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20 ABRIL 2018
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El (único) poder útil contra las "fakes"

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  39 votos
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Dispuestos a acabar con la amenaza. Si 2017 fue el año de las fake news (noticias falsas), ha llegado el momento de ponerles coto. El objetivo es que no interfieran como lo han hecho en los procesos electorales (Alemania, Estados Unidos, Francia, etc.), y que no aumenten la inestabilidad como ha sucedido en los momentos delicados vividos en Cataluña. ¿Hay capacidad para detener las viejas y nuevas mentiras?

Macron, el “chico listo y culto” de las democracias europeas, anunció la semana pasada un proyecto de ley para controlar las televisiones estatales extranjeras (o sea rusas) y para dotar de más transparencia a internet. En otro tiempo hubiera sido difícil que un líder de la “regeneración institucional” propusiera con tanta alegría una mayor intervención del Estado para limitar la libertad de prensa. Es el signo de los tiempos. España ha incluido en su Estrategia de Seguridad Nacional la lucha contra las noticias falsas. La OTAN trabaja a través de su Allied Command Transformation en una estrategia en este campo que debería estar preparada a finales de año.

Las noticias falsas amenazan la democracia por dos razones. Una obvia: existen poderes interesados en utilizarlas. La segunda se refiere al modo que tenemos de relacionarnos con la realidad.

La desinformación se ha convertido en un arma de desestabilización. Y el ejemplo más claro es lo que se conoce como la “guerra de combinación” (kombinaciya) utilizada por Rusia al integrar ciberguerra, ciberinteligencia, desinformación y propaganda.

La nueva arma funciona porque nuestro modo de informarnos ha cambiado radicalmente. Los medios clásicos (radio, televisión, prensa), incluso los sitios informativos de internet están pasando a segundo plano. Las redes sociales se convierten en las fuentes principales para conectar con mundo: el 44% de los estadounidenses se informa ya a través de Facebook. El cambio ha provocado, como señala Andrés Ortega, analista del Instituto Elcano, que “vivamos en burbujas informativas, en cámaras de eco o de resonancia”.

Las redes sociales multiplican a menudo el “efecto tribu”, generado por la perplejidad de globalización y de las sociedades multiplurales. Los medios informativos clásicos, aunque estén sesgados por las orientaciones ideológicas, tienen que justificarse ante sí mismos y ante su audiencia con una cierta tendencia a la veracidad. En el consumo tribal de las redes sociales esa tensión desaparece. El filtro emotivo, que reduce la apertura de la realidad a las propias inclinaciones, está justificado de antemano. Los miembros de una cierta “etnia informativa” solo quieren escuchar lo que creen ya saber. Los hechos se diluyen hasta convertirse en un pretexto. El hecho de informar e informarse es un ejercicio práctico (y humilde) de una racionalidad de la que abdicamos con demasiada frecuencia. Otro signo de esta época marcada por la desconfianza y el miedo hacia la razón.

La debilidad crítica, que renuncia a los hechos y a su observación, es la que permite el éxito de la desinformación. Con solo 200 dólares de inversión en publicidad en Facebook se puede crear un conflicto cívico entre indignados por la presencia de inmigrantes musulmanes e indignados por la creciente islamofobia. Es lo que hizo un grupo ruso en Texas en 2016.

No tenemos confianza en nuestra capacidad crítica. Hace poco más de un año el Pew Research Center publicaba el informe “Many americans believe fake news is sowing confusion”. Según el estudio, aunque casi el 85% de los estadounidenses se mostraba muy confiado o algo confiado en distinguir una noticia falsa de una verdadera, el 88% declaraba que las noticias falsas creaban una gran confusión o alguna confusión. La desconfianza en los políticos, en los medios, y en la propia sociedad, es según Víctor Pérez Díaz la característica del momento que vive España (“La voz de la sociedad ante la crisis”). Esa desconfianza refuerza el “abatimiento y la irritación”.

Se puede insistir en la importancia de los mecanismos que utilizan los nuevos poderes. Es lo que se hace cuando se subraya la importancia de los proyectos de ingeniería social en otros ámbitos. Se puede también subrayar, con cierta ingenuidad, el valor de los mecanismos estatales o interestatales como los que anuncia Macron, para solucionar el problema. Esos mecanismos son necesarios. Pero lo esencial frente al poder, viejo y nuevo, será siempre fomentar una experiencia crítica. La fuente de la liberación solo puede estar en un ciudadano que sale de su burbuja informativa, y aspira a observar atenta y apasionadamente los hechos, juzgándolos no según lo que le dicen otros sino según los criterios que lleva puestos. Tenemos demasiado miedo a lo único que nos puede hacer libres: nuestra capacidad de examinar noticias, tradiciones e imágenes con los criterios objetivísimos que llevamos en los ojos.

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