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9 DICIEMBRE 2016
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A propósito de la carta de los líderes musulmanes sobre Ratisbona

Phillip Blond y Adrian Pabst

La estrategia que se propone "ganarse los corazones y las mentes de la comunidad musulmana" apelando a la corriente moderada dentro del islam está condenada al fracaso debido a dos premisas totalmente equivocadas. La primera es que toda cultura y religión quiere llegar a ser como el Occidente secular. Segunda, que la resistencia de Occidente a la secularización se alimenta de motivaciones falsas, y que por tanto se pueden ignorar legítimamente.

En la práctica, este tipo de aproximación margina al islam tradicional a favor de una versión "progresista" que le roba las características y posiciones que le son propias. La prueba de su integración está en si los musulmanes quieren ser como "nosotros". No es sorprendente que muchos jóvenes musulmanes vivan cada vez más alienados por una cultura secular que impone la trasgresión moral de normas y tabúes.

Básicamente, las políticas actuales no funcionan porque fallan al identificar la causa real de la radicalización y el fanatismo. Actualmente la violencia islámica tiene una naturaleza religiosa. Su origen está en las escrituras islámicas y en la destrucción de las escuelas medievales tradicionales que dictaban su interpretación. El Corán contiene claros mandamientos penales contra apóstatas, idólatras y aquellos que desafían la supremacía territorial musulmana. Pero, aunque los textos sagrados santifican la violencia, la codifican, limitan su ámbito y su aplicación. Por consiguiente, no hay legitimación en el islam clásico para bombas suicidas o masacres gratuitas de inocentes. Y puesto que existen cuatro escuelas tradiciones de interpretación religiosa, que varían en función del tiempo y lugar, lo que constituye una práctica correcta del islam cambia según normas y costumbres locales. Como tal, el islam tradicional prohíbe el Estado totalitario que Al Qaeda quiere imponer.

Por ejemplo, si el islam recuperase la práctica tradicional de la ijtihad, un proceso de reinterpretación textual que sustituye la literalidad escrita por una lectura alegórica del Corán, más medieval, los fieles musulmanes estarían en condiciones de distinguir entre las leyes inmutables de Dios y las mutables interpretaciones humanas.

Vale la pena decir todo esto porque lo único que puede hacer frente al terrorismo islámico es el propio islam y no el progresismo liberal. Los que han abandonado el terrorismo lo han hecho porque se han dado cuenta de que la variante del islam por la que estaban matando era la occidental: moderna y secular. La demostración de la naturaleza esencialmente blasfema del fundamentalismo contemporáneo es fundamental para desprogramar a los adeptos.

Sin embargo, el mero renacimiento del islam clásico no es suficiente. Desde que la fe está separada de la razón y de la naturaleza, se ha convertido en un fenómeno autosuficiente que invalida todas las demás posibilidades. Lo que se necesita realmente es la vuelta al sufismo, una práctica previa común a todas las formas de fe y que hace hincapié en la naturaleza mística e ignota de Dios, y su trascendencia a todas las formas de conocimiento humano. Este reconocimiento priva al fundamentalismo islámico de su principal arma: que conoce la voluntad de Dios, lo que justifica su empeño de imponerla en la tierra.

Una renovación del sufismo podría ayudar al islam a ampliar su comprensión de la autoridad más allá de sus gobernantes y ulama, para pasar a incluir a la sociedad civil. Esto también permitiría a la sociedad musulmana hacer frente a las aseveraciones fundamentalistas de los predicadores heréticos apoyándose en un credo razonable.

Phillip Blond es profesor de filosofía y religión en la Universidad de Cumbria, Adrian Pabst es profesor de teología en la Universidad de Nottingham

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