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26 FEBRERO 2018
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>Entrevista a Fernando Palmero (I)

'PSOE y PP han vertebrado toda la sociedad y no son conscientes del daño que eso puede hacer'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 1  27 votos
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El periodista Fernando Palmero, del diario El Mundo, repasa en Páginas Digital los principales problemas de la actualidad española.

¿Por qué se ha puesto en tela de juicio nuestra Transición?

La Transición se produce en un marco internacional marcado por la Guerra Fría y se hace paralelamente en Portugal, Grecia y España, tres bastiones que interesaban mucho a Estados Unidos. No quiero decir que la Transición la hiciera EE.UU. pero sí hay una intervención suya, afortunadamente, porque otras opciones habrían salido peor. Ahora no solo se está poniendo en cuestión la democracia en España sino en Europa. Para mí, es una crisis que tiene su origen en la crisis económica, que ha generado una crisis geoestratégica que hace que Europa haya dejado de ser el centro después de aquella Guerra Fría, cuando era el centro que EE.UU. tenía ante la URSS. El centro industrial ahora se ha trasladado a Asia. Todo esto es muy determinante a la hora de ver la situación en que nos encontramos ahora, lo cual no quita que efectivamente haya determinados partidos, como Podemos, que está imponiendo en cuestión toda la Transición. Que se hizo como se hizo, de manera urgente, con muchas presiones, y tiene muchos errores, no creo que sea perfecta, pero nos ha dado 40 años de desarrollo y bienestar.

Vivimos en una época de derrumbe de las evidencias. Las relaciones son líquidas usando la expresión de Bauman.

Efectivamente, las relaciones sociales se están enrareciendo cada vez más. Hay partidos que están ideologizando muchos valores, como por ejemplo estamos viendo con el diálogo en Cataluña. Respecto a las relaciones familiares, creo que España en ese sentido es un país afortunado. Aquí las redes familiares son muy potentes, gracias a ellas hemos salido adelante. Por su tradición católica, hay determinados valores que en España se han cultivado muchísimo, independientemente de que la gente vaya a misa o no, hay un fondo cristiano que ha ayudado mucho a la cohesión social, y eso es positivo. Pero el tipo de valores que intentan imponer partidos como Podemos no sé hasta qué punto van a provocar una crisis más grave de la que ya tenemos.

¿Se puede considerar la irrupción de Podemos como un síntoma?

El populismo es un síntoma de sociedades desestructuradas, con problemas, y la crisis que hemos vivido ha hecho salir a flote estos populismos. Podemos es la manifestación de que en España hay un problema real, un problema laboral y un problema de representación política. Y es que los partidos políticos, si bien tienen ese papel positivo de canalizar la acción política, también es cierto que han actuado en muchos casos casi como una oligarquía privilegiada. Es que ahora mismo el PSOE está siendo juzgado por los ERE de Andalucía, el PNV por otro caso de comisiones ilegales en Álava, el PP por el Gürtel en Valencia… A la clase política hay que exigirle esa responsabilidad. Aparte de que Podemos sea un fenómeno mediático, denuncia una serie de problemas en los que todos debemos pensar. En ese sentido la línea que sigue Ciudadanos me parece mucho más constructiva y más real. No vamos a derrumbar este Estado que hemos creado entre todos sino que vamos a modificarlo con una exigencia ética.

¿Son los partidos que están bunkerizados o es la sociedad civil que es débil?

España nunca ha tenido una tradición de sociedad civil muy organizada pero creo que ahí también ha habido un problema de que hemos delegado mucho en los partidos políticos, y los partidos políticos han abusado de esa confianza que el ciudadano ha depositado en ellos. Se han convertido en estructuras impermeables, opacas, hasta el punto de que España tiene el problema de que no tiene un Estado que esté más allá de los partidos. En España el Estado son los partidos, es un sistema de partidos. PSOE y PP han vertebrado políticamente toda la sociedad, desde el ayuntamiento más pequeño hasta el Ministerio de Defensa. Lo grave es que los partidos no sean conscientes del daño que eso puede hacer.

La política parece invadir todos los espacios.

En ese sentido, Podemos también tiene razón cuando denuncia que la sociedad no está organizada para resistir la invasión de los partidos en todos los aspectos de la vida y en todas las instituciones. Que un partido entre a organizar la vida de una universidad es otro signo que muestra la debilidad de la sociedad civil española.

Luego están “los enterradores de Montesquieu”.

Desde que en 1985 el PSOE promulga la modificación de la ley del poder judicial, estableciendo que los organismos que vigilan la acción de los políticos están establecidos por los propios políticos, en ese momento te has cargado la democracia. Y ese es un problema en el que ninguno de los grandes partidos ha querido entrar, tampoco los nacionalistas.

¿Qué ha fallado para llegar a una situación como la de Cataluña?

Ha fallado el Estado en su conjunto, no solo concebido como los tres poderes (legislativo, que no ha hecho nada; judicial, que está haciendo de forma más o menos tímida y cuestionable, quizás ha llegado demasiado tarde; y ejecutivo), sino el resto de poderes autonómicos, que también son Estado. Yo no he visto, por ejemplo, a los presidentes autonómicos hablar en contra de lo que estaba haciendo CiU en Cataluña. ¿Por qué el resto de las autonomía no se manifiestan esperando ver si Cataluña consigue o no un pellizco más de financiación? El Estado de las Autonomías tiene un punto débil y es que tiende a la disolución del Estado porque cada autonomía se está convirtiendo en una especie de pequeño Estado donde cada una mira por sus propios presupuestos y nadie mira por el país en su conjunto. Ahí responsabilizo a toda la clase política y a todos los representantes del Estado en sentido amplio.

¿Qué habría que centralizar?

España es un país descentralizado históricamente y estos cuarenta años hemos visto que se puede ser un país descentralizado y causar un alto grado de bienestar y de seguridad. Lo que hay que hacer es introducir elementos correctores para que eso no vaya a más. Hay textos, como el título octavo de la Constitución, que no están bien definidos, que se dejaron abiertos en la Transición porque políticamente entonces no se pudieron solucionar, pero hoy se pueden solucionar y eso no quiere decir centralizar el Estado sino que el Estado, precisamente para conseguir una armonización y un equilibrio, necesita tener determinadas competencias, como la sanidad o la educación, que creo que son básicas, que deberían volver al Estado si no en su totalidad sí en parte, porque eso facilitaría la articulación del Estado.

Desde una lógica independentista el que ha prometido la independencia ha fracasado pero ha conseguido el apoyo mayoritario de su bloque en las elecciones.

Es una locura pero todo tiene su lógica. Una de las taras del Estado autonómico ha sido el clientelismo, que se ha considerado como una rémora del caciquismo, y siempre se ha puesto como ejemplo Andalucía y su voto cautivo. Cataluña es igual. El déficit que tiene la Generalitat, que es el más alto de todas las comunidades autónomas, no sale de la nada. Se ha repartido dinero a asociaciones, instituciones, funcionarios, vemos ahora las quejas de los policías por las diferencias salariales respecto a los Mossos. En Cataluña también existe esa red clientelar con las empresas y con los ciudadanos. El ciudadano puede que se equivoque y puede haber actitudes suicidas pero también actúa por lógica, y si quieren seguir votando independentismo es porque quieren apoyar a un gobierno que les está beneficiando.

El nacionalismo ha venido a ocupar el espacio de la Religión perdida.

Eso ya ocurrió con los totalitarismos en el siglo XX. Tanto el comunismo como el nacionalsocialismo vinieron a ocupar ese espacio que el Dios que había muerto, como anticipó Nietzsche, con la esperanza en la construcción de un mundo mejor. El nacionalismo es eso y también es consecuencia de la sentimentalización de la política. Un Estado democrático desarrollado también se caracteriza por ser un Estado aburrido, donde no hay nada sentimentalizado sino que todo está regulado y reglado. Cuando introduces el elemento sentimental en la política, ya es muy difícil pararlo porque mucha gente empieza establecer una relación entre su futuro y sus esperanzas de vida y un determinado sistema político.

¿Qué opinión le merece la gestión del Gobierno de Rajoy frente al desafío catalán?

No se entiende la poca decisión que ha tenido el Gobierno a la hora de aplicar el 155. Creo que fue un error convocar elecciones tan rápidamente y no hacer al menos lo que había anunciado el propio Rajoy de dar seis meses, porque para atajar los nacionalismos me parece fundamental despolitizar los medios de comunicación y por supuesto la educación. El problema de la educación es muy grave y la inmersión lingüística ha hecho muchísimo más daño porque la lengua se ha convertido en el elemento identitario por antonomasia. Que el Estado español haya permitido eso ha sido clave en el auge del nacionalismo.

En los discursos de Borrell y Vargas Llosa ¿se puede vislumbrar una luz?

Pero volvemos a lo mismo, puede ser mejor para Vargas Llosa pero no para un funcionario catalán, no le puedes pedir a todos los ciudadanos que tengan la misma amplitud de miras. O se lo puedes pedir, pero para eso hay que actuar sobre las instituciones culturales, porque el nacionalismo es un virus ideológico que invade las instituciones públicas. Es importante el propio concepto de la televisión pública. No hay un periódico estatal o autonómico. ¿Por qué el Estado tiene que sufragar un medio de comunicación cuando hay empresas que pueden hacer ese papel? Pero todos los partidos lo hacen. En ese sentido, la ciudadanía debe ser consciente de que tiene que reivindicar que determinados espacios no sean ocupados por la política, y los medios de comunicación o la educación son espacios que no deberían estar ocupados por la política.

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Un nuevo derecho de gentes

Fernando de Haro

La Peste, la nueva serie de Movistar que ha hecho furor en las últimas semanas, ha reabierto el debate en torno a la América española. Un debate en realidad nunca cerrado desde mediados del XVIII, cuando los criollos se hicieron nacionalistas. Las Indias, a las que muchos quieren partir, son ahora miradas, desde esta orilla, desde la Sevilla del XVI.

El guion no se libra de los tópicos de una leyenda negra, tópicos repetidos una y mil veces. La ventaja es que en esta ocasión hay quien denuncia esa leyenda y quien recuerda que la España del XVI fue en muchos aspectos casi ejemplar y muy cuidadosa con los derechos de los indios.

La ocasión es un buen pretexto para recordar algunos de los argumentos que utilizaba el Cardenal Cayetano, apenas 20 años después de la llegada de Colón a La Española (República Dominicana y Haití). El rey Fernando el Católico había solicitado a Cayetano, superior de los dominicos, que le enviara frailes para predicar. Esos frailes, con una independencia ejemplar, empezaron a denunciar los abusos. Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, ya habían prohibido la esclavitud y determinado que los indios fueran “bien y justamente tratados”.

Comienza entonces uno de los debates jurídicos y filosóficos más apasionante de la modernidad recién inaugurada. Cayetano, para defender la soberanía de los indios, distingue el derecho de gentes, derecho derivado de la naturaleza, y el derecho divino, derecho de los que son fieles. Y en una página memorable señala que “no pertenece a la Iglesia castigar la infidelidad de los paganos que nunca abrazaron la fe, según aquello del Apóstol: ¿qué me toca a mí juzgar de las cosas de fuera?”. El hecho de que los indios no sean cristianos no les priva de la soberanía y del dominio, “pues el dominio proviene del derecho de gentes que es derecho humano”.

Estos frailes españoles del XVI que defendieron el derecho de los indios, el derecho de los “infieles”, no tenían precisamente ante sí prácticas que los teóricos del derecho natural consideraron después, en un ejercicio evidente de exageración, conquistas a las que la sola razón puede llegar con sus fuerzas. Los indios eran politeístas y animistas, algunos de ellos llevaban a cabo sacrificios humanos, practicaban la antropofagia y la poligamia. No estaban precisamente cerca de un estado natural como el descrito por Rousseau siglos después. Tampoco andaban cerca de aquellas costumbres que luego se consideraron lógicas conquistas de la evolución moral. Ante estos indios reales, ante estos infieles, es ante los que Cayetano recuerda las palabras de San Pablo: ¡qué me toca a mí juzgar de las cosas de fuera!”.

A veces, escuchando algunos análisis escandalizados sobre la desaparición de ciertas evidencias en la sociedad del siglo XXI (diferencia entre los sexos, estabilidad en las relaciones, intangibilidad de la maternidad, dignidad de los inmigrantes), se echa en falta el sano realismo del siglo XVI. Cayetano y muchos otros sabían bien que hay algunas cosas que solo el derecho divino (el cristianismo) hace posible. Es inútil y contraproducente pretender que estén recogidas en el derecho de gentes. Aquellos frailes sabían que esas pocas cosas esenciales solo pueden recuperarse a través de la libertad.

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Re/Irrelevancia política

Fernando de Haro

Paradoja. La globalización está acabando con el concepto y la experiencia de soberanía nacional tal y como la conocíamos desde hace tres siglos. Los partidos políticos de la postguerra (Alemania y Francia), los que se crearon con el ciclo de democratización de los años 70 (España y Portugal) y las nuevas formaciones surgidas en los años 90 (Italia) dan síntomas de agotamiento. Y, sin embargo, en la vida social, el ser para/en/con partido, se convierte casi en una obsesión.

Las almas nobles, defensoras de grandes ideales, con una sana vocación histórica, advierten del riesgo de la irrelevancia política si no hay comercio de partido. Histórico y realista comercio de partido: votos por políticas. No ser reconocido por el partido, por alguno de los partidos, no ser en cierto modo “partido” se identifica con la insignificancia social o política y produce ansiedad. Tanto es así que los movimientos que han nacido en los últimos años con la pretensión de renovar la vida pública (15M en España, 5 Stelle en Italia), o de protestar por la política migratoria (populismos varios) han adoptado inmediatamente la estructura y las prácticas de las antiguas formaciones.

Los viejos y nuevos partidos consiguen, en un momento de evidente declive, su máximo poder. Solo existes, solo eres alguien si eres capaz de que los partidos incluyan en algún rincón de su agenda aquellas cosas bonitas en las que crees o que has levantado con tu esfuerzo y sacrificio. La libertad depende de que haya un político que defienda “lo nuestro”. Y “lo nuestro”, de este modo, deja de ser lo nuestro para transformarse en el hueco que hemos conseguido abrir en la agenda de un partido. Sin abrir un espacio político, entendido tal y como lo entienden los partidos, creemos no tener tiempo, no ser. Es el más alto grado de partitocracia y probablemente una de las consecuencias de entender la política como simple mediadora entre intereses privados.

La evolución de los partidos en los últimos años en buena parte de los países de Europa ha provocado que su base popular, su relación con la sociedad civil, sea cada vez menos relevante. El fenómeno ha sido especialmente acusado en España. Ha acabado imponiéndose un tipo de formación que es partido-Estado. Concebida y preparada para captar el mayor número de votos, a través de una mediación mediática, su único fin parece ser el de ocupar el mayor espacio posible de la Administración con la menor implicación social posible. La voluntad de ocupar espacios administrativos se acaba trasladando a la justicia, a las organizaciones colegiales, a la vida universitaria, a las iglesias.

Si la política es una simple mediación y ordenación de los intereses privados, capaces por sí mismos de generar prosperidad, es lógico que se entienda al partido-Estado como el mediador o el conseguidor por excelencia.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Las ventajas de mirar (insistentemente) una lata de sopa

Fernando de Haro

Warhol ha desembarcado en Madrid. Y a muchos les pasará inadvertido que la llegada del líder del pop-art, más allá de ser un acontecimiento pictórico para las élites, supone una provocación social, un juicio político, una moción a la mirada post-ideológica/superideológica de la España de 2018.

En una de las salas de referencia del Paseo del Prado (Caixa Fórum), se exponen casi 350 piezas de aquel chico de Pittsburgh que subió a los cielos de Nueva York. Warhol es pre-impresionista y postmoderno al mismo tiempo, y sin duda postdigital. Nos quedamos imantados ante su repetición del retrato de Mao. No resulta fácil despegarse del rostro del líder comunista que es el mismo y es diferente, según tenga los labios rosas, la piel azul marino, los párpados blancos. Lo mismo sucede ante su Jackie Kennedy o su Marilyn. La desconexión del arte contemporáneo ha desaparecido: la repetición de los mitos que la cultura televisiva hizo archifamosos invita a mirar una y otra vez, y a descubrir lo que ya no se mira porque se cree conocer. El tratamiento del color, o la insistencia en la representación de objetos cotidianos como la lata de sopa Campbell, se convierten en una especie de corrección de la mirada del homo videns: el hombre al que el abuso de la pantalla ha mutado antropológicamente. El homo videns es el hombre que mira y ya no ve. Está en el último escalón evolutivo que comenzó en el momento en que el ser humano se identificó con una forma de abstracción, de ejercer el noble ejercicio de la crítica y del pensamiento, sin someterlo a vínculo alguno con las cosas. Esas cosas son ahora solo imágenes a las que se dedica poco más que un instante. Si no fuera una exageración, se podría decir que con su repetición de lo mirado y no visto Warhol nos obliga a hacer un ejercicio que nos rescata, nos recupera de los efectos más nocivos que puede tener la digitalización.

En el mundo anglosajón hay una corriente pedagógica que ha subrayado durante los últimos años lo que Warhol parece proponer. Esta corriente insiste en la observación para fomentar la capacidad de innovación. Algunos teóricos subrayan la importancia de enseñar a los más jóvenes a mirar un cuadro, no los 30 segundos que le solemos dedicar sino al menos 10 minutos. De este modo se fomentan las capacidades creativas. Por eso quizás, cuando el Ministerio de Educación de Finlandia, referencia por sus buenos resultados educativos, se planteó nuevas mejoras hace unos años propuso aumentar las horas semanales de Arts & Crafts (educación artística). Hay cierta “educación de la mirada” que parece ser muy conveniente. Es precisamente este tipo de educación en el modo de ver la que viene revindicando desde hace algún tiempo Andrés Trapiello, uno de los grandes referentes del mundo literario español. Trapiello sostiene que nos conviene a todos educarnos para recuperar “la mirada compasiva” de Cervantes, el autor del Quijote. Un modo de enfrentarse al mundo, nacido de la primacía de la observación, que huye del resentimiento: cuanto más y mejor se mira más difícil es que prevalezca la queja e incluso esa casi inevitable distancia que siempre deja el mal sufrido o causado.

Las ventajas de mirar (insistentemente) una lata de sopa

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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