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16 JULIO 2018
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Una repentina amenaza para la salud

Fernando de Haro, Shijiazhuang | 0 comentarios valoración: 3  17 votos
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Viajamos en tren de alta velocidad hacia Shijiazhuang, la capital de la provincia de Hebei.

Los viajes en tren en China son una buena ocasión para realizar una inmersión en la cultura popular del país. Empujones, masas en las colas, estaciones inmensas. En los vagones muchos de los pasajeros hablan a voces a través de sus teléfonos móviles o ven películas sin auriculares. Los extranjeros, para poder obtener un billete, tenemos que utilizar el pasaporte. El Gran Hermano sabe ya que viajamos hacia una de las provincias con más cristianos del país. El obispo de la diócesis desapareció hace algunos meses, la primavera pasada, por negarse a participar en la consagración de otro prelado que no había sido autorizada por el Vaticano. Le sometieron a unos cursos de “formación”. Gracias a la habilidad de algunos católicos el régimen ha tolerado la creación de la ONG Jinde, dedicada a la caridad, y de una modesta agencia de noticias conocida como Hebei Faith Press. Hace meses sus responsables aceptaron la solicitud de una entrevista. Pero poco antes de viajar la anularon. He conseguido que otro sacerdote nos atienda. No tenemos fijado el lugar de la cita pero hemos quedado en hablar al llegar. Jessica, la argentina que nos hace de traductora y productora, le ha mandado una copia de los billetes por We Chat. Temo que no nos dejen bajar del tren.

Avanzamos por un paisaje industrial siniestro, bajo un cielo blanco lleno de contaminación, el suelo parece abrasado. Se suceden enormes ciudades que no conocemos. Bloques y bloques de edificios llenos de almas. Supongo, o quiero suponer, que en tantas almas, de estos paisajes devastados, haya el consuelo de alguna belleza. Que no puede ser el consumo, que no puede ser la expansión inmobiliaria, que no puede ser la riqueza inhumana que solo llega a algunos pocos.

Hemos llegado a Shijiazhaung y de momento podemos salir del andén. Llamamos a nuestro contacto por We Chat y no nos contesta. Le telefoneo con una llamada internacional y me dice que nos dirijamos a algún punto de la ciudad y que él llegará en hora y media. Un taxista nos deja en uno de los barrios periféricos y esperamos en un restaurante barato. Es un restaurante que tiene las puertas abiertas y deja pasar el frío exterior. Ignacio, mi compañero de muchas aventuras, aprovecha para grabar hasta que un vecino le amenaza con llamar a la policía. Nos han seguido desde que salimos de la estación. A la puerta del restaurante hay un coche negro con las lunas tintadas. Pasa hora y media y nuestro contacto no llama. Le llamo desde mi teléfono. Y me dice que no puede acudir, que le ha surgido un imprevisto, que lo siente mucho, que me pide mil disculpas, que yo ya sé lo que pasa. Minutos después Jessica recibe un mensaje en su We Chat: nuestro contacto sugiere que hay amenazas para su salud. El frío que se cuela por la puerta lo tengo ahora en el corazón. Pienso en las amenazas que ha podido sufrir, pienso en el esfuerzo y en el dinero que hemos gastado hasta llegar aquí. Decido que tenemos que intentar aprovechar el tiempo y nos encaminamos a la sede de Jinde. El taxista nos informa de que nos están siguiendo. Al llegar a la sede de Jinde hay otro coche de lunas tintadas esperando. Volvemos a estar delante de otra verja, suplicando entrar. Después de un buen rato, aparece un joven. Nos reunimos en la garita de control. Nos informa que es sacerdote y periodista. “Estáis en el lugar inapropiado en el momento inadecuado”, nos dice. Le pedimos explicaciones. Se muestra amable. “No podemos hablar, nos han llamado”, nos contesta. “Yo no estoy amenazando, yo no os estoy diciendo esto, pero si fuera vosotros, me marcharía”, asegura. Comprendido. Nos vamos.

El día transcurre con gestiones infructuosas. Y al caer la noche nos encaminamos hacia el apartamento modesto que hemos alquilado a través de Booking. El taxista se pierde varias veces. Cuando ya estamos acomodados, y preparándonos para irnos a la cama, dos policías fuerzan la puerta. Entra un comisario que no sabe hablar inglés. Piensa que hemos conseguido burlarle y que hemos obtenido la entrevista que ha intentado impedir durante todo el día. Se queda más tranquilo al ver que no hay entrevista. Dice que tenemos que acompañarle a comisaría porque hemos alquilado un apartamento que no es apto para extranjeros. Le contesto que me diga a qué hotel puedo ir a dormir. Me manda a un hotel internacional que está por encima de nuestro presupuesto. Al subirnos al taxi, la chivata del bloque le ordena al conductor que ni se le ocurra llevarnos a otra dirección. En el hotel donde nos mandan no hay habitaciones. Son las 11.30 de la noche. El conserje, después de media hora de gestiones, nos consigue tres habitaciones en otro. No sé si este lo autorizará la policía. Así que me dirijo al coche con las lunas tintadas que hay a la puerta para ver si me dan el visto bueno. Les hago señas pero no me responden. Después de una noche inquieta, en una habitación de otro hotel que no puedo permitirme, el coche con las lunas tintadas sigue a la puerta. Quizás tenga que esperar mucho hasta ver a nuestro contacto, quizás tenga que esperar a que el tiempo se acabe para él y para mí, pero hablaremos. Vaya que si hablaremos. En ese sitio en el que ya no hacen falta palabras. En ese sitio en que el miedo y las amenazas y los coches con lunas tintadas serán vencidos para siempre. En ese sitio en el que poder, el poder malo, será derrotado. En ese sitio en el que no hay frío en el corazón ni paisajes devastados.

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