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23 FEBRERO 2018
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Empieza la negociación del Pacto Educativo

Antonio Amate | 0 comentarios valoración: 2  43 votos
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Tras un año de comparecencias y tanteos sobre la opinión pública para medir las fuerzas, los partidos políticos se han puesto a negociar, al fin, en la Subcomisión del Pacto formada en el Congreso. La metodología no es muy novedosa. Se parte de un elenco de temas que coinciden más o menos con los principales enunciados de las leyes educativas que ya hemos conocido, pero sin ir más allá. Ahora toca lo difícil, que es elaborar los contenidos y buscar acuerdos amplios y estables para facilitar la elaboración de una futura ley educativa que pueda sobrevolar por encima de los resultados electorales en las próximas legislaturas.

Los acontecimientos que estamos viviendo en Cataluña desde el comienzo de curso están frenando y desvirtuando gravemente la vida política del país, del Gobierno y de los partidos, que emplean gran parte de sus recursos y sus energías en resolver una ecuación política endiablada, y de cuya solución depende la propia existencia de la nación tal y como la hemos conocido hasta ahora. Ahí es nada. Con este panorama, la cuestión territorial satura la actualidad hasta la neurosis, paralizando el presente e hipotecando el futuro con un coste que aún desconocemos.

La educación en España, como consecuencia de estas tensiones tan dolorosas para el conjunto de la ciudadanía, está expuesta a unos niveles peligrosísimos de radioactividad ideológica, pues los poderosos intereses que están en juego en la actual confrontación interna no desconocen que “la filosofía imperante en el aula será la filosofía del Gobierno del futuro”, como evidenciaba el presidente norteamericano Abraham Lincoln. Probablemente, nunca nos hemos jugado tanto en el diseño de nuestro sistema educativo como en esta ocasión. El futuro reparto de competencias educativas entre la administración central y las comunidades, el encaje muy complejo de la futura legislación estatal de carácter básico con las leyes de educación autonómicas vigentes, los temarios de algunas asignaturas como la Historia y la cuestión lingüística podrían paralizar el debate desde el principio, jibarizando las polémicas clásicas, más transversales, como son la financiación pública del sistema, las reglas de coexistencia entre las redes de centros o la formación religiosa y en valores cívicos.

Los conflictos políticos de nuestra modernidad han girado, de forma entrelazada, en torno a intereses –reparto de recursos–, ideologías –derechos y organización social– e identidades –definiciones colectivas– (Claus Offe). Los dos primeros, sobre qué tenemos y sobre qué pensamos, son más fácilmente negociables. Mientras que el tercero es el que muestra una mayor capacidad desestabilizadora y sobre el cual nuestras instituciones no han podido encontrar, a fecha de hoy, una manera razonable de resolver el problema, posiblemente porque los recursos y los derechos son negociables, mientras que las identidades no, al menos para los grandes colectivos enfrentados. Dos conflictos se han definido durante todo el régimen democrático como conflictos de identidades desde el año 78 hasta el momento presente: el problema de los nacionalismos y el problema educativo.

Tampoco hay que descuidar el peso que otros aspectos pueden tener en torno a la negociación del Pacto, como es la baja calidad del debate democrático que estamos padeciendo. Los síntomas son claros. Una parte de ellos se refiere a los protagonistas más obvios del debate público, esto es, a los actores organizados, los partidos políticos, pero también los sindicatos, las asociaciones empresariales, otras asociaciones y los todopoderosos medios de comunicación de masas. Se adolece de una excesiva presencia de estilos de discusión con planteamientos cainitas o a la búsqueda de chivos expiatorios cuyo sacrificio resolvería mágicamente los problemas. Junto a ello, hay también un exceso de planteamientos tribalistas que implicarían, no la confrontación de argumentos, sino de bandos. Por ejemplo, de “las izquierdas” contra “las derechas”, “los de arriba” contra “los de abajo”, “los del centro” contra los de esta o aquella “periferia”, “los que están a favor de la religión en la escuela” versus “los que están en contra”, etc. Así, ante la complejidad de los asuntos públicos, la sociedad sólo percibe posiciones irreconciliables y, por tanto, poco facilitadoras a una disposición a escuchar, entender, responder y, en su caso, negociar o transigir. Los planteamientos tribalistas llevarían asimismo a identificar determinadas ideas como ideas propias del adversario político, demasiadas veces entendido como enemigo, y a las cuales no habría que prestar atención o habría que alejarse de ellas para no verse contagiado, aunque objetivamente fueran acertadas y positivas.

Se acusa también un exceso de emocionalismo en el tratamiento de los problemas públicos. La excitación emocional es más propia del enfrentamiento entre grupos que de la discusión razonada. Ese emocionalismo tan enraizado, tan celtibérico, tan nuestro, hace que la discusión pública española adolezca de manifestar un exagerado exceso de simpatía con las posturas cercanas a las propias y también un exagerado exceso de animadversión por las contrarias, expresando una dificultad inscrita en la cultura ambiente para graduar las objeciones. Aquí todo es blanco o negro, todo es bueno o malo, todo es propio e impropio, etc. Es el efecto de la gota de tinta podemita que ha teñido toda la jarra del discurso político de los últimos años.

Por último, la ciudadanía también forma parte del problema. Es fácil percibir la presencia de una proporción relativamente amplia de esa ciudadanía bastante impaciente ante la solución de los problemas, que querría inmediata, confiando en atajos supuestamente existentes a propuesta de los nuevos líderes populistas. Tampoco habría que obviar si las limitaciones del debate protagonizado por los actores organizados (clase política, medios, sindicatos, asociaciones empresariales, de padres, alumnos, etc.) tienen que ver con demandas procedentes de ese público. Existe una retroalimentación evidente y muy negativa entre los agentes organizados y la ciudadanía que explica muchos posicionamientos, muchos comportamientos y muchos resultados que dificultan el valor fundamental de la democracia: una gestión del conflicto que consiga la convivencia cooperativa y pacífica de todos los ciudadanos.

Los hechos son la prueba del algodón, y a ellos me remito. El primer debate serio en la Subcomisión para el Pacto celebrado el pasado 16 de enero encalló en los prolegómenos, en los desacuerdos sobre la metodología y los procedimientos que van a utilizar para tratar de alcanzar el acuerdo, es decir, en el sistema de votación. Los intentos de alcanzar acuerdos dejando fuera de ellos al Partido Popular mediante la regla de la mayoría simple o la de los tres quintos, por ejemplo, niegan la mayor: la necesidad de una mayoría reforzada en el Pacto donde no haya vencedores ni vencidos. Cualquier reforma que se incluya en el documento que se remitirá al Gobierno tiene que recibir el apoyo muy cualificado de los dos tercios del Congreso, 233 diputados, lo que supone el respaldo de al menos tres de los grandes partidos nacionales.

Termino este análisis con otro aforismo muy lúcido de Abraham Lincoln: “Ningún hombre es demasiado bueno para gobernar a otro sin su consentimiento”. En conclusión, necesitamos querer convivir, elegir convivir y aceptar al otro como parte de la solución y no sólo del problema. Para pactar, todos tenemos que tener voluntad real de pactar.

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Re/Irrelevancia política

Fernando de Haro

Paradoja. La globalización está acabando con el concepto y la experiencia de soberanía nacional tal y como la conocíamos desde hace tres siglos. Los partidos políticos de la postguerra (Alemania y Francia), los que se crearon con el ciclo de democratización de los años 70 (España y Portugal) y las nuevas formaciones surgidas en los años 90 (Italia) dan síntomas de agotamiento. Y, sin embargo, en la vida social, el ser para/en/con partido, se convierte casi en una obsesión.

Las almas nobles, defensoras de grandes ideales, con una sana vocación histórica, advierten del riesgo de la irrelevancia política si no hay comercio de partido. Histórico y realista comercio de partido: votos por políticas. No ser reconocido por el partido, por alguno de los partidos, no ser en cierto modo “partido” se identifica con la insignificancia social o política y produce ansiedad. Tanto es así que los movimientos que han nacido en los últimos años con la pretensión de renovar la vida pública (15M en España, 5 Stelle en Italia), o de protestar por la política migratoria (populismos varios) han adoptado inmediatamente la estructura y las prácticas de las antiguas formaciones.

Los viejos y nuevos partidos consiguen, en un momento de evidente declive, su máximo poder. Solo existes, solo eres alguien si eres capaz de que los partidos incluyan en algún rincón de su agenda aquellas cosas bonitas en las que crees o que has levantado con tu esfuerzo y sacrificio. La libertad depende de que haya un político que defienda “lo nuestro”. Y “lo nuestro”, de este modo, deja de ser lo nuestro para transformarse en el hueco que hemos conseguido abrir en la agenda de un partido. Sin abrir un espacio político, entendido tal y como lo entienden los partidos, creemos no tener tiempo, no ser. Es el más alto grado de partitocracia y probablemente una de las consecuencias de entender la política como simple mediadora entre intereses privados.

La evolución de los partidos en los últimos años en buena parte de los países de Europa ha provocado que su base popular, su relación con la sociedad civil, sea cada vez menos relevante. El fenómeno ha sido especialmente acusado en España. Ha acabado imponiéndose un tipo de formación que es partido-Estado. Concebida y preparada para captar el mayor número de votos, a través de una mediación mediática, su único fin parece ser el de ocupar el mayor espacio posible de la Administración con la menor implicación social posible. La voluntad de ocupar espacios administrativos se acaba trasladando a la justicia, a las organizaciones colegiales, a la vida universitaria, a las iglesias.

Si la política es una simple mediación y ordenación de los intereses privados, capaces por sí mismos de generar prosperidad, es lógico que se entienda al partido-Estado como el mediador o el conseguidor por excelencia.

Re/Irrelevancia política

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  35 votos
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Las ventajas de mirar (insistentemente) una lata de sopa

Fernando de Haro

Warhol ha desembarcado en Madrid. Y a muchos les pasará inadvertido que la llegada del líder del pop-art, más allá de ser un acontecimiento pictórico para las élites, supone una provocación social, un juicio político, una moción a la mirada post-ideológica/superideológica de la España de 2018.

En una de las salas de referencia del Paseo del Prado (Caixa Fórum), se exponen casi 350 piezas de aquel chico de Pittsburgh que subió a los cielos de Nueva York. Warhol es pre-impresionista y postmoderno al mismo tiempo, y sin duda postdigital. Nos quedamos imantados ante su repetición del retrato de Mao. No resulta fácil despegarse del rostro del líder comunista que es el mismo y es diferente, según tenga los labios rosas, la piel azul marino, los párpados blancos. Lo mismo sucede ante su Jackie Kennedy o su Marilyn. La desconexión del arte contemporáneo ha desaparecido: la repetición de los mitos que la cultura televisiva hizo archifamosos invita a mirar una y otra vez, y a descubrir lo que ya no se mira porque se cree conocer. El tratamiento del color, o la insistencia en la representación de objetos cotidianos como la lata de sopa Campbell, se convierten en una especie de corrección de la mirada del homo videns: el hombre al que el abuso de la pantalla ha mutado antropológicamente. El homo videns es el hombre que mira y ya no ve. Está en el último escalón evolutivo que comenzó en el momento en que el ser humano se identificó con una forma de abstracción, de ejercer el noble ejercicio de la crítica y del pensamiento, sin someterlo a vínculo alguno con las cosas. Esas cosas son ahora solo imágenes a las que se dedica poco más que un instante. Si no fuera una exageración, se podría decir que con su repetición de lo mirado y no visto Warhol nos obliga a hacer un ejercicio que nos rescata, nos recupera de los efectos más nocivos que puede tener la digitalización.

En el mundo anglosajón hay una corriente pedagógica que ha subrayado durante los últimos años lo que Warhol parece proponer. Esta corriente insiste en la observación para fomentar la capacidad de innovación. Algunos teóricos subrayan la importancia de enseñar a los más jóvenes a mirar un cuadro, no los 30 segundos que le solemos dedicar sino al menos 10 minutos. De este modo se fomentan las capacidades creativas. Por eso quizás, cuando el Ministerio de Educación de Finlandia, referencia por sus buenos resultados educativos, se planteó nuevas mejoras hace unos años propuso aumentar las horas semanales de Arts & Crafts (educación artística). Hay cierta “educación de la mirada” que parece ser muy conveniente. Es precisamente este tipo de educación en el modo de ver la que viene revindicando desde hace algún tiempo Andrés Trapiello, uno de los grandes referentes del mundo literario español. Trapiello sostiene que nos conviene a todos educarnos para recuperar “la mirada compasiva” de Cervantes, el autor del Quijote. Un modo de enfrentarse al mundo, nacido de la primacía de la observación, que huye del resentimiento: cuanto más y mejor se mira más difícil es que prevalezca la queja e incluso esa casi inevitable distancia que siempre deja el mal sufrido o causado.

Las ventajas de mirar (insistentemente) una lata de sopa

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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