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19 AGOSTO 2018
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>Entrevista a Massimo Borghesi

'La confusión en la Iglesia la provocan los que amplifican el disenso'

Andrea Tornielli | 0 comentarios valoración: 2  28 votos
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La confusión en la Iglesia existe, pero “quien la provoca no es precisamente el Papa sino aquellos que, con tal de oponerse a él, no dudan en multiplicar las voces de disenso”. Así lo afirma el filósofo Massimo Borghesi, autor del primer estudio científico sobre el pensamiento de Francisco, Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual, que en esta entrevista aborda las nuevas críticas que han surgido en varios ámbitos al pensamiento teológico de Joseph Ratzinger, el documento escrito por tres obispos kazajos sobre Amoris Laetitia, y la matriz neoescolástica del tradicionalismo que acusa de modernismo al Concilio Vaticano II y a los papas que se han sucedido desde entonces.

El nuevo libro de Enrico Maria Radaelli, reseñado por Antonio Livi, con una crítica a Ratzinger –al que se identifica como uno de los responsables de la teología “neomodernista” con derivas “heréticas”– demuestra que muchos opositores al pontífice actual en realidad también son muy críticos con sus predecesores y, en último término, con el Concilio Vaticano II. ¿Qué le parece?

Ese es el mérito del reciente libro de Enrico Maria Radaelli, titulado En el corazón de Ratzinger. En el corazón del mundo: aclarar, de manera evidente, el horizonte teológico-filosófico que guía a los opositores del Papa Francisco. Radaelli colaboró durante tres años en la cátedra de Filosofía del Conocimiento dirigida por monseñor Antonio Livi, de la Pontificia Universidad Lateranense, y es el responsable de la Opera omnia de Romano Amerio, cuyo Iota unum, publicado en 1985, supone una crítica radical al Concilio Vaticano II. El problema es el Concilio, que para el tradicionalismo es responsable de los errores modernistas que habrían marcado la Iglesia de los últimos 50 años. Como dice Roberto de Mattei, también crítico con el Concilio y presidente de la Fundación Lepanto, “la crisis actual de la Iglesia no nace con el Papa Francisco ni se concentra en una sola persona, sino que se remonta al Concilio Vaticano II e incluso más atrás, a los años del modernismo. Hoy, gran parte del colegio cardenalicio, del cuerpo episcopal, y del clero en general está infectado por el modernismo”. En esta perspectiva, los ataques sistemáticos contra el Papa actual se encauzan en una dirección precisa: golpear al pontífice, impopular para muchos por su compromiso con los pobres, los migrantes, etc, para devolver a la Iglesia a su posición preconciliar. La crítica de Redaelli evidencia que la dialéctica entre los seguidores de Benedicto y los de Francisco es falsa. Benedicto nunca ha sido “ratzingeriano”, nunca ha sido el conservador pintado por los progresistas, que en esto coinciden con los tradicionalistas. La teología de Ratzinger es la teología del Concilio, y en eso Redaelli tiene toda la razón. En cambio, se equivoca completamente en sus críticas, moduladas por una escolástica obsoleta y que, analizadas una a una, revelan una profunda carencia teológico-filosófica. El problema, insisto, es el Concilio, y Francisco se ha convertido en el chivo expiatorio de una corriente anticonciliar. Lo expresa perfectamente monseñor Livi en su reseña de aprobación al libro de Redaelli: “La realidad es que la teología neomodernista, con su evidente deriva herética, fue adoptando gradualmente un papel hegemónico en la Iglesia (en los seminarios, en los ateneos pontificios, en las comisiones doctrinales de las conferencias episcopales, en los dicasterios de la Santa Sede), y desde estas posiciones de poder ha influido en los temas y en el lenguaje, en las diversas expresiones del magisterio eclesiástico, y este influjo llegó (en grado distinto, naturalmente) a todos los documentos del Vaticano II y a muchas enseñanzas de los papas del postconcilio. Todos los papas de este periodo se han visto condicionados, en unos u otros aspectos, por esta hegemonía”. Para Livi, ningún Papa se salva de la onda modernista, ni Pablo VI, ni Juan Pablo II, ni Benedicto XVI. Para los tradicionalistas, toda la Iglesia actual es “modernista”. Atacar a Bergoglio es una estrategia para atacar al Vaticano II.  

En sus textos del Concilio y sobre el Concilio, el entonces joven teólogo Joseph Ratzinger dio un vuelco al esquema con que muchos estaban acostumbrados a mirar lo que sucedió en el Vaticano II, escribió que se habían puesto de manifiesto dos opciones enfrentadas. Por un lado, “un pensamiento que parte de toda la vastedad de la Tradición cristiana, y en base a ella intenta describir la constante amplitud de las posibilidades eclesiales”. Por otro, “un pensamiento puramente sistemático, que solo admite la presente forma jurídica de la Iglesia como criterio de sus reflexiones, y por tanto teme necesariamente que cualquier movimiento fuera de ella pueda caer en el vacío”. El “conservadurismo” de esta segunda opción, según Ratzinger, hundía sus raíces “en su extrañeza con la historia y por tanto, en el fondo, en una ‘falta’ de Tradición, es decir, de apertura hacia el conjunto de la historia cristiana”. El futuro Benedicto XVI hablaba aquí del debate de su colegialidad. ¿Cree usted que estas consideraciones ayudan también a leer el debate actual, por ejemplo, el que hay sobre la Amoris Laetitia?

Los tradicionalistas se han quedado parados en la neoescolástica, es decir, en una interpretación particular del tomismo que, en la vulgata católica, asumió un valor de dogma. Para ellos, los “preambula fidei” son decisivos para acceder a una fe cuyo contenido se resuelve en un dogma al que la razón “obsequia” de forma “indudable”. La razón lleva a la incontrovertible eliminación de la duda. Una fe “indudable” es una fe plenamente “racional”. Estamos ante un “racionalismo apologético”, consecuencia de un proceso histórico que el neotomismo se negaba a analizar. En la reacción general al tradicionalismo al tradicionalismo del XIX, propio de Bonald, Lamennais, Bonney, Bautain, que a su vez reaccionaba a la Ilustración en nombre de un fideísmo, el tomismo prolongaba la lección del Vaticano I, condenando muchas posiciones tradicionalistas en dirección a un racionalismo cristiano sui generis. Reacción contra reacción, racionalismo contra fideísmo, la neoescolástica era una filosofía iluminada por la teología sin poder reconocerlo. Esta situación “híbrida” causará no pocos problemas, hasta el punto de que un pensador como Etienne Gilson tuvo que esforzarse no poco para devolver un justo equilibrio entre fe y razón. Todo esto solo para decir que la noción de “tradición” reivindicada por los tradicionalistas actuales es, paradójicamente, una noción “moderna”. Los tradicionalistas rechazan lo moderno y, al mismo tiempo, tienen una concepción de la razón típicamente moderna. Ratzinger lo señala con ocasión de su estudio sobre San Buenaventura en 1954: la tradición cristiana medieval no era la tradición moderna formulada por los neotomistas. Para la neoescolástica, la Revelación se reduce a la aceptación del dogma. La idea de la Revelación como actuación de Dios en el tiempo, en la historia, como tensión dramática entre gracia y libertad humana, está totalmente ausente. La neoescolástica carece de reflexión histórica, de una teología de la historia como filosofía de la historia. El resultado es un “positivismo” de la Revelación acogido pasivamente a partir de los “preambula fidei”. Pensaban que así se llenaba la fosa entre razón natural y logos revelado.

¿Qué piensa del largo documento, firmado por tres obispos de Kazajistán, que critica la apertura de Amoris Laetitia, acusando al documento de dar vía libre al divorcio?

Ese documento no añade nada al debate que ha acompañado la publicación de Amoris Laetitia. Los tres obispos kazajos solo han querido reiterar su negativa al documento papal. Con algunos de ellos, el disenso era conocido y no sería noticia si no fuera un pretexto para mantener despierta la reacción contra el Papa. En realidad, después de que el cardenal Müller no se prestara al juego de los tradicionalistas, la carta de los cinco parece un fuego fatuo. El cardenal declaró, refiriéndose a un libro de Rocco Buttiglione, Respuestas amistosas a los críticos de Amoris Laetitia, del que hizo el prólogo: “Estoy convencido de que disipa las dudas de los cardenales y de muchos católicos que temían que en Amoris Laetitia se hubiera realizado una alteración sustancial de la doctrina de la fe tanto sobre la validez y fecundidad de recibir la santa comunión como también sobre la indisolubilidad de un matrimonio válidamente contraído entre dos bautizados”. Después de esta declaración de Müller, ¿qué sentido tiene seguir escribiendo cartas reclamando al Papa el respeto a la “tradición”? El cardenal Müller ha sido prefecto para la Doctrina de la Fe, custodio de la ortodoxia reconocido como tal también por aquellos que criticaban al Papa. Ahora, después de declarar que Amoris Laetitia no viola la tradición de la Iglesia, esos ya no reconocen su autoridad. Es un juego de perfil bajo que da a entender que la disputa actual, por parte de los opositores de Francisco, no busca comprender las razones sino deslegitimar al adversario. Roberto de Mattei lo dijo abiertamente en una entrevista: “Hay momentos en nuestra vida y en la historia de la Iglesia en que estás obligado a elegir entre dos campos, como sostiene san Agustín, sin ambigüedad y compromiso. Bajo este aspecto, la publicación de la carta del Papa Francisco a los obispos de Buenos Aires reconduce las posiciones a dos polos opuestos frontalmente. La línea de aquellos cardenales, obispos y teólogos que consideran posible interpretar la Amoris Laetitia en continuidad con Familiaris Consortio n. 84 y otros documentos del magisterio queda pulverizada. Amoris Laetitia es un documento que discrimina entre ambos bandos: se acepta o se rechaza en su integridad. No hay una tercera vía y la carta del Papa Francisco a los obispos argentinos tiene el mérito de dejarlo claro”.

¿Está de acuerdo con los que insisten en que hoy la Iglesia vive un momento de “confusión”?

La confusión es evidente. Solo que quien la provoca no es precisamente el Papa sino aquellos que, con tal de oponerse a él, no dudan en multiplicar las voces de disenso, los signos de cesión, la paralización y el vaciamiento de las iglesias. Como si los pontificados de Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, hubieran sido tranquilos paseos entre multitudes en las misas dominicales. El 89 también ha privado a los conservadores de la memoria histórica. Lo que llama la atención de los críticos del Papa es su ensañamiento a la hora de sacar a la luz episodios “negativos”. En sus blogs, en Facebook, están buscando continuamente el caso discordante. Da la impresión de que no tienen ojos para los testimonios positivos que hay, innumerables en todo el mundo. También en eso son “modernos”. Participan de la ceguera de los medios, que solo tienen ojos para lo negativo. En realidad, necesitan de lo negativo para poder existir. Critican a Hegel, como hacen Redaelli y Livi, que acusan a Ratzinger de ser hegeliano y al mismo tiempo son “dialécticos”. Para ellos, “ponerse” significa “oponerse”. Igual que en Hegel.

Dante decía que lo contrario de una herejía no es la verdad sino una herejía de signo contrario. Los que critican la Amoris Laetitia, afirmando que el documento y sus interpretaciones favorecen el subjetivismo y la ética de la situación, ¿no corren el riesgo de caer en el extremo opuesto, ese objetivismo que hace tabla rasa del sujeto, de sus intenciones, de las circunstancias atenuantes, de las historias personales?

El objetivismo es una característica de la neoescolástica porque el neotomismo se constituye como oposición a la subjetividad moderna. No comprende que la dimensión del sujeto, de la libertad, va implicada en la propia Revelación. De otro modo tendríamos un Dios emperador del mundo, no el Dios en la cruz. Para los tradicionalistas, por el contrario, todo subrayado del sujeto, de la “experiencia” de la verdad, es subjetivismo, y por tanto modernismo. Las acusaciones a Amoris Laetitia también se explican así. Para los críticos, entre la norma inviolable de la indisolubilidad del matrimonio y el caso particular, no hay nada en medio. Toda declinación particular de la norma a partir de las condiciones concretas del sujeto es caer en el relativismo, en la ética de la situación, en el praxismo. No tienen la más mínima idea de todas las facetas que implican la teología moral y el derecho canónico. Por todas partes airean el peligro del subjetivismo. Los tradicionalistas no solo desconfían del liberalismo ético sino también del político. La oposición al Vaticano II es una oposición “teológico-política” al principio de libertad religiosa aprobado por el Concilio. Como afirma de nuevo De Mattei, “puede haber un acto de Magisterio auténtico y solemne, pero erróneo. Así fue por ejemplo, en mi opinión, la declaración conciliar Dignitatis Humanae que, más allá de su carácter pastoral, es indudablemente un acto magisterial, y al mismo tiempo contradice, de forma al menos indirecta e implícita, la doctrina de la Iglesia sobre la libertad religiosa”. De Mattei no se pregunta si la tradición del Sillabo contrasta con la tradición de la Iglesia de los cuatro primeros siglos, hasta Teodosio, firme en la afirmación del principio de la libertad religiosa reafirmado en la Dignitatis Humanae. Es lo que trato de aclarar en mi libro Crítica a la teología política. De Agustín a Peterson: el fin de la era constantiniana. También aquí estamos ante la celebración de un rostro histórico de la tradición que no se mide con todo el desarrollo de la tradición de la Iglesia. Los tradicionalistas son antimodernos y antiliberales, pero están en contra del Papa. Antiliberales y protestantes: una paradoja. En realidad, están contra Pedro porque, después del Concilio, abandonó los vestigios del poder real. Critican su autoridad porque no quiere tener una autoridad absoluta. No les gusta la sencillez del pastor, confunden la sacralidad con los oropeles del poder. En el fondo, sueñan con el Sacro Imperio Romano, a cuya pérdida nunca se han resignado.

Desde hace muchos años el entonces cardenal Ratzinger se preguntaba sobre la efectiva validez de matrimonios celebrados sin fe. En el origen de muchas discusiones en el actual momento eclesial parece estar, en el fondo, la relación con la modernidad y la pregunta sobre la evangelización. ¿Cómo se anuncia hoy el Evangelio, en contextos cada vez más “líquidos”, descristianizados y secularizados?

De nuevo el cardenal Müller, siempre en una entrevista con usted, se refirió a esta reflexión de Ratzinger: “Frente a la a menudo insuficiente instrucción de la doctrina católica, y en un ambiente secularizado, se plantea el problema de la validez incluso de matrimonios celebrados según el rito canónico. Existe un derecho natural de contraer un matrimonio con una persona del sexo opuesto. Esto también vale para los católicos que se han alejado de la fe o que solamente han mantenido un vínculo superficial con la Iglesia. ¿Cómo considerar la situación de los católicos que no aprecian la sacramentalidad del matrimonio cristiano o incluso la niegan? Sobre esto, el cardenal Ratzinger quería que hubiera reflexión, sin tener una solución bonita y lista (…) Es posible que el penitente esté convencido, en conciencia y con buenas razones, de la invalidez del primer matrimonio incluso sin poder ofrecer la prueba canónica. En este caso, el matrimonio válido frente a Dios sería el segundo y el pastor podría conceder el sacramento, claro, con las precauciones oportunas para no escandalizar a la comunidad de los fieles y no debilitar la convicción sobre la indisolubilidad del matrimonio”. Las palabras del cardenal son muy claras. En este sentido, Amoris Laetitia constituye una profundización efectiva de la posición de la Iglesia sobre el matrimonio. Lo hace teniendo presente la inviolabilidad de la norma que no se atenúa y, a su vez, las efectivas condiciones históricas en que se da hoy el mensaje cristiano. La óptica de la exhortación apostólica es la misionera, la de un cristianismo que, a pesar de los signos cristianos procedentes de la historia, se desarrolla en un mundo en gran medida neopagano. Este es el punto en que la posición del Papa diverge de la de los tradicionalistas. Para el Papa, el horizonte misionero, dictado por el anuncio y por el encuentro con testigos marcados por la misericordia de Dios, es lo que debe guiar la presencia del cristiano en el mundo actual. Para los tradicionalistas, por el contrario, es la mera reafirmación del dogma, en toda su pureza diamantina, lo que debe orientar una presencia militante que en el mundo actual solo ve al adversario de una lucha que no tendrá fin. El testimonio no es compasión, misericordia, firmeza ideal. No, es combate, contraposición dialéctica entre identidades incompatibles, extrañas, enemigas. En su crítica a la noción de “diálogo” de los progresistas, los tradicionalistas se han vuelto, sin darse cuenta, maniqueos, odiando el irenismo pacífico parecen cantores de la guerra.

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