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20 OCTUBRE 2018
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Confinado en la Jerusalén de China

F.H., Wenzhou, China | 0 comentarios valoración: 3  16 votos
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Confinado durante 24 horas en Wenzhou. El Gobierno no parece dispuesto a que se difunda lo que ocurre en la llamada Jerusalén de China. Wenzhou es una ciudad que se encuentra a 400 kilómetros al sur de Shanghai. Esta urbe es pequeña para lo habitual en el país, solo tiene nueve millones de habitantes y en los pueblos que la circundan la minoría cristiana tiene peso. Los protestantes suman dos millones y los católicos, 200.000. Tomamos mi equipo y yo un tren de alta velocidad muy temprano. No tenemos garantizado el billete de vuelta porque terminan las celebraciones de comienzo de año y muchos vuelven a casa. Nos arriesgamos. El paisaje se llena pronto de canales, colinas y cultivos muy cercanos al mar. Nos espera un contacto, un empresario que pertenece a la Iglesia clandestina.

Al bajar del tren nos llama y nos dice que se retrasa. No lo llegaremos a ver. Mientras avanzamos por el arcén nos rodean siete policías. Uno de ellos nos graba con una cámara. Nos piden los pasaportes y uno de ellos, el que debe ser el jefe, se dirige a mi traductor en chino para que me pregunte cuál es el propósito de mi viaje: “Retratar el desarrollo de China, su modernización”. “Es un objetivo demasiado genérico, ¿puede concretar?”, me pide a través del intérprete. “Retratar el desarrollo de China y la capacidad de sus jóvenes para afrontar el futuro porque en España hay mucho interés sobre este asunto”, le contesto. “Acompáñenos, por favor, a tomar un té con nosotros”, responde. La invitación es muy cortés en las formas pero de una firmeza que no da lugar a equívocos.

El policía de la cámara sigue grabando. Nos sirven él te en una sala lujosa de reuniones donde nos dan conversación. “Estamos comprobando el visado”, nos informan. Después de media hora, el policía jefe, de paisano, nos comunica que nuestro visado no permite hacer entrevistas ni grabar en Wenzhou. Comienza entonces una larga conversación sobre lo que tenemos permitido hacer. Conversación que se resume en que nos moveremos en su coche, grabaremos lo que ellos digan y en todo momento estaremos acompañados. Uno de los miembros del equipo policial entiende español. Con mi intérprete hablo italiano pero en un momento de la conversación me dirijo a mi operador de cámara y se ve que me comprende.

Nos anuncian que estamos invitados a comer y vienen tres coches con más policías a recogernos. Le pido al jefe que me deje, antes de subir a los coches, tomar algunas imágenes de la ciudad y hacer una salidilla. Tan pronto como empiezo a hablar a cámara su intérprete se me acerca para escuchar lo que digo. Inmediatamente después se lo traduce a su jefe. La comida es disparatada. Nos ofrecen una decena de platos típicos y pretenden que guardemos las formas y que estemos agradecidos por el trato recibido. Al concluir nos dirigimos al centro de la ciudad. Junto a uno de los canales veo un templo budista y les pido parar para hacer una grabación. Acceden y cruzamos en un barco turístico. Quiero aprovechar el templo para explicar la política de “chinización de la religión”. Tan pronto como empiezo a hablar, el intérprete y dos policías más se acercan a escucharme. Nos conducen hasta un centro de convenciones y allí comienza la sesión de reeducación. Nos muestran una gran exposición sobre el futuro de la ciudad de Wenzhou y nos invitan a tomar imágenes. Más de una hora de diversos montajes en 3D proyectados en salas inmensas en las que las proyecciones se acompañan de efectos especiales. Para mostrar la nueva China, sostenible, llena de cultura, con grandes infraestructuras. Sin libertad, pienso para mis adentros. Mi intérprete hace diligentemente su trabajo. Las locuciones tienen la exaltación utópica del nacionalismo de Xi Jinping.

Por fin llegamos al hotel que habíamos reservado. Un hostal con dos puertas. En la recepción, tres policías que se quedarán de guardia toda la noche. Me asomo a la segunda puerta, aparece otro policía. Nos quieren invitar a cenar. Pero con la comida ya he tenido bastante. Argumento que no me encuentro bien. Y entonces el policía jefe, que me ha acompañado con dos más a mi habitación y se ha sentado en la cama, me lo dice claro: “si intentas salir del hotel para hacer una entrevista tendremos que tomar medidas más drásticas. Es mi trabajo, lo siento”. Ha adivinado mi intención, que era intentar burlar el cerco en algún descuido y grabar, aunque fuera con el móvil. Comienza entonces una nueva negociación. Pido filmar al día siguiente tres iglesias. “Ya tengo un templo budista, ahora quiero iglesias”, les digo. “El templo budista era turístico, las iglesias no”, me responde el policía jefe. “Entonces déjenme volver a Shanghai mañana en el primer tren”, le pido. “Vamos a intentar resolverlo”, me responde. A los pocos minutos tenemos billetes. Nos quedamos en nuestras habitaciones y nos hacen llegar la cena. Bajo a la recepción pasadas algunas horas. En la puerta delantera hay tres policías y en la trasera, el mismo que estaba al llegar. Un retén seguirá en su puesto toda la noche.

Me acuesto y pienso en esos cristianos y en esas iglesias que no podré visitar. Desde 2014 se ha iniciado aquí en Wenzhou una campaña para quitar de los templos las cruces que rematan los campanarios. Se han retirado entre 1.200 y 1.700 cruces. También se han instalado cámaras para escuchar lo que dicen los predicadores. En algún lugar de esta ciudad está el obispo Peter Shao Zhumin, obispo que era de la iglesia subterránea y que decidió unirse a la Iglesia oficial. Shao Zhumin ha sido detenido en varias ocasiones, como muchos otros, durante algunos meses. La última hace un año. Sus intervenciones son ahora muy limitadas.

Decididamente Xi Jinping no quiere que se sepa lo que pasa en Wenzhou. Me duermo con un pensamiento, acaso una oración, que me une con los cristianos de Wenzhou. Por la mañana los policías que hacen su trabajo nos invitan a desayunar y nos acompañan hasta la puerta del tren. Quieren asegurarse de que no entrevistamos a nadie, ni siquiera en el último momento.

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