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10 DICIEMBRE 2018
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La Chimerica de Niall Ferguson: retorno al realismo de Kissinger

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 1  20 votos
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El historiador británico Niall Ferguson acuñó en 2007 el término Chimerica, una deseable asociación de EEUU y China en un escenario global, y ha vuelto a referirse a ella en una reciente conferencia en la universidad de Pekín. El texto de la conferencia confirma la adscripción de Ferguson a la escuela del realismo político en las relaciones internacionales, y tampoco es casualidad que este historiador esté finalizando la segunda parte de una biografía de Henry Kissinger. En función de este realismo, un conservador norteamericano, en este caso anglosajón, puede entenderse perfectamente con un régimen nacional-comunista chino. No otra cosa hicieron Kissinger y Nixon en su histórico viaje a Pekín en febrero de 1972.

Si las relaciones internacionales no han de enfocarse desde un prisma ideológico sino que han de basarse en el tradicional equilibrio entre las grandes potencias, tan querido a Kissinger y a su admirado canciller austriaco Metternich, no resulta extraño que Ferguson cuestione el orden internacional liberal. Para empezar, el historiador británico considera que nunca ha habido realmente un orden, y menos todavía internacional. Su escepticismo está, como él mismo reconoce, en la línea de Gandhi que pensaba que la civilización occidental sería una buena idea. Ferguson sale al paso de la opinión de politólogos y periodistas que creen que el orden liberal internacional surgió en 1945 de la mano de la victoria de los aliados en la Segunda Guerra y de las instituciones de rango universal creadas en aquellos años: las Naciones Unidas, el FMI, el Banco Mundial… La elección de Donald Trump representaría, en consecuencia, la llegada de un político que cuestionaría ese orden liberal, con todo lo que esto supondría para la seguridad y la estabilidad globales.

Ferguson piensa que esto es una falacia histórica. Aquellas instituciones económicas eran de corte keynesiano, marcadas por un intervencionismo de los Estados ajeno al liberalismo clásico, y además no existía un orden liberal en lo político: tan solo el equilibrio de las grandes potencias en un mundo bipolar y sometido al riesgo de destrucción por las armas nucleares. El historiador insiste en que el período de la guerra fría no correspondió a la implantación de un orden liberal. En mi opinión, nuestro historiador solo tiene razón a medias: ciertamente no dominaba el mundo, pero existía un Occidente, compuesto por Europa occidental y EEUU, que se identificaba en líneas generales con los sistemas liberales democráticos, que no equivalían, después de las experiencias de la gran depresión y de la guerra, al liberalismo clásico del siglo XIX. Existía un orden liberal democrático, unido en gran parte por la existencia de un adversario común: el bloque soviético y sus aliados.

Sin embargo, Ferguson parece identificar el orden liberal con el libre comercio y la libre circulación de capitales. En este sentido, los felices 90 serían la época dorada de este liberalismo, la del auge del proceso de globalización. Esa época llegó a su fin con la crisis económica y financiera de 2008. El período citado representó la gran oportunidad para la emergencia de China como potencia global, y esas expectativas no desaparecieron en 2008. Antes bien, continuaron creciendo y el antiguo imperio del centro se convirtió en la segunda potencia económica mundial. ¿Qué pasó entonces con el orden liberal internacional?

Al ser economicista el enfoque de Ferguson sobre el orden liberal, la conclusión lógica, y no es precisamente una paradoja, es que la China de Xi Jinping puede ser uno de los puntales de dicho orden. El discurso del presidente chino en Davos en 2017 iba en esa dirección. China, defensora del librecambio frente al proteccionismo de la administración Trump. Un admirador de Kissinger como Ferguson no puede concebir a Pekín y Washington enfrentados en lo económico, lo político y lo militar. No se debe caer en lo que algunos analistas norteamericanos, como Graham Allison, han llamado la “trampa de Tucídides”, una repetición del conflicto entre el poder naval de Atenas y el poder terrestre de Esparta, un símil que también hicieron aflorar los historiadores  en vísperas de la guerra de 1914. Es el momento para Ferguson de resucitar Chimerica, aunque Trump no parezca muy entusiasmado con la idea, pero quizás acabe reconociendo implícitamente su necesidad sin dejar por ello de halagar a quienes lo votaron por sus críticas a China como rival comercial. No lo dice expresamente Ferguson, pero quizás esté convencido de que si el comunista Mao y el republicano Nixon se entendieron en 1972, ¿por qué no pueden hacerlo los presidentes norteamericano y chino en un momento histórico en el que las ideologías no importan demasiado?

Chimerica nace de la identificación de retos comunes en el mundo de hoy: yihadismo, proliferación nuclear, ciberguerra, cambio climático… La agenda, juntamente con los intereses económicos, es más amplia de la que pudiera tener EEUU con Rusia, una potencia con un cierto declive si se la compara con China. Pero Ferguson, buen conocedor de la historia de las relaciones internacionales, es consciente de que Chimerica nunca puede ser una alianza, por muy informal que fuera, pero sí puede aspirar a ser una entente, por emplear un término en boga en las primeras décadas del siglo pasado. Tampoco es realista pensar que vamos hacia un mundo bipolar. Las demás potencias, representadas en el Consejo de Seguridad de la ONU, han de ser tenidas también en cuenta: Rusia, Gran Bretaña y Francia.

Quien tenga en mente la asociación estratégica entre China y Rusia de los últimos años se preguntará sobre el papel que Ferguson otorga a Rusia. El historiador se limita a señalar que Rusia debería ser persuadida para trabajar en cooperación con todas y cada una de las demás potencias del Consejo. Pese a los esfuerzos desplegados por EEUU en la posguerra fría por buscar puntos de interés común con Rusia, este país se ha convertido en el principal rival de los norteamericanos. Es muy probable que Ferguson tenga la convicción de que Chimerica, como en los tiempos de Kissinger y Nixon, sea un modo de contrarrestar a Rusia. Desde que finalizó la guerra fría, Rusia conoce una cierta soledad en la escena internacional, aunque el crecimiento de su influencia en Oriente Medio pudiera hacer creer lo contrario. No son pocos los rusos que piensan, aunque no lo expresen abiertamente, que el acercamiento a China es de pura necesidad y de conveniencia. Es también evidente que Chimerica tampoco les hace muy felices. La pregunta ahora obligada es si los aliados tradicionales de Washington en Asia estarían conformes con Chimerica, pues siempre han recelado del poder chino. Su dependencia económica del gigante chino, recordada por Lee Kuan Yew, aquel influyente primer ministro de Singapur con fama de sabio, debería inclinarles hacia el realismo, el mismo realismo defendido por Niall Ferguson.

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