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21 JUNIO 2018
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>EL PAPA EN PERÚ

¿Cómo nace la esperanza en el corazón de la tragedia?

Cristiana Caricato | 0 comentarios valoración: 2  16 votos
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El océano más hermoso, el preferido por surfistas de todo el mundo, la playa de Huanchaco, a pocos kilómetros de las ruinas de las pirámides incas. En su viaje a Perú, el Papa Francisco ha visitado Trujillo, al noreste del país, “la ciudad de la eterna primavera”. Pero esta región de La Libertad también es la zona más afectada del país por la furia de El Niño, el fenómeno climático que en los primeros meses del año pasado inundó esta región costera provocando numerosas víctimas y enormes daños. Toda la ciudad colonial acabó bajo las aguas: 145 muertos, 18 desaparecidos y más de un millón de desplazados. Casa, infraestructuras, escuelas y hospitales destrozados, aparte de los daños por las lluvias torrenciales, los deslizamientos de tierra y las inundaciones, con graves consecuencias para la industria turística y la economía agrícola, basada en la caña de azúcar, los espárragos y el arroz. Gente sencilla que ha aprendido a conocer la fuerza de la naturaleza, también cuando arrasa con todo de manera destructiva.

Francisco deseaba con fuerza incorporar a su visita una parada obligada para cualquier turista, pero no para saltar las olas ni tomar el sol. Su iniciativa pastoral, como siempre, iba dirigida a llevar consuelo, a ofrecer la cercanía del sucesor de Pedro, enjugar las lágrimas de un pueblo devastado por una naturaleza violenta, acompañada por una tendencia autodestructiva del hombre. Sobre el altar en el que celebró la misa se habían colocado los “caballitos de totora”, unas embarcaciones parecidas a las canoas, construidas con hojas de caña. Un signo del vínculo con el mar y de la dependencia de la pesca. Exactamente igual que los discípulos. El Papa invitó a los afectados a responder a los desafíos del mar con un apego más estrecho a Jesús. Porque Él siempre está, comparte nuestro camino, está a nuestro lado en cada situación dolorosa y nos ayuda a volver a levantarnos. No es un Dios extraño a lo que sentimos y sufrimos, en medio de nuestro dolor nos ofrece su mano, toca nuestras heridas.

Pero no solo eso. Francisco también ha recordado otras muchas tempestades que sacuden las costas y los corazones. En Perú se llama “sicariato” a la violencia organizada, pero también la falta de educación, de trabajo, de vivienda. Son los problemas que vive la gente de Trujillo, que en nuestro mundo parece tan exótica. El Papa ha insistido en que la única vía de salida para afrontar todo esto es la que ofrece el Evangelio: seguir al Señor es ocasión de esperanza. Además, siempre hay una aliada disponible, una “mamita” que intercede siempre, a la que podemos confiar nuestras ansiedades, nuestros pesos y afanes. Ante las olas, desde el palco construido sobre la arena, Francisco se dirigió a ella, entonó un canto a la Virgen e invitó a la multitud a que le acompañara. “Virgencita de la puerta, échame tu bendición. Virgencita de la puerta, danos paz y mucho amor”… Como un niño, Francisco mostró la sencillez de su corazón y la inteligencia del pastor que sabe interpretar el amor del pueblo hacia María.

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