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13 DICIEMBRE 2018
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>Entrevista a Gregorio Luri, pedagogo

"Hemos de atender a la realidad, no dedicarnos a insultarla"

Ferrán Riera y Marta Zaragoza | 0 comentarios valoración: 2  17 votos
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Hace algunas semanas, Ferrán Riera y Marta Zaragoza, directores de dos colegios catalanes, conversaron con Gregorio Luri, una de las personas que más luz y sentido común está aportando en el ámbito educativo en Catalunya y España. Le preguntaron a quemarropa algunas de las cuestiones que no pueden dejar de afrontarse cada vez que hablamos de educación: el conocimiento, el lenguaje, la belleza, las relaciones humanas.

En la educación y en el mundo del trabajo en general, estamos acostumbrados a “hacer” muchas cosas. Tú escribes libros de filosofía, historia, viajes, biografías… ¿cómo no acabar siendo víctimas de nuestros quehaceres?

Hemos de hacer las cosas con pasión y abandonar las que no podemos querer. El amor no es ciego: muestra cosas que de otra manera se escapan. Algunos dicen que hay que ser frío para ser objetivo. Pero si hago algo, lo he de hacer apasionadamente. Esto da “densidad” a la vida. Eso sí, es necesario un sentido de la exigencia, dedicarle horas. Sin disciplina, la pasión se pierde. Muchos días, a las seis de la mañana ya empiezo a trabajar.

¿Por qué?

El conocimiento promueve el interés. Cuanto mejor conocemos una cosa, menos cuesta aprender otras nuevas. El conocimiento es expansivo, lleva siempre a saber más, a buscar más.

¿No crees que el mundo educativo hoy menosprecia el conocimiento?

Sería una inmoralidad. No podemos fomentar el aprendizaje o la investigación científica sin conocimientos. La ciencia exige una mirada crítica de la naturaleza. A lo largo de la historia, generaciones enteras han visto caer manzanas de un árbol, pero solo con una preocupación científica se convirtió en un problema aquella caída. La contemplación no puede ser ingenua; es un concepto muy serio.

Siempre dices que el conocimiento es vocabulario…

Conocer algo es poder enunciarlo, explicarlo. Las diferencias de vocabulario son diferencias de “mundo”. Una persona que utiliza un léxico de mil palabras vive en un “mundo” diferente de quien usa diez mil. Un campesino, por ejemplo, puede tener más vocabulario que un universitario: un árbol nunca es solo “un árbol”, es un olmo o un pino. Cuando decimos “esto es un árbol” se está reduciendo la sutileza de la mirada.

Somos lo que sabemos decir.

Si nos miramos y no tenemos palabras, no nos podemos comprender, no tenemos la capacidad de diferenciar los sentimientos o los estados de ánimo; no tenemos conceptos para observar la sutileza del alma. La palabra es la que ilumina y permite sobreponerse a la zozobra, un estado sin la posibilidad de definir nada, con ausencia de límites, en el que no hay palabras. El lenguaje nos hace humanos.

Por tanto, la educación es fundamentalmente…

Aprender a hablar. Si afirmamos que la lengua permite poner nombres y hacer emerger realidades, ¿qué ocurre si no tenemos el concepto? Un lenguaje proporciona instrumentos para ver las cosas que antes no se veían. Las matemáticas y la música también son lenguajes. La alfabetización es el dominio de estos tres códigos, que van muy ligados.

¿El lenguaje musical también? ¿Por qué?

¿Cuál es el milagro de la creación? La creación no supone prescindir de normas. Un soneto se compone con las normas del lenguaje, respetándolo al máximo. Con las normas se puede crear belleza. El segundo movimiento de piano de Shostakovich, especialmente la obertura, es un milagro.

Has relacionado la belleza con el orden y la creación…

Cada disciplina permite ser libre y creativo. Cuando componía los cuartetos imposibles, Beethoven enloquecía, tiraba los papeles y gritaba. La disciplina crea, libera la imaginación y el pensamiento. Es más importante que la inteligencia.

¿Por qué cuesta tanto tener sentido común?

Hemos de atender a la realidad, no dedicarnos a insultarla. Siempre hay razones que explican lo que ocurre.

Pero la didáctica de la innovación…

Es casi como una religión de nuestro tiempo. Todo lo que tradicionalmente era bueno hoy ocupa el campo semántico de nuevo. Lo que se presenta como innovador ya no requiere justificar su bondad. Por ello es tan difícil dialogar con los profetas de la innovación; si cuestionas lo innovador piensan que pones en tela de juicio el valor de bueno.

¿Hace falta innovar?

El cambio es inevitable. La trampa de la innovación es vivir permanentemente en una situación de expectativa. Por primera vez en la historia, la vida se alarga, pero los objetos caducan pronto. La innovación no es mala en sí misma, pero nos aboca al peligro de vivir en un mundo ficticio, de expectativas que no podrán ser satisfechas.

¿Ocurre igual con las relaciones humanas?

La vida de pareja se consume pronto. No hay nada más liberador y que ofrezca más capacidad de afrontar el futuro que el perdón y la capacidad de mantenerse fiel a la palabra dada. Decir a tu mujer: “sabes que cambiaremos, yo engordaré y me quedaré calvo, y tú también, pero me mantendré fiel”. Son dos milagros que nos hacen controlar el tiempo. Dan estabilidad al mundo cambiante.

¿Cómo educamos a amar en el cambio?

Del mismo modo que se educa todo. Debemos recurrir menos a los consejos y ofrecer más ejemplos creíbles. Los chicos no admiten los ejemplos hipócritas, tienen una agilidad extraordinaria para saber cuándo les están representando un papel. El argumento lógico no importa, sino el ejemplo de la persona a la que respetamos.

La educación es la comunicación de uno mismo…

¡Exacto! En el nazismo o en el estalinismo muchos intelectuales se entregaron al dictador porque la razón abandonada a sí misma no tiene fuste. En cambio, gente normal y sencilla fue capaz de negarse: el ejemplo nos hace respetar el argumento, le da consistencia.

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