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13 NOVIEMBRE 2018
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En Shanghai nadie habla

Fernando de Haro, Shanghai | 0 comentarios valoración: 3  24 votos
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Shanghai es la Nueva York de China. 22 millones de habitantes. El Bond, el barrio de grandes rascacielos, tráfico ordenado y aceras limpias, tiene un atractivo parecido al de Manhattan. La vida es cara en esta megaurbe, comunismo de mercado. Por un apartamento de tres habitaciones y dos baños se paga un millón de euros. El precio sube más si la vivienda queda cerca del histórico barrio francés o de la zona del centro donde impera el lujo.

La gran ciudad nos recibe en una tarde nublada, el sol apenas se asoma entre unas nubes altas. Llegamos con facilidad y con las últimas luces a la parroquia de San Miguel, una iglesia que se levanta entre edificios de oficinas. Quedan muy atrás los años de la revolución cultural y de la banda de los cuatro. No hay huella alguna de destrucción o saqueo, ni siquiera de descuido. San Miguel es una parroquia cuidada, con bancos nobles y vidrieras costeadas. Nos abre las puertas Beda Zhu, uno de sus parroquianos. Beda tiene poco más de 60 años y se ha jubilado hace poco. Se encargaba del servicio de publicaciones de la diócesis. Una diócesis que, como todas las diócesis de China, está bajo la supervisión de la Asociación Patriótica, institución ideada por Mao para tener bajo control a la Iglesia católica.

Beda Zhu no quiere hablar de lo que llama “cuestiones delicadas”. Nos cuenta que en China hay alrededor de 40 millones de cristianos (algunos elevan la cifra hasta 100 millones). Son más los protestantes, que están creciendo con fuerza, sobre todo en las ciudades. La llamada “fiebre cristiana” que llevó en los años 90 del pasado siglo a acercarse a muchos miembros de la clase media urbana a las iglesias sigue haciendo efecto. “Especialmente entre los jóvenes, hay una búsqueda de valores universales -explica Beda- que les acerca al cristianismo”.

Las “cuestiones delicadas” de las que Beda no quiere hablar son el acercamiento entre el Vaticano y las autoridades de China para llegar a un acuerdo que pondría fin a más de 60 años de “anomalías”. Mao, con su Asociación Patriótica, promovió ordenaciones ilegítimas, no inválidas, de obispos que no habían sido nombrados por el Papa. Esos obispos, que no han formado una iglesia herética y que muchos de ellos han pedido el reconocimiento de Roma, conforman la que se conoce como la “Iglesia oficial”. Es aquella parte de la Iglesia que ha aceptado las imposiciones del régimen para hacer posible la administración pública de los sacramentos. La otra Iglesia, la llamada Iglesia subterránea, la que se sigue escondiendo, ha reivindicado con su independencia frente al poder una labor profética. Así lo ha explicado recientemente el secretario de Estado, el cardenal Parolín. Nos despedimos de Beda a las puertas de San Miguel, donde un grupo de mujeres baila. Es el ejercicio de después de la cena.

“No hay dos Iglesias”, nos explica de vuelta al hotel uno de los capellanes de la comunidad extranjera, que no quiere desvelar su identidad. “Tanto la oficial como la subterránea son expresión de fe. Los curas de la llamada Iglesia oficial son tan ortodoxos o más que cualquiera de nosotros, esta no es una historia de blancos y negros”, añade. El capellán me explica que en este momento se puede estar a punto de conseguir el esperado acuerdo, buscado durante décadas, entre el Gobierno y la Santa Sede. El Gobierno renunciaría a nombrar obispos y el Vaticano aceptaría, ya de hecho lo ha aceptado hace mucho tiempo, el status quo. Comentamos las resistencias al acuerdo incluso entre algunos cardenales eméritos que quieren ser “más papistas que el papa”. Y el capellán me explica que tiene libertad para hacer su trabajo, algo que en otra época hubiera sido imposible.

¿Beda y el capellán que no quiere ser identificado, como tantos otros, solo porque quieren ser prudentes en un momento delicado? No parece. Hay cinco obispos arrestados, otros han estado desaparecidos durante meses. Shanghai no tiene obispo porque el suyo está recluido en el seminario de Sheshan, a unos kilómetros de la ciudad. Xi Jinping, el actual presidente, ha puesto en marcha un ambicioso proyecto para “chinizar la religión”, algunos lo consideran el nuevo Mao. Y el hecho es que nadie habla en la Nueva York de Asia.

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