones fisiológicas. Vivir es poder relacionarme con el entorno, disfrutar del afecto, dirigir mi existir… Morir es la última parte del vivir y poder despedirse con humanidad y conscientes de que hemos hecho nuestro camino. Hay un tiempo para cada cosa. Un tiempo para abrazar y un tiempo para despedirse.

¿Se pueden humanizar las leyes cuando tienen en cuenta la experiencia humana?

Las leyes, si no se hacen desde el corazón del hombre, son solo tiranía. El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado. Es deber del legislador poner su foco en el ciudadano. El ciudadano que es, a su vez, hacedor de la ley y receptor de la misma. Nosotros no somos, ni podemos ser, más que los encargados de trasmitir la voluntad mayoritaria, voluntad para asegurar los derechos individuales. Ese es el quid de la ley: saber interpretar como querríamos la mayoría que nos tratasen, si nosotros fuéramos la minoría. No podemos hacer leyes solo para cumplir el deseo de la mayoría. Debemos hacer leyes para respetar a los individuos asegurándonos de que ese respeto a lo individual no afecta de manera grave o decisiva a la convivencia en libertad de la colectividad.

¿Qué pretende la Ley de Derechos y Garantías al final de la vida que ustedes proponen?

La ley pretende, simplemente, reconocer a los españoles como poseedores de plenos derechos hasta el final de sus días. Los ciudadanos deben saber que el estado les garantiza su derecho, también en la situación de máxima debilidad. Es esa situación de máxima debilidad la que requiere del legislador un mayor interés en garantizar un trato digno y acorde con las convicciones de cada cual. El derecho a mantener el timón hasta el final del viaje, el derecho a evitar un sufrimiento innecesario, el derecho a renunciar a una pelea que se considera imposible de ganar, el derecho al acompañamiento y a un trato digno y humano, respetando tus convicciones.

¿Dónde está la frontera entre la sedación paliativa y la eutanasia? ¿Qué criterios objetivos podríamos usar?

Es una frontera borrosa en la que hay que navegar sabiendo que no hay una marca en el agua. Para nosotros la frontera está en la existencia de una enfermedad progresiva e incurable que precisa de la sedación para aliviar síntomas intratables. Pero síntoma no es solo el dolor físico. Síntomas son las convulsiones, la disnea… y también la angustia vital. Cuando el deterioro de tus condiciones es tan cercano, dramático y previsible que supera tu capacidad de aguante. No podemos obligar a nadie a transitar un camino hacia la muerte que conlleve una experiencia de terror insoportable. Es el paciente el que determina su capacidad, para que esa decisión sea verdaderamente libre, y no condicionada por la falta de recursos o de apoyo, debemos de asegurar en la misma ley que nadie tomará esa decisión porque no cuenta con los medios técnicos, humanos y espirituales que necesita.

Recientemente, el Papa Francisco, en un discurso en un congreso médico afirmaba, citando a Pío XII, que “no es obligatorio emplear siempre todos los medios terapéuticos potencialmente disponibles, y que, en casos determinados, es lícito abstenerse”. ¿Dónde comienza el ensañamiento terapéutico?

La obstinación terapéutica es consustancial al ejercicio de la medicina. Nadie quiere perder un paciente y es lo natural en medicina resistirse a arrojar la toalla. El ensañamiento comienza cuando dejas de escuchar a tu paciente. Comienza cuando no eres capaz de sentarte en el borde de la cama y escuchar. Escuchar sus angustias, contestar a sus preguntas con honradez, coger su mano y acompañarle hacia la oscuridad. Comienza cuando dejan de ser Fernando, María o Isabel y pasan a ser un cáncer de páncreas, una estadística, unos análisis. El ensañamiento comienza cuando es tu sufrimiento, tu inseguridad o tu angustia la que quieres evitar, no la de tu paciente. Acompañar a la muerte es la parte más difícil del oficio, pero es también la más hermosa.

¿Cómo se puede ayudar al personal médico que debe afrontar el tratamiento a un enfermo terminal?

Debería de ser obligatorio para todo médico entrar un día en el hospital como uno más y hacerle anotar en un cuaderno sus sensaciones. Cuando ingresas en un hospital que no conoces, con una clavícula rota, roto de dolor, y ves el mundo desde la camilla comprendes muchas cosas. Cuando ves pasar a una legión de médicos jóvenes con un fonendoscopio colgando del cuello, hablando despreocupadamente de ti como si tú no estuvieras presente, cuando acompañas a un familiar durante días en una habitación de tres y lo ves sufrir mientras las enfermeras no dan abasto… todas esas cosas no deberías de olvidarlas. Ponte en su lugar, imagínate en su cuerpo, es la primera lección de la medicina. Yo les recomendaba a todos los residentes ver “El doctor” de William Hurt. Lo explica muy bien.

¿Qué papel debe jugar el enfermo? ¿Cómo se puede acompañar al paciente?

Él es el protagonista, es quien debe de tener toda nuestra atención. Pero lo más importante es que él es, también, el guionista. Él no elige las cartas, pero sí elige cómo jugarlas. Muchas veces prestamos más atención a su entorno que a él mismo y eso no es razonable. Es comprensible, pero no razonable. El paciente eres tú enfrentándote al final, repasando tus errores, sufriendo su angustia, despidiéndote de los que te aman. El paciente lo es todo.

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