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25 SEPTIEMBRE 2018
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El realismo de Francisco

Cristiana Caricato | 0 comentarios valoración: 2  26 votos
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Me costará mucho olvidar el dulce sonido de la pifilca, el ritmo del kultrum, y esa liturgia en el aeródromo de Maquehue, entre viejas pistas de aterrizaje y hangares donde los sicarios de Pinochet torturaban y asesinaban a los indios, y donde ahora tomaba cuerpo la “rogativa”, la oración del pueblo mapuche. Una celebración eucarística por el progreso de los pueblos, con cantos en lengua mapundungune y los colores de la Araucanía, región al sur de Santiago.

Confieso que por un instante imaginé que estaba en el set de la película Misión, envuelta por las notas de trutruca, los cuernos, los colores de los mantos indios. Rodeada de rostros oscuros, marcados por la fatiga y por una vida ligada a los campos de azúcar, herederos de un genio lejano y misterioso. En cambio, estaba en medio de una misa oceánica donde la críptica palabra “inculturación” tomaba sentido milagrosamente. Rito latino y elementos indios perfectamente armonizados. Francisco voló al sur de Chile, en la tierra reivindicada por el pueblo aborigen que más crece en América Latina, los mapuche. Un problema abierto dramáticamente por la democracia chilena, una minoría indígena que espera justicia perennemente por la violencia sufrida, en lucha contra los latifundistas y el gobierno. Araucanía es una región de conflictos pero es bellísima, cantan su dolor los poetas que la amaron, como Violeta Parra y Pablo Neruda. Pero también es la zona más pobre del país, habitada por gente acostumbrada a las privaciones y a las prevaricaciones.

El vínculo visceral con el propio territorio, el orgullo por las tradiciones, la voluntad de preservar un estilo de vida en sintonía con la creación les ha convertido en un pueblo que se defiende. Las injusticias de siglos, recordó Francisco en una homilía que comenzó con una frase en lengua mapuche, se suman a las violaciones de los derechos humanos y a las lágrimas derramadas. Pero también habló de una redención que poco tiene que ver con las iglesias quemadas los días pasados, con la rabia que lleva a prender fuego y destruir vidas. Sencillamente invitó a entrar en este huerto de dolor junto a Jesús implorando el don de la unidad para la región. Una unidad bien definida, tejida con la paciencia de quien confecciona “chandos”, mantas para protegerse del gélido viento que llega de los Andes. Todo un arte para armonizar colores y materiales que precede a una unidad que nunca será uniformidad.

Francisco necesita artesanos así, gente sencilla y sustancialmente pacífica como los indios, dispuestos a escuchar y reconocer, para caminar hacia un futuro de paz y reconciliación. Los mapuche, casi dos millones según algunos observadores, constituyen un desafío y una espina en el costado para cualquier gobierno chileno. Su irreductibilidad se ha convertido en una cuestión nacional que parece no hallar solución. Justo contra la “deforestación de la esperanza”, se posicionó Francisco. Ofreciendo su apoyo a las poblaciones autóctonas, siempre al lado de los últimos, denunciando la violencia de los pactos suscritos y no mantenidos, como la “ley indígena” que en 1993 anunció indemnizaciones y devoluciones de tierra, pero que de hecho ha quedado en vía muerta, dando lugar a grupos extremistas en el pueblo indio. Pero Francisco ha indicado un camino distinto, condenando el uso de la violencia, el reconocimiento logrado a costa de la eliminación del otro. Porque hasta la causa más justa se vuelve falsa cuando se toman las armas. Al pueblo mapuche le ha pedido decir no a la lucha armada en nombre del diálogo y la unidad. Una vez más, realismo y justicia. Un modo distinto de mirar a otro Chile.

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