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24 MARZO 2019
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>Consideraciones desde la justicia restaurativa

La cárcel, ¿lugar de reconciliación?

José Luis Segovia Bernabé | 0 comentarios valoración: 2  32 votos
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Por su interés en relación al debate actual sobre la prisión permanente revisable en España, publicamos este artículo de José Luis Segovia Bernabé, profesor de Teología Pastoral Social en la Universidad Pontificia de Salamanca y miembro del Departamento de Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal.

I.- Dos advertencias previas

La cárcel es un “anti-lugar”

Antes que nada quisiera evitar un equívoco. Al considerar los procesos de reconciliación en el ámbito penitenciario, de ningún modo quiero canonizar la cárcel, ni mucho menos considerar que es un facilitador para la conversión personal. En palabras del famoso exdelincuente “El Lute”: “yo me he rehabilitado no gracias a la cárcel, sino a pesar de ella”. Su peor contraindicación no es que prive de libertad ambulatoria. También lo hace, de manera mucho más exigente, una comunidad terapéutica para rehabilitar a drogodependientes. Lo peor es que priva de responsabilidad, infantiliza y normativiza todo, relegando por completo un elemento constitutivo del ser humano: la capacidad de modificar su propio entorno. El hormigón y los barrotes son difícilmente moldeables y solo personalidades muy fuertes acaban no sucumbiendo ante su potencial destructivo. Por eso, la cárcel, también por su provisionalidad constitutiva, en cierto sentido, es un “no-lugar” (M. Augé) o, mejor aún, un “anti-lugar” cuyo uso hay que dosificar cuidadosamente. El desafío, mientras constituya una “amarga necesidad” en una sociedad de seres humanos imperfectos, es lograr la minimización de su uso. Como los productos muy tóxicos, su utilización debe ser cuidadosamente pautada: es un último recurso; se prescribirá por el mínimo tiempo posible; cuando devenga inevitable debe seguirse en las mejores condiciones posibles; y, por fin, ha de estar orientada a buscar las condiciones para que el culpable no se vea nunca en el trance de tener que volver al mismo lugar.

Conviene recordar que las cárceles no nacieron para reintegrar a las personas, sino para segregarlas, separarlas y privarlas de un atributo que en aquel momento (la Ilustración) era valiosísimo: la libertad ambulatoria. La privación de libertad (pena de prisión), en cuanto condena por un hecho del que se ha considerado al autor jurídicamente responsable, es muy reciente en el tiempo, pero como medida de castigo ha existido desde tiempos remotos. El jurista romano Ulpiano hablaba de “carcer ad continendos homines” y señalaba la función principal que tenía la privación de libertad hasta la Ilustración: el aseguramiento de que el reo iba a comparecer a juicio y, en su caso, a ser condenado a una pena relacionada con el delito cometido: cortarle una mano si fue ladrón, la lengua si blasfemó o la cabeza si asesinó. El movimiento de la Codificación, se ocupó de homogeneizar más “piadosamente” la respuesta penal: prisión para todos los delitos. La privación de libertad dejó de constituirse en un “medio” para asegurar la efectividad del castigo potencial (los latigazos, la horca…) y se convirtió en un fin en sí mismo: el castigo era la prisión misma. Estas mutaciones de medios en fines son muy peligrosas socialmente, y éticamente harto reprobables. Sucede en otros ámbitos: el dinero (con sus clásicas funciones de unidad de medida e instrumento de intercambio) se ha tornado en un fin y de la economía hemos pasado a la crematística especuladora. La vivienda, que era un satisfactor de una necesidad básica (protegerse de las inclemencias con un techo), se ha tornado en un medio para ganar dinero distintos actores ajenos al sin-techo (el propietario del suelo, el promotor, la inmobiliaria, la financiera…). Así, las necesidades, que son el soporte fáctico de los derechos, han decaído en favor de los intereses espurios de unos pocos que han convertido sus deseos en derechos por vía de hecho. Pero volvamos a la cárcel recordando que, en el mejor de los casos, se trata de una “amarga necesidad” y siempre constituye ejercicio de violencia tarifada y un mal a minimizar.

La cárcel puede convertirse, a pesar de sus contraindicaciones, en una oportunidad

A pesar de todo lo dicho, en toda crisis humana hay siempre un kairós. Incluso la cárcel puede ser una oportunidad. La profunda soledad, el inevitable aislamiento que provoca tanto tiempo de no hacer nada pueden ser utilizadas constructivamente. El tiempo es solo de Dios y nada impide que el Señor del futuro tome posesión del tiempo de privación de libertad para que sea “tiempo de Dios” como recordaba el San Juan Pablo II en su memorable mensaje con motivo del Año Jubilar de las cárceles (2000): “…incluso el tiempo transcurrido en la cárcel es tiempo de Dios y como tal ha de ser vivido; es un tiempo que debe ser ofrecido a Dios como ocasión de verdad, de humildad, de expiación y también de fe… Cada uno está llamado a sincronizar el tiempo del propio corazón, único e irrepetible, con el tiempo del corazón misericordioso de Dios, siempre dispuesto a acompañar a cada uno a su propio ritmo hacia la salvación. Aunque la condición carcelaria tiene a veces el riesgo de despersonalizar al individuo, privándolo de tantas posibilidades de expresarse a sí mismo públicamente, todos han de recordar que delante de Dios no es así…”.

El presupuesto antropológico del tiempo carcelario como kairós es el principio de perfectibilidad humana. Este consiste en la innata capacidad humana para mejorarse a sí mismo. Sin él no habría aprendizaje posible, la enseñanza, la transmisión de la experiencia, serían tareas inútiles. En último término, correlaciona con el principio de responsabilidad (en otro caso barreríamos de un plumazo el sistema penal) y encuentra su fundamento último en la dignidad de la persona. Por eso, el ser humano es capaz de reconducir su vida, de retomar el rumbo frenético en el que le han introducido las circunstancias de la vida, de romper con toda suerte de espirales deterministas, adicciones sin salida aparente, patologías sin cura y hacerse conductor responsable de su propia existencia. Tan importante como que alguien pueda cambiar, es la concurrencia de un facilitador casi imprescindible: alguien que crea en la recuperabilidad de la persona y tenga la audacia de apostar comprometidamente por ello.

Naturalmente, estas afirmaciones de principio, constatadas por muchísimos años de experiencia que acrecientan la fe de quien suscribe en Dios y en la condición humana, son compatibles con otra afirmación realista: que toda persona sea recuperable no quiere decir que toda persona, sea de facto, recuperada. Demasiados fracasos en estos años, errores nuestros en la intervención o fallos en la utilización de la libertad y responsabilidad humana por sus protagonistas, previenen contra toda forma ingenua de postular ese principio de reinserción social. Tampoco podemos pasar por alto la existencia (felizmente, con poca prevalencia) de ciertas formas de patología compleja de las que queda mucho por aprender. Con todo, la existencia de estas dificultades, lejos de llevarnos a abdicar del principio de reinserción social, nos deben conducir a seguir profundizando en el mismo, de idéntica forma que el médico o el investigador no se dejan derrotar por eventuales fracasos terapéuticos o por la ausencia de hallazgos suficientes.

Dicho lo anterior, debemos señalar, desde nuestra experiencia personal durante tres décadas, que la herramienta privilegiada al servicio de la reinserción social, capaz de minimizar los índices de fracaso, no es otra que el encuentro personal, ese encuentro tú-yo, mutuamente personalizador, más allá de las etiquetas y los roles sociales y profesionales. Por eso, siempre hemos defendido que el principal instrumento de intervención social es la propia persona del acompañante, tanto más capaz de obrar el milagro de sacar lo mejor de autoestimas quebradas, de personas con cotas tremendas de sufrimiento, con historiales de desamor y rechazo, cuanto de manera más creíble y comprometida pueda decir: “tú me importas y estoy dispuesto a comprometerme contigo”. Soy testigo privilegiado de que esa frase mágica ha roto los pronósticos más sombríos y ha permitido re-escribir preciosas historias de responsabilización moral e integración social que nos estimulan a continuar apasionadamente en esa dirección tan poco transitada por unas ciencias humanas y sociales cada vez más de biblioteca y menos dispuestas a experimentar el método de la “observación participante”.

Desde luego, me parece claro que quien no participe de un mínimum de fe en el ser humano no puede legítimamente trabajar en el ámbito penitenciario. Es atinente traer al caso las palabras de F. Savater referidas a los maestros: “En cuanto educadores no queda más remedio que ser optimistas, ¡ay! Y es que la enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse. Quien no quiera mojarse, debe abandonar la natación; quien sienta repugnancia ante el optimismo, que deje la enseñanza y que no pretenda pensar en qué consiste la educación. Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas que pueden ser sabidas y que merecen serlo, en que los hombre podemos mejorarnos unos a otros… Los pesimistas pueden ser buenos domadores, pero no buenos maestros”.

En resumen, lo que posibilita un pronóstico evolutivo positivo, lo que permite tornar la crisis en oportunidad e iniciar procesos reconciliatorios, de tejas abajo supone el sumatorio de: a) motivación del sujeto (no es una variable etérea, sino concreta: uno se motiva con lo inédito viable que me contagia quien tengo cerca y me apoya y la realidad de las posibilidades que se abren); b) sensibilidad del operador jurídico (incluso con una mala ley, el buen juez puede ayudar a “hacer milagros”); c) dispositivos terapéuticos públicos adecuados intra y, sobre todo, extrapenitenciarios; d) apoyo de la red social solidaria. Con estos ingredientes, y la adecuada coordinación entre ellos, las posibilidades de éxito se multiplican aún en un territorio hostil como es la cárcel.

II.- La justicia restaurativa marco de la reconciliación

De la Justicia-castigo a la Justicia-responsabilización

La llamada Justicia Restaurativa constituye un paso importantísimo en la dirección propuesta por el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia de una justicia menos obsesionada por el castigo, que descubra su utilidad y sus serias contraindicaciones. Y de su mano el Derecho penal de alternativas: la posibilidad de incorporar al derecho vigente modificaciones que le permitan ser menos inhumano, quebrar menos procesos de reinserción, satisfacer la demanda de justicia en el sentido más prístino –dar a cada uno lo suyo, lo que necesita- proteger a la víctima, pero sin enfrentar sus intereses al derecho del infractor a la reinserción social y al de toda la colectividad: lograr la paz social, la reparación posible y la prevención de futuros delitos. En esta dirección, habrá que devolver protagonismo a la comunidad (que ha delegado, quizá en exceso, la resolución de conflictos en los tribunales) y procurar una efectiva protección a la víctima mediante la responsabilización del infractor. El ideal es lograr la reconciliación entre ambos y la convivencia armoniosa.

Aprendiendo de la “pedagogía canina”...

Para evitar quedarnos en la teoría, acudiremos a la vida cotidiana y a la común experiencia de una parte de los mortales. Todos sabemos que cuando un cachorro empieza a vivir en un piso tiene la natural propensión a orinarse en el lugar más visible de la alfombra del salón con la consiguiente alarma en sus propietarios. Veamos seguidamente cuál sería la reacción del dueño razonable de un chucho. En primer lugar, acudirá presto a evitar que el rodete de la alfombra acabe deteriorando la misma de forma irreversible. Una vez echada agua o utilizado el producto conveniente a fin de evitar males mayores, acude presto por el perro para inmediatamente, en el espacio y el tiempo, llevarle al lugar del “incidente” a que compruebe sus consecuencias y asocie el mal causado con su comportamiento. Dependiendo de la pedagogía canina aprendida por el propietario del cánido, procederá a dar varios golpes de periódico al lado del perro junto a la mancha reciente del orín (escuela “moderna”) o a restregarle el hociquillo un par de veces con los restos de la tragedia (escuela “clásica”). Finalmente, cogerá al animal, le abrirá la puerta de la calle y le mostrará la forma alternativa de comportamiento que deberá seguir en el futuro. ¿Qué pensaríamos del comportamiento de un dueño de perro que hiciese lo que sigue: se obvia por completo del rodete que se ha formado en la alfombra que amenaza con convertirse en agujero; al cabo de meses, o tal vez años, coge violentamente al animal y lo sube a la última planta del edificio; entonces, discute con el resto de la familia si le zarandean en el vacío durante un tiempo x o un tiempo z? Pues algo similar hace el sistema penal con las personas. Este proceder impide identificar el hecho con la consecuencia y, sobre todo, impide el asumir ambas mediante la responsabilización moral.

Además, se deja desatendida a la víctima porque no es objeto preferente del proceso penal. No hay ningún momento de inmediación con ella, ninguna acogida abierta ni diálogo sobre sus necesidades y el trauma que le ha provocado el delito. Normalmente varios años después –distanciados en el espacio y en el tiempo con respecto a los hechos–, un tribunal se dedicará a elucidar si se impone más o menos tiempo de prisión a un infractor muy alejado emocionalmente del delito y de su víctima. Mucho menos se preocupará nadie de mostrarle cuál era el comportamiento alternativo y cuál es la forma constructiva e incruenta de solucionar el conflicto, cuidando de reparar a la víctima y de responsabilizar y facilitar la plena integración social del infractor. En definitiva, la pedagogía perruna se muestra más creativa y razonable que la humana.

Por otra parte, el único momento en que los intereses de infractor y de víctima están contrapuestos es el momento del delito. Efectivamente, cuando uno pugna por defender la cartera y el otro por arrebatarla es claro que las posiciones son momentáneamente irreconciliables. Sin embargo, pasado ese momento, el proceso penal debe velar por restablecer el diálogo social roto por el delito, intentando proteger al infractor y al tiempo procurando que el infractor la víctima, y asegurar el derecho a la integración social del infractor. Si, además de ser más justo, más eficaz y más eficiente, resulta ser más barato, no acabamos de entender las resistencias que siguen impidiendo un sosegado debate sobre el modelo de justicia penal y las funciones que reclamamos a la pena.

Esta que apuntamos es la llamada Justicia de las “3 erres”: responsabilización del infractor, reparación del daño causado a la víctima y restauración de las relaciones sociales quebradas por el delito. Va siendo bastante conocida su principal herramienta: la mediación penal. El culpable reconoce los hechos, pide perdón a la víctima, se le facilita un proceso rehabilitador si lo precisa (p.e., un tratamiento de su drogodependencia) y el victimario repara en lo posible el daño causado a quien sufrió el delito. La víctima, por su parte, es acogida, escuchada, acompañada y finalmente reparada y aliviada en su dolor.

Las mayores virtualidades del modelo se producen cuando la víctima encuentra contestación de boca de su agresor a algo a lo que el sistema penal convencional jamás respondería: “¿Por qué me hiciste esto?” Hemos sido testigos de infinidad de procesos sanantes para las víctimas y para los infractores. Y ello no mediante la impunidad, sino a través de la responsabilización, la empatía y el ponerse en el lugar del otro. La incidencia sobre la disminución espectacular de la reincidencia es un buen argumento para profundizar en este modelo reconciliatorio tan prometedor, que puede minimizar el actual abuso de la cárcel sin merma alguna para la seguridad ciudadana.

Lo que supone la Justicia Restaurativa:

1.- Una opción por el diálogo, no por la dialéctica

En efecto, hasta ahora, como la Justicia estaba polarizada unilateralmente en torno a la noción de castigo, el proceso era todo un monólogo basado en el interrogatorio del imputado, de la víctima y de los testigos. Todo orientado unidireccionalmente al castigo del culpable y al cumplimiento de funciones más simbólicas que propiamente reales. En virtud del llamado pacto social, los ciudadanos resolvimos “envainarnos” la espada y delegar la resolución de los conflictos penales en la Administración de Justicia como detentadora del monopolio de la violencia. Este proceso, nada despreciable, ha terminado por cargarse la esencia del potencial sanador del diálogo y del encuentro personal. En suma, que las partes han quedado desprovistas de espada (lo que parece realmente bien) pero han resultado privadas de palabra (lo que es decididamente malo). Esta delegación de la resolución de los conflictos en la administración de Justicia ha sido llevada al extremo de perder toda capacidad de disposición sobre el proceso y de eliminar todo atisbo del principio de oportunidad reglada.

2.- Una apuesta por la verdad

El proceso penal convencional iniciado con la notitia criminis, se orienta a preparar la celebración del juicio oral. En él, siguiendo reglas formales, se produce un habitual “teatrillo de roles”: el acusado niega como un bellaco, amparándose en su derecho a mentir, el fiscal pide más de la cuenta para reservarse un margen de maniobra (difícilmente modifica conclusiones, aunque sea más que evidente su procedencia) y el juez asiste, a modo de incómodo testigo, al mercadeo de penas que se produce en las conformidades que, a su vez, ahorran trabajo de defensa a los abogados. Por el contrario, la Justicia restaurativa presupone la voluntad de decir la verdad y de encontrarla con la mayor objetividad posible, hacer frente a sus consecuencias y dialogar sobre el contenido y el modo de alivio de las mismas.

3.- Una respuesta a las necesidades reales y a argumentos racionales, más que a pretensiones procesales simbólicas y respuestas emotivistas

El proceso penal convencional no sólo no respeta y atiende a las necesidades efectivas de las partes, sino que supone, en la mayoría de los casos, una experiencia dolorosa para las víctimas y para los infractores. Las necesidades de ambos no sólo no son satisfechas sino que quedan tapadas bajo una maraña de formalidades que acaban por invisibilizar la naturaleza del problema subyacente y por hacer imposible un abordaje razonable de sus soluciones. Bien puede decirse que, desposeídas las partes del conflicto, son instrumentalizadas con fines punitivos, orientando toda la formalización procedimental hacia pretensiones procesales ajenas por completo a la solución que unos y otros habrían considerado razonable.

4.- Adoptar a la víctima como protagonista

La Justicia Restaurativa nos introduce de lleno en “el tiempo de las víctimas”. En alguna de sus formulaciones ha llegado a denominarse Justicia victimal. Desde luego buena falta hacía reconocer su protagonismo. La víctima es un perdedor por partida doble (Nils Christie), primero, frente al delincuente y segundo, a menudo de manera más brutal, al serle negado el derecho a la plena participación en lo que podría haber sido uno de los encuentros rituales más importantes de su vida. La Victima ha perdido su caso en manos del Estado”. El diagnóstico es contundente. Se trata de una auténtica “neutralización de la víctima” (Hassemer) o la “expropiación de su conflicto” (Zaffaroni). “El delito deja de tener significado como conflicto y pasa a ser considerado infracción, una desobediencia al soberano que debe ser castigada para restablecer su autoridad, disuadir a otros de conductas similares y asegurar la vigencia de la norma y su reconocimiento. Es decir, la norma y su observancia se transforman en el centro del Derecho Penal con la consiguiente relegación de la víctima” (Martínez Arrieta).

5.- Responsabilizar al infractor para recuperar la vocación reinsertadora del sistema penal

Ser responsable es tener que responder ante la estructura jurídico-formal de reproche, asumir las consecuencias de los actos y tratar de reparar sus efectos dañinos. Se trata de poner en juego la dimensión ética del ser humano, de convertir a la propia persona en reconductora de su propia vida.

Contrariamente a lo que pueda pensarse, la inmensa mayoría de las personas están dispuestas a disculparse y reparar el daño causado. Ese es también el máximo interés de buena parte de las víctimas. Sin embargo, el sistema de justicia retributiva no incentiva ni el reconocimiento de la autoría del delito ni su perdón, más bien estimula lo contrario. Al hacerlo, obsesionado por la responsabilidad criminal, no cae en la cuenta de que, al contrario de lo que se piensa habitualmente, – ésta suele discurrir en proporción inversa a la responsabilidad ética.

En efecto, lo más dañino de la pena de prisión no es la privación de libertad. También priva de libertad –y mucho más– un programa deshabituador en un régimen intensivo de Comunidad Terapéutica. Sin embargo, mientras que aquella deshumaniza, éste personaliza. La diferencia está en los diferentes procesos que introducen. El primero, de la mano de toda la parafernalia del aparato penal, empleando el monopolio de la violencia tarifada, acaba por des-responsabilizar al sujeto: pocos en prisión se sientan moralmente responsables de los delitos cometidos. Por su parte, el segundo, de forma no violenta, acaba por responsabilizarlo moralmente: impresiona ver la capacidad de afectación que acaba teniendo esa misma persona que ha salido de prisión y, merced a una alternativa legal, ha ingresado en una Comunidad Terapéutica. Ahora habla del dolor que ha causado a la víctima y no elude sus responsabilidades ni culpabiliza a la sociedad de su delito.

La Justicia Restaurativa apela “a lo mejor” de cada ser humano, a su carácter perfectible: al infractor, al que invita a reconocer la verdad, hacerse responsable de sus consecuencias, abandonar un estilo de vida poco respetuoso con el prójimo (aunque sea hijo de una historia de desatención y carencia que reclamará medios para el completo desarrollo de su personalidad), y a alcanzar autonomía y respeto a las normas d convivencia; convoca también a lo mejor la victima que tiene capacidad para decidir y definir sus necesidades y encontrar respuesta a su obsesionante “¿y por qué a mí?”, para acabar poniéndose en el lugar de las circunstancias de su agresor.

Este modelo de justicia exige el postulado de la reinserción social como horizonte último del sistema penal. Cito literalmente un texto largo y enjundioso de carácter restaurativo, que apela a la necesidad de superar la venganza: “No son los muertos los que reclaman venganza. La venganza de los vivos en nombre de los muertos no hace sino envilecer a los muertos y herir aún más su memoria. Los muertos quieren descansar en paz. Los muertos necesitan que desaparezca de la Tierra el odio que les hizo morir. Cuanta más venganza haya, más muerte habrá.: "Ojo por ojo y todo el mundo quedará ciego"... La justicia no consiste en castigar y matar. La justicia no consiste en hacer expiar al culpable. La justicia consiste en curar a la víctima y al victimario. A la víctima primero, pero luego también al victimario. Y la venganza, por mucho que nos empeñemos, no cura ni a la víctima ni al victimario. ¿Quién es la víctima, quién es el victimario? No conozco a nadie que sea solo víctima, ni a nadie que sea solo victimario. Somos Caín y Abel. Todos somos Caín, y llevamos una interminable historia de muertes sobre los hombros. Pero también a Caín, Dios le puso una marca en la frente, para que nadie le matara. Todos somos Abel, pobres víctimas desde el inicio de los tiempos, heridos desde siempre. Pero no se curarán nuestras heridas, mientras no se curen también las heridas de Caín, pues son nuestras propias heridas. Entonces habrá paz en la Tierra. Entonces, por fin, solo entonces se hará justicia”.

III.- Perdonar lo imperdonable es posible… y sanante

Haciendo posible lo imposible

De las experiencias en las que he participado en los últimos tiempos ninguna ha resultado tan impactante como la de los encuentros restaurativos habidos entre víctimas del terrorismo y ex miembros de la organización terrorista ETA. Visibilizan hasta lo increíble todo lo que venimos sosteniendo en las líneas que preceden: ¡es posible el arrepentimiento y… es posible el perdón! Incluso de lo aparentemente imperdonable por un ser humano que ha recibido un zarpazo que le ha roto la vida, porque le ha amputado un miembro o le ha separado definitivamente de un ser querido. Constituye la más palmaria evidencia de los valores de la Justicia Restaurativa y su carácter sanador para las personas (incluso para las comunidades). Además muestra que la perfectibilidad humana es posible incluso después de haber participado en hechos crueles y nauseabundos. Habla de la calidad humana (en bastantes de los casos también cristiana) de las víctimas. Finalmente, que no en último lugar, revela las virtualidades de repensar el sistema penal desde las víctimas y de poner como horizonte la máxima de minimizar el sufrimiento humano y no el mundo de las ideas (y su innata tendencia a la absolutización). Ello supone que los dolores humanos no son compensables (hago sufrir a otro como forma de compensar mi dolor), sino acumulativos (al dolor sufrido añado el que he infligido) y que la mejor estrategia es aquella en la que todos salen ganando. Nótese bien que la venganza pretende ser compensación al daño causado, pero es simplemente un añadido de sufrimiento más.

Hay que señalar que desde el punto de vista objetivo del “facilitador” (preferimos ese término por menos politizable en estos casos que el de “mediador”), encontrarse ante quien ha matado a otros seres humanos no es sencillo. Se trata de un acto de confianza, racional y emocional al mismo tiempo, que permite no confundir la persona en toda su densa complejidad y determinadas acciones repudiables. Ayuda en este cometido creer en un principio transversal en el que venimos insistiendo: la perfectibilidad de todos los seres humanos y su innata capacidad para sacar lo mejor de ellos mismos incluso en las circunstancias más adversas. Esto sólo es posible desde la horizontalidad que otorga la estructura antropológica del diálogo y el encuentro personal cuando versa sobre lo más común y universal de lo humano: la experiencia del sufrimiento padecido.

El itinerario de cada de una de las partes que participa en los encuentros restaurativos es muy personal y diferenciado. En unos casos los protagoniza la necesidad de saber más sobre el suceso traumático y sus actores, otros están presididos por un sesudo proceso de reflexión moral o por un prolongado debate ético-político, en algunos la centralidad es de la experiencia religiosa y su capacidad de recentrar la vida. En este último sentido, en una de las entrevistas en las que el responsable de varios asesinatos mantenía un discurso elaborado, bien trabajado personalmente, con bastante asunción de su biografía y de la responsabilidad en los hechos, en un momento dado se le quebró la voz y perdió el control emocional ante la pregunta del facilitador: “¿Qué te aportaría el perdón de la víctima?” Contestó con lágrimas en los ojos que sería la inmerecida visibilización del perdón de Dios. Sin duda alguna, la capacidad de ponerse en el lugar del otro y el dejar que fluyan las emociones constituyen el único modo de encontrarse con el otro más antagónicamente otro.

La acogida y la escucha a la persona presa por parte del facilitador crea un espacio de respeto y confianza que prepara un posible encuentro restaurativo con la víctima. A lo largo de las entrevistas previas nos contaron por qué entraron en ETA, sus dudas y conflictos personales y familiares. Alguno se cuestionaba fuertemente por qué sus hermanos, con los que compartía ideas y sentimientos políticos, no lo hicieron. En otros casos, las familias se enteraron de que pertenecían a ETA con su primer asesinato. Unos se sienten engañados por la organización a la que han dedicado tantos años de su vida, otros frustrados por los procesos fallidos de paz, otros experimentan la presión familiar... En casi todos, una sensación de error en la adopción del rumbo vital. Para alguno, la detención supuso una doble liberación: “dejar de dar luz verde a los crímenes y de sentirse perseguido en la calle” y “poder entrar en la celda sin estar obsesionado por mirar en todas direcciones”. En ese contexto, algún otro, después de muchos años de agnosticismo, “rezó por primera vez en muchísimo tiempo y experimentó la presencia de Dios”. Eso marcó un antes y un después, aunque las críticas a la estrategia de atentados indiscriminados de ETA ya la había formulado antes.

Este primer encuentro tiene carácter de “filtro”. Permite sondear muchos aspectos de nuestros interlocutores. Nos habla de su sensibilidad, de la sinceridad de su proceso y de su arrepentimiento. No resultó tan difícil discriminar quién pasa a la siguiente etapa y quién no. La realidad de que la inmensa mayoría llevaba muchos años en esta dinámica y que, por tanto, no se trataba de un arrepentimiento contextual, momentáneo e interesado nos ha facilitado muchos las cosas. Un buen indicador de la sinceridad de la disposición es preguntarles acerca de qué reacción tendrían si durante el encuentro recibieran insultos y recriminaciones de la víctima. La mayoría señala que de una víctima está dispuesta a aceptar todo. En algún caso se afirmaba: “entendería perfectamente que intentase matarme”. A la afirmación provocativa del facilitador, tratando de explorar los límites del victimario, (“Tú eres un asesino”), éste con enorme tristeza se limitó a contestar: “tristemente, así es”.

Todas las víctimas que han pasado por estas duras experiencias concuerdan en la importancia de lo que llaman “la aceptación de la humanidad del otro”. Se trata de evitar el reduccionismo de que quien cometió un asesinato es un asesino y solo un asesino. Las personas son siempre más que su comportamiento. Interiorizar este principio ayuda a los facilitadores de los encuentros restaurativos a hacerse cargo de emociones latentes. Uno de los presos nos relataba el juicio sobre uno de los asesinatos, cometido por error. No pudo resistir el dolor de la madre de la víctima y trató de transmitirle con gestos su reconocimiento, arrepentimiento y lamento. Se trató de un juicio bien distinto de otros en los que prevalece la indiferencia (a veces la burla) ante el sufrimiento de las víctimas o de sus familiares. Cuando se da este componente humano, surge la empatía, se relega la ideología y se instala el respeto y la solidaridad para con el dolor del otro.

Por parte de quienes cometieron atrocidades en la banda terrorista, encontrarse con una acogida respetuosa y una escucha atenta que acepta a la persona con el cúmulo de dolor que lleva a cuestas, que suspende el juicio para escuchar y que le brinda una temblorosa mirada de incondicionalidad más allá del desvalor de sus acciones, facilita el surgimiento de la verdad con toda su dureza y la responsabilización de ella. Para muchos de ellos, era la primera vez que tenían que narrar los hechos “de verdad”, expresando, sin sentirse juzgados, sus propios sentimientos. Nadie les había preguntado nunca acerca de sus sentimientos y contradicciones. No en la organización, que requería obediencia ciega. Tampoco en los interrogatorios policiales, a veces terroríficos, ni mucho menos en las diligencias sumariales. Ahora les poníamos, sin juicio, sólo con la verdad desnuda de los hechos, ante la situación de la víctima, antes, durante y después de los delitos. Hacíamos lo mismo, colocándolos delante de sus padres, de su familia, de su propia vida, pasada y futura.

Los penados afirman haber esperado este momento con ansiedad y temor. Les permitirá conocer de primera mano, en diálogo fluido con la persona facilitadora, en qué consisten los procesos restaurativos, despejar todas sus incógnitas y verificar de primera mano, con rostro, nombre y apellidos, que efectivamente los facilitadores son ajenos al mundo de la política y funcionan con criterios de total independencia. En efecto, la única motivación por parte de quienes acometimos esta tarea fue la convicción de la fuerza sanante de la Justicia Restaurativa. Y con ella, la fe en la eficacia personal y comunitaria del perdón y de la reconciliación.

Por su parte, la víctima (o su familiar directo) ha tenido que sufrir “una trayectoria de sanación que es una ruta serpenteante en la que uno avanza dos pasos para luego retroceder uno”. Antes del encuentro restaurativo suele formular que necesita conocer detalles que la sentencia no pudo recoger: las “verdades molestas” para quien asesinó, pero a las que necesita enfrentarse. Sin verdad, no hay memoria; en ausencia de ambas no puede haber paz; sin conocimiento tampoco existe la responsabilidad. Por ello, la construcción de la paz necesita, además de las verdades oficiales, otra verdad no sometida a intereses políticos: la expresada en primera persona por quien ha cometido el delito. Solo “esta” verdad recupera de algún modo el valor de la vida humana. Han matado; es un hecho irreversible. Ninguna negociación podrá devolver la vida al chaval que confundió las bombas traidoras con una pelota. O a aquella persona cuyas piernas quedaron amputadas, ni al padre o al cónyuge de quien fue asesinado. Sin este reconocimiento personalísimo, más allá del necesario proceso judicial, no se podrá retornar verdaderamente a una convivencia pacífica. Los autores de los crímenes deben ofrecer la verdad que les atenaza, aunque para formularla necesitan ayuda.

Llegados a este punto, los facilitadores disponen de información suficiente acerca del ser humano con el que se han entrevistado, sobre su trayectoria vital y, particularmente, de su itinerario en ETA y, sobre todo, de su participación en el acto criminal. Para ello es necesario que la víctima le pregunte por su propia historia de dolor. Así, no sólo racionalmente, sino también emocionalmente, será capaz de descubrir a una persona, a un ser humano singular y vulnerable, bastante más que un asesino. En efecto, la víctima necesita conocer los detalles de cada nombre propio, qué hay detrás de quien un día empuñó un arma o preparó un artefacto explosivo que provocó la muerte de sus seres queridos. Necesita saber que hay una historia de culpabilidad y sufrimiento y no de alegría frívola y justificación ideológica de los delitos cometidos. Para facilitar este natural deseo de saber, tratamos de que nos faciliten datos sobre su historia personal, pasada, presente y futura. Suele interesar especialmente a la víctimas conocer el tiempo que lleva en la cárcel, cuándo se enteró su familia de que militaba en ETA, qué apoyo tiene en la actualidad, cómo se describiría personalmente en este momento, si percibe que hay algo bueno en él, si le diesen la libertad mañana qué haría, qué le ayudaría a obtener sosiego, si tuvo miedo de dejar ETA, si tuviera un hijo le contaría quién había sido, si se hace cargo de que se pueda sentir resentimiento contra los autores del crimen, qué sentirían si estuviesen en el lugar del interlocutor…

Finalmente, por paradójico que resulte, la víctima tiene que desear dejar de serlo, renunciar a ocupar el papel de víctima a perpetuidad. Esta decisión sanante es “el paso que nos permite dejar de ser objetos pasivos de la Historia –víctimas de algún hecho terrible– para volver a convertirnos en sujetos activos de la Historia, es decir, en personas que participan de nuevo en la tarea de configurar y crear el mundo”. La cronificación de la víctima en su condición victimal es una hipoteca para su felicidad que pesa como una losa sobre ella. Lo refiere en primera persona quien resulto mutilado en un atentado terrorista: “comencé a darme cuenta de que si me dejaba consumir por el odio, la amargura y el deseo de venganza, sería una víctima para siempre”.

A nadie devolváis mal. Orad por los que os persiguen

Llegados a este punto, quiero relatar una experiencia restaurativa que me ha impresionado mucho y que revela hasta qué punto es posible el perdón. Un oficial de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado iba a ser secuestrado. Cuando estaba encadenado en el maletero de un vehículo, aparece fatalmente otro agente de paisano acompañado de su esposa embarazada. Todos son asesinados, incluida la criatura que llevaba la joven en el vientre. El hermano del frustradamente secuestrado, llamémosle Fernando, se encontraba muy unido afectivamente a su hermano. Su muerte supuso el inicio de una depresión de la que no se ha recuperado décadas después. Actualmente, se trata de una persona muy mayor y enferma pero con un serio trabajo personal de muchos años. En su entorno es conocido que, por sus hondas convicciones cristianas, ha perdonado a los asesinos y pedía a Dios les diese luz para darse cuenta de su error. En este punto, permítame el lector que me detenga para explicar cómo fue ese proceso de perdonar.

Del mismo modo que la conversión es un proceso, el perdón es fruto del cultivo una determinada actitud mantenida durante mucho tiempo. El hermano de la víctima se dirigió a un sacerdote con quien tenía confianza y le expuso, poco tiempo después del cruel atentado, sus dificultades para rezar el Padrenuestro completo. En particular, cuando llegaba al “como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” experimentaba un nudo en la garganta y ganas de vomitar. No podía seguir. El buen cura, le explico que el perdón es un listón irrenunciable en el cristianismo que hace del amor a los enemigos y de la oración por los perseguidores una sublime seña de identidad. No obstante, el perdón es un punto de llegada que requiere un proceso. “Puedes omitir esa parte –le señaló su párroco– pero no dejes de rezar el resto. La oración no configura a Dios. Es Dios quien nos formatea a nosotros. Si sigues rezando el resto, el Padrenuestro te acabará haciendo hermano de tu enemigo”. Así lo hizo Fernando durante varios años. Un buen día sorprendió al cura: “Padre, he conseguido dar un paso importante”. El sacerdote escuchó como, sin perder un ápice la compostura, le confesaba solemnemente: “Ahora digo, ‘…como también nosotros perdonamos a estos hijos de puta´” (refiriéndose naturalmente a los asesinos de su hermano). Lejos de asustarse, el cura le dijo con benevolencia: “Está bien, hijo, ya has empezado a personalizarles. Trata de ir, poco a poco, apeándoles el tratamiento”. Y así fue. Un año más tarde, Fernando le hablaba a Dios de “esos cabrones”, “esos asesinos”, “esos fanáticos”… para acabar poniendo sus nombres ante Dios, ya sin apelativo alguno. Finalmente, en sus mismas palabras, “me atreví a añadir una línea al rezo del Padrenuestro”. Tras el “líbranos del mal”, adicionó piadosamente: “Señor, ilumínalos, que se conviertan y vean”.

Fernando confesaba como, al mismo tiempo que avanzaba en el rezado completo de la oración que Jesús nos enseñó, iba experimentando paz y serenidad en su interior. El odio, que había provocado una auténtica metástasis en su corazón, le impedía amar con la totalidad de sus afectos a su familia. Cuando fue capaz de perdonar, sin esperar ni siquiera al arrepentimiento de los asesinos, le entró una gran paz interior y se libró de una losa que le impedía vivir más plenamente. Ello explica que cuando los facilitadores se pusieron en contacto con él, por si quería entrar en contacto con el victimario que quería expresarle su arrepentimiento, se limitase a señalar: “Dios ha escuchado mi oración. ¿Quién soy yo para negar al Señor que suscite nuevos San Pablos?”. Por eso, no dudó en aceptar la posibilidad de encontrarse con el victimario, incluso si, con los permisos pertinentes, se le conducía a su casa, dadas las enormes dificultades de movimiento que tenía por sus achaques y edad. Asimismo señaló que no tenía especial interés en preguntarle nada acerca de su participación en los hechos criminales. Su intención era acoger su petición de perdón y expresarle el dolor tan grande que le había supuesto la muerte de su hermano, cuya foto, vestido de uniforme, presidía el salón de la humilde vivienda en que residía.

Nuestras previsiones eran las de un encuentro muy breve, sencillo, sin grandes preguntas y cargado de simbolismo. La angustia de la espera hizo mella en su esposa que fue mostrándose contraria al encuentro. Ello motivó su petición de cancelarlo in extremis. Lógicamente fue aceptado de inmediato con todo el apoyo y comprensión hacia él y su esposa. Sin embargo, él mismo sugirió una opción alternativa. Emocionado al tener noticia del proceso de cambio profundo de quien asesinó, solicitó a los facilitadores que le hicieran llegar una carta manuscrita en la que le recordaba cómo los miembros de la banda criminal habían puesto de luto a muchísimas familias y se habían manchado de sangre las manos. Sin embargo, lo más llamativo era el sobre, el encabezamiento, el final y otro pequeño sobrecito con un regalo que remitía al ex etarra. El sobre y el encabezamiento de la carta, escritos con letra temblorosa decían: “A un hermano en Cristo”. Pocas veces palabras tan retóricamente utilizadas en ámbitos religiosos tomaban un espesor de sentido tan profundo, Al final del texto le expresaba “mi más sincero perdón” y le anticipaba su oración por él y le pedía lo mismo para sí. El sobre contenía una pequeña cruz, vinculada con el hermano asesinado, con el deseo de que no hubiese más crucificados, que acabase el sufrimiento y la violencia y le ayudase a caminar por el sendero de la paz. Cuando hizo entrega del sobre a los facilitadores, les insistió en que su único sueño era que un día todos los seres humanos, sin banderas de ningún tipo, pudiesen abrazarse, sin nadie sufriendo, ni muriendo de hambre, ni teniendo que venir en pateras desde África.

La extensa carta de contestación señalaba expresamente: “Yo le pido a usted y a su familia perdón de todo corazón y con total humildad. Estoy profundamente arrepentido de haber contribuido con mi militancia en ETA a la violencia asesina y el dolor inconmensurable e irreparable que ha provocado durante décadas. Desde mi conversión en julio de 1992 no ha habido día en que no haya sido consciente –y con una consciencia siempre creciente– de las tragedias provocadas por la violencia. Desde entonces trato de vivir conforme al Evangelio de Jesús y de transmitir la experiencia de mi conversión, intentando en la medida de mis posibilidades contribuir a que cese de una vez para siempre la violencia. Gracias de todo corazón por su perdón. Tendré siempre conmigo la cruz que me ha regalado. A mi vez, permítame enviarle una pequeña cruz que me ha acompañado en los últimos tiempos. La suya y la mía son signos de reconciliación en Cristo Jesús, por la voluntad del Padre. Que el Espíritu de Dios nos mantenga unidos en la oración y en la memoria de su familiar, víctima mortal de ETA”.

El mismo día de recibir la carta, los facilitadores se dirigieron al domicilio de la víctima después de haber concertado nueva entrevista con ella. Llegados a su casa, resulta que su esposa ha salido de compras. Los facilitadores le preguntaron si quería esperar a que su esposa estuviera delante. Dijo que no, que se la leyesen a él solo. La acogió en silencio y con un profundo recogimiento interior (es un hombre que impresiona por su profunda espiritualidad, en un cuerpo machacado por múltiples enfermedades y dolores crónicos diversos). Simplemente añadió: “Muchas gracias. Es muy bonita. La guardaré dentro de la Biblia. Dios hace milagros”. Seguidamente, con una imponente y sobria dignidad, sin palabras, abrió el sobre con la crucecita que le enviaba quien perteneció a ETA, la miró pausadamente, la besó con unción y se la puso en el cuello mientras musitaba: “Me acompañará siempre”.

Esta historia, tomada de entre muchas más, refleja que, en efecto, aunque sea un acto supererogatorio, no exigible a nadie, es posible perdonar lo imperdonable no solo para el amor infinito de Dios, sino para seres humanos de carne y hueso que han descubierto el proceso del perdón por el que han pasado personajes más conocidos como, p.e., Michael Lapsley (que perdió un ojo y las dos manos en un atentado cuando militaba contra el apartheid en Suráfrica) o el mismo Nelson Mandela (casi 30 años preso), quien al recibir el Premio Nobel de la Paz en 1993, declaró: “El perdón libera el alma, hace desaparecer el miedo. Por eso el perdón es un arma tan potente”.

En suma, perdonar lo imperdonable supone apostar por un largo proceso. El desafío es ser capaz de amar sublimemente y con toda intensidad, dirigir ese amor hacia un enemigo del que no cabe esperar reciprocidad alguna, pero cuyo rostro se va paulatinamente perfilando con rasgos humanos. Es querer vivir con pasión y liberar las zonas de muerte y de odio personales para sobreponer la gracia vivificante del amor a la pulsión mortífera del mal. Implica creer en el ser humano y defender su dignidad y perfectibilidad, incluida su parte miserable, la maldita zona de sombra herida por el mal. Es quebrar la barrera del odio infinito para dejar paso a una misteriosa solidaridad que aúna el dolor provocado y el padecido. Es un acto de fe, de esperanza y de caridad, netamente teologal, que antepone el dinamismo de la gratuidad al mal. Va más allá de la verdad y de la justicia, para liberarle de las cadenas de la culpa y de la venganza. Perdonar lo imperdonable tiene, incluso cuando lo activa una persona no creyente, mucho de divino.

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La cárcel, ¿lugar de reconciliación?

Juan Carlos Hernández

Analizamos en profundidad con Daniel Innerarity el momento de la campaña electoral. Para el catedrático de Filosofía Política, existe una invasión de la mentalidad de campaña en todos los momentos del proceso político.

En las campañas electorales se producen situaciones de polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido. ¿Exageramos cuando aseguramos que se disuelve el “nosotros compartido? ¿Hay alguna relación entre esta disolución y la aparición de cordones sanitarios a izquierda y derecha?

Me da la impresión de que hay estrategias de los partidos, de unos más que de otros, que han puesto en marcha dinámicas que luego son difíciles de parar. En términos estructurales me parece que se podría hablar de una invasión de la mentalidad de campaña en todos los momentos del proceso político. ¿En qué se caracteriza una campaña? En que polariza y se critica al adversario (a veces en exceso). El problema es que luego hay que pactar con él y aquellas estrategias que sirvieron para ganar dificultan posteriormente la acción de gobierno, cuando se requiere la colaboración del adversario.

¿La polarización política es un falso espejo de la vida social? ¿En nuestro espacio público hay sujetos que se narran, hay relaciones interpersonales y relaciones entre entidades sociales más sanas de las que se dan en la política de partidos?

Es normal que en la política haya una dramatización de los antagonismos que no tiene por qué coincidir con el que hay en la vida real. En la política hay siempre esos dos elementos (antagonización y escenificación) y los ciudadanos tendríamos que aprender a descodificar un poco lo que observamos en la esfera política. Lo que ocurre es que a veces en la vida los personajes que interpretamos terminan devorando a la persona que somos.

Los estudios sociológicos reflejan un interés sostenido por lo político, pero una desafección hacia los líderes políticos. Parece imposible pensar en la política como una vocación animada por un ideal. ¿Qué nos ha pasado? ¿Tenemos graves carencias culturales y educativas?

En mi último libro “Comprender la democracia” analizo un problema que me preocupa desde hace tiempo. Hablamos de una ciudadanía que decide y controla, pero lo cierto es que carecemos de las capacidades necesarias para ello por falta de conocimiento político, por estar sobrecargados, incapaces de procesar la información cacofónica o simplemente desinteresados. El origen de nuestros problemas políticos reside en el hecho de que la democracia necesita unos actores que ella misma es incapaz de producir. Una opinión pública que no entienda la política y que no sea capaz de juzgarla puede ser fácilmente manipulable.

'El entrelazamiento de los destinos colectivos impide definir nuestro bien como el reverso del mal de otros'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  8 votos
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La cárcel, ¿lugar de reconciliación?

Fernando de Haro

Alberto López Basaguren es catedrático de Derecho Constitucional y se mueve en el entorno de los socialistas del País Vasco. Conversa con paginasdigital.es sobre el 40 aniversario de la Constitución y defiende una reforma de la Carta Magna. Se muestra convencido de la posibilidad de fraguar una mayoría no independentista en Cataluña y de un federalismo que, por fuerza, tiene que ser asimétrico.

¿Hemos conmemorado de modo adecuado los 40 años de la Constitución? ¿Qué es lo que debe quedar tras esta conmemoración?

La conmemoración del aniversario de la Constitución debía tener, necesariamente, un amplio aspecto de celebración, de reconocimiento laudatorio de su significado absolutamente excepcional en nuestra historia como sistema político democrático. Los elogios a la Constitución son absolutamente merecidos y es difícil excederse al hacerlos. Nada que objetar a ello. Es la primera Constitución plenamente democrática, en total sintonía con las de los sistemas democráticos más sólidos de Europa, que es integradora –y no de un partido– y que pervive durante cuarenta años. La combinación de estas características es única en nuestra historia, por lo que los elogios son merecidos. Pero he tenido la impresión de que, en muchos casos, los elogios eran una forma de auto-convencimiento, de encerramiento, de tratar de alejar cualquier otra consideración que no fuese la simplemente adulatoria, de tratar de que no se escuchase ninguna otra consideración. En mi opinión, se trata de alabanzas que, en el mejor de los casos, solo miran al pasado, de forma estéril, sin tratar de extraer ninguna enseñanza, sin mirar al futuro. Sin plantearse qué y cómo debemos hacer para que la Constitución, nuestro sistema democrático, tenga una más larga vida. Me gustaría que tras esta conmemoración quedase la convicción de que la Constitución, qué y cómo se hizo, es una fuente de enseñanza para ver cómo somos capaces de que, dentro de diez años, podamos conmemorar los cincuenta años de la Constitución; y de que las generaciones que nos siguen puedan llegar a conmemorar su primer centenario. Y estoy absolutamente convencido de que eso no se logrará sobre la base de declamaciones laudatorias puramente autocomplacientes, defensivas, atrincheradas en el inmovilismo, que se niegan a afrontar los retos que tenemos frente a nosotros, creyendo que esas declamaciones son una concha defensiva inexpugnable.

'Hay que advertir a los políticos de que es urgente la reforma de la Constitución'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  17 votos
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>Reconectar el voto y la experiencia social

La cárcel, ¿lugar de reconciliación?

P.D.

paginasdigital.es conversa con Andrea Levy, vicesecretaria de Estudios y Programas del Partido Popular, sobre los retos de fondo que emergen en la campaña electoral. Levy responde a preguntas que no se le plantean habitualmente.

En las campañas electorales se produce una situación polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido.

Tenemos que asumir que España ha pasado de apostar por un sistema bipartidista que, a pesar de sus imperfecciones, otorgaba una estabilidad evidente al país, a un sistema pluripartidista con múltiples actores políticos donde se dificulta la posibilidad de alcanzar acuerdos y llegar a consensos debido a la multiplicidad de vetos cruzados.

Esto, además, es un balón de oxígeno para la izquierda, puesto que la dispersión del voto del centro derecha minimiza las opciones de gobierno. Lo vimos en 2015 en la ciudad de Madrid donde, a pesar de que el Partido Popular fue la fuerza más votada y preferida por los madrileños, los votos a VOX impidieron que tuviésemos la mayoría. Ahora, en el escenario electoral en el que nos encontramos, muchos advierten de la posibilidad de volver a vivir un escenario en el que el centro derecha tenga mayoría en votos pero cuya fragmentación disminuiría las opciones de una clara mayoría.

¿La opción por un determinado partido a la hora de votar tiene que ver más con opciones ideológicas o con pulsiones de última hora que con experiencias concretas de implicación social?

Las campañas electorales son más importantes que nunca. El ciudadano cada vez elige más tarde su voto por lo que los partidos nos vemos obligados a presentar los mejores proyectos posibles, los más viables y los más beneficiosos. Si algo ha cambiado en las últimas décadas es la infinidad de canales de comunicación existentes a través de los cuales cualquier ciudadano, con independencia de donde viva, puede tener acceso a toda la información sobre qué pensamos cada uno. En ese sentido, el Partido Popular tiene una clara ventaja: somos conocidos, reconocibles y previsibles. El ciudadano sabe que cuando gobierna el Partido Popular se crea empleo, se mejoran las condiciones de vida de la gente y se aumentan las oportunidades. Nos presentamos a las elecciones con un programa electoral atractivo para cumplirlo. Que nadie busque frases grandilocuentes disfrazadas de propuestas, porque lo que van a encontrar es soluciones reales a los problemas y preocupaciones de los ciudadanos, no eslóganes vacíos.

'Hay que huir del enfrentamiento y del revanchismo'

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  17 votos
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>Reconectar el voto y la experiencia social

La cárcel, ¿lugar de reconciliación?

P.D.

La Casa Estela de Cometa nació hace dos años, creada por un grupo de personas que hacen voluntariado de acompañamiento a niños y jóvenes tutelados que viven en residencias de la Comunidad de Madrid. La Casa se ocupa de acoger a jóvenes que han finalizado la tutela. Su directora, Meri Gómez, reflexiona con paginasdigital.es sobre el valor político de esta experiencia.

¿Qué experiencia de construcción social y de participación ciudadana habéis hecho desde que se fundara vuestra casa?

Construcción social se podría llamar a todo lo que hacemos. La casa se crea con la idea de construir un entorno en el que las chicas extuteladas puedan disfrutar de un lugar que les permita crecer como personas, formarse y poder participar de una vida activa dentro de la sociedad. Entendemos que para construir la sociedad hacen falta sujetos con una base firme en la vida y creemos que la casa es una experiencia de construcción social muy potente. Personas firmes en la vida son las que son capaces de construir dentro de la sociedad. En cuanto a participación ciudadana, en la casa hemos visto cómo hay un lenguaje que todo el mundo entiende y sabe hablar, basta tener un interlocutor, es el lenguaje de la caridad, hemos visto cómo gente, amigos cercanos, familiares, amigos de amigos, incluso desconocidos que han oído la existencia de la casa, nos han ayudado y nos ayudan diariamente, de muchas formas: con el mantenimiento de la casa, económicamente, con gestiones de cualquier índole y sobre todo siendo nuestros amigos. Hemos visto así que hay un punto común en el hombre más allá de condiciones sociales e ideologías en el que es posible el diálogo.

'Necesitamos un Gobierno que piense un futuro común para todos'

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>Entrevista a Daniel Gascón

La cárcel, ¿lugar de reconciliación?

Juan Carlos Hernández

Entrevistamos a Daniel Gascón, es escritor, traductor y editor de la edición española de la revista Letras Libres. “A pesar de las circunstancias actuales, de una conversación pública irresponsable y propensa al antagonismo, las instituciones de la democracia liberal resisten”, afirma el articulista del periódico El País.

En un editorial de este periódico se afirmaba que “la democracia requiere de una conciencia del nosotros, de un bien común para aquellos que pertenecen a una comunidad siempre superior a los intereses de los grupos particulares y a sus diferencias. Es lo que ha desaparecido”. ¿Qué le sugiere esta afirmación?

Me parece que se produce una especie de rechazo a ciertos impulsos disgregadores: social y culturalmente rompen algunos vínculos; económicamente estamos en una situación más inestable e individualista. El mundo del trabajo ya no es como antes, una cierta idea de identidad que tenía que ver con la clase, con lo que eras y hacías, se debilita. El Estado-nación tampoco sirve para muchos de esos problemas. No hay otro modelo económico viable que la economía de mercado desde el 89, pero este tiene fallos y produce injusticias. Creo que son factores que influyen en una percepción de la identidad amenazada, y que eso tiene que ver con el rebrote de los nacionalismos, del repliegue. Defiendes algo que crees que corre peligro de desaparecer.

Muchos grupos tienden a intentar defender sus intereses particulares, que pueden ser legítimos, pero que a veces pueden caer en una estigmatización del que piensa distinto. Mark Lilla habla de una “política de la identidad”. ¿Podría ayudar el juicio de Lilla a explicar lo que está ocurriendo?

Estamos en un tiempo de subjetivismo y polarización. Es más importante el elemento expresivo, nuestra visión sobre el mundo, que lo que sucede fuera. Lilla dice que el énfasis en la identidad por parte de los progresistas ha sido contraproducente, porque debilita la unión que permitiría la victoria de la izquierda. Para él, tienes que ganar para defender los derechos de las minorías, tienes que buscar un discurso que unifique para luego implementar tu programa. Un problema de esa idea es que a lo mejor estás hablando de un mundo que ya no puede ser. El discurso encajaba en una comunidad más homogénea y afianzaba una coalición de votantes que ahora parece más complicada por muchos factores. Otros dirían que ese universalismo, que se presenta teñido de nostalgia, no dejaba de ser un particularismo, y que lo que se presentaba como algo para todos era menos inclusivo de lo que pensamos.

¿Cómo se pueden traducir sus ideas a la realidad española?

'Existe una percepción de la identidad amenazada, y es por los nacionalismos'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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>Entrevista a Francisco Igea

La cárcel, ¿lugar de reconciliación?

F.H.

Francisco Igea es médico, entró en política como diputado nacional de Ciudadanos tras las elecciones que hubo que repetir. Acaba de ganar las primarias de su partido en Castilla y León.

La polarización ha aumentado mucho en el último tiempo y parece que se ha disuelto la percepción del “nosotros” como país.

En los tiempos del miedo y la incertidumbre en que vivimos, que son tiempos de incertidumbre económica y política, lo que está triunfando en gran parte es el mensaje del egoísmo. El mensaje nacionalista no es más que un mensaje egoísta, es el egoísmo elevado a categoría política. Siempre he dicho que es un mensaje egoísta y adolescente que se mira a sí mismo. Y el mensaje populista también es un mensaje egoísta, de que el culpable es otro, hay un enemigo responsable, se huye de la responsabilidad. Y todo eso hace que se diluya el “nosotros”, que se diluya la capacidad de pensar que nosotros somos responsables, que todos y cada uno somos responsables de las cosas, que todos y cada uno participamos de esto, pues siempre es más fácil buscar un enemigo que buscar una solución o asumir una responsabilidad.

Tenemos una participación electoral en torno al 70%, pero la participación ciudadana en España es del 20%. ¿Hay desconexión entre la vida política y la actividad social?

Hay mucha desconexión porque los partidos son estructuras muy cerradas y la gente piensa que el mundo es lo que pasa en twitter. Nos pasa a todos que se nos olvida llegar a casa y abrir la ventana, salir y hablar con la gente, y ver que a la mayoría de la población la política no le ocupa casi nada de su tiempo, le ocupa su familia, la enfermedad, el trabajo, las cosas importantes. A veces los políticos somos incapaces de hablarle a la gente de esas cosas, de escucharles y dejar un rato de hablar de política, de ser humanos, que es una de las cosas que a veces uno pierde cuando se mete en esa burbuja.

¿Cree que hay una burbuja, que la vida social va por otro lado, que las relaciones interpersonales son más sanas que las que se viven en el ámbito de los partidos?

Creo que afortunadamente sí, aunque hay sitios de España donde desafortunadamente eso no es real y donde se vive una polarización social potente, por ejemplo en Cataluña, donde se vive un grado de enfrentamiento civil real, pero la mayoría de la población en España sigue compartiendo amigos de uno y otro lado, tiene una vida normal, y eso es lo que hay que intentar, que la división política no se convierta en división social. Siempre ha sido una de mis obsesiones acabar con el frentismo, luchar contra esa manera de entender la política tan del Madrid y del Barça que a veces tiene este país.

'Es necesaria una política que vuelva a ser servicio al ciudadano'

F.H. | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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>Entrevista a Manuel Reyes Mate, filósofo

La cárcel, ¿lugar de reconciliación?

Fernando de Haro

Manuel Reyes Mate posiblemente es el pensador español que más esfuerzo ha dedicado a reflexionar sobre la condición de las víctimas. paginasdigital.es conversa con Reyes Mate sobre el reto de la globalización, la crisis migratoria, las identidades excluyentes, el nacionalismo y otras cuestiones que marcan la actualidad.

Usted ha asegurado que “la pregunta que se hiciera Hannah Arendt en su ensayo de 1943 ‘We refugees’ sobre la significación política del refugiado sigue teniendo actualidad en pleno siglo XXI”. ¿Por qué?

Para Arendt los refugiados son la vanguardia de los pueblos –y no la retaguardia o un efecto secundario– porque lo que se hizo con ellos, el poder lo puede hacer con cualquiera. “Ellos” eran el pueblo judío alemán, alemanes por los cuatro costados, que habían luchado por Alemania en la I Guerra Mundial, que se sentían totalmente asimilados, y que, de repente, son señalados como “otros”, privados de su nacionalidad, es decir, desnaturalizados. Son devueltos a su estado natural de meros seres humanos. Y ellos descubren que eso es ser menos que nada, porque lo importante son los papeles. Bueno, pues su tesis es que lo que el Estado hitleriano ha hecho con ellos, los judíos, porque son de otra sangre aunque compartan la misma tierra, lo pueden hacer mañana con los gitanos, con los enfermos mentales, con los improductivos o con los viejos. De poco sirve decir que “todos nacemos iguales y libres” si el Estado se arroga la facultad de decir quiénes son los sujetos de los derechos políticos y sociales. Ese era un problema que tenía la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Hay que tomarse en serio los derechos del hombre. No hay que admitir la distinción entre “nacionales” y “nacionalizados”. Y hay que exigir que el ser humano sea siempre un ciudadano.

¿Qué desvela sobre Occidente la reacción a los refugiados y a las migraciones?

'Nos hemos acostumbrado a marcar nuestras señas de identidad excluyendo'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
Juan José Laborda saludado por Su Majestad el Rey de España vista rápida >
>Entrevista a Juan José Laborda, expresidente del Senado

La cárcel, ¿lugar de reconciliación?

Fernando de Haro

Juan José Laborda, socialista, fue una de las referencias en el Senado, donde tuvo escaño desde 1977 hasta 2004. Miembro del Consejo de Estado, analiza con www.paginasdigital.es los 40 años de la Constitución, el momento por el que pasa España y los retos del independentismo catalán.

Comienza el juicio por el proceso de secesión. ¿Además de una respuesta jurídica habría que dar otra política? ¿En qué términos?

La Justicia actúa de acuerdo con la ley, es independiente. Pero los que no acatan la Constitución dirán que el juicio es político. La respuesta política que los demócratas pueden dar es defender al Tribunal que juzga los delitos que presuntamente cometieron Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y los demás procesados. Sería necesario que en este asunto hubiera una actitud común por parte de los partidos constitucionales, pero me temo que eso será imposible, lo cual me parece estúpido, además de negativo para la calidad de nuestra democracia.

¿Cómo sería posible volver a encuadrar a la mitad de los catalanes que apuestan por la independencia en el marco constitucional? ¿Es posible? ¿Qué sería necesario?

Para integrar a los catalanes que ahora no están dentro del marco constitucional, habrá que pensar primero en los catalanes que sí se sienten dentro de la Constitución Española. Y para eso es necesario argumentar en qué están equivocados los nacionalistas catalanes. Sin complejos, y con la verdad. No se puede ganar el juego de la integración sin rechazar la aceptación resignada de las ideas de los nacionalistas sobre el Estado y España. El Estado constitucional no es una jaula de nacionalidades, sino la norma que las ha reconocido por primera vez. Cataluña votó la Constitución el 6 de diciembre de 1978 con más porcentaje de votos afirmativos que la mayor parte de los territorios de España. El proceso de reintegración mayoritaria de los catalanes en un marco común requiere tiempo, y un consenso entre los constitucionalistas que dure todo ese tiempo. Y cuando hablo de consenso, no me refiero solo a los partidos. Existe una sociedad civil que espera un signo de la política para ponerse en marcha en ese proyecto, que podríamos calificar de patriotismo constitucional.

'La democracia es incompatible con la noción de enemigo'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  23 votos
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>Entrevista a Joseba Arregi

La cárcel, ¿lugar de reconciliación?

Juan Carlos Hernández

Dialogamos con Joseba Arregi sobre los desafíos de la modernidad. “La posmodernidad es el resultado de la acumulación de los efectos colaterales secundarios no queridos pero estructuralmente propios de lo que ha querido la propia modernidad”, afirma exconsejero del Gobierno Vasco.

¿Existe una falta del sentimiento del nosotros que se diluye en los intereses particulares?

El nosotros, si tiene que ser un nosotros civilizado, cívico, adaptado al estado de derecho, no puede ser un yo o un nosotros construido fuera de la igualdad de derechos, fuera de la igualdad ante la ley. Tiene que ser contando y partiendo de esa igualdad ante la ley, igualdad en derechos y libertades. Lo que pasa es que los pequeños colectivos que se han constituido después de la crisis del capitalismo, de la cultura moderna, en el posmodernismo y demás, son yoes colectivos particulares pero que se unen en alguna identificación particular, no en la identificación universal de los derechos y de la igualdad ante la ley, sino en sentimientos étnicos, en las políticas de género, que también son identidades particulares que no llegan a ser universales.

En definitiva, no son representantes de un nosotros constituido en base a una conversación y a una negociación permanente de lo que es el bien público, el bien común. Son unidos por intereses o sentimientos particulares, y eso se ha acrecentado tremendamente en lo que se llama la cultura del capitalismo de consumo, que sobrevalora el sujeto, los sentimientos subjetivos, las emociones, los intereses colectivos particulares, sin que haya un horizonte de un nosotros que constituya al conjunto de la comunidad política.

Últimamente se ha hablado mucho de los movimientos feministas. ¿Cuál es su valoración?

'El populismo es peligroso cuando tiende a convertirse en totalitarismo'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  17 votos
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>Entrevista a Tulio Álvarez

La cárcel, ¿lugar de reconciliación?

Juan Carlos Hernández

Hablamos con Tulio Álvarez, reconocido activista por los derechos humanos en Venezuela. Condenado por el régimen de Maduro, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos suspendió la sentencia condenatoria.

¿Cómo es la situación social hoy en día en Venezuela? Se ha hablado en los últimos días incluso de detenciones masivas y arbitrarias.

El rumor de que están llevándose jóvenes en las calles indiscriminadamente para una especie de reclutamiento forzado es falso. Creo que incluso está sembrado por el propio régimen. Lo que ha pasado es que muchachos jóvenes que han participado, como están participando todos los venezolanos, en la protesta han sido retenidos y detenidos, llevados a tribunales como si fueran adultos y condenados, y en este momento están retenidos varias decenas de niños y con órdenes de tribunales. Tenemos el testimonio de una juez que ha tomado esa decisión porque se ha visto forzado, lo cual no hace que esa decisión siga siendo aberrante, pero es una prueba irrefutable de la manipulación. Yo tengo conocimiento de tres jueces que han dictado medidas de detención de estos niños, son aproximadamente entre 70 y 100 niños. Estamos hablando de niños de 14-15 años, en realidad son niños que tienen conciencia política.

¿Cómo es la situación actual de abastecimiento de productos de primera necesidad?

Es imposible que yo te narre el drama social por el tema de la hambruna y la falta de medicinas que se vive en Venezuela. Si yo tratara de llevar esto al máximo grado de perversión que se pueda narrar, yo no tendría la capacidad de mostrar la situación límite en que está Venezuela. Es una situación de hambruna, donde no hay asistencia social, no hay medicinas. Todo enfermo de cualquier enfermedad que necesite un tratamiento está en riesgo de muerte. Las muertes en los hospitales son constantes. Tenemos una situación en la que no hay equipos médicos. Yo trabajo con empresas de equipos médicos que son las que prestan mantenimiento y no los hay. El 90% de los equipos médicos de los hospitales públicos en Venezuela están paralizados. No hay posibilidad de tratamiento de ningún tipo, no hay posibilidad de hacer exámenes básicos de hemodinamia, rayos X, radioterapia… ninguna posibilidad. Y las medicinas, cualquier ciudadano español que tenga una farmacia sabe que diariamente le llegan personas tratando de comprar medicinas para mandarlas a Venezuela. No hay ni las medicinas más básicas, ni para dolor de cabeza, ni antigripales… Es una situación desesperada.

Con la irrupción de Juan Guaidó, ¿se ha podido conseguir por fin la deseada unidad de la oposición en Venezuela?

En Venezuela no hay oposición. Oposición hay en un país que tiene democracia. En Venezuela hay factores democráticos activados y está unánimemente activado todo el factor democrático en contra de la dictadura.

¿Sería más correcto hablar de disidencia?

'En Venezuela no se enfrentan dos actores políticos, hay un régimen de facto contra un pueblo'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  17 votos

El otro es un bien, también en política

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El caballero de la mano en el pecho

David vencedor de Goliat de Caravaggio

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