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26 SEPTIEMBRE 2020
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Cartas para una política no ideológica (2)

Mikel Azurmendi / Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  35 votos
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Querido Mikel:

La semana pasada dejábamos abiertos dos asuntos. La posibilidad de hacer una política que tenga como criterio el bien común y la cuestión de la transición. Recojo tus comentarios sobre la dificultad de reconocer un bien que lo sea para todos y te relanzo algunas cuestiones. Esta “disolución” de una ética común de la que tú hablas es la que describe Julián Carrón en La Belleza Desarmada (2016), retomando a Ratzinger: la Ilustración intentó sostener unos valores morales comunes, capaces de superar las contradicciones que generaba ponerse de acuerdo sobre su origen. El proyecto ha fracasado.

Lo que me llama la atención –lo he visto especialmente con motivo de la crisis catalana– es cómo permanece, a pesar del evidente derrumbamiento del proyecto de una moral común, la confianza algo ingenua en la capacidad que puede tener el Estado de Derecho, que es la traducción jurídica del proyecto ilustrado, en solucionar esta situación. No estoy criticando el Estado de Derecho, sino la confianza algo ciega y ahistórica en el liberalismo político. En “ese liberalismo político que es concebido –según Habermas– como una justificación no religiosa y post metafísica de los fundamentos normativos del Estado constitucional democrático”.

Sin duda es necesario, para que el Estado sea laico, que las justificaciones religiosas, metafísicas, o como se las quiera llamar, se “traduzcan” en una racionalidad secular. ¿Pero es posible mantener en pie esos fundamentos y la misma convivencia sin que esas justificaciones estén presentes de algún modo? Presentes, por supuesto, desde la experiencia de cada uno, respetando las reglas propias de una sociedad plural y de la libertad. ¿Por qué seguimos pensando que ser libres e iguales en derechos es suficiente para mantenernos juntos? Me parece más realista Habermas cuando dice que el “Estado liberal debería tener en cuenta la posibilidad de que la “cultura del sentido común” no consiga conservar, frente a los retos totalmente nuevos, el nivel de articulación que tuvo en sus orígenes. Hoy el lenguaje del mercado prevalece en todos sitios, obligando a que todas las relaciones se desarrollen dentro de los esquemas de las preferencias individuales”.

¿Por qué nos falta este realismo elemental? Habermas añade que “los vínculos sociales que nacen del reconocimiento recíproco no se agotan en las nociones contractuales, en las decisiones racionales y en obtener más beneficios” (Fe y Saber, 2001). Interesante la puerta de salida que apunta: el reconocimiento recíproco. Pero eso lo dejamos para otro día. Me parece que, por algunas cosas que te he oído, tú ya no tienes mucha confianza en que el Estado liberal, per se, sea capaz de conservar la cultura del sentido común. ¿Por qué tenemos tanta dificultad para reconocer el problema? ¿No sería ese reconocimiento ya un buen comienzo para resolverlo?

Se nos han disuelto las nieves que llegaron la semana pasada. Supimos que habían llegado porque cayeron, como siempre, sin hacer ruido. Aprendiendo de tu vigilancia, amigo.

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Querido amigo, primero ampliaré lo que dices en el párrafo inicial de tu carta para quienes todavía no hayan leído La Belleza Desarmada. Después trataré de acercar una luz a tu sospecha, incentivada más todavía a raíz del intento de separarnos de Cataluña, sobre si no resulta algo ciega y ahistórica nuestra confianza en el liberalismo político. Y ahí me quedaré por hoy. No estaría mal que me especificases algo más esa tu aceptación de la tesis de Habermas (en el texto al que te refieres y que conozco). Me haces pensar y te lo agradezco, pero acaso me atardo mucho en las explicaciones. Si son cansinas, me lo dices. Un abrazo, y adiós.

1º. Sí, Fernando, ha fracasado aquel proyecto ilustrado (esencialmente protestante y, más en concreto, escocés y könisburgués) tras doscientos cincuenta años de pretender buscarle un fundamento racional a nuestro estilo de vida (cristiano) pero desgajándolo del fundamento que lo había generado (a saber, Dios poniendo una finalidad en la vida humana*). Nietzsche acabó con todos aquellos esforzados intentos por racionalizar los valores que cimientan nuestra manera de vivir: ¿no veis que Dios está muerto? –vino a decir–, vuestros afanes por ir al fundamento de nuestros valores son baldíos, amigos, que cada cual invente sus propios valores, olvidaos ya de esos valores que sólo provienen del resentimiento cristiano. Inventaos a vosotros mismos. O sea, haced lo que os venga en gana.

O sea, la voluntad, algo fundamentalmente no racional, es erigida como principio de moral y síntesis final de toda la búsqueda de racionalización ilustrada.

Así es como quedamos en que cada cual decida qué es lo bueno (el derecho a decidir ¿te suena, verdad?). Y así, con fragmentos que sobreviven de un pasado antiguo (pues el carácter obligatorio con el que cada cual mira su propio deber moral es un mero fantasma de la antigua ley divina) llevamos una inercia de más de un siglo en el que la moral es algo disponible a cierto tipo de uso. Durante este tiempo, ese hombre europeo de valores cripto-cristianos, ya sin otro fundamento que las emociones de cada cual y al albur de su voluntad y deseos propios, ha seguido la senda de una degradación moral sin precedentes en la historia: en nombre de nuestros valores nos hemos masacrado unos a otros en dos grandes guerras con puntos culminantes como el holocausto y el gulag (decenas y decenas de millones de muertos); hemos convivido bajo el terror nazi y comunista; y nos hemos hecho una guerra civil y estamos exportando la guerra al mundo entero.

Alucinados ante nuestro fracaso, inventamos los Derechos Humanos (1949, yo ya tenía siete años) y unos líderes cristianos europeos inventaron enseguida el modo de solucionar el conflicto bélico: construir una Europa democrática y liberal entre todos los europeos.

2º. Dices que nos queda “la confianza algo ingenua en la capacidad que puede tener el Estado de Derecho, que es la traducción jurídica del proyecto Ilustrado, en solucionar esta situación (el conflicto separador en Cataluña)”.

De no haber existido esa Europa democrática de hoy, en España podríamos haber vivido ahora mismo un desgarro de muerte con la crisis de los independentistas catalanes. Esto es un hecho. La Europa democrática constitucionalista ha servido para aminorar el conflicto separatista. Claro, en ello le iba el futuro. Pero algo es algo.

Sin embargo, si el proyecto moral ilustrado ha fracasado, preguntemos por qué hemos de creer que su proyecto político no haya fracasado. ¿Se puede hacer desde el Estado una política hacia el bien común sin ni siquiera hacer coincidir lo que sea bueno para ti y para mí? ¿Qué disfraza un Estado de Derecho que dice actuar por motivos jurídico-políticos estrictos (eso de “cumplir la ley”, como tú dices) y nunca por motivos morales? ¿De qué es exactamente “traducción jurídica” nuestro Estado democrático-liberal?

En la mente del ciudadano de a pie la justificación actual del Estado democrático liberal es de este tenor: “hay que evitar tiempos pasados de guerras y persecuciones civiles por razón de creencia o religión. Por tanto, este sistema es mejor que los que ya conocimos en el pasado. Convivamos en el respeto mutuo y la tolerancia. Y por la paz un avemaría”. Este sentido común cívico atina. Es el que hoy por hoy nos mantiene en el pluralismo político y es al que se le atiza desde las ideologías.

Pero la justificación racional del Estado de Derecho por parte de los politólogos no es de sentido común, sino secularizada y tan metafísica como la creencia en los unicornios o en las brujas. Dice poco más o menos así: el Estado neutro de creencias religiosas gestiona racionalmente la utilidad, o sea el bien del mayor número de personas, respetando la libertad y los derechos de todos a disentir y hasta respetando los derechos de las minorías políticas.

Imposibilitados como estamos de hablar del bien, tanto los derechos humanos como el concepto de utilidad son ficciones morales que funcionan para proveernos de un criterio supuestamente objetivo e impersonal. El concepto “derechos” se inventó para consolidar la imagen social de que somos agentes morales autónomos. En cambio el concepto completamente opuesto de “utilidad” expresa la suma de objetos heterogéneos del deseo humano de toda una población. O sea, algo imposible de delimitar jamás, pero su uso social es muy rentable... ideológicamente.

Junto a esos dos conceptos morales de ficción se halla otro espectacular: el de gestión de los asuntos públicos con pretensión de eficacia en el control de la realidad social. Se ha generalizado la idea de que los expertos gestores son, por su formación científica, gente neutral con capacidad para adecuar medios a fines. Max Weber llamó “racionalidad” precisamente a eso, a la gestión burocrática o pericia gerencial que se activa independientemente de los valores. Pero ¿qué son los fines sino valores?, ¿qué es servir a los fines que se le marcan al experto gerente sino servir al poder de turno? Por eso la pericia del gerente estriba en influir en los móviles de sus subordinados, en hacer que éstos discutan para producir acuerdos con las conclusiones previamente tomadas. O sea, el gerente es un controlador de comportamientos.

Esta triada conceptual logra dividir al ciudadano en dos ámbitos, privado y público. En el privado, uno piensa como quiere y hace lo que puede pero cumple con la ley a ciegas, no se le exige más. Su libertad aparece inmensa pues uno puede no hacer nada por nadie, no producir más que lo justo para vivir y ni siquiera formar una familia. Con ciudadanos como él, la sociedad se extinguiría porque la sociedad no se basa en el ejercicio del bien. En el ámbito público, el ciudadano pone toda su confianza en los gestores que velarán por sus derechos. También velarán por la educación de los hijos y gestionarán burocráticamente la organización de acceso al poder (partidos políticos y sindicatos). Al ciudadano solamente se le invita en público a depositar su voto cuando se lo pidan.

Las tripas del Estado de Derecho son la traducción jurídica del uso que el poder hace de la ciudadanía como medio para sus fines. Existe un disfraz para velar esa suciedad, eso es la ideología. Sí, resulta ciega y ahistórica, Fernando, nuestra fe en la democracia liberal.

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* Su carácter deontológico es “Dios lo quiere”. Su carácter teleológico es “el humano logra su perfección mediante una actividad finalista de perseguir el bien”

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