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23 JUNIO 2018
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El problema de mirar el arte con sospecha

Giuseppe Frangi | 0 comentarios valoración: 1  15 votos
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Permítanme una premisa: hay pocas dudas de que el conde Balthusz Klossowski de Rola, más conocido por su nombre artístico Balthus, alimentara durante su vida una gran atracción por las jovencitas. Tampoco cabe duda de que dicho conde fuera, lo quisiera o no, un artista de gran importancia en el siglo XX, capaz de pintar algunos cuadros que se han convertido en iconos. Pues bien, sucede ahora que una obra de Balthus, expuesta en uno de los museos más importantes del mundo, el Metropolitan de Nueva York, se ha puesto en el punto de mira acusada de promover la pedofilia.

Fue una mujer, Mia Merril, quien lanzó una petición a través de la web thepetitioniste pidiendo al museo americano que retirara la obra. Esta petición ha recogido ocho mil firmas (que tampoco suponen una marea) pero sin duda ha alcanzado el objetivo de crear un caso mediático mundial. El cuadro en cuestión se titula “Therese dreaming” y representa a una joven en posición poco decorosa, adormecida en una silla. Balthus pintó muchos cuadros de este tipo que efectivamente pueden molestar por el punto de vicio que contienen. Pero el arte siempre ha tenido que ver con el lado oscuro que habita en todo ser humano. Y Balthus, en cierto sentido, muestra en público a través del arte su lado oscuro; tal vez también era una forma de mantenerlo bajo control.

Ante esta polémica inédita podemos hacer algunas reflexiones. La primera es que si hubiera que empezar a valorar el arte partiendo de la base del peligro potencial de ciertas obras, tendríamos que afrontar una serie infinita de posibles objeciones. Por poner un ejemplo, la Judit de Caravaggio, ¿acaso no podría verse como una apología del homicidio? ¿Quién garantiza que las Venus de Tiziano no puedan animar en quien las ve un instinto hacia el estupro? ¿Y quién nos asegura que la mujer desnuda del famoso “Déjeuner sur l'herbe” de Manet no pueda verse como una legitimación del acoso? El elenco podría continuar hasta el infinito según las preocupaciones y sensibilidades de quien mire una obra. Pero la premisa de razonamientos de este tipo es que el usuario de una obra de arte no tenga capacidad de juicio ni sea capaz de interponer un filtro razonable entre sí mismo y el sujeto representado. Evidentemente, no es así.

Aún queda otra reflexión por hacer. Hoy ya no existen zonas francas y estos revuelos de populismo ético ya no ahorran nada. El arte, que siempre se ha concebido como un mundo en sí mismo y por tanto intocable, también tiene que rendir cuentas con estos humores incontrolables que no conocen límites por arriba ni por abajo. Por eso, la defensa del Metropolitan suena débil, incluso bloqueada en la perspectiva de un arte concebido como aristocracia espiritual, y por tanto legitimada para todo o casi todo. Probablemente, las cosas ya no son así. Estamos ante una gran mezcla de valores y culturas donde el arte también está llamado a ganarse su legitimación. Y probablemente eso también vendrá bien…

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