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19 ABRIL 2018
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>Entrevista a Soledad Puértolas

"A estas horas de la vida no podemos renunciar a los milagros"

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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¿Se ha formado usted alguna opinión sobre el debate que se ha producido entre las mujeres sobre la campaña #MeToo, que es una campaña importante de sensibilización contra la violencia sexual, y la sensibilidad de algunas francesas que creen que es demasiado puritana?

Creo que la reacción de estas mujeres francesas me parece una carta un poco absurda. Todos sabemos lo que implica el juego de la seducción y la línea del acoso. Es una línea difícil de dibujar, pero uno la conoce. Se ha aprovechado siempre la sociedad de la dificultad de trazar esa línea, pero lo que tiene que fomentar la sociedad es el criterio de las personas para saber que esa línea está en alguna parte. Y está en todos los campos de la vida. Siempre hay líneas confusas, eso es la vida, pero este manifiesto francés me parece que es volver a confundir. Debemos tener un criterio: quién me está acosando y con quién estoy jugueteando, donde hasta cierto punto yo sé. La diferencia es clara, y no lo es a la vez, como tantas cosas en la vida. ¿Qué es robar? ¿Robar mucho, robar un poquito? La diferencia la marca uno, la marca la moral, el criterio personal. Lo importante es tener ese criterio personal que te permite saber que la persona que tienes delante no se está aprovechando de ti. Respeto y libertad, en pie de igualdad. Hay que educar en ese criterio.

Usted es una enamorada de la lengua española, siempre ha dicho que la lengua es la manera de relacionarse con el mundo, ¿estamos perdiendo riqueza?

Como en todos los momentos de la historia, se pierde y se gana. Ahora no podemos hacer un balance de lo que hemos perdido y lo que hemos ganado. Hemos ganado muchos extranjerismos, tenemos selfies y emoticonos. Pero en otras cosas perdemos. Ayer hablaba con la tendera de una floristería del término “anugar”, cuando una persona se viene abajo, se anuga. ¡Qué bonito! Pero eso se ha perdido. Hoy día, dado que se comunica mucho, que la comunicación está a un nivel muy próximo a todo el mundo, se simplifica mucho, eso es evidente.

¿La simplificación significa que nuestra relación con el mundo es menos rica, menos compleja? Usted parte del presupuesto de que lengua es igual a relación con el mundo. Menos vocabulario, otro vocabulario, escribir mal en el WhatsApp…

No tanto menos vocabulario, que también, pero lo importante es saber estructurar los pensamientos. Si el pensamiento no está estructurado, no está ligado, entonces creo que se pierde esa capacidad mental. Ligar un pensamiento con otro es muy placentero, es un juego intelectual, como jugar al ajedrez, y con la lengua, hablando, podemos estar constantemente jugando al ajedrez. La lengua ayuda muchísimo porque es nuestro vehículo de expresión y si no lo dominamos, que para empezar no se puede dominar porque es un fenómeno rico que siempre se está haciendo, cuanto menos lo manejemos, más cortos nos quedaremos en nuestra capacidad de comunicar a los demás. No vamos a ser catastrofistas, pero creo que la comunicación se ha simplificado muchísimo y eso implica una pobreza en nuestra red de relaciones superficiales.

“Aporofobia” ha sido elegida como palabra del año. Es un neologismo y supongo que en esto habrá tenido mucho que ver la intención de generar una sensibilización a favor de los pobres, pero ¿los neologismos no irrumpen con demasiada violencia en la historia de la lengua? ¿Usted es partidaria?

La verdad es que no soy muy partidaria de los neologismos, en la Academia hay mucha discusión al respecto. Hay quien piensa que en cuanto una palabra se empieza a usar hay que tenerla en cuenta y otros que pensamos que es mejor dejar un tiempo y no darle demasiada importancia porque quizá dentro de dos años ya no se diga tanto una palabra que hoy se use mucho. Yo las consideraría, pero no les daría tanta importancia.

Hay palabras de permanecen en la historia de la lengua, pero que cambian mucho de sentido, ¿qué significa eso? Cuando hoy decimos “miserable”, probablemente decimos algo distinto a lo que decía la gente en el siglo XVI.

Esto es fantástico. La palabra “generosidad”, que tiene mucho que ver con “miserable”, sería lo contrario. Una persona generosa antes era el rico, era muy generoso pero podía ser muy tacaño. Conviene ver los textos de la época, hay mucha documentación previa, mucho texto legal, actas, crónicas, que tienen mucho mérito y que les debemos mucho, porque están muy pegados a la realidad y han levantado acta del lenguaje, de las costumbres, algo que es contrario a mi manera de ser, porque yo no levanto acta de nada, pero lo agradezco mucho porque vemos entonces lo que dices. “Miserable” sería sobre todo “pobre”, y ahora se ha ido más a la metáfora, una persona miserable es una persona que no suelta prenda, que no ayuda, no presta atención a los demás, igual que el generoso es lo contrario. Es muy interesante esta evolución de lo concreto a la metáfora. Eso implica la necesidad del ser humano de manejar categorías abstractas, y eso dice mucho de nosotros.

¿Nuestra lengua se ha convertido en una lengua más de libros que oral? Hasta hace un tiempo, la riqueza de la lengua estaba en la conversación, ¿no es ahora la conversación la que empobrece y el enriquecimiento tiene que venir de los libros? ¿Qué nos ha pasado con la oralidad?

Ese es el problema. A mí no me enseñaron a hablar en público. Luego llegué a los exámenes orales que te tocan en la vida y me encontré con que no me bastaba con saber escribir, que para mí era más fácil. Pero hablar es otra cosa. Hablar es no perder el hilo mientras a la vez estás pendiente de tu voz, porque la estás oyendo. No se ha trabajado la oralidad, ni siquiera la generación que decimos ahora que hemos perdido es capacidad, porque no la hemos tenido nunca. Cuando vas a Latinoamérica, a cualquier lugar, Colombia por ejemplo, asombra lo bien que se expresan. Ves un reportaje por televisión, a una persona normal, de la calle y con unos puestos de trabajo que no son intelectuales ni políticos, ¡cómo se expresan! Le habrán dado más importancia a la oralidad. Aquí eso no se escucha y no se ha fomentado. Nos hemos metido en una civilización, en un tipo de cultura muy poco oral en ese sentido.

Su último libro, “Chicos y chicas”, es un libro de relatos, son cuentos en tercera persona, con un estilo más distante, pero que indagan en la relación entre chicos y chicas, una expresión que antes se usaba más que antes. ¿Por qué ha querido reflejar la problematicidad y riqueza de esas relaciones?

Es un tema que está siempre en todo lo que escribo, las relaciones humanas entre hombres, mujeres, chicos, chicas y el que pase por allí. Lo que siempre me ha interesado explorar en literatura no son tanto las costumbres de la época, como decíamos antes, los pequeños tics que nos delatan en el mundo en que vivimos, sino la profundidad del conflicto cuando tienes dos personas a solas, y también cuando tienes muchas, pero yo soy mucho de ir al plano pequeño, como en el cine.

Nunca son fáciles las relaciones.

No pueden serlo, si no somos fáciles nosotros, cada uno. Lo que pasa es que el otro nos facilita también las cosas.

¿Por qué?

Porque la soledad es la nada, ahí no tienes manera de decidir. El otro es el que nos hace decidirnos, el que nos hace descubrirnos como somos. Subsistimos gracias a la mirada de los otros, a la mirada de los otros. Nos dan las pautas de cómo somos.

Sin el otro no podemos ser.

Para nada, imposible, casi imposible. Ves estos casos horribles de niños que los tienen encerrados, o personas que han estado muy aisladas, pierden su relación con el mundo.

Pero vamos a una sociedad cada vez de más soledad.

Sí. Esto es un drama y en el cine actual se está retratando una soledad profunda. Hemos crecido en un mundo con demasiadas ofertas de comunicación pero de muy poco calado.

La soledad es una gran cuestión, y el dolor. Una gran cuestión que aparece en su novela “Mi amor en vano”. El protagonista sufre un accidente de tráfico y tiene que enfrentarse al dolor, ¿por qué quiso usted indagar en el dolor?

Nos olvidamos de que somos seres débiles, frágiles y doloridos. Yo siempre tengo dolores, soy una enferma crónica. A veces no lo parece porque me esfuerzo, pero el dolor está como negado, no lo queremos. Sin embargo, cuando vienen todas las enfermedades, lo ponemos en los hospitales y lo apartamos de la vida. Lo censuramos porque no resolvemos el asunto de que somos perecederos, frágiles, y en cierto modo estamos mal hechos. Quizá es que no tiene solución. Estamos hechos como se ha podido, que bastante bien hemos salido.

Y eso no lo queremos mirar.

No lo queremos mirar porque lo consideramos una debilidad, y esta es otra de mis luchas en el diccionario. A la palabra “debilidad”, “fragilidad”, quitarles el signo negativo. ¿Por qué tanto peyorativo en la debilidad?

¿Tenemos que ser héroes que ni sientan ni padezcan?

¡Claro! Pero eso no puede ser, negamos la evidencia, y entonces nos escandalizamos cuando una persona se queja. Hemos dado más importancia a la máquina que a nuestro engranaje personal, a nosotros mismos, que somos los que manejamos la máquina.

Disfruté una enormidad con su discurso de ingreso en la Academia, ese discurso dedicado a los secundarios, ¿por qué quiso entrar de esa manera?

Hablar del Quijote, pensé que tenía que hacerlo. Al entrar en la Academia yo me tenía que atrever, no siendo erudita, casi tenía que hacer el esfuerzo de llevar a Cervantes y al Quijote a mi terreno, al terreno de la creación. Siempre que se habla del Quijote, sobre todo en aquel momento y en la Academia yo pensaba eso, parece que tiene que ser en términos de mucha erudición y pensé que yo, como creadora, tenía que romper esa barrera. ¿Pero con quién? Y me vinieron a la cabeza los secundarios. Tantos personajes que apoyan al Quijote, porque sin estos apoyos Don Quijote no habría pasado del primer capítulo. Dentro de la catástrofe que son sus aventuras, siempre hay alguien que se compadece de él, que le entiende, y que le da capacidad de hablar y de discursear de esta manera tan maravillosa que todavía nos deja boquiabiertos, lo bien que hila Don Quijote cuando habla de cosas cuerdas, él es profundo. Si no tuviera a esos otros que le escuchan y le valoran, nos habríamos perdido todos sus discursos. Es una relación. Don Quijote se conoce a sí mismo y le conocemos nosotros a través de los otros, porque él era un loco y a los locos no les interesa conocerse a sí mismos. Y entonces ahí entraban inevitablemente las mujeres. No fue deliberado. Me encontré con Marcela, que ya la conocía, y con Dorotea, que ha sido una sorpresa para mí. Marcela es la pastora que decide irse a los campos porque no corresponde al amor de aquellos enamorados y prefiere la libertad de la soledad, que es duro.

Cervantes es un apasionado de la libertad y tiene una gran ternura con sus personajes. Y Marcela elige la libertad cervantina, pero la libertad para Marcela implica una gran condena porque significa vagar sola.

Es irreal, porque esa libertad, si al final va a ser soledad, no se va a ver. ¿Cómo ejercitas la libertad si no tienes con quién? Marcela tiene un punto de idealización total. El ideal de Cervantes es más Marcela que Don Quijote, porque Don Quijote vuelve a ser quien es al final y tiene que renunciar a sus ideales, aunque ha triunfado quedando como héroe de la literatura. Pero Marcela se va y se le escapa, porque ya pasa a un terreno mítico, que es lo que está buscando.

Entonces, esa libertad tan defendida por Cervantes él mismo denuncia que acaba en mito.

No es que lo denuncie, es que sabe que es un mito.

La libertad sin vínculos…

…no puede ser, no tiene calado en la sociedad. Ese es el mito. Lo que pasa es que la sociedad necesita mitos. Esa escena en la que Marcela se va y Don Quijote quiere ir y no le deja ella, es muy simbólico y muy complejo, pero es irse al terreno del mito.

Usted sorprende una mirada al leer el Quijote, que es la mirada entre la hija del ventero y el Quijote. Siempre hemos pensado que el Quijote era un hombre desvinculado de las relaciones con mujeres.

¡Error! Le encantan las mujeres, le vuelven loco. Y efectivamente con la hija del ventero hay unas miradas muy curiosas y emocionadas. Don Quijote quiere quedar bien con las damas, las llama “señoras” en cuanto puede, se pone a su disposición, les abre la puerta por la noche, le gustan.

En la parte final de su discurso de ingreso en la Academia hay un par de párrafos que son sobrecogedores. “Los humanos hablamos y hablamos, escribimos y escribimos, como si nos creyéramos capaces de dominar las lágrimas, los desgarros y las decepciones, y de distanciarnos de los salvajes accesos de alegría y regocijo. En el fondo de tanta palabra, de tanta narración, de tanto contar y tanto escuchar, late siempre la esperanza de que en algún momento sobrevenga el milagro del mutuo entendimiento y se vislumbre la luz de una verdad”. Dice usted aquí muchas cosas.

Sí, la verdad es que ahora me he estremecido yo, me puse muy solemne, pero es verdad. Nos creemos capaces y no podemos. Por eso la palabra siempre va a tener esta limitación, va a ser un deseo de expresar imposible de alcanzar. Por eso el lenguaje siempre es vivo, y por eso necesitamos también la presencia del otro, porque en toda esa conversación puede surgir algo, ese pequeño atisbo de entendimiento, ese pequeño momento en que las palabras del otro confluyen con las tuyas. Puede pasar. Ahora bien, verdaderamente llevamos siglos intentándolo, y tenemos que seguir.

Dice usted “la espera de un milagro”.

Es que es como un milagro. Son dos milagros y no vamos a renunciar a los milagros, a estas alturas de la vida es en lo que hay que creer.

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Chacras para lo humano

Fernando de Haro, Lima

Cerro Esmeralda, en Lima, está a menos de una hora en carro del centro de la ciudad donde se celebra la VIII Conferencia de las Américas. Pero parece que un abismo separa el barrio de Huachipa del Gran Teatro Nacional, en San Borja, donde las calles están bien asfaltadas y limpias. En el Cerro Esmeralda la tierra tiene color arcilla, la arcilla que sirve para hacer ladrillos y que ha dado de comer ya a varias generaciones desde que llegaron los primeros desde el Perú más pobre hasta este asentamiento informal donde han sido tanto o más pobres de lo que lo eran antes. La tierra de Cerro Esmeralda es polvo porque rara vez cae la garua, la lluvia escasa de Lima que moja poco. Y el polvo es duro, como la vida en el cerro. Los jóvenes se juntan pronto, que no se casan. Las chicas se suelen quedar embarazadas antes de los 17 años y se unen a los padres de sus hijos sin que muchas veces haya amor. Las parejas no suelen compartir lo poco que tienen y los hombres a menudo se buscan a otra mujer. Los jóvenes padres trabajan haciendo ladrillos, de taxistas, vendiendo algo en los mercados de la ciudad. No les gusta que las jóvenes madres estén fuera de casa. A menudo hay violencia doméstica y mucho alcohol para acompañar la miseria. Y los niños en Cerro Esmeralda crecen sin afecto. Al volver a casa desde el colegio no hay ni tiempo ni sitio ni ganas para estudiar. Y sin estudiar no hay futuro.

No hay mucho verde en los ojos de los niños de Cerro Esmeralda porque el polvo lo llena todo. Las chacras, los pequeños campos de cultivo que se abastecían del agua del río, se han ido abandonado. La fiebre del ladrillo lo llenó todo, cambió el terreno. El superciclo de las materias primas que, gracias a la explotación de la minería, dejó tasas de crecimiento en Perú del 7% anual provocó una intensa actividad ladrillera en Huachipa. Pero la lluvia de millones que cayó entre 2003 y 2013 en una buena parte de América Latina sorprendió a muchas zonas sin capacidad ni voluntad de diversificar económicamente, sin instituciones democráticas consolidadas, sin buena gobernanza como la llaman ahora. Y se acabó el dinero, ya no hay garua de millones, y muchas cosas han seguido igual en Huachipa.

Chacras para lo humano

Fernando de Haro, Lima | 0 comentarios valoración: 4  22 votos
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Liberación: ninguna pulsión antimoderna

Fernando de Haro

No hay por qué negarlo. Han vuelto las viejas cadenas. Cadenas gastadas, simples. 50 años después de que el deseo de liberación se impusiera como criterio único (68), la fuerza de múltiples poderes se ha incrementado. Un buen ejemplo es la guerra comercial entre Estados Unidos y China, episodio de rancio nacionalismo. Lo extraño es que el fracaso del deseo de liberación sirva para descalificar, como si fueran lo mismo, la aspiración de mayor libertad con los métodos utilizados para conseguirla y los resultados obtenidos. La pulsión antimoderna no distingue.

La insistencia, el tiempo y la energía que se dedican a analizar y denostar los rasgos de la cultura de la post-liberación (género, liquidez, etc.) son inversamente proporcionales a la capacidad de rescatar el deseo de libertad que renace una y otra vez, y de emprender caminos nuevos. La pulsión antimoderna, blandiendo los fracasos de la Ilustración y del 68, quiere rescatar el viejo temor al deseo (la hibris tiene que ser conjurada). Quiere hacernos creer que hay algo de peligroso en convertir la libertad -la crítica subjetiva, la satisfacción, el camino de cada uno- en criterio. El nuevo miedo a la libertad y al sujeto es parte de la crisis, del problema, no de la solución.

Vamos con el ejemplo de la guerra comercial. Si Estados Unidos y China acaban imponiendo aranceles por valor de 50.000 o 100.000 millones de dólares se produciría un desastre. Se rompería el difícil equilibrio que permite un sistema de colaboración entre las dos principales economías del planeta (China exporta al Tío Sam, Estados Unidos financia al Gigante Asiático). Estamos al borde de una gran catástrofe porque buena parte de los estadounidenses y de los chinos están dispuestos a satisfacer su deseo de liberación en el nacionalismo low cost de Trump y de Xi Jinping. Trump sabe que se juega su futuro en las elecciones de noviembre. Por eso, en contra la de élite republicana, está dispuesto a alimentar esa sustitución de las aspiraciones existenciales de buena parte del electorado estadounidense por un buen chivo expiatorio. Los chinos son los culpables de la decadencia porque venden a los americanos lo que antes les han robado, asegura el karma nacionalista. Del otro lado, lo mismo. Los pasos dados por Xi Jinping para consolidarse como el nuevo Mao hubieran sido imposibles sin la exaltación que habla mañana, tarde y noche de un país fuerte, líder mundial. El verdadero rostro del comunismo-capitalismo también es nacionalista. No habría guerra comercial sin manipulación antropológica, si el nuevo poder no ofreciera libertad a cambio de banderas.

Nadie lo niega ya. La Ilustración ha fracasado. Pero como solución, no como aspiración. Porque el deseo de universalidad es inextirpable. Y porque la laicidad, una vez que entró en la historia, se ha mostrado más conveniente que todas las teologías políticas que confunden Iglesia-Estado. El siglo XXI de momento está siendo un siglo muy religioso y las teologías políticas de la confusión han vuelto con fuerza.

Liberación: ninguna pulsión antimoderna

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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