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24 ENERO 2018
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>Entrevista a Sebastián Mora (I)

'La relación entre el Estado y la sociedad civil no es un juego de suma cero'

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 3  30 votos
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Sebastián Mora ha sido durante ocho años secretario general de Cáritas, con un amplio recorrido en el ámbito de la acción social en la atención a los sectores más desfavorecidos. Dialogamos con él acerca de la situación social en España, las causas y los retos a afrontar a nivel social y, sobre todo, eclesial.

Recientemente, se han publicado los resultados del último informe Eurostat sobre los índices de riesgo de pobreza y exclusión social en los países de la Unión Europea; en especial, en España. A pesar de que se dice que, en nuestro país, estamos saliendo de la crisis económica, según los resultados del informe Eurostat, en España ha aumentado el riesgo de pobreza a un 27,9%. ¿Cuáles son los efectos de esta cultura del descarte, de la que se ha hecho eco el Papa Francisco? En concreto, ¿cuál crees que es nuestra situación real, a nivel social, en nuestro país?

Este tema es complejo porque todas las estadísticas muestran que en España hay cierta mejoría en los datos sociales y una mejoría muy buena en los datos económicos, es decir, nos está mostrando que la economía va a un ritmo y las personas van a otro ritmo, y que la pobreza nota mucho cuando hay una crisis económica, con su incremento, pero nota poco cuando la economía va bien en el decrecimiento de la pobreza. Es lo que se llama el carácter contracíclico de la pobreza, que en periodo de crisis aumenta de manera intensa y en periodo de crecimiento económico no disminuye en la misma proporción. En España tenemos una situación económica positiva, -podría ser más positiva, pero es positiva-, pero que solo permite que mejoren mínimamente los datos de pobreza, incluso la pobreza, y este es un tema que nos parece preocupante, empieza a no correlacionar con el tema del empleo. Tenemos buenos datos en términos generales de empleo, pero sin embargo los datos de pobreza mejoran en menor proporción que el empleo, y eso quiere decir que hay trabajadores que son pobres, en torno al 14% según la Encuesta de Población Activa (EPA).

¿Significa, entonces, que el empleo que se crea es precario?

Podríamos discutir sobre el término, porque el término “precario” creo que muchas veces se utiliza mal, pero la verdad es que tener un empleo hoy en día no asegura una integración social como hace diez años. Con lo cual, aparte del empleo se necesitan otros mecanismos para la integración social.

¿Qué factores crees que se deberían darse para que esta mejora de la situación económica pueda repercutir en una disminución la pobreza?

Creo que hay tres factores que hay que trabajar con creatividad, porque los sistemas de antaño ya no nos sirven. Uno es el mecanismo salarial. Es decir, no se puede estar hablando de que el empleo tenga un impacto grande en la lucha contra la pobreza cuando los salarios son tan bajos. A nivel de renta, estamos hablando de rentas muy bajas por salario, que no impiden que la gente siga cayendo en la pobreza. El segundo nivel es el redistributivo, que básicamente se ha dado vía impuestos, con un carácter progresivo, pero se empiezan a dar situaciones muy complejas en este momento. Si el nivel redistributivo de lo económico no mejora, evidentemente vamos a tener concentración de la riqueza, y también incremento o mantenimiento de la pobreza. En tercer lugar, los sistemas de protección social; esencialmente educación, sanidad y servicios sociales. Si esos sistemas también se resienten y decrecen u obtienen alguna debilidad o fragilidad, nos encontramos con personas con bajos salarios, con un nivel de redistribución de la economía pequeño y con unos sistemas de protección social más debilitados, nos encontramos con que el nivel de fragilidad de las personas es mucho mayor. Aquí hay un debate de cuál es la función del Estado, un debate acerca de cuál es la función de los impuestos.

¿Un debate entre socialdemocracia-liberalismo, quizás?

Seguramente, tanto la socialdemocracia como el liberalismo son ya antiguos y tenemos que reinventar algún escenario nuevo; porque el liberalismo en su vertiente más radical creo que es inviable y la socialdemocracia en su versión clásica, seguramente también. La cuestión es qué futuro, qué sistema o qué modelo de futuro vamos creando, que sin duda alguna pasa por un cambio de valores. Creo que lo que ha hecho a los sistemas antiguos no ha sido la estructura instrumental de esos sistemas sino los valores que sustentan esos sistemas.

Es decir, que se ha producido un vaciamiento de la verdad de la persona humana, del sujeto…

En definitiva, hay una crisis de valores que se sustenta como crisis económica y como crisis social, o una crisis social que se sustenta como crisis económica y crisis de valores. En definitiva, la cuestión es ¿por qué tengo que valorar yo a otro?, ¿por qué tengo que compartir yo con otro?, ¿por qué tengo que trabajar yo en pos de otro?, ¿por qué tengo que producir yo para que no sea solo mío?, ¿por qué tengo que potenciar, proteger y sustentar la dignidad de alguien que es pobre o que incluso pueda percibir yo que atenta contra mi nivel de vida? Ahí estamos en el nivel de los valores básicos, porque no hay un porqué instrumental. Nunca va a haber un porqué instrumental. O es un porqué ético o no hay un porqué.

Una finalidad. En este sentido, hay quien sostiene que existe un cierto intervencionismo de los poderes públicos y que el mercado se puede autorregular. Pero, a la vista de los efectos de la crisis económica, ¿no es cierto que, en alguna manera, las empresas han podido contribuir a la generación de las consecuencias de la cultura del descarte?

Creo que, en estos momentos, a nivel mundial pero también estatal, todos somos responsables en cierta medida de la sociedad que creamos. Me parece que culpar sólo a los políticos o al nivel de la política, o sólo a los empresarios, o sólo a los ciudadanos, o sólo a la Iglesia… todos tenemos una cuota de responsabilidad que debemos asumir. Ha sido una tormenta perfecta en la que todas las variables hemos influido, y hemos mirado unos a la derecha, otros a la izquierda, unos arriba, otros abajo, unos al centro y otros adentro, pero todos somos responsables. Dentro de eso, evidentemente creo que hay ciertos elementos del poder político de clara responsabilidad, creo que hemos perdido el horizonte del bien común. Si tú vas a la mayoría de leyes que se han sustentado estos años de la crisis para acá, si buscas la palabra “bien común” será difícil encontrarla; encontrarás la expresión “interés general”, que es el interés de unos pocos, el interés de los míos o el interés de los más fuertes. Pero el bien común, como esa estructura de bien para todos, de manera integral, ha desaparecido del ámbito político. Las empresas también han sido muy responsables, de hecho hace unos días se publicó un informe del Banco de España, según el cual se decía que no había simetría entre el nivel de lucro o beneficio que tienen las empresas y el nivel de salario de sus empleados. Hay una asimetría grande, las empresas dan beneficios, pero no simétricamente igual al salario de las personas ni al incremento del empleo. Con lo cual hay algo que queda claro. El desarrollo económico por sí mismo no genera una sociedad mejor, sino el desarrollo económico a la medida de la persona, y eso significa que el Estado tiene que tener un papel, la sociedad civil tiene que tener un papel, y que tenemos que tener un campo de juego donde haya espacio para todos.

Es interesante esa conjunción de factores de la que has hablado: por un lado, la empresa; por otro lado, la política; un tercero, la sociedad civil.; y también las administraciones públicas. Se habla mucho de la necesidad de una mayor participación de la sociedad civil. En este sentido, ¿Cuál sería, a tu juicio, el papel que las administraciones públicas están llamadas a desempeñar? ¿Cómo se podría conjugar un Estado del bienestar con la mayor implicación de la sociedad civil?

Creo que tenemos una visión un poco distorsionada de la relación sociedad civil-Estado, y la vivimos desde el dilema suma cero: a más Estado, menos sociedad civil; a más sociedad civil, menos Estado. Yo creo que eso es falso. La cuestión es cuáles son las esferas de intervención del Estado a las que nunca la sociedad civil podrá acceder, y cuáles son los aspectos que la sociedad civil tiene que cubrir y en los que nunca el Estado tiene que intervenir. En definitiva, es poner sobre la mesa el principio de subsidiariedad y solidaridad, un principio básico de la doctrina social de la Iglesia. La protección y garantía de los derechos humanos básicos siempre tendrá que ser del Estado, porque la sociedad civil no tiene capacidad de garantizar los derechos humanos básicos. Ahora bien, la sociedad civil tendrá que potenciar esa proximidad, esa relacionalidad, esa complementariedad y esa colaboración con el Estado. Y el Estado no se deberá de meter en aquello que es propio de la relacionalidad de la sociedad civil, y la sociedad civil nunca podrá cubrir aquello de lo que es garante el Estado. Lo decimos desde el Concilio Vaticano II, la caridad no puede cubrir lo que se debe por justicia, y el Estado debe cubrir los mínimos de justicia. La sociedad civil tiene que amplificar esa justicia desde la caridad, la felicidad, la vida buena, cada uno tendrá su universo. La caridad siempre va a ir más allá de la justicia y siempre va a ser más exigente que la justicia.

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Es la vida, amigo, (la que cuenta)

Fernando de Haro

La frase sonó como una pedrada: “es el mercado, amigo”. La pronunció en Madrid, en la sede del Congreso de los Diputados, hace unos días, el que fuera el gran mago de la economía de los gobiernos de Aznar. Un mago caído ahora en desgracia y enfrentado a muerte con Rajoy.

La sentencia, pronunciada por Rodrigo Rato, fue como una pedrada en la frente. Cierta arrogancia liberal, después de lo sucedido en el mundo durante los últimos diez últimos años, es ya insostenible. Duele que se lancen palabras como golpes. Y duele aún más que tanto el que la pronunció como los socialdemócratas tradicionales que la criticaron sigan haciendo gala de cierta arrogancia cuando utilizan fórmulas ideológicas que no explican lo nuevo.

Rato comparecía ante el Congreso no para evaluar su política económica sino para informar sobre su gestión al frente de Bankia (segunda Caja de Ahorro del país, ahora pública). Obstinadamente defendió una salida a bolsa en la que los jueces ven indicios de una gran estafa. No hay mercados perfectos cuando se trata de finanzas. Nos ha quedado claro. La mano invisible que reparte, supuestamente con justicia, éxitos y fracasos, en el caso de Bankia les va a costar a los españoles 14.000 millones. El coste total del rescate financiero va a suponer unos 60.000 millones. Falló el mercado, falló el Estado, que a través de sus órganos supervisores (Banco de España) tendría que haber impedido la venta fraudulenta de productos financieros (acciones y participaciones preferentes) que nadie entendía. Hemos aprendido, desde la quiebra de Lehman Brothers, que la regulación y la supervisión es esencial y que cuanto más europea y más global sea, mejor. Ya no podemos decir, como decíamos en los 90, que la mejor solución es “menos Estado y más sociedad”. No podemos decirlo sin explicar a continuación que, en realidad, queremos decir “mejor Estado para una mejor sociedad”. Sin saber bien, además, qué significa mejor Estado. Todos los que hemos tenido nuestro propio Lehman Brothers vivimos con la inquietante intuición de que el viejo Estado, el que vigila a los banqueros, el que nos paga la pensión, el que provee de servicios, no está en condiciones de darnos lo que nos dio.

Parece que las nuevas experiencias sociales y económicas que vivimos no encuentran un cauce crítico adecuado. Un buen ejemplo es lo que le ocurre al partido que, según las encuestas, puede suceder al PP. Ciudadanos sigue confiando en la teoría ingenua del mercado, tanto como lo hace el discurso de los populares (su política en realidad es socialdemócrata). Ciudadanos ha presentado hace meses en el Congreso una propuesta en favor de los vientres de alquiler. Aunque formalmente se hable de un contrato sin contraprestación para la maternidad subrogada, todo el mundo sabe que al final se extenderían las relaciones comerciales hasta ese pequeño reducto (relación madre-hijo) en el que todavía la única regla es la gratuidad.

Es la vida, amigo, (la que cuenta)

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No hay fuertes sobre la colina

Fernando de Haro

En Madrid, en la sede del Congreso, han comenzando los trabajos de la comisión que va a estudiar la oportunidad de reformar la Constitución del 78. Empieza el debate sobre la oportunidad de revisar una Carta Magna que cumple 40 años. Es la más joven de los países europeos que no estuvieron bajo el telón de acero. España se tumba en el diván y se pregunta cuándo una historia de éxito se convirtió en un relato problemático. La perplejidad se explica, en gran medida, porque estamos ante un caso práctico del carácter no acumulativo en el progreso social. Ha desaparecido la cultura ilustrada que sustentaba a la Constitución, pero seguimos pensando que el derecho o la convivencia son como la expansión del Universo: una vez conocida no hay vuelta atrás.

La primera sesión dejó claro que en este campo puede haber un acusado retroceso. Intervinieron los tres ponentes que quedan vivos. Y la comparación entre los diputados de hace 40 años y los actuales hacía evidente lo mucho que hemos perdido. El nivel de los representantes de la Soberanía Nacional ha caído drásticamente. Pero no es ese el indicativo más decisivo.

El éxito de la Constitución de 1978 se valora adecuadamente cuando se mira la reciente historia española. Durante dos siglos (desde comienzo del XIX), la voluntad de imponer una revolución liberal sin apenas sujeto, por parte de unos, y la resistencia de otros a aceptar la libertad como criterio definitivito en la vida pública hizo conflictivo, a veces sangriento, el proyecto nacional. La voluntad de superar lo mucho que se había sufrido y un encuentro de facto engendraron el acuerdo constitucional del 78.

Los derechos fundamentales consagrados entonces recogían, esencialmente, los valores compartidos en Occidente. Se les sumaron algunas conquistas sociales de nueva generación. A finales de los 70 esos valores, aportaciones de una cultura cristiana recogidos por la cultura laica, no eran especialmente problemáticos. Solo los socialistas se opusieron a una definición de la libertad religiosa que incluyera una mención explícita a la colaboración con la Iglesia católica. La apuesta en favor de una laicidad positiva se abrió paso porque los comunistas, todavía con peso en ese momento, la defendieron.

El resto del articulado, a grandes rasgos, no es conflictivo. Sin embargo, el modelo territorial, todo el mundo lo reconoce, constituye una auténtica chapuza. Se adoptó una mala solución, o la única posible para satisfacer los deseos de los nacionalistas (catalanes y vascos). España no se configuraba ni como un Estado federal, ni centralista, quedaba abierto. Al texto de la Constitución no se le pueden poner grandes objeciones, pero sí al proceso que debería haberle dado vida. Una Carta Magna no es solo el texto inicial. Es su historia: su desarrollo normativo, su reforma o no reforma, la conversación que la hace posible. Y esa es la que no ha habido. No es de extrañar que en este momento una minoría considerable (mayoría de jóvenes) no se reconozca en ella, o que la mitad de los votantes de Cataluña la den por absolutamente amortizada.

No hay fuertes sobre la colina

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El (único) poder útil contra las `fakes`

Fernando de Haro

Dispuestos a acabar con la amenaza. Si 2017 fue el año de las fake news (noticias falsas), ha llegado el momento de ponerles coto. El objetivo es que no interfieran como lo han hecho en los procesos electorales (Alemania, Estados Unidos, Francia, etc.), y que no aumenten la inestabilidad como ha sucedido en los momentos delicados vividos en Cataluña. ¿Hay capacidad para detener las viejas y nuevas mentiras?

Macron, el “chico listo y culto” de las democracias europeas, anunció la semana pasada un proyecto de ley para controlar las televisiones estatales extranjeras (o sea rusas) y para dotar de más transparencia a internet. En otro tiempo hubiera sido difícil que un líder de la “regeneración institucional” propusiera con tanta alegría una mayor intervención del Estado para limitar la libertad de prensa. Es el signo de los tiempos. España ha incluido en su Estrategia de Seguridad Nacional la lucha contra las noticias falsas. La OTAN trabaja a través de su Allied Command Transformation en una estrategia en este campo que debería estar preparada a finales de año.

Las noticias falsas amenazan la democracia por dos razones. Una obvia: existen poderes interesados en utilizarlas. La segunda se refiere al modo que tenemos de relacionarnos con la realidad.

La desinformación se ha convertido en un arma de desestabilización. Y el ejemplo más claro es lo que se conoce como la “guerra de combinación” (kombinaciya) utilizada por Rusia al integrar ciberguerra, ciberinteligencia, desinformación y propaganda.

La nueva arma funciona porque nuestro modo de informarnos ha cambiado radicalmente. Los medios clásicos (radio, televisión, prensa), incluso los sitios informativos de internet están pasando a segundo plano. Las redes sociales se convierten en las fuentes principales para conectar con mundo: el 44% de los estadounidenses se informa ya a través de Facebook. El cambio ha provocado, como señala Andrés Ortega, analista del Instituto Elcano, que “vivamos en burbujas informativas, en cámaras de eco o de resonancia”.

Las redes sociales multiplican a menudo el “efecto tribu”, generado por la perplejidad de globalización y de las sociedades multiplurales. Los medios informativos clásicos, aunque estén sesgados por las orientaciones ideológicas, tienen que justificarse ante sí mismos y ante su audiencia con una cierta tendencia a la veracidad. En el consumo tribal de las redes sociales esa tensión desaparece. El filtro emotivo, que reduce la apertura de la realidad a las propias inclinaciones, está justificado de antemano. Los miembros de una cierta “etnia informativa” solo quieren escuchar lo que creen ya saber. Los hechos se diluyen hasta convertirse en un pretexto. El hecho de informar e informarse es un ejercicio práctico (y humilde) de una racionalidad de la que abdicamos con demasiada frecuencia. Otro signo de esta época marcada por la desconfianza y el miedo hacia la razón.

La debilidad crítica, que renuncia a los hechos y a su observación, es la que permite el éxito de la desinformación. Con solo 200 dólares de inversión en publicidad en Facebook se puede crear un conflicto cívico entre indignados por la presencia de inmigrantes musulmanes e indignados por la creciente islamofobia. Es lo que hizo un grupo ruso en Texas en 2016.

El (único) poder útil contra las 'fakes'

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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