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20 MAYO 2018
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Una biografía intelectual de Jorge Mario Bergoglio

Massimo Borghesi | 0 comentarios valoración: 2  31 votos
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Con motivo del viaje del Papa Francisco, “Humanitas”, la revista de la Pontificia Universidad Católica de Santiago de Chile, ha traducido al español la introducción del último libro del filósofo Massimo Borguesi.

En la noche del 28 de febrero de 2013, un helicóptero blanco despegaba de San Pedro, volando sobre la ciudad de Roma, acompañado por el sonido de las campanas de las iglesias de la capital.

Conducía a Benedicto XVI, el ex Pontífice, el primero en renunciar a su ministerio en la era moderna. El teólogo más grande de nuestra época se encontró conduciendo un difícil legado, de Juan Pablo II, con una Iglesia señalada por problemas y escándalos que alteraron y mancharon la imagen de la misma ante el mundo. La determinación de resolverlos y combatirlos no fue suficiente ante el debilitamiento de sus fuerzas. Su sucesor, el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio, venía “del otro extremo del mundo”. La dulzura apacible de Ratzinger era sustituida por la dulzura impetuosa de Francisco, su forma sencilla de hablar, su manera directa de expresarse y llegar al corazón de la gente: un testimonio persuasivo hasta el punto de modificar, en el curso de pocos años, a partir del 13 de marzo de 2013, la mirada a la Iglesia, cuyo pesado legado ya no es objeto de acusación. El éxito planetario de la figura de Francisco no ha cubierto, como en los años de Juan Pablo II, el vacío progresivo de las iglesias; sostiene la fe humilde de los pueblos, de los sencillos, de quienes en el escenario de la historia son los “invisibles”. Sin embargo, el encuentro entre el Pontificado y la realidad popular no ha provocado aplausos y reconocimientos. Como escribe Agostino Giovagnoli:

“Su popularidad, sin embargo, no se extiende por todas partes ni en todos los ambientes, y sobre todo la novedad que él trae no siempre es aceptada y comprendida. Así ocurre con gran parte de las clases dirigentes europeas y especialmente los intelectuales y los académicos del Viejo Continente. De hecho, en Europa, el mundo de la cultura parece al menos dudoso con respecto a él. Indudablemente, ha habido pocas visitas del Papa Francisco a grandes instituciones cultura-les y han sido escasos los encuentros con exponentes de la academia. De él no se recuerdan clases magistrales como las de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona o en el Collège des Bernardins, en París. Han sido pocas, además, las ocasiones en que ha hablado de manera explícita sobre actividad cultural, investigación científica o problemas de los intelectuales. Pero todo eso no basta para explicar la distancia entre Francisco y el mundo de la cultura europea”.

En realidad —observa Giovagnoli—, no es verdad que Francisco esté alejado de la cultura, de la europea en particular. “De sus escritos, por último, surge un pensamiento más complejo y elaborado de lo que parece. No obstante lo que se piensa comúnmente, mientras más se leen sus encíclicas, sus discursos o sus homilías, más impresión se tiene de que Francisco conoce el mundo de los intelectuales y tiene convicciones sólidas sobre el rol de la cultura en la sociedad contemporánea”. Esta “complejidad” del pensamiento de Bergoglio no ha encontrado hasta ahora, salvo pocas excepciones, la atención que merece. Por el contrario, proliferan los críticos, los teólogos de última hora, aquellos que deducen la visión del Papa de los artículos de diarios. Dos objeciones se repiten con abrumadora monotonía. En primer lugar, Francisco sería un populista, un “peronista” argentino, carente de las categorías que permiten comprender las sutiles distinciones de la Europa liberal y moderna. En segundo lugar, Bergoglio no tendría la preparación teológica y filosófica para el cargo petrino. Ambas críticas se mezclan en la presunción, enteramente europea y norteamericana, de que lo proveniente de América Latina no está a la altura de los parámetros occidentales. Se trata de una persuasión muy bien expresada por Angelo Panebianco, según el cual: “Es inevitable —cada uno de nosotros es hijo de su propia historia— que este Papa, como todos sus antecesores, traiga consigo, además de su fe y su interpretación del Evangelio, también experiencias, ideas y sentimientos que son parte de la tradición de su tierra, tradición que no coincide necesariamente con la nuestra. Es posible que, en un país de un capitalismo maduro, como es a pesar de todo Italia, no sean pocos, incluso entre los católicos, quienes disienten de Bergoglio en materia de trabajo y beneficio o —por dar otro ejemplo— no creen que las guerras contemporáneas sean puramente fruto del deseo de ganancia de ávidos capitalistas. Y también es posible que muchos se den cuenta de que las concepciones económicas del Papa derivan de cierta interpretación de las Escrituras, pero tal vez también de una tradición marcadamente anticapitalista, radicada en el país del cual proviene. En Italia, tenemos óptimos eruditos dedicados a estudios sobre América Latina en general y Argentina y su historia en particular. Quizás corresponde que comiencen a ocuparse de los vínculos culturales entre este Papa y esa tradición”.

El límite de Francisco estaría determinado por su proveniencia, por su ser “argentino”. El juicio de Panebianco no es aislado. Le hace eco, de manera menos sobria, Loris Zanatta, según el cual Bergoglio “es hijo de una catolicidad impregnada de antiliberalismo visceral, erigida a través del peronismo y guiada por la cruzada católica contra el liberalismo protestante, cuyo ethos se proyecta como una sombra colonial sobre la identidad católica de América Latina”. Es la crítica que encontramos en el filósofo liberal Marcello Pera, conocido por su libro con Joseph Ratzinger Senza radici (“Sin raíces”, 2004), en el cual pronosticaba una nueva “religión civil”, y en concomitancia con la guerra contra Iraq, el retorno de Europa a un espíritu guerrero contra el pacifismo. Según Pera, “tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI dieron a su misión una marcada acentuación occidental. Se referían constantemente a Europa y había una evidente perspectiva occidental, con nuestro continente visualizado como la cuna de los valores precisamente occidentales. Francisco, en cambio, tiene una visión puramente sudamericana”. Su apertura al tema de la inmigración documenta que él “detesta el Occidente, aspira a destruirlo y hace de todo por lograr esta finalidad (…) el Papa refleja todos los prejuicios del sudamericano con Norteamérica, con el mercado, las libertades, el capitalismo”. Según Pera, “tiene la visión sudamericana del justicialismo peronista, que nada tiene que ver con las tradiciones occidentales de las libertades políticas y con su matriz cristiana”.

Panebianco, Zanatta y Pera expresan con tonos perentorios la distancia con la cual el área laica, liberal, mira a Bergoglio. La ideología occidentalista, capitalista, librecambista ve en el Papa “argentino” un freno al pensamiento único que ha dominado en la era de la globalización. El Pontífice es un adversario y como tal es tratado. A estos críticos se suman los católicos conservadores de orientación teocon, análogos en mentalidad a gran parte del catolicismo en USA. Vuelve con ellos la oposición Occidente-Sudamérica, típica de la derecha liberal laica. Las simplificaciones de los términos —populismo, peronismo— sin investigarse sus articulaciones históricas obedecen en realidad a una lógica de deslegitimación, a la intolerancia ante toda crítica al modelo de la globalización. Lo que sorprende en los críticos es la falta de documentación y profundización, como si el actual Pontífice no tuviese un trasfondo cultural ni una experiencia eclesial digna de destacarse. [ver recuadro “La Iglesia en un mundo transformado”, en esta misma página] Oportunamente, Massimo Franco escribe que “cuando se tiende a describir a Bergoglio como una especie de don Camilo sudamericano, se cae en algo involuntariamente mistificador. El ex Arzobispo de Buenos Aires no puede ser etiquetado con categorías europeas ni —menos aún— italianas. No es un cura de campo, como el personaje de Giovanni Guareschi, sino un sacerdote urbano, y de una megacity. Y su lenguaje sencillo es producto de un conocimiento muy profundo del territorio y sus habitantes, y de una larga elaboración incluso léxica, “en terreno”, de su identidad de sacerdote”. El lenguaje de Bergoglio es “sencillo” porque quiere ser sencillo. Es la simplicidad como resultado de la reflexión, simplicidad evangélica y no límite de expresión. Hay detrás un proceso de pensamiento, rico y original, proveniente de la escuela de los jesuitas, la cual se nutre no solo de maestros argentinos, sino sobre todo europeos. Cuando el joven Bergoglio es estudiante de filosofía y teología en el Colegio Máximo, en San Miguel, sus referencias ideales son los intelectuales jesuitas del ámbito francés: Henri de Lubac, Gaston Fessard, Michel de Certeau. Algunos son exponentes de la Escuela de Lyon. Estos son sus “maestros”. Son maestros “europeos”, en parte los mismos que guían la reflexión de aquel que llegará a ser su amigo y punto de referencia, el uruguayo Alberto Methol Ferré, el intelectual católico latinoamericano más genial de la segunda mitad del siglo XX, director de “Víspera” y “Nexo”, revistas de las cuales Bergoglio era asiduo lector.

Maestros europeos y argentinos, un mix complejo sobre el cual es preciso indagar si se quiere salir de las simplificaciones que encuentran terreno fértil en el desconocimiento de datos. Como observa Rodrigo Guerra López:

“La falta en Europa de estudios sobre filósofos y teólogos latinoamericanos es recurrente. A veces tengo la impresión de que ciertos académicos europeos (y norteamericanos) consideran al pensamiento latinoamericano una especie de compromiso inferior o secundario en comparación con lo que se produce en países como Alemania, Francia e incluso Italia. Esto no sería sino una observación anecdótica si no fuese también importante, a mi juicio, para comprender algo de lo que está ocurriendo con respecto a Francisco (…) Cuando Juan Pablo II fue elegido Papa, su perfil intelectual y pastoral requería un esfuerzo especial para comprender su enseñanza. Para muchos fue necesario estudiar la historia de los cristianos en Polonia, las diversas tradiciones filosóficas de las raíces de Wojtyla, y penetrar en su ardua filosofía para comprender en profundidad, por ejemplo, el verdadero alcance y el significado de Redemptor Hominis, de Laborem Exercens o de lo que se conocería en definitiva como ‘teología del cuerpo’. Hombres como Rocco Buttiglione, Massimo Serretti, Tadeusz Sytczen, Angelo Scola y otros hicieron un trabajo increíble de profundización y explicación que hasta hoy produce sus frutos. En mi opinión, es necesario llevar a cabo un esfuerzo análogo en el caso de Jorge Mario Bergoglio, S.J. ¡Cuántas discusiones evitaríamos si nos dejásemos interpelar por la biografía intelectual y pastoral de nuestro Papa! En los principales institutos académicos dedicados a la difusión y profundización del magisterio pontificio, los profesores y alumnos han llevado escasamente a cabo un estudio serio y sistemático de los escritos de Jorge Bergoglio y sus autores más amados, como Lucio Gera, Juan Carlos Scannone o Methol Ferré, por no hablar de un estudio amplio y profundo de la teología del pueblo o del magisterio episcopal latinoamericano”.

El parecer de Guerra López es enteramente justificado, tanto más por cuanto los lectores italianos y de idioma inglés disponen, entre otras, de una excelente biografía de Jorge Mario Bergoglio, de Austen Ivereigh, que reconstruye con exactitud la formación, incluso intelectual, del futuro Pontífice. Es un texto esencial para comprender también la posición “política” de Bergoglio, tan a menudo mal entendida por sus críticos. Como escribe Ivereigh:

“El radicalismo de Bergoglio no debe confundirse con la doctrina o la ideología progresistas. Es una actitud radical porque es misionero y místico. Francisco es instintiva y visceralmente contrario a los ‘partidos’ en la Iglesia, y está convencido de que el papado hunde sus raíces en el catolicismo tradicional del santo pueblo fiel a Dios, y en particular en los pobres. Nunca se rebajará a concesiones sobre las cuestiones candentes que dividen la Iglesia del Occidente laico, diferencia que a los progresistas les gustaría superar modernizando la doctrina. Sin embargo, tampoco es, como resulta igualmente evidente, un Papa de la derecha católica: no utilizará el pontificado para combatir en batallas políticas y culturales que deben darse según él a nivel diocesano, pero lo aprovechará para atraer y enseñar; considera necesario repetir hasta el infinito lo que es ya conocido, y más bien desea destacar todo cuanto en parte se ha olvidado: la paternal bondad y la clemencia misericordiosa de Dios. Y mientras los católicos conservadores quisieran hablar más de temas éticos que de temas sociales, está feliz de hacer precisamente lo contrario, es decir, recuperar un catolicismo como ‘vestidura sin costuras’”.

El juicio de Ivereigh es importante, ya que permite superar el lugar común de la oposición de Francisco a Benedicto XVI, patrocinado por los conservadores. En realidad, estamos ante una diversidad de estilos y acentos, y no de contenidos… “Mientras el largo pontificado Wojtyla-Ratzinger se caracterizó por el magisterio de la Iglesia sobre las cuestiones morales y sociales, por un decidido énfasis “antropológico” vinculado con la idea de “ley natural”, el Papa Bergoglio parece estar animado por una visión más histórico-cultural y en línea con el ambiente teológico latinoamericano del cual proviene, y por una visión más espiritual que teológica del ministerio del pontificado romano. El pontificado de Benedicto XVI, “papa teólogo” (en el sentido del teólogo académico), podría constituir una excepción en la historia del catolicismo moderno. El desplazamiento del acento, con Bergoglio, del papado teológico al espiritual presenta algunas incógnitas para el orden futuro del catolicismo; pero esta opción, alternativa en relación con Ratzinger, no hace de Bergoglio un progresista o un liberal (así como Ratzinger no era un reaccionario). Bergoglio es un “católico social”, con una visión ambivalente y compleja de la “modernidad”. Este catolicismo “social”, en auge en los años posconciliares y luego olvidado en la era de la globalización, irrita a cierto mundo católico comprometido con los valores de la vida, pero no igualmente con los valores sociales. Ese mundo critica un supuesto progresismo teológico de Francisco, que no existe, a partir de la desconfianza con un Papa excesivamente crítico de los valores del mercado. En realidad, la crítica del Papa a una sociedad que excluye, reduce el trabajo y crea nuevas divisiones no quiere hacer de los católicos un partido ni situar la Iglesia en las barricadas. “Francisco es el hombre de la reconciliación entre las historias de división, con rasgos trágicos, de la América austral. El equivalente de sus reformas en el Vaticano, además polémicas y combatidas, constituye a nivel global la destrucción y eliminación de todos los escombros y escorias de carácter ideológico que dejó la guerra fría. En América Latina, esto significa derribar el último ‘muro de Berlín’, es decir, el ‘muro de La Habana’, y otros muros invisibles, ocultos en los archivos secretos y en la memoria colectiva de esos pueblos. Significa remitir al pasado las guerras civiles combatidas en nombre del marxismo y el capitalismo, con la Iglesia Católica y sus episcopados en el rol de víctimas, a veces de cómplices. Impresionó mucho el regalo hecho a Francisco por el Presidente Evo Morales de Bolivia: un crucifijo con la hoz y el martillo, obra del Padre Luis Espinal, asesinado en los años 80 por defender a los pobres y a la democracia. Sin observar y fijarse la expresión perpleja de Francisco en el momento de la entrega, hay quienes vieron ahí un abrazo póstumo a la teología de la liberación, de matriz marxista, por parte del Pontífice. En realidad, con ese gesto Morales reconoció al Papa un liderazgo nunca antes atribuido a la Iglesia, y expresó un gesto de subordinación y sumisión impensable hasta hace algunas décadas”.

Para Massimo Franco, “Francisco ha liquidado los mitos revolucionarios comunistas, para situarse él mismo a la cabeza de lemas populares a los cuales ofrece otra salida: pacífico, inclusivo, pero no por esto menos claro al condenar lo que ha llamado elparadigma tecnocrático e invitar a resistirlo”. Se trata del mismo paradigma criticado por Romano Guardini, autor apreciado por Bergoglio, y por Augusto Del Noce, autor de referencia para Methol Ferré. Es el modelo que excluye a los “inútiles”, los “descartados”, los no productivos, los desempleados, los pobres, los ancianos, los “mal nacidos” y los “aún no nacidos”, los enfermos graves, los débiles en general. El camino de salida es un camino de reconciliación entre los débiles y los protegidos, que hace posible la concordia y por consiguiente la paz social y política. Todo el pensamiento de Bergoglio es un pensamiento de reconciliación. No es un pensamiento “irénico”, optimista, ingenuamente progresista, sino, por el contrario, un pensamiento dramático, “estresante”, que, habiendo madurado en el curso de los estudios ignacianos de los años 60, encuentra su primera formulación en el escenario trágico de la Argentina de los años 70, dividido entre derecha filomilitar e izquierda filorrevolucionaria, oposición señalada también por la Iglesia y la Compañía de Jesús. De aquí surge la idea de una dialéctica “polar”, “antinómica”, que constituye el hilo conductor de su pensamiento, su núcleo conceptual original. Bergoglio ha luchado por una síntesis de los opuestos que desgarraban la realidad histórica, no una síntesis “equidistante”, ni una mera solución “centrista”, sino una tentativa teórico-práctico-religiosa de sugerir una unidad antinómica, una solución agónica obtenida mediante el contraste, y por consiguiente una visión dialéctica en la cual la reconciliación no se confiaba, como en Hegel, a la especulación filosófica, sino al Misterio que obra en la historia. El modelo lo obtuvo de Gaston Fessard, de su obra fundamental La dialectique des Exercices spirituels de saint Ignace de Loyola, publicada en 1956. Posteriormente, en su estadía en Alemania de 1986, podrá comparar esta perspectiva con el estudio riguroso del sistema de la oposición polar elaborado por Romano Guardini en su obra de 1925 Der Gegensatz, Versuche zu einer Philosophie des Lebendig-Konkreten. Desde entonces Guardini, sobre cuyo pensamiento filosófico debía tratarse la tesis de doctorado, se convierte en su autor, quien lo acompaña en su reflexión social y eclesial impulsada por la tentativa de dar cuenta de las antinomias y sus soluciones. El pensamiento de Bergoglio, en tantos aspectos parecido al de Methol Ferré, llega a constituirse como una sinfonía de los opuestos. Es una filosofía que se sitúa en el cauce del catolicismo, entendido como coincidentia oppositorum, siguiendo a Adam Möhler, Erich Przywara, Romano Guardini, Henri de Lubac. Como dirá Bergoglio siendo cardenal:

“‘Armonía’ —he dicho— éste es el término preciso. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. Uno de los primeros Padres de la Iglesia escribió que el Espíritu Santo ‘ipse harmonia est’, es Él mismo armonía. Sólo Él es autor al mismo tiempo de la pluralidad y la unidad. Sólo el Espíritu puede dar lugar a la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad, y al mismo tiempo constituir la unidad, porque cuando somos nosotros quienes deseamos constituir la diversidad, provocamos cismas, y cuando somos nosotros quienes deseamos constituir la unidad, damos lugar a la uniformidad, a la homologación”.

Es la misma perspectiva reiterada por el Papa:

“En otras palabras, el mismo Espíritu crea la diversidad y la unidad y de esta manera plasma un pueblo nuevo, variado y unido: la Iglesia universal. En primer lugar, con imaginación e imprevisibilidad, crea la diversidad; en todas las épocas en efecto hace que florezcan carismas nuevos y variados. A continuación, el mismo Espíritu realiza la unidad: junta, reúne, recompone la armonía: ‘Con su presencia y su acción, reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí’ (Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de Juan, XI, 11). De tal manera que se dé la unidad verdadera, aquella según Dios, que no es uniformidad, sino unidad en la diferencia. Para que se realice esto es bueno que nos ayudemos a evitar dos tentaciones frecuentes. La primera es buscar la diversidad sin unidad. Esto ocurre cuando buscamos destacarnos, cuando formamos bandos y partidos, cuando nos endurecemos en nuestros planteamientos excluyentes, cuando nos encerramos en nuestros particularismos, quizás considerándonos mejores o aquellos que siempre tienen razón. Son los así llamados ‘custodios de la verdad’. Entonces se escoge la parte, no el todo, el pertenecer a esto o a aquello antes que a la Iglesia; nos convertimos en unos ‘seguidores’ partidistas en lugar de hermanos y hermanas en el mismo Espíritu; cristianos de ‘derecha o de izquierda’ antes que de Jesús; guardianes inflexibles del pasado o vanguardistas del futuro antes que hijos humildes y agradecidos de la Iglesia. Así se produce una diversidad sin unidad. En cambio, la tentación contraria es la de buscar la unidad sin diversidad. Sin embargo, de esta manera la unidad se convierte en uniformidad, en la obligación de hacer todo juntos y todo igual, pensando todos de la misma manera. Así la unidad acaba siendo una homologación donde ya no hay libertad. Pero dice San Pablo, «donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2 Co 3,17)”.

En esta relación compleja entre unidad y diversidad reside el núcleo del pensamiento “católico” de Bergoglio. Aquí toman forma sus tres parejas polares (plenitud-límite; idea-realidad; globalización-localización) con los cuatro principios: el tiempo es superior al espacio; la unidad es superior al conflicto; la realidad es superior a la idea; el todo es superior a la parte. De aquí parte su doctrina clásica de la unidad de los trascendentales del Ser (bello-bueno-verdadero), en estrecho contacto con la reflexión teológica de Hans Urs von Balthasar, doctrina fundamental por cuanto constituye la clave de la relación entre Misericordia y Verdad en el mundo contemporáneo. Si, como afirma Balthasar, sólo el amor es creíble, entonces el camino cosmo-teológico de los medievales y el camino antropológico de los modernos deben ceder paso, en el tiempo del relativismo y del nihilismo, a la Misericordia como “manifestación” de la Verdad. Es el camino evangélico, el camino kerigmático que está en el centro del pontificado, mediante el cual hoy el cristianismo puede volver a darse con la misma dinámica de los comienzos. Es un punto al cual se oponen vigorosamente los conservadores, que persisten, como los modernistas, en la oposición entre Misericordia y Verdad.

De este modo, de un análisis detenido de las raíces y el desarrollo del pensamiento de Jorge Mario Bergoglio surge, para el erudito europeo, un marco de extraordinaria riqueza. Este se nutre de diversas contribuciones, vinculadas entre sí por una lógica profunda. Como escribe Diego Fares:

“La referencia a Guardini, con su capacidad fenomenológica de ‘ver’ las ‘figuras vivas’ en las cuales las partes se entienden en función del todo y el todo en función de las partes, parece dar coherencia a lo que nos comunica el Papa Francisco. (…) Sin dejar fuera a Erich Przywara con su pensamiento del Dios cada vez más grande y del Espíritu que pone todo en movimiento y crea armonía en la diversidad, y a Hans Urs von Balthasar, con su ordenamiento de los trascendentales, que sitúa la Belleza y la Bondad (siempre dramática) antes de la Lógica; con su manera de abrir toda verdad finita, filosófica a Cristo (de hacer saltar toda verdad hacia Cristo) y su arte de la transposición clasificadora (que lleva la unidad a la multiplicidad, que traduce la única Palabra en muchas, siempre con una mirada de amor, creativo y misericordioso)”.

Estamos ante un escenario constituido por intercambios culturales entre Europa y América, por tejidos de los cuales surge con fuerza la communio católica. Bergoglio representa, en su aparente simplicidad, una figura compleja. Él mismo constituye, con su personalidad, una complexio oppositorum. Este hombre, criticado como pontífice por estar demasiado preocupado por los destinos del mundo, es un “místico”. El fondo de su pensamiento y su ánimo se nutre en los Ejercicios de San Ignacio, en la veta mística de la Compañía de Jesús, que une contemplación y acción. Como escribe el Padre Antonio Spadaro: “La clave de su pensamiento y su acción debe buscarse y encontrarse precisamente en la tradición espiritual ignaciana. La experiencia latinoamericana toma cuerpo dentro de esta espiritualidad y se interpreta a la luz de la misma para no correr el riesgo de interpretar a Francisco cayendo en estereotipos trillados. Su ministerio episcopal mismo, su estilo de proceder y pensar están plasmados por la visio ignaciana, por la tensión antinómica hacia estar siempre y como fuere in actione contemplativa”. Pedro Fabro, el compañero de Ignacio, incansable viajero en la Europa dividida por las guerras de religión, el dulce y apacible anunciador del Evangelio y de la paz de Cristo, es su modelo. Un pensamiento “místico” es un pensamiento abierto, que no cierra los resquicios. Como declaró Francisco: “El aura mística nunca define los bordes, no completa el pensamiento. El jesuita debe ser una persona de pensamiento incompleto, de pensamiento abierto”. Por este motivo, la dialéctica antinómica de Bergoglio es, a diferencia de Hegel, una dialéctica “abierta”. Por cuanto sus síntesis siempre son provisorias, cada vez deben ser sostenidas y reconstruidas, y porque la reconciliación es obra de Dios y no principalmente del hombre. Esto explica su crítica a una Iglesia “autorreferente”, encerrada en su propia “inmanencia”, marcada por la doble tentación del pelagianismo y el gnosticismo. El cristiano está “des-centrado”, el punto de equilibrio entre los opuestos está fuera de él.

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