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27 MAYO 2018
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Testori, gratitud sin deudas

Giuseppe Frangi | 0 comentarios valoración: 1  11 votos
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El 16 de marzo se cumplen 25 años de la muerte de Giovanni Testori y no se puede imaginar una manera más “testoriana” de celebrar este aniversario que la publicación del libro de Luca Doninelli, titulado “Una gratitud sin deudas. Giovanni Testori, un maestro”. El título ya anuncia un libro sanamente “irregular”, no meramente celebrativo. El esquema aceptado normalmente establece que en la relación con el maestro uno se siente claramente agradecido, pero también deudor, pero la relación de Doninelli con Testori rompe los esquemas. La reconstrucción y documentación de esta anomalía consiste precisamente en la fascinación y en la sorpresa. Doninelli parte de una pregunta sencilla formulada con un tono casi propio de Manzoni: ¿pero qué es un maestro? La respuesta que poco a poco se va desvelando entre las páginas parece más bien un estremecimiento continuo. No hay rastro de la idea habitual de discipulado, donde el que sigue se encuentra con un camino ya sabiamente trazado por delante.

Por ser concretos, en el caso de Doninelli, a esta pregunta no le sigue una respuesta, pues después de cada pregunta nos encontramos siempre con un campo abierto ante nosotros donde se abren hipótesis y posibilidades totalmente inesperadas. “El maestro es más bien una casualidad”, escribe Doninelli. “Una casualidad que nos puede tocar el corazón en nuestra relación incesante con el futuro, en ese ganglio vital de un continuo hacer-deshacer-rehacer proyectos, que es la materia de la que estamos hechos”.

Si generalmente pensamos que el movimiento correcto es el del discípulo que va en busca del maestro, en el caso de Testori la dinámica es la contraria. “He aquí otro significado de la palabra ‘maestro’. Un hombre empieza a convertirse en nuestro maestro cuando nos hace entender que él ha recorrido todos los caminos del mundo para llegar hasta nosotros, y no al contrario. Un maestro no es un sublime prestador de obras sino un hombre que se nos entrega totalmente, un corazón que se desnuda ante nosotros”.

Parece evidente que este relato va más allá de lo biográfico, pues está lleno de sobresaltos que van abriendo brecha en el corazón del lector. Es un libro que provoca recaídas en las que cada uno puede intentar verse reflejado y descubrir correspondencias con el propio camino, incluso correspondencias nunca antes razonadas, de las que uno quizás nunca ha tomado suficiente conciencia.

Aunque obviamente hay un recorrido biográfico y autobiográfico que coincide además con una etapa delicada y decisiva de la historia italiana a finales de los 70. Estas páginas oscilan entre la evocación aún sorprendida por ciertas circunstancias y los apuntes de un magisterio anómalo. Por lo que respecta al asombro, llama la atención el recuerdo del segundo encuentro con el maestro. “Testori salió a abrir. Un perfume de madera de sándalo salía por la puerta y se extendió por el patio. Al verme, dijo dos veces mi nombre. Luca, Luca. Inmediatamente uno de mis esquemas mentales empezó a derrumbarse. Ese hombre tan importante, ese gran intelectual no se había olvidado de mi nombre aunque hubieran pasado más de veinticuatro horas. Este pequeñísimo gesto bastó para colocarme en la posición adecuada, la de alguien a la espera”.

Por lo que respecta en cambio al método de este magisterio (“siempre me preguntaba por lo que no sabía hacer y no por lo que ya sabía hacer”), hay un episodio muy significativo. Al presentar una entrevista que hizo en una cárcel para Il Sabato, Doninelli decía haber experimentado “una sensación indecible”. Testori enardeció: “¿Indecible? ¡Cretino! Tu trabajo consiste en decir. Te parece indecible porque has trabajado poco, ¡es por eso! Porque eres un vago, ¡por eso! Las cosas hay que decirlas, nada de ‘indecible’. ¿A quién quieres tomar el pelo?”. Desde entonces Doninelli ha aprendido a “decir”. Y esta es la muestra.

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